lunes, 9 de abril de 2018

Luche y vuelve Lula

La valentía indomable de Lula ya es un triunfo, pero esto hay que “decirlo” para que no progrese el ávido derrotismo de los intelectuales. El tesoro de la militancia versus el hecho de creer que nuestras opiniones importan. -por Damián Selci para Argentinos Online


Minoría intensa, divido tesoro
La política es algo que se aprende todos los días. Por ejemplo: el lector recordará la habitual crítica a las “minorías intensas kirchneristas”, que según nuestra intelligentzia habían llevado al aislamiento a Cristina. Una especie de teoría del cerco, pero por derecha. Aquel oscuro y lento ataque a la militancia por su presunto “fanatismo”, “sectarismo”, etcétera, validó la postura inversa de que la política no debía ser objeto de pasión y compromiso, sino de un sugerente “análisis”. De esta manera, House of Cards era más interesante que La Cámpora, y luego Sergio Massa era más interesante que Kicillof… Este desencanto intelectual, que era depresión disfrazada, se veía a sí misma como un refinamiento: era “burdo” 678 y era “sofisticado” Miguel Pichetto. Pero bien, este punto de vista está en trance de evaporarse ante la evidencia desconcertante de que la derecha, increíblemente… es de derecha. Fantino, que antes encantaba a los tuiteros con sus estudiosos reportajes a Sarlo, ahora es un aterrorizador servicio de inteligencia de ultraderecha. Y con respecto a las “minorías intensas” pasa lo inverso. Antes eran un desagradable obstáculo para la contemplación de la Política. Ahora son las que pusieron el cuerpo para proteger a Lula de la captura, dándole tiempo para generar una serie de hechos que cambian el sentido de su prisión actual. En otras palabras: si Lula caía preso de inmediato, no podía generar las imágenes de fervor popular que necesitaba para deslegitimar su detención. Basta notarlo en el estado de ánimo general: la tragedia infinita de Lula preso se transformó en, simplemente, una nueva fase en la lucha, con nuevas posibilidades. Es decir: no estamos muertos. Tenemos épica. ¿A quién acudió Lula para lograr esto? A la “minoría intensa”, también llamada “partido político”, también llamada: militancia del PT.
Conclusión: cuidemos a nuestras minorías intensas como si fuesen oro, porque son las que están cuando las papas queman.

El anti-derrotismo en acción
El estado de ánimo de la intelligentzia, luego de varios años de dandismo, es el agotamiento mental. Querían un país, y un mundo, menos intenso, es decir, menos comprometedor que lo que pedía el kirchnerismo. Ahora no hay kirchnerismo, pero la intensidad se mantiene: ¡la derecha metió preso a Lula! Y entonces el desencanto se volvió depresión. Pero esto puede curarse, precisamente con el ejemplo de Lula. Digamos que en principio se pueden tomar dos posturas ante lo que está pasando en Brasil. Una sería decir: “tragedia absoluta” –o sea: por primera vez en la historia están metiendo preso a un dirigente continental que se apresta a ganar las elecciones, la democracia brasileña se hunde en la mentira y la corrupción, el impacto regional será devastador, y encima quedará registrado para el porvenir que, en definitiva, siempre es posible meter preso al líder de los pobres… La otra alternativa es reconocer todo esto y decir: “no es todo” –también queda abierta la posibilidad de un levantamiento popular, porque en definitiva estamos ante un momento donde queda claro de manera generalizada que el compromiso político de la gente es lo único que puede dar vuelta las cosas. No se trata de negar de manera psicótica la gravedad de la situación, sino a la inversa, de asumirla plenamente para empezar a calcular fríamente nuestro margen de acción, los nuevos riegos y oportunidades que ofrece la lucha. Se trata de adoptar un punto de vista militante, para suspender la histeria, vencer la parálisis, y actuar.
De eso se trata seguramente este momento: hay que considerar que, para meter preso a Lula, el régimen oligárquico tuvo que negar su legalidad y destruir por completo su neutralidad. No caben dudas de que no queda nada parecido a “instituciones” en Brasil. Ha quedado devastado el espacio de la neutralidad, y esta catástrofe tiene un aspecto inesperado: fuerza a todo el mundo a tomar partido, algo que objetivamente le conviene a Lula… Además, el heroísmo de Lula en estos días es profundamente inspirador: ha pronunciado frases como “yo ya no soy una persona, soy una idea”, y el solo hecho de que alguien, en el punto de máxima tensión imaginable, pueda decir estas cosas y pueda ser escuchado por todos, es ya un triunfo y prefigura nuevos triunfos. Derrotar a Lula significaría quebrarlo, reducirlo a la indignidad, quitarle su condición ejemplar, su espiritualidad. Ocurrió todo lo contrario. Esto puede sonar a un consuelo sentimental, pero ello sólo ocurre para una mirada ingenua que no capture que la política es una actividad esencialmente moral e intersubjetiva: “ganar” significa que el oponente reconoce nuestra victoria y se deja cambiar, se modera, se domestica; “ganar” significa que el sector más radicalizado y menos “comprable” del oponente queda aislado, denostado, deslegitimado, inutilizado; “ganar” es que el otro no desee pelear más. Para que esto quede claro, Videla no ganó: pasada la fase del poder absoluto, se convirtió en un paria; nadie lo defendió cuando fue preso; incluso quienes reclutaron sus servicios y apoyaron sus acciones, no pueden reconocerlo en voz alta. Como es obvio, con Lula ocurre todo lo contrario: es el preso más popular del mundo. Y se puede hacer mucha política estando preso, como lo han demostrado, por decir alguien, Perón, Chávez.

Las palabras siempre tienen algún poder sobre nosotros, creamos en ellas o no
Hay una conocida sentencia de George Bernard Shaw: “La única tragedia es ser utilizado con fines innobles; lo demás es mera mortalidad o infortunio”. Si decimos que lo que ocurre en Brasil es una “tragedia”, estamos cerrándonos nosotros mismos la posibilidad de que, incluso en el corto plazo, no lo sea. Perón fue detenido el 12 de octubre de 1945; ese mismo día podría haberse dicho que estaba ocurriendo una tragedia para la clase trabajadora; sin embargo, hoy parece que fue más bien un signo de debilidad oligárquica, pero el chiste es que lo fue “a posteriori”, es decir, luego del 17 de octubre, cuando la historia dio un vuelco total. Lo más lógico, por consiguiente, es que el sustantivo predominante en estos días sea “lucha”, y no “tragedia”; lo más sensato es hablar y comportarse como si estuviésemos en las vísperas de una gran acción de masas, aun si el mero hecho de decirlo nos parece “exagerado”. Hay que recordar que la política es una actividad esencialmente moral, donde la percepción subjetiva de las cosas termina siendo determinante sobre las cosas mismas. Así que la pregunta militante es la siguiente: si decimos “tragedia”, “democracia agonizante”, “Brasil atraviesa su hora más oscura”, con entera independencia de que esto pueda ser “cierto”, ¿la moral de quién estamos fortaleciendo? No la nuestra, seguramente. La palabra que elegimos para esta fase va a predisponer a los demás y a nosotros mismos: si decimos “tragedia” nos predisponemos al duelo, si decimos “lucha” nos predisponemos a la acción. En general, carece de toda importancia lo que verdaderamente opinemos sobre cualquier tema; lo esencial es el efecto de nuestras palabras en los demás y en nosotros. Para poner otro ejemplo, no importa lo que opinemos sobre el “papelito” de Cerruti (si estuvo bien o mal en denunciarlo), lo obvio es que tenemos que hablar de Caputo, que es testaferro, que es un funcionario corrupto, y absolutamente nada más. La única tragedia sería que nuestras opiniones fuesen utilizadas con fines innobles, que es lo que ocurre cuando simplemente describimos los hechos políticos como si no se nos fuese la vida en ellos, o cuando hacemos esa cosa llamada “autocrítica”, que sirve más a Clarín que al kirchnerismo, más a O Globo que a Lula. Lo demás, como dice Shaw, es la vida misma, que va y viene, como el viento.