sábado, 18 de junio de 2016

EL CASO LÓPEZ vs. EL CASO OCHOA


LA CUESTIÓN TÁCTICA

Anteayer fue 16 de junio. Se cumplió el 61° aniversario del bombardeo a la Plaza de Mayo, ocurrido en 1955. Uno podría decir que ahora las bombas son mediáticas, pero la verdad es que entonces… también había. Una vez coronado el golpe, la prensa de la época se encargó de vilipendiar hasta lo increíble a Perón. Acusaciones de pedofilia, para recordar algo. De hecho, en lo posible, ni lo nombraban –aludían a él con la estúpida perífrasis de “el tirano depuesto”. ¿Por qué se tomaban este trabajo? Porque la guerra moderna es guerra de propaganda, como deja clarísimo el historiador bélico Liddell Hart en su libro La estrategia de aproximación indirecta (un clásico de la materia que se lee, dicen, en la residencia de Santa Marta). Napoleón primero desmoralizaba a su oponente, y después peleaba. Los nazis no invadieron París con tanques, sino con panfletos. En otras palabras, el verdadero objetivo en la lucha es que el adversario no quiera luchar. Se trata de atacar, no su fuerza, sino su voluntad, su pasión, su conciencia; porque cuando la conciencia decrece, decrece la organización; y sin organización hay atomización, lo que simplifica la labor ofensiva –porque después ya se trata de ir atacando a los elementos de a uno, por separado, donde oponen una resistencia débil o nula.

Estas sencillas nociones deben ser traídas a cuento en el presente, donde algunos defensores sinceros del proyecto se sienten “desmoralizados” por el caso López. Es cierto que, políticamente, López distrae la auténtica cuestión de fondo (el tándem de tarifazos, despidos, remate del patrimonio, generación de pobreza y subordinación a EEUU), y por ende retrasa un poco las discusiones que queremos dar. Pero nada más. Las corporaciones embocaron una; no hay que desmoralizarse. Cuidado con esto: la ecuación es desmoralización = desorganización. Recordemos el intercambio entre Cristina y David Viñas en un programa televisivo. Corrían los oscuros años 90 y Viñas (palabras más o menos) decía: soy un intelectual, tengo la obligación de ser pesimista. Cristina respondió: yo soy militante, tengo la obligación de la esperanza, de estar con la moral arriba.

¿Qué estamos diciendo con todo esto? Algo simple: afirmar que el “caso López” nos desmoraliza es, en efecto, desmoralizarnos. En el reino de la política, buena parte del asunto reside en la conciencia, o sea, en la palabra: basta con que uno solamente diga que está desmoralizado, derrotado, y entonces indefectiblemente lo está; peor aún, desmoraliza y desorganiza a los otros. Por algo los medios ponen rápido el micrófono a los arrepentidos, defraudados, etc –para que viralicen su tristeza y contagien al resto. Es un clásico. La misma fiebre de las “autocríticas” nos estuvo rondando desde diciembre del año pasado. Pero no hay que ceder al canto de las sirenas. ¿Alguien puede imaginarse a Néstor Kirchner diciendo: estoy desmoralizado? Para nada. Después de perder con De Narváez, fue a una placita porteña y dijo: militemos con alegría. Y dio la vida por este proyecto. ¿Podemos dudar de la entrega de Néstor Kirchner: de su abnegación, de su sacrificio, de su capacidad incansable de lucha? Esa es la prueba moral suprema: cuando cualquiera se habría retirado, Néstor siguió y siguió. En nuestras conciencias, ¿qué pesa más: los dólares mojados de un funcionario corrupto o el sacrificio de Néstor, en el que se le fue la vida? Si el “caso López” desmoraliza, el simple recordatorio de la muerte de Néstor debería re-moralizarnos por completo. Que el árbol no tape el bosque. De hecho, la lección de este caso es que, como siempre, hay que guiarse por la conducción: hace unas horas, Cristina escribió un breve texto y le cambió la carátula al caso, poniendo el eje no sólo en el corrompido (estatal), sino en el corruptor (empresario), y situando al kirchnerismo en el lugar de quien debe recibir las explicaciones, ¡y no darlas! Consecuencia: todos los que se apresuraron a sentirse “partidos al medio, llenos de dolor, etc”, leyeron a Cristina y notaron que… quizá ya no estaban tan deprimidos, y que la desmoralización no nacía de su corazón, sino del lenguaje que emplearon. La profecía autocumplida lingüística reside en que, sin querer, convirtieron en verdad algo sólo por repetirlo: ante la confusión del “caso López”, escucharon “desmoralización”, lo dijeron, y como según Hegel el lenguaje es la existencia real del Espíritu, se desmoralizaron. Pero, ¿quién echó a correr la palabra “desmoralización? ¿Cristina? No, claro que no. Fueron los medios. Fue Clarín.

Por supuesto, quienes dijeron que estaban desmoralizados, estaban siendo “sinceros” y posiblemente experimentaban un sentimiento de liberación al “reconocer al fin” que estaban “desmoralizados” (porque lo expresaban personas alrededor, y no querían sentirse aislados… a menudo, es preferible compartir una emoción triste que soportar la presión solo –por eso, una persona politizada se define por no ceder a la tentación de zambullirse en las corrientes de opinión, que van y vienen). Pero debemos tener cuidado y recordar el ABC de lo aprendido en los últimos años: los medios de comunicación manipulan nuestras emociones más íntimas y nos hacen sentir cosas que no sentimos “realmente” –y no estamos vacunados contra esa influencia por el solo hecho de “saberlo”. La propaganda corporativa puede llegarnos por canales de lo más variados: un comentario de un amigo, un posteo de Facebook… Y así ocurrió. Hubo una tendencia a comportarse como el espectador promedio “dominado” por el Grupo Clarín, que siente y piensa lo que publica Magnetto. Se formó una verdadera “cadena nacional del desánimo”. Cristina ya la cortó. Pero todos estamos en condiciones de darle una mano con ese trabajo, luego de educarnos durante años en la conciencia de que Clarín miente.

Tal vez sea interesante preguntarse por qué se formó esta cadena del desánimo. Las razones son variadas, pero algo es seguro: no es que “por fin se comprobó la corrupción”. No tiene nada que ver con eso. La causa es más estructural: Macri es presidente, razón por la que la “presión de ser kirchnerista” es la más alta posible, y nuestras defensas colectivas resultan algo más porosas. En un contexto adverso, acusaciones que en otro momento no hubiesen causado mayor daño terminan pareciendo devastadoras; pero no lo son. Mejor dicho, dependen de la entidad que le demos nosotros. Y tratándose claramente de propaganda antipopular, no deberíamos darle ninguna. Por eso tenemos la responsabilidad de no desmoralizarnos con estas cosas.

¿Esto significa que haya que ser un “negador serial” de los problemas? Todo lo contrario. En su brillante exposición en la Facultad de Ciencias Sociales, Álvaro García Linera detalló las debilidades que atraviesan los proyectos populares latinoamericanos. Son temas enriquecedores para el debate interno. Ahora bien, dichas debilidades, ¿bastan para tirar por la ventana el proceso boliviano, el venezolano, el argentino? Han llovido a cántaros las acusaciones contra miembros del PT de Brasil: ¿eso supone que debemos dejar de confiar en Lula, en Dilma? ¡Claro que no! Se trata de ver de dónde parten las palabras que usamos, ¡de no despolitizar ningún tema! “Desmoralización” no es una palabra que hayamos puesto a circular nosotros. Un golpe “moral” sería que un futuro gobierno kirchnerista privatizara empresas, facilitara los despidos, aumentara las tarifas hasta el delirio, se alineara con EEUU… Eso afectaría realmente nuestra confianza en todo esto: el proyecto que nos suma, nos expulsa… Sí, terrible. Para ser más claros: el gran “golpe moral” lo encarnó Menem, al convertir al peronismo en un ariete de políticas antipopulares. La desorientación que vivieron los peronistas en aquel momento fue máxima. No fue un caso de corrupción, fue el Sistema de la Corrupción con la marcha de fondo. En comparación, que un oscuro ex secretario del mejor gobierno desde Perón a esta parte haya sido coimeado… Vamos. Nada de lo que hicimos fue en nombre de este tal López. Es difícil imaginarse que los historiadores del futuro enfoquen el kirchnerismo desde el “caso López”. Más bien parece un asunto menor, policial, como queda demostrado por la misma estructura narrativa que le imprimieron los servicios de inteligencia. (Una buena nota en el sitio Paco Urondo ironiza sobre esto; conviene leerla porque se limita a enfatizar el artificio de la operación. Todo el caso es un verdadero “relato”, en el sentido de que es falso hasta la médula, incluso absurdo, pero con la lógica interna de la ficción televisiva: simplificación, casualidades increíbles, elementos de impacto.)


LA CUESTIÓN DE FONDO

Pero, una vez despejada la cuestión táctica (que se resume en “nunca digas que estás desmoralizado, porque por eso te vas a desmoralizar y vas a contagiar a tus compañeros de ruta, ya que los males de la conciencia se transmiten por vía verbal, y además: desmoralización = desorganización = atomización = individualismo = perdemos”), abordemos la cuestión de fondo. ¿No será que este “caso de corrupción” pone en tela de juicio la esencia misma del proyecto nacional y popular, que es la solidaridad, la entrega, la Patria es el otro –con lo que deja de ser un mero caso policial y se convierte en una contradicción trágica? La respuesta es: no, para nada. Es más: habría que afirmar que la importancia mediática de este “caso López” reside únicamente en el hecho obvio de que el kirchnerismo es realmente un proyecto auténtico y transformador, y que se encuentra tremendamente vivo –y sólo en ese marco las “excepciones a la regla de la solidaridad” resultan escandalosas. Esta afirmación carece de polémica; basta notar que los casos de corrupción probados, obvios, del macrismo, no llaman la atención. No es sólo por la muralla mediática, que también influye. En el neoliberalismo, la corrupción es un sistema general, no un comportamiento aislado; por ende, que tales funcionarios neoliberales puntuales “roben” no entraña ninguna sorpresa, se trata de comportamientos automáticos del sistema (como queda probado por la tranquilidad con que Macri o Melconian reconocen que guardan dinero negro en el exterior: simplemente, ¿qué problema hay?). En cambio, en los proyectos populares, la inmoralidad es una rareza y hasta un “ejemplo” (pero invertido): remitámonos un segundo al “caso Ochoa”. Uno de los generales más importantes de la Revolución Cubana, Arnaldo Ochoa (que participó directamente en la insurrección de 1958, tuvo una destacada intervención en la crisis de los misiles y llegó a merecer el título de “Héroe de la Revolución de Cuba”), fue denunciado, enjuiciado y fusilado por traficar cocaína con… ¡Colombia y Estados Unidos! Para los cubanos, nada puede ser más horrible que manchar la Revolución con algo tan negro como el tráfico de drogas. Un horror ético incalculable, perpetrado por quien era considerado un héroe de la patria… Pero ahora bien, ¿acaso la Revolución Cubana “es cosa del pasado” a raíz del caso Ochoa? ¿Acaso Fidel Castro se sintió “desmoralizado”? No, para nada. La historia suministra innumerables ejemplos de estos personajes, que en su misma infamia permiten calibrar la grandeza de la Causa que profanan: Mirabeau pasó de presidir la Asamblea revolucionaria de París en 1789, a convertirse en un consejero del rey en 1790, jugando a dos puntas entre la República y la realeza. Y bien… ¿a qué viene todo esto? A que Ochoa pisoteó todos los valores revolucionarios, pasando de patriota ejemplar a bandido y traidor, y no obstante la Revolución Cubana no “se terminó”. El “caso López” es incluso menos sugestivo: de ninguna forma era un “héroe” del kirchnerismo; su fama coincidió con su caída, en un ridículo que no tiene término ni, en general, ningún interés.


Por ende, la cuestión de fondo es otra: los valores que nos mueven a hacer esto que hacemos (ser peronistas, defender las causas justas sin importar los obstáculos, tener empatía por los demás) son evidentemente espirituales y constituyen, por supuesto, nuestra mayor fortaleza; así que exponerlos a las operaciones de los agentes de inteligencia no parece lo más recomendable. El “caso López” es un intento más por hacernos creer que no existimos, que no creemos en lo que decimos creer, que nos convendría más ser unos cínicos, unos renegados, disfrazando de trágica gravedad la simple capitulación ideológica. Bueno, por supuesto que no vamos a hacer semejante cosa. Lo que puede servirnos del “caso López” es tomar nota de que la batalla cultural es larga, y que muy probablemente nos topemos con extravagancias como ésta de modo recurrente. Así que, ¡a prepararse! Nos estamos depurando. La gente se cansa de Macri. Las cuestiones de fondo están a la vuelta de la esquina. O como se decía en otra época: hay caos en el cielo, la situación es excelente.

martes, 29 de septiembre de 2015

La juventud política: crónica desde adentro

A fuerza de militancia y madrinazgo presidencial, en el último lustro una generación de jóvenes kirchneristas logró ocupar los resortes, cuando no agarrar la manija, del Estado Nacional. A menudo retratada desde afuera en un análisis que se limita a la conducción de La Cámpora, ya era tiempo de preguntarse qué piensan y cómo es el trabajo de esa multitud anónima que se calza la pechera y recorre el territorio en busca de votos y adhesiones.


-por Damián Selci para Inrockuptibles, septiembre 2015-



“Antes que nada, es importante diferenciar dos cosas: táctica de masa y estrategia de construcción.” Esto están diciendo en una unidad básica del oeste del conurbano bonaerense. De pie, el responsable político se explaya: “la construcción es hablar con Martha, Sonia, Gladys, Antonio; hacernos amigos de la comisión directiva del Club Tal y Tal, que nos conozcan; arreglarle el techo a don Eduardo, a quien también le conseguimos insulina; en fin, relaciones sociales, con contenido político, de modo de insertarnos en la sociedad civil local. Construcción: un pasito, luego otro, te conocen la cara, te quieren. La organización seduce al tiempo, se expande silenciosamente, con la lentitud del humor, las costumbres y el cambio social… Después, por otro lado, está la política de masa, donde salimos a lo loco, para los cuatro costados: es decir, ¡elecciones! Como acá precisamos el voto, no es quedarse dos horas tomando mate, sino que, si el vecino es compañero, le pedimos el teléfono y seguimos rumbo, porque ese ya nos acompaña. Hay 50 mil frentes en el distrito y resulta que tenemos que llegar a todos. Como suena. Así que importa lo cuantitativo, porque lo electoral es eso: números. Todo esto, claro”, prosigue el responsable, “ha de ocurrir bien rápido, en un par de meses eléctricos, furiosos, inolvidables. Se llama o le dicen ‘campaña electoral’. En cambio, la construcción, lo que hacemos el resto del año, y de la vida, es cualitativa y la llamaremos, con intencionado dejo religioso, ‘campaña cultural’”.

¿Qué es todo este idioma? El mes pasado fueron las elecciones primarias abiertas en las que se definieron las candidaturas a presidente, gobernador, intendente y legisladores nacionales, provinciales, locales y del Parlasur, y la prensa debió registrar el avance de una organización como La Cámpora en varios municipios emblemáticos de la Provincia de Buenos Aires (Moreno, San Vicente, Lanús, Hurlingham, Almirante Brown, Mercedes). Dicho fenómeno parecerá inexplicable: ¿tiene la juventud kirchnerista representatividad en la población? Al parecer, la tiene. ¿Cómo pasó? ¿Cómo no lo previeron los interesantes escritores de Le Monde Diplomatique, de la revista Crisis, del blog Panamá? La respuesta: el trabajo de construcción es silencioso, lento, paciente; el electoral es ruidoso. Y ha llegado el momento del ruido.




Estrategia de construcción

A las nueve de la mañana, en Villa Tesei, un sábado helado... En la calle Lángara cae hielo. Los compañeros se reúnen en torno al operativo de salud. Volantes fotocopiados cuelgan entre los dedos angulosos, rígidos, a duras penas retráctiles. Esperan que aparezcan las vecinas del barrio. No tardan nada. En fila, en procesión seudocristiana, con rostros pasolinianos, rigurosos… Vienen a que les firmen las libretas de la Asignación. A la derecha, sobre el descampado, puede oírse el viento, que mueve un manojo de hojas pútridas hasta la cabina de un auto incinerado, graciosamente –entreabierto, sin vidrios ya, su pintura roída. Por arriba, es notorio, camina un gato.

Los compañeros deben hacer esto: charlar en la fila. No limitarse a entregar el volante, como el runflerío. El runflerío es el conocido “aparato”, lo que un guionista de televisión denominaría “punteros”, o sea, el reemplazo de la militancia una vez que la dictadura terminó: gente que por sus contactos puede resolver problemas (tal vez) de los vecinos, lo que sin duda es absolutamente meritorio, pero que luego no politiza la relación. Así la cosa no avanza nunca. Politizar sería, en un nivel mínimo, volver sensible el vínculo que existe entre un problema concreto y los grandes asuntos nacionales. Y emocionar, llamar a la acción.

Hoy, ahora, en julio, los militantes dicen: antes, cuándo hubo un operativo de salud acá. No hubo. Una vecina critica al municipio: en la salita no le quisieron firmar la libreta; qué culpa tenían ellos (los médicos) de que haya parido sin plata. Se hubiera cuidado. Esto le dijeron. Una barbaridad recurrente, el racismo medicinal… Los compañeros politizan, dicen: hay que luchar, los valores de este proyecto, el intendente debería controlar, faltan gasas, basta de frases nazis. Es un comienzo. Salta otra y alega que sube el costo de todo: el pan, la carne, gaseosas. Bueno, replican los compañeros, pero hablemos de política, o lo que es estrictamente idéntico, ¿de quién es la culpa? ¿De la Cristina? No. Arriba CRISTINA = ASIGNACIÓN, abajo EMPRESARIOS = INFLACIÓN… Este fraseo simple debe ser imaginado, brillante, en una pared. Reina la satisfacción de haber tenido una idea; pero cuidado.




Altercado en el paredón

Militantes se acercan a un clásico paredón ferroviario. Todo el mundo lo pinta. Evidente en su finalidad, indiferente en su ideología, en sí mismo resulta ser una cosa esencialmente disponible, lo más parecido que se pueda concebir a una “forma pura”.

Llevan un tacho de cal y unas botellas cortadas al medio, donde cargaron el ferrite azul. Arrancan blanqueando el paredón, tirando cal con rodillos harapientos; este fenómeno ha ocurrido mil veces, y volverá a ocurrir. El nombre del intendente va borrándose. Luego toca escribir la consigna y de esto se ocupa Luciana, clásicamente. La facilidad de su trazo es sorprendente; también la firmeza. Van a poner algo normal, sobre la Patria, nada muy provocativo.

Pero, pero: aparecen dos patrulleros. La policía municipal: oh. Con más rigor, los patrulleros municipales, es decir, los coches comprados por la intendencia. Porque la policía municipal, a mediados de 2015, todavía no existe. Claro que podría tratarse de una sutileza; en definitiva, la represión del enemigo político no es una ciencia exacta.

Hay que reconocer que, para no existir, la fuerza municipal es bastante numerosa. Unas ocho personas vienen a impedir lo que fuere. Pese a la cantidad, por ahora reina un ánimo de cooperación y vecinazgo. “Chicos. ¿Van a pintar? No se puede; todo bien, igual, pero no”, discurren los policías. Los compañeros desean averiguar el porqué; un agente replica que “es propiedad privada”, confiando en el poder mágico de estas palabras. “Todo el mundo pinta acá”, protestan los “chicos”, “y aparte son terrenos ferroviarios: pertenecen al Estado Nacional”. La remisión a una instancia superior irrita el clima casi benévolo que predominaba entre los efectivos. Empiezan a hacerse, o fingir hacerse, llamados telefónicos. Aparece el inevitable “policía malo”, en este caso revestido por la condición de su absoluta inexistencia jurídica. “Hay cámaras de seguridad. Basta. Eh.” El tono es rasposo y frío. El “policía malo” murmura que “nos mandaron” aunque “no queremos estar acá” y que “todos sabemos que esto va a ser así”. Los compañeros analizan el escenario: la propuesta policíaca es que no hay Orden Social y que todo funciona en el terreno del “vamos viendo”, del sobreentendido, los puntos suspensivos... Ante esto, se impone la resistencia pasiva: no pintan, pero tampoco se van. Y hacen también sus llamados. (¿Cómo era la política antes del teléfono celular?)

Hablan con un militante abogado, que se toma un remís para llegar volando a la escena. Otro, responsable político de la zona, coordina con Luciana. Ella está asustada; es flaca, un poco encorvada, como un junco. “Los que están ahí, seguro son mitad bonaerenses, mitad municipales. Todo verso. Esperamos al boga.” Llegan refuerzos al bando seudopolicial. Son “civiles”, esto quiere decir funcionarios. El revoltijo de poder localista incrementa la tensión. “Nos los vamos a llevar detenidos”, dice fuerte uno de los recién llegados, como para que lo escuchen. Surte algún efecto; Luciana vuelve a llamar al responsable político y reporta la situación. El mandato que le devuelven: esperar al boga. “Pero, pero… Nos quieren llevar. Piden DNI.” “No somos chorros. ¡Nada de DNI!”, el responsable político le responde a los gritos a Luciana, pero es para despabilarla y enojarla –funciona, como siempre. Y se levanta el espíritu de los compañeros. Empiezan a pedir identificaciones a los propios canas, quienes, por cierto, se niegan: van enervándose, entre un poco y mucho. Surge un debate acerca de quién debe identificarse ante quién. ¿Son acaso verdaderos policías? A todo esto, la sociedad civil propiamente dicha, en reducido número, curiosea de a ratos –y se aburre, porque en realidad no ocurre nada.

Llega el militante abogado. Acá se define la política: o pueden seguir pintando, o no. Se presenta como tal, abogado Mengano; y cosa curiosa, su presencia resulta fulminante.

Esto es, se van.

Esto es, el bando seudopolicial se desmiembra: un par suben al auto y defeccionan. Los polis distritales, la parte más irreal del grupo… Los funcionarios municipales también se borran. Quedan bonaerenses hablando cordialmente con el abogado: comentan, como quien oye llover, que no les gusta que los llamen para “asistir” en semejantes pavadas.

¡Triunfo! Sin dudas. El deseo de no querer líos, que a veces gobierna el accionar policial, se expresa de diferentes maneras y algunas –por qué no decirlo– bien podrían ser un fragmento de la Constitución.




A sumar gente

Pero ¿cómo, por dónde se empieza a militar? La opinión pública no lo sabe. Tal vez no quiera saberlo; como decía Lacan, no existe ninguna “pulsión de saber”: la ignorancia es una pasión. Por cierto, la opinión pública jamás conduce a nada, así que el pre-militante debe tener la suerte de encontrarse con alguien que le brinde información certera sobre el asunto. Porque mejor que la impersonal alternativa de mandar un correo electrónico a alguna organización es, claro, conocer a alguien que ya esté militando. Armemos la escena. Es de noche. Están en un bar; como las vanguardias artísticas, la política también empieza en un bar (o en la casa de alguien que cumple esa función; no es difícil que esto pase, porque la gente tiene que juntarse en algún lado). Bajo neutrales tubos de luz, se habla de coyuntura. El mozo oye al azar palabras, sustantivos, “izquierda peronista”, “el campo”, “Primera Sección electoral”, flotando en el aire, entremezclándose con el barullo del ambiente y el humo confundido que dejan los cigarrillos, que para eso están. Todos hablan y dicen lo suyo, es decir, lo que han leído del tema. Cosas interesantes. Pero cuando le toca al militante, se nota que sabe. Suena distinto cuando él dice “Kirchner” o “poder político”; suena distinto, sí. Kirchner. Poder político. Palabras conocidas, pero que adquieren otra penetración, otra expresividad, llegan más lejos, se abren paso entre las columnas de humo que expulsan los fumadores, se le imponen incluso a la conciencia intermitente del mozo… Todos prestan atención. Lo más viejo del mundo, claro; está sumando gente; como se dice en la jerga, el primer paso del encuadramiento.





El encuadramiento

Supongamos que el pre-militante decide probar, salir del bar, ir a la cosa misma. ¿Qué pasa en las primeras semanas? Conoce gente. En forma imparable: Juan, Luciana, Andrea, el Colorado, Luis, Victoria, Alberto, José, José Carlos, todos mezclados e innumerables como en la Biblia, singulares, con sus características, su forma de hablar. En el medio del frenesí de reuniones, tal vez logra detener la vista en algo: una compañera que le gusta, y que canaliza (él no lo sabe) su deseo de otra vida, otra juventud… Pero las actividades arrancan inmediatamente; de entrada tendrá que exhibir la capacidad de levantarse, un sábado, a las siete y media de la mañana. Curiosamente, no comienza luchando contra la Sociedad Rural ni la especulación financiera, sino que carga bolsas, pinta techos, camina muchísimo y habla, habla con el pueblo, habla y ve: un océano de sufrimiento. Habla y ve: poder local, gente más inteligente de lo que suponía que podía haber. Habla y dice: al final, el Conurbano es… ya sabíamos cómo era: es común, está lleno de calles, tiene veredas con pasto, intendentes, hay pobres y no pobres, depende la zona, es irresumible. El pre-militante entra en los barrios periféricos. Sus compañeros son de varias clases sociales, quizá de todas. Saben preparar una mezcla de cemento, mover el fratacho sobre un revoque nuevo. Aprende mirando; no se explica cómo, pero está aprendiendo a pegar ladrillos. La política real le hace acordar que tiene un cuerpo, pero de manera distinta… Claro, es “poner el cuerpo” –en otras palabras, quedar demasiado cansado como para salir el sábado a la noche, quizá saliendo igual. Pero además, modelar el cuerpo. Bueno, mejor dicho, el espíritu: tener la orgánica en el cuerpo. Parecido a lo que dijo Alain Badiou a propósito del poder popular: “quienes nada tienen, solo tienen su disciplina”.

¿Qué es esto? La orgánica, la disciplina, significa que yo no soy yo. Más bien, yo sería "uno" –el pronombre indefinido donde intersectan la voluntad personal y la estrategia del conjunto: en definitiva, la fuerza radica en esto, en que se pueda tener una vida no-individual. Digamos lo mismo con una imagen. Cuando el militante se pone, por primera vez, la pechera de la organización, piensa en cómo lo verán sus amigos, los otros, aquellos, los de antes: él, que nunca había… no es un nene, en fin… La semana pasada no pudo ir a uno de esos casamientos campestres a mediodía porque le coincidía con una actividad. ¿Lo decidió él? En tanto “yo”, no; pero en tanto “uno” –se enreda. No hay tiempo. Es de noche; está en una fiesta con música que antes no hubiese escuchado. No conoce a nadie. Está lleno de compañeros. En la penumbra, mientras vuelca cerveza en un vaso de plástico transparente, oye: los que tienen novia, la van a terminar dejando, suele pasar, cuando termine el encuadramiento.




La buena nueva

Hoy los compañeros se vinieron directo desde el Oeste, en el ramal San Martín, y temprano. El sol les pegó un rato en la cara. Con algunos apretujones ingresan en la Casa Rosada, esa importante mansión consciente de sí misma, luego de atravesar la entrada ojival y los controles; por las claraboyas penetra la última claridad del día, un tono pardovioláceo sentimental… Cruzan como pueden el Salón de los Patriotas y se dirigen al Patio de las Palmeras; conocen el camino porque lo han hecho infinidad de veces. El clima adentro: es un recital, pero esos recitales chicos, en los que pasan las cosas importantes, los que no se filmaron, como ver a Sumo en el Parakultural... Todo está cerca, la gente contenta, hay columnas que no dejan ver bien, las canciones suenan como un trueno. ¿Cuándo pasó esto? ¿Volverá a pasar? El sol va ocultándose entre las pesadas hojas de las palmeras. Ya tuvo lugar el anuncio. Sale Cristina, micrófono en mano. Sí, esto debe ser un recital… La forma en que la masa ocupa el espacio, la forma en que ella saluda, “los quiero mucho”... O es al revés y los recitales “copiaron” de la política el elemento místico: la noción de aglomeramiento como un hecho positivo, liberador. Se canta eléctricamente “no pasa nada/ si todos los traidores se van con Massa”. Los militantes y funcionarios que acompañan a Cristina cantan también, ponen los dedos en V, porque es lo que hay que hacer y porque quieren hacerlo. Es un espacio libre de ironía, de suspicacia, de temor, de tedio...

En este momento, uno puede retraerse un segundo y observar a los presentes. En general, y de forma continua, están los compañeros, claro, pero también todas esas personas vistas diez o doce veces, a medias conocidas, con las que uno está vinculado por una vida en común, por objetivos compartidos y por un destino que bueno o malo les caerá a todos, uniformemente, en la cabeza. Eso los junta. Y toda esta escena puede configurar también una lección de teoría política: la potencia colectiva, para no desperdiciarse, se concentra en un punto –el líder, en este caso, la líder. Se ve fácil eso: hay conducción.




Día de elecciones (recuadro)

-Cronología del último 10 de agosto, desde un comando de campaña.-

05:00 hs Oscuridad, truenos; sentimientos góticos. El agua murmura en las cunetas. Anoche, justo es decirlo, circuló un correo avisando que podía llover fuerte. Mandarinas en la mesa de fórmica. ¿Votará el pueblo? Una luz racionalista, intemporal, corre en superficies mojadas…

6:45 El comando de campaña, sin mayores movimientos. Primeros llamados por teléfono. Luz de tubo blanco, cayendo lamentablemente sobre medialunas y bizcochos. Desde la ventana, la ciudad parece un frasco de laboratorio, algo descolorido.

7:15 Los fiscales llegan a las escuelas: empapados. Continúa el atentado terrorista de la lluvia, el “puño sin brazo” del que hablaba Trotsky. Todo marcha bien, salvo en un par de casos, donde los runflas no quieren que se sienten nuestros fiscales, aduciendo que “ya los lugares están ocupados”. Gente simpática nos saluda, si bien no la conocemos.

8:00 Problemas con el apoderado del partido a nivel local. Un gran parecido con Jack Nicholson.

9:00 Con apreciable demora, termina de abrir la última mesa de votación. Furor telefónico con los fiscales generales. ¿Está todo el mundo sentado? ¿Boletas? La lluvia no está siendo tan problemática por el momento. Especulaciones sobre la retracción del voto popular a causa de los anegamientos.

12:00 Nada importante hasta el mediodía, cuando llega el candidato. Hay problemas en tal escuela: como no queda lugar adentro, la policía hace esperar a la gente afuera, y se mojan. Lo bueno: nuestra boleta se mueve más que la de ellos.


14:00 Momento del prode. En una hojita, los que andan en el comando de campaña anotan pronósticos de la elección. Hay tantas categorías que deciden jugar solamente en presidente e intendente, y sólo con los porcentajes locales. Acuerdan un margen de error de un punto. Obviamente, más divertido que jugar es establecer las reglas, así que todos apuestan que ganamos y que nos va bárbaro.

14:30 ¡A almorzar! ¡A votar! Y justo se larga con todo. Poca gente en la calle y en la escuela; las familias comen ravioles y se duermen. En el cuarto oscuro están representadas todas las formas y todos los colores de la volonté générale de que hablaba Rousseau. Al salir, lo dicho, la lluvia perfora los árboles.

17:00 Hora clave para prestar atención y que no haya avivadas. Se envían mensajes de arenga a los fiscales, que responden con exclamaciones y algarabía; mensajes demócrata-populistas, con ánimo, con polarización.

18:00 Cierre formal del acto eleccionario, aunque obviamente en algunas mesas hay demoras. Aplausos en el comando. Ahora se toma de nuevo mate. Empieza a llegar cualquier cantidad de gente; personas vistas en ocasiones olvidadas, charlando junto a las ventanas húmedas, con expresiones satisfechas, intrigadas.

19:30 Primeros resultados, ¡ganamos! Pero el escrutinio será lento y pesado.

20:00 Llega de nuevo el candidato al comando. Aplausos. Periodistas de medios locales, muy jóvenes: ¿cómo será su vida? Empatía; quizá todos los jóvenes de esta época sean buenos e interesantes. Empieza a aparecer, no queda claro de dónde, un importante número de pizzas y gaseosas.

20:30 Todavía no hay nuevos resultados. Llega la noticia que también andamos bárbaro en distritos vecinos. Alguien dice: es una ola. En la televisión no saben nada y simplemente dan a entender que ganamos a nivel nacional.

22:00 Está muy claro que ganamos, pero el escrutinio es lento, y todavía no hay nuevos resultados. Se come pizza fría y llueve desconsoladamente. El comando rebalsa de personas.

23:15 El otro lado reconoce la derrota. Los fiscales salen de las escuelas y se dirigen al Club Tal y Tal, donde serán los festejos. El recorrido es penoso, por la ya descontrolada lluvia; difícil pensar en el triunfo. Hay que ir a abrazarlos, darles pizza o café.

00:15 Club lleno de gente; la gente desconocida sonríe sin parar; los fiscales empapados, es decir los militantes, cantan: “Néstor / mi buen amigo / esta campaña volveremos a estar contigo. / Militaremos de sol a sol…”

02:15 Volviendo a casa. La lluvia no termina de caer bajo ningún punto de vista. Alguien dice: contra la desagradable pedantería de los que desmerecían a la juventud, llamándonos kirchneristas de último momento… el momento parecería no ser el último. Paran en un semáforo. Un claro se abre momentáneamente en el cielo; del cuerno de la luna quedó enganchada una nube. Por la calle lateral, desierta a esta hora, pasa un coche tocando bocina, solo.

domingo, 31 de mayo de 2015

CRISTINA Y PERÓN

por Damián Selci

Una vez extinguido el experimento Massa, y básicamente agotadas las polémicas en torno a él, y sencillamente dispersados sus antaño numerosos fans (o propagandizadores, o incluso licenciados en “teoría del giro municipalista” –nota irónica: el único giro municipalista verificable fue el de los intendentes renovadores, que en efecto “giraron” masivamente hacia el FPV), la discusión que más o menos viene planteándose en diferentes ámbitos sería la siguiente: qué ocurrirá con el peronismo cuando  Cristina ya no ocupe el sillón presidencial. El rosario de posturas es falsamente interminable; se puede reducir a dos. Por un lado están los “lapiceristas”, en dos palabras, los que juzgan que el liderazgo político no es otra cosa que la asignación de partidas presupuestarias, o la promesa de dichas partidas (bajo el formato de obras, cargos, contratos, lugares en listas y las mil y un formas de “pagar” en política). Por otro lado están los personalistas, para quienes el liderazgo político es un acontecimiento histórico irreductible a ninguna institución, y como tal impone una militancia cuyo horizonte está más allá del toma y daca, la especulación, el cálculo. Por ejemplo, Perón en 1973 era uno de los pocos ciudadanos argentinos que estaban inhabilitados por ley a presentarse a elecciones, el Proscripto por excelencia; sin embargo, mandaba. Se daba la vida por él. (Y, ¿qué es un líder? Podríamos responder: el que el pueblo quiere.)

Hay que hablar, entonces, de Perón y de Cristina. Al mismo nivel. Los que se posternan ante la lapicera, digamos que en su versión más refinada no tienen ningún respeto ni temor por el fenómeno del liderazgo, sino que sienten que podrían reemplazarlo a su debido momento. ¿Se trata solamente de “afán personal de poder”? Quizá no; cuando argumentan, los soldados de la lapicera se defienden apelando a la característica más íntima del corazón del pueblo argentino: el venerable culto a la rebeldía ante la autoridad, la típica desconfianza rioplatense por cualquier título honorífico o sangre azul, de cualquier fortuna bien o mal habida, de cualquier corona… En otros términos, como el Pueblo no se siente inferior a sus Representantes, siempre puede reemplazarlos… A primera vista, modernidad pura. Digamos que el lapicerismo puede fundamentarse en una noción totalmente formal del poder: el que manda no tiene propiedades “naturales” o divinas para ejercer su influencia en los demás (eso sería medievalismo), sino que simplemente posee (de forma pasajera) las herramientas institucionales del poder. Y puede perderlas, porque así es la democracia –incluso perderla a nuestras manos, por lo cual, ¡a competir! (Claude Lefort o Chantal Mouffe acaso podrían suscribir estas líneas.)

Pero el formalismo es más complejo. En una entrevista reciente, mediante la cual politólogos y peronólogos creyeron tocar el cielo analítico con las manos ya que, por fin, la Bestia hablaba por sí misma, el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey reflexionó: “Mirá, cuando tenga un candidato a presidente, que todavía no lo tengo, me va a empezar a parecer un gran dirigente; en septiembre, me va a parecer que es lo más cercano a los postulados del peronismo, y en octubre, cuando gane las elecciones, me va a parecer la reencarnación de Perón. Así somos nosotros.” El estructuralismo francés de Urtubey no podría ser más elocuente: el “carisma” no emana de la persona, sino del lugar institucional que ocupa –es una apariencia del sistema, pero una apariencia objetiva, un “engaño” en el que caemos indefectiblemente en septiembre-octubre de los años con elecciones ejecutivas, del que somos conscientes y del cual, no obstante, no podemos liberarnos (ni queremos, porque de hecho suele garantizar el triunfo). Lo fascinante de esta confesión radica en su desparpajo, y por eso gusta tanto a los académicos (quienes, como diría Lacan, representan la posición del Saber que debe ser siempre lo contrario de la inocencia y por eso termina en el cinismo –y por eso Twitter está lleno de becarios); con una leve paráfrasis de Slavoj Zizek, podemos describir este fenómeno diciendo “sabemos muy bien que el candidato Fulano no es la reencarnación de Perón, pero… igual lo creemos”. Ahora bien, la frase de Urtubey tenía un remate que no puede eludirse y resuelve (descartándolo) el enigma del carisma: “Si le va bien dentro de cuatro años militaremos su reelección, y si no le va bien, nos lo llevaremos puesto”. Esta visión hindú del peronismo, donde el Movimiento se va engullendo tranquilamente a sus sucesivas encarnaciones en cuanto dejan de servirle, sin que sus productos lo afecten ni alteren su naturaleza, tiene la seducción de Shiva y sus brazos infinitos; pero al igual que el hinduismo, y sin dejar de ser una figura del Espíritu (vamos a reconocerlo), resulta fundamentalmente aburrido, incompleto y conservador.

Y bien, ¿qué piensan los personalistas? Lo contrario; en la fenomenología del espíritu político, serían como los cristianos, para quienes el Movimiento sí puede producir un liderazgo que no sea “uno más”, que cambie para siempre el sentido del Movimiento mismo. En otros términos, son dialécticos, en el sentido de que admiten la posibilidad de un Acontecimiento que interrumpa el fluir imparable y esquizoide (y quizá deleuziano) tan bien descrito por Urtubey… Para bajar a tierra todo esto: hay un grupo significativo de gente para la cual Cristina tiene la misma estatura política que Perón. Y que por lo tanto hay que obrar (militar políticamente) en consecuencia. Por ejemplo, La Cámpora, organización cuyo nombre lo dice todo[1].

Esta es la discusión, en definitiva. ¿Cristina es tan importante y decisiva para la historia argentina como Perón? Comencemos analizando a quienes rechazan semejante idea. Salvo que tengan 70 años, no han vivido los años dorados del peronismo clásico y casi con seguridad no los han experimentado como militantes políticos: sólo conocen la Resistencia, donde había líder pero lejos, donde –por obvia necesidad– la política peronista gozaba de una autonomía táctica francamente enorme. Si tienen entre 40 y 50 años y están en la flor de la edad para la gestión, ni siquiera han llegado a vivir políticamente el Perón del 74 y todo lo que pueden decir del asunto se basa en relatos indirectos y en la época Cafiero-Menem, es decir, la Renovación. Si tienen menos y siguen pensando que Perón fue más que Cristina, lo que preservan es la experiencia bibliográfica del peronismo contra la vivencia directa del kirchnerismo, lo cual es respetable, en primer y último lugar. Porque no se trata de invalidar etariamente una posición sino calcular su influencia política: si Perón “hubo uno solo”, si el acontecimiento histórico del liderazgo de Perón no puede volver, entonces tiene razón Urtubey –todo lo que nos queda es engañarnos con encarnaciones cuatrianuales del General que, luego e impiadosamente, devoraremos cuando pierda votos. Y así recomenzar el círculo. La lógica del carisma que expone Urtubey es tan circular como las crisis económicas a las que nos ha venido sometiendo el capital extranjero; y esto quizá no constituya, cómo decirlo… una “casualidad permanente”. Yendo al grano: ¿cómo se ha tramitado la sucesión política en la Argentina? Mediante golpes de Estado o golpes de Mercado. Lo pueden testificar Duhalde, De la Rúa, Menem, Alfonsín, los militares en todas sus formas, Isabel, Illia, Frondizi, Perón, Yrigoyen… Tal vez el “y si le va mal, nos lo llevaremos puesto”, tan natural y cansino de Urtubey, tenga un sustrato menos espiritista y más económico-político; tal vez atrás de los tentáculos movedizos e hipnóticos de Shiva se cifre el rol que la división internacional del trabajo del siglo XIX le asignó a la Argentina: vender granos y explotar por el aire ante cada cuello de botella industrializador, por falta de dólares o por presión de las armas…

Para ser más explícitos: a Cristina nadie se la llevó puesta. Gobierna con mano firme, como si no fuese a irse en pocos meses. Mantiene absoluta centralidad política. Sanciona leyes. Y peor todavía, arma listas. Simpáticos sofistas pretenden que Menem, hacia el final de su mandato, estaba en una situación similar. Para nada. El 17 de octubre de 1998, el gobernador bonaerense y peronista Eduardo Duhalde (que ya había volteado el rumor re-reeleccionista) llenó la Plaza de Mayo para sepultar el liderazgo de otro peronista y encima presidente, Carlos Menem, cosa que logró (según Carlos Corach hubo 60 mil personas, según el duhaldismo 100 mil) [2]. ¿Existe algo parecido que haya ocurrido este año en relación a Cristina? Massa jugó simbólicamente por ese camino –por ejemplo, se atribuyó haber cercenado cualquier posibilidad de reforma constitucional que habilitara nuevos mandatos presidenciales, y logró provocar una escisión bonaerense de cierta importancia. Sin embargo, la idea no prosperó. El liderazgo de Cristina no estaba agotado. Y no porque (como teorizan los liberales, a quienes siempre debemos leer ya que, como tienen intereses propios, tienen ideas propias) la economía populista del kirchnerismo haya postergado su muerte con emisión, subsidios y deuda china. Es al revés: Cristina pudo sortear la crisis económica (tomando las medidas contrarias a las recetadas por los “y si le va mal, nos lo llevamos puesto”) porque es una líder histórica de la talla de Perón. Su enorme popularidad le permite ordenar todo lo que pasa. Cristina está abarcando políticamente la contradicción principal: cómo hacer para que el capital extranjero no vampirice la industria nacional y nos devuelva, de un plumazo, al siglo XIX –a su economía dependiente, a sus magras condiciones de vida. Interesante problema, ¿no? Y además, todo indica que su influencia en la política nacional va a ser terriblemente importante y, en algún sentido, quizá recién ha empezado: Cristina tiene sólo 62 años (cuando finalmente volvió al país tras su largo exilio, Perón ya sumaba 78).

La tesis final de este artículo es la siguiente: el peronismo hindú, con encarnaciones dirigenciales descartables que van muriendo a medida que se vuelven inútiles, no es un resultado histórico. Es sólo una etapa de transición entre Perón y Néstor, una formación de compromiso que surgió para procesar conjuntamente la muerte de Perón a manos de la vejez y la muerte de la juventud a manos de la dictadura. (Demasiado espanto. Todo lo bueno y grande que había en la Argentina del 73 ya no existía en la Argentina del 78.) Acá se puede rebatir el punto filosófico de los soldados de la lapicera: es cierto, “el argentino” desconfía de la autoridad, no se siente menos que un norteamericano o un europeo, no respeta los trajes ni los títulos, no se posterna ante los reyes, desconoce con toda frescura fastos y pompas (cuando Antonio Ubaldo Rattín fue expulsado del partido Argentina-Inglaterra en el Mundial de 1966, se sentó un buen rato en la alfombra roja destinada a la Reina, provocando un involuntario, mágico estupor), es cierto, “el argentino” es más anarquista que verticalista y sin embargo… sin embargo, cuando alguien es un auténtico líder popular, las “bromas” y los desafíos terminan. Son mal vistos. Mientras Perón vivió, e incluso residiendo fuera del país, fue desafiado por Vandor, que tenía un poder enorme en la CGT y quiso fundar el “peronismo sin Perón”: no funcionó. Luego, con muy otras razones, Montoneros discutió esa conducción: tampoco anduvo. Conclusión, los liderazgos históricos no se tocan. ¿Qué van a intentar con Cristina? El pueblo argentino la quiere, y la va a querer más a medida que se acerque el 10 de diciembre de este año –y más aún después, cuando ya no la veamos asomarse regularmente a los patios de la Casa Rosada para decir que bien, en fin, lo mejor que deja su gobierno es una juventud politizada. Son palabras solemnes. En este país hubo un genocidio; Néstor y Cristina lo curaron. El hecho va más allá de cualquier coyuntura y dicta, en buena parte, las condiciones del futuro –en todo caso, es lo que está en debate: para una parte no desdeñable de la sociedad, numerosa y movilizada, el candidato es el proyecto, y el liderazgo es de Cristina.






[1] Habría que aclarar que los “personalistas” no suponen ninguna regresión a una versión carismática ingenua de la política. La diferencia con los compañeros de la lapicera es simple: éstos se ordenan con el que gobierne, sea Perón u Onganía (como hizo el pragmático Augusto Timoteo Vandor), mientras que los personalistas crean una orgánica “paralela” a la institucional a la que llaman, claro, la Orga, donde la política sencillamente no se confunde con el Estado, aunque puedan coincidir. ¿De dónde sale esta necesidad de duplicar la orgánica del Estado en otra superior, la orgánica política? La razón es simple: el Estado, por sí sólo, tiende a la burocracia, es decir, a administración (“gestión”), y de lo que se trata acá es de un proyecto de transformación cultural de la sociedad –de que la vida cotidiana sea distinta, y no sólo más eficaz.
[2] En la crónica que realiza Página 12 de aquel evento, el periodista Felipe Yapur destaca que el único gobernador presente en el acto era Néstor Kirchner. Y también recoge estas palabras de la diputada Cristina: “Yo no aplaudí cuando se hizo referencia al orgullo de haber participado de las políticas de Menem”, explicó a este diario Cristina Fernández de Kirchner. Pero advirtió que Duhalde hizo algunas referencias muy importantes: “El discurso saldó algunas deudas del peronismo como cuando hizo referencia a la dictadura y a los desaparecidos. Además hizo una buena descripción de los perdedores y ganadores del modelo y anunció una nueva y mejor distribución del ingreso”. http://www.pagina12.com.ar/1998/98-10/98-10-18/pag03.htm

martes, 30 de diciembre de 2014

LA POLÍTICA Y EL ESTADO EN EL KIRCHNERISMO

Diciembre 2014, sin grieta y en paz: ideal para discusiones de fondo. -La bohemia cultural y el Doctor Frankenstein. -Prioridad de la conducción política por sobre la conducción del Estado. -Rodolfo Fogwill aplicado a la “generación intermedia”, y por qué es importante ganar en serio.

por Damián Selci


-La primera belleza de la militancia, y la segunda

Ha terminado la fiesta del orgullo poskirchnerista, y el viento dispersa indiferentemente los restos; las presunciones sobre un fin de año desquiciante y calórico no se cumplieron, los quintacolumnistas de las redes cajonean la sociología para replegarse en la poesía y la política internacional, y las redacciones insurreccionales tratan de sacarle provecho a sus contactos en los juzgados, actividad que los hastía –hubieran preferido el dólar, los saqueos, la rebelión policial, y no el comentario de monótonas denuncias y expedientes. No será perpetua esta paz, claro: pero es diciembre y donde se esperaba una grieta, hay vacaciones. La Presidenta saluda a la población por las fiestas. No hay crisis, sino brindis, y el kirchnerismo garantiza derechos (también la calma).

Podría ser este 2014 que termina normalizado, entonces, tal vez, oportuno para reponer el trasfondo de los debates que dieron vueltas en el último tiempo en la opinión pública digital, y en otros lugares también. Ese trasfondo fue la militancia. Es decir: en las discusiones más álgidas, en las columnas más polémicas, lo que partió aguas no fue el peronismo, ni siquiera fue solamente el kirchnerismo, sino la posición que cada quien tuviese sobre la juventud kirchnerista. He aquí el contexto actual. Hubo un período en que a todo el mundo le agradaba el regreso de la militancia. ¿Cuándo fecharlo? No es fácil, pero digamos que entre 2008 y 2011; o sea, cuando cada quien podía hacer política como le pareciese, de la manera más creativa y caprichosa posible. Era una época dorada y nueva; florecían las tertulias y los asados; las chicas lindas resultaban ser peronistas; coincidían mágicamente la bohemia y la revolución. Pero si la militancia puede en efecto nacer en ambientes artísticos de este tipo (en 1915, Lenin se juntaba  en un bar suizo a jugar al ajedrez con Tristan Tzara, padre de la vanguardia dadaísta), precisa de otros espacios para desarrollarse. Empieza entonces un nuevo tipo de belleza –sin el auxilio romántico de la noche y los debates interminables: más diurna y práctica, más árida, efectiva, organizada.

Por cierto, esta segunda belleza resultó horrenda para el establishment, pero también para una parte de la vieja bohemia, lo cual es absolutamente normal también. La militancia política joven, obviamente, tiene una terrible carga de intensidad en el país de los 30 mil desaparecidos; es un rayo que cae sobre cada grupo social, dividiéndolo entre “los que dan el salto” y los que no. Como las organizaciones políticas son algo abierto, donde en principio puede entrar cualquiera, los que no se encuadran deben elaborar algún tipo de explicación a la pregunta de “¿por qué no me convierto en un militante en toda regla, si muchas personas cercanas y respetables lo están haciendo?”. Independientemente de cada respuesta psicológica o singular, lo interesante es que, en diversos grados, la anhelada y bella oportunidad para hacer política se puede convertir en su opuesto, un monstruo opresivo y amenazante. Y así como algunos simplemente se dicen “no voy a militar, pero le brindo mi apoyo a esta buena gente”, la vieja bohemia se enemista con la militancia. Inspirada en el doctor Frankenstein, se arrepiente de su propia criatura y trata de destruirla. No parece saludable; pero un análisis detenido permite ver que el odio aciago y las críticas impiadosas cumplen a su pesar una función positiva: los que “no dan el salto” y se dedican a echar pestes le permiten al militante considerar la decisión de encuadrarse como un acto libre –es decir, un acto que no “era inevitable” ni está necesariamente bien visto (como lo sería anotarse en Derecho o Medicina), un quiebre en la propia biografía que no es fácil de asumir, que tiene riesgos y que, no obstante, tal vez defina lo esencial de una vida. Para abreviar, los ataques de la vieja bohemia convierten al militante en alguien valiente: esa es su función social.

Así que, por estas “razones estructurales”, la militancia recibió dardos de todos los frentes. Es innecesario enumerarlos, cuando ya han sido refutados por escrito y por los hechos; más interesante sería reponer su trasfondo teórico –pero como la entrada a los debates de fondo sólo se abre con la llave de una discusión particular, aboquémonos a la última y más sutil descalificación de la militancia: el “debate por las candidaturas”.


-La herencia cultural del Proceso

Los quintacolumnistas en sus bitácoras virtuales, y los redactores insurreccionales en las oficinas de los medios, razonan el siguiente modo: con toda la alharaca de la batalla cultural, el kirchnerismo creó una militancia, sí, pero no tiene candidato propio. Y entonces, en 2015 será derrotado, gane quien gane, porque el presidente traicionará a Cristina, como ha ocurrido siempre. Luego, desprovistos del presupuesto estatal, estos militantes no podrán sobrevivir: así que deberán a su vez traicionar el extremismo cristinista para abrazar al vencedor. Si no hacen esto y persisten en sus obcecadas ideas, simplemente dejarán de existir para la política argentina. ¿Por qué? Los teóricos del pensamiento antimilitante han establecido que los kirchneristas puros son “consumidores de poder” incapaces de sostenerse sin el Estado, ya que de ningún modo tienen representatividad y en cambio destilan soberbia, mientras que (en silencio, discretamente) el peronismo no ha cesado de producir una “generación intermedia” a-ideológica, fotogénica y triunfal, que genera poder propio y es querida por la gente –y además: la militancia no soportará el llano. No tienen tanta ideología como dicen. Se termina el relato. Hay fin de ciclo. Lean a José Natanson. Etc.

¿Cuál es el problema con este razonamiento aparentemente “natural”? Sencillamente, que parte de una premisa en parte burocrática y en parte reaccionaria: la superioridad del Estado por sobre la política. Es decir, presupone que las fuerzas políticas no pueden existir si no ocupan un lugar en el Estado. Como en democracia la vía de acceso al control del Estado es electoral, la única preocupación sensata debiera ser la de conseguir un candidato que tenga alta intención de voto. No importa para qué. Estar fuera del Estado equivale a no existir. El llano, seudónimo de la muerte. Y ante la posibilidad de muerte, se justifica tirar la ideología por la ventana y sumarse a cualquier candidato que haga cualquier cosa, siempre que gane. Este miedo paralizante, increíble y sublime a perder una elección debe contabilizarse dentro de lo que Rodolfo Fogwill llamaba “la herencia cultural del Proceso”: si no estás en el Estado, estás muerto. Efectivamente, las raíces de semejante ultra-estatalismo proceden del terror de la última dictadura, donde lo que quedaba abolido era precisamente la política como actividad que podía no coincidir con el Estado. Pero así queda denegada una premisa básica de la democracia: la existencia legal de la oposición. Y entonces se da la curiosa paradoja de que los “consumidores de poder” no le temen al llano (dijo Máximo Kirchner en Argentinos Juniors que, de no triunfar, “nosotros volveremos a la calle para reconstruir la fuerza política y volver a gobernar la Argentina en los próximos años”), mientras que los quintacolumnistas abrazan a cualquier candidato-salvavidas que mida en las encuestas, cualquiera, cualquiera, con tal de no salirse del Estado… Es extraño; en realidad, es lógico.


-Más allá del Estado

Los actuales filósofos de las elecciones 2015 no han llegado todavía a 1983. Lo que dicen, con una prosa afectada y vidriosa, es que guiarse por la ideología puede llevar a la muerte política, que para ellos es lo mismo a no estar en el Estado. En cambio, el oportunismo garantizaría la supervivencia: vaya novedad. En dos palabras: detrás de nociones como “consumidores de poder”, “comisarios ideológicos”, “generación intermedia”, “políticos light”, “fin de ciclo”, “minoría intensa”, “sciolismo o barbarie” que van salpicando los párrafos de los quintacolumnistas, lo que se vislumbra es la vigencia del trauma de las desapariciones forzadas, las torturas, el exilio, en resumen: la idea de la peligrosidad de la ideología cuando no coincide con el oficialismo. En contra de este pensamiento, el militante es alguien que dice sostener una  ideología, con independencia del resultado –es decir, el militante manifiesta la asombrosa pretensión de existir “más allá del Estado”, que una parte suya no depende del respaldo en el triunfo electoral, ni de ser bien visto en las cenas con los suegros. Esto no significa en absoluto que al militante le gusten las causas perdidas: al contrario, triunfar en serio le interesa tanto que está dispuesto a tomar algunos riesgos, por ejemplo, el de ser considerado un “impresentable” en el porvenir. La condición militante es previa a cualquier otro rol: en los barrios, en las universidades, en el trabajo o al frente del Poder Ejecutivo Nacional, el militante es primero militante, y después viene el resto. Su orgánica política vale más que cualquier jerarquía institucional y esto no es una rareza kirchnerista, sino un rasgo inherente a cualquier cosa que uno desee llamar “fuerza política”: en el mundo, los partidos siguen existiendo cuando pierden las elecciones, y también cuando las ganan. Claro que esta suerte no podrá correrla Massa ni otros adeptos a los experimentos individuales…

Yendo al grano: para el kirchnerismo, la política es superior al Estado y esto significa, entre muchas cosas, que la conducción política puede no coincidir con la conducción institucional. La militancia se regirá por el liderazgo de Cristina, con entera independencia de quién esté en la Casa Rosada en 2015. A los que piensan que este comportamiento no se condice con las tradiciones peronistas, seguramente bastará con remitirlos a lo que ocurrió durante la proscripción de Perón: sin dudas hubo una parte de la dirigencia que rápidamente se acomodó a las nuevas circunstancias y se “ordenó con el Estado” –pero el hecho es que precisamente esa claudicación fue la que dio origen a la Juventud Peronista, que como es sabido maduró con el leit-motiv de denunciar el colaboracionismo de “la burocracia” y mantener la lealtad a Perón: en otras palabras, en un gesto clave para la historia argentina, la Juventud Peronista estableció la prioridad de la conducción política por sobre el Poder Ejecutivo Nacional. Y guste o no, esto fue algo que pasó en la Argentina y en el peronismo. No se puede obviar (agreguemos que “la solución JP” al dilema del poder político no fue tan mala: aun con el exterminio a cuestas, metieron dos presidentes, Néstor y Cristina.)


-La columna vertebral de la época

El asunto de la militancia joven ocupa el centro de la política argentina por una razón muy simple: hace poco, en este país hubo un genocidio llevado a cabo por el Estado contra su propia población, y el 75% de los desaparecidos tenía menos de 35 años. Esto fue lo más grave que pasó en la historia reciente. Fue quizá lo más grave de toda la historia. Que nuevamente tenga gracia ser militante constituye un hecho político-cultural de valor incalculable, y por eso las discusiones políticas no cesan de orbitar alrededor del tema  –y por eso, también, la política de derechos humanos es la columna vertebral de la militancia: el Estado ha pedido perdón por sus crímenes de lesa humanidad, los juicios contra los represores han avanzado enormemente, fueron recuperados 116 nietos. Esto es lo formidable, lo novedoso, lo increíble: nadie morirá por llevar adelante una política contraria a la “oficial”. Por esa razón, el pensamiento antimilitante obsesionado con las elecciones no evidencia solamente un “miedo a perder el Estado” y morir simbólicamente para la política, sino algo mucho más profundo: un miedo a ganar el Estado con la propia ideología. En otras palabras: una cosa es triunfar apoyando a cualquier “candidato natural-pragmático”, es decir, sin experimentar una auténtica inclinación por sus posiciones (lo que nos permitirá despegarnos enseguida en caso de que pierda popularidad, decir “yo no lo voté” y seguir tranquilos en el reino de la cultura, escribiendo artículos sobre la crisis y lanzando editoriales de literatura independiente), pero otra cosa muy distinta es “ganar en serio” con nuestra ideología, ganar para aplicar en la realidad nuestra visión del mundo, lo que forzosamente nos obligará a tomar en nuestras manos una tarea mayor, delicadísima: la responsabilidad sobre los demás. Esta es la forma de pensar de un militante, y es una postura que cualquiera puede compartir desde hoy mismo, porque (contra la desagradable pedantería de quienes se burlan de “los kirchneristas del minuto 45 del segundo tiempo”, “los que descubrieron a Néstor en 2011”) en realidad la militancia es un fenómeno cultural y social que pertenece a los argentinos, en el que todos pueden participar, y que recién empieza.


jueves, 19 de junio de 2014

El bloqueo contra Argentina

por Damián Selci

Se extinguió la promesa capitalista: no se puede “estar en el mundo” y a la vez ser un país no-neoliberal. No hay forma de “ser un país serio” en términos occidentales sin firmar la rendición. El arreglo con el Club de París representó un claro ejemplo de la vía heterodoxa que había tomado nuestro país. Para demostrar que no somos unos trasnochados maximalistas de otra época, nos sentamos a negociar; para demostrar que no aceptamos injerencia en los asuntos internos, exigimos la salida del FMI de la ronda de negociaciones. Pagamos la deuda, pero no entregamos el manejo de la economía. El éxito resonante de la jugada abría una grieta en la hegemonía neoliberal. El fallo de Griesa la cerró.

Así como Cuba padece un bloqueo económico, Argentina es víctima de un bloqueo financiero. Un castigo clásico para los que no se comportan como lo espera el sistema capitalista internacional. Pero existe una diferencia, nada menor: en Cuba no hay una democracia en el sentido liberal-republicano de la palabra –razón por la que sus grilletes económicos se ven respaldados por una especie de fundamentación moralista: dado que “en Cuba no se respetan los derechos humanos”, entonces se justificaría asfixiarla económicamente, para que su mal ejemplo no cunda... El argumento es obviamente perverso, pero al menos invoca valores universales, como la democracia y la libertad. En contrapartida, la posición liberal deja entrever una promesa implícita, que se podría redactar del siguiente modo y forma parte esencial de su credo: “todo país democrático formará parte de Occidente”.

Una bella promesa, sin dudas, dotada de un perfume filosófico moderno –pero se acaba de evaporar para siempre: en Argentina hay democracia, igual que en cualquier país “serio”, y no obstante se la castigará como si estuviese gobernada por un régimen extremista anti-Occidente. De 2003 en adelante, Argentina no violó ningún tratado internacional, no declaró guerras, no desarrolló armas nucleares, tuvo elecciones con regularidad, no encarceló dirigentes opositores, pagó las nacionalizaciones de sus empresas, se aprestó a cancelar sus deudas. Una conducta pulcra en los dos frentes. Evidentemente no bastó, porque nada basta. El bloqueo llegó de todas formas: sin razones, sin legitimidad, de forma escandalosa, vejatoria, criminal, increíble. Al final era mentira que se podía tener soberanía política dentro del capitalismo mundial. Se nos prohíbe el crédito, aunque honremos las deudas. Somos parias internacionales aun si pagamos. La escena pertenece a la tragedia griega, ya que estamos condenados desde el principio, fatalmente predestinados a ser inaceptables, "incorregibles"... El fallo de Griesa es claro: no hay ninguna manera de integrarse al concierto de las naciones soberanas occidentales. La soberanía es posible, pero “afuera del mundo”. Adentro no. Sólo quedaría optar entre ser una colonia o ser Cuba.

¿Acaso desconocen las consecuencias del fallo sus promotores políticos, sus operadores judiciales, los lobbistas internos y externos, en suma, el establishment mundial? Por supuesto que no. Pero evidentemente prefieren un “país aislado con soberanía”, tirando piedras desde afuera, antes que “un país integrado con soberanía” que haga sus peticiones por las vías institucionales. Los motivos de esta predilección parecerán oscuros en una primera ojeada. Sin embargo, podemos echar algo de luz si consideramos los cambios de la geopolítica mundial a partir de la caída del Muro. Luego de una década de oro neoliberal, la hegemonía norteamericana comenzó un proceso de erosión. Y no por errores de su diplomacia. Ocurrió otra cosa, más “objetiva”: Rusia y China, antes países comunistas y por lo tanto “aislados” del mundo occidental, abrieron sus economías. En pocos años empezaron a competir con las demás naciones. China viene creciendo hace ya una década; Rusia acaba de imponerse a EEUU en Siria y en Crimea. Ambos países integran el BRICS y han firmado el último mes un convenio gigantesco de comercio de gas, por un valor de 400 mil millones de dólares durante 30 años. El dato es que la moneda en que se rubricó dicho intercambio no será el dólar, sino el rublo (porque China compra y Rusia vende). Esto significa sencillamente que la operación comercial más grande del siglo no se hará en moneda estadounidense… Dos países que se hallaban “fuera del mundo” en el siglo XX están desplazando, a principios del siglo XXI, a la superpotencia más poderosa que se haya conocido en la modernidad. El capitalismo imperialista pudo derrotar a los enemigos externos, a la URSS, pero no puede doblegar a la Rusia de Putin y la China del socialismo de mercado. Así que todo indica que no es deseable que surjan nuevos enemigos internos, nuevos “competidores”. Es preferible una Corea del Norte, aislada política y financieramente, segregada de todos los encuentros entre países, antes que una Argentina que se niega a dar pretextos para ser expulsada de la mesa del mundo occidental.

Con insuperable nitidez, Cristina Kirchner ha planteado el problema en términos políticos. El resto de la dirigencia no se atreve a pensar, y se aferra a la ilusión. Scioli, Macri, Binner, Massa, promueven el pago inmediato de la sentencia, como si ello no implicara voltear la reestructuración y provocar un default, no ya técnico sino real. El esfuerzo que emplean en sostener la utopía de que “esto se arregla negociando con los buitres” (lo que contraría todos los datos de la realidad) se explica porque la hipótesis de gobierno de todos ellos “era” el endeudamiento externo.  Era. Si el fallo representa una muy mala noticia para el país, para el programa económico de los Redrado, Lavagna, Melconian, Sturzenegger, es un mazazo fulminante contra el cual no hay defensa. Once años gobernó el kirchnerismo sin endeudarse; sin endeudarse, la oposición probablemente no resista once meses. ¿Cómo gestionar sin cobrar impuestos al poder económico y, a la vez, sin tomar deuda? Por otro lado, dentro el neoliberalismo, el fenómeno llamado “mundo” agota su concepto en esta sola expresión: “acceso al crédito externo”. Así han quedado las cosas. Un bloqueo pende como una espada sobre el corazón de la economía nacional. Como dicen algunos, “somos Cuba”, pero por decisión de un juez neoyorquino de primera instancia. Quizá nos encontremos ante una lección de la historia. Más allá de cómo termine el caso, todo hace pensar que hemos probado las reglas del sistema, y se rompieron.



martes, 25 de marzo de 2014

LO QUE DICE MÁXIMO KIRCHNER, Y CÓMO LO DICE - SE PUEDE TENER UNA VIDA NO-INDIVIDUAL

por Damián Selci

El periodismo local es raro. Se permite redactar el enésimo texto descontracturado sobre la nueva foto de Francisco, el reciente papel de Cate Blanchett, la última intentona de Massa por arruinar la mente de la población o la inesperada muerte de Ricardo Fort (no es preciso gastar dinero para vérselas con estas coloridas producciones ensayísticas; los blogueros las escriben gratis). Pero no levanta la perdiz cuando ocurre un auténtico hecho periodístico: por ejemplo, las declaraciones de Máximo Kirchner recopiladas en el libro Fuerza propia. La Cámpora por dentro, de Sandra Russo, aparecido hace pocos días por Editorial Debate. Desde el punto de vista del ejercicio del periodismo profesional, el tema reviste interés de por sí: Máximo es el hijo de dos presidentes (Russo acierta en dar esta caracterización “de mínima”) y nunca había hablado ante la prensa. En una definición más amplia, el interés se incrementa: Máximo es miembro fundador de La Cámpora, poderosa organización política cuya estructura roza los treinta mil militantes, en su mayoría jóvenes. Pero notablemente, los analistas políticos no le dedicaron ninguna atención al asunto. Apenas puede mencionarse una muy ansiosa columna del devaluado Pagni, en la que traduce directamente la entrevista a Máximo como un mero intento de instalación electoral. Quizás este silencio se deba a que tomar las definiciones de Máximo como algo tan digno de pensamiento como el éxito de Breaking Bad o los modales austeros del Papa conduciría a reconocer lo irreconocible: que La Cámpora constituye un fenómeno político y generacional muy relevante, que excede por todas partes la demonización criminal de los medios profesionales y la descalificación satírica de la prensa amateur, y que por consiguiente merece un lugar destacado y legítimo dentro de la cultura argentina contemporánea.

Al grano. Según cuenta Russo, Máximo Kirchner brinda dos entrevistas, que pueden encontrarse en el segundo y el último capítulo del libro. Dos cosas llaman la atención en la transcripción de sus palabras: el registro en que se expresa y la inmensa cantidad de definiciones políticas. En términos estilísticos, Máximo Kirchner no recurre sino excepcionalmente a los términos comunes del discurso kirchnerista. Las expresiones “modelo nacional y popular”, “década ganada” y similares aparecen de manera sumamente esporádica. Casi no pronuncia consignas ni frases hechas. Expone los razonamientos con un estilo oral (“Ahí ya había un Néstor más suelto”, “Los veo muy de ir con lo propio”) pero lo combina con giros de sintaxis más compleja (“Ojalá también haya sectores que se decidan a abandonar la comodidad de la queja y se animen a la dificultad de la construcción”) y algunos términos de raíz teórica (por ejemplo, en alguna ocasión dice “fuerza de trabajo” y no simplemente “trabajadores”). Por otro lado, como destaca Russo en un par de ocasiones, Máximo recurre poco al pronombre “yo” y bastante a la forma impersonal “uno” (“Mi generación votaba a Clemente o la mortadela. Metían dibujitos en los sobres. Uno miraba asombrado todo eso”); lo único que debe añadirse a esta observación es que el Indio Solari suele expresarse en forma muy parecida[1], lo cual tiene sentido, además, por el hecho de que Máximo Kirchner no pretende que sus palabras sean tomadas como la manifestación de un individuo con tales y tales características, sino como el discurso de un militante de una organización colectiva. Por ello el pensamiento tiene que colectivizarse, y también el estilo. Este rasgo es definitorio en un militante: la pretensión de que su pensamiento sea algo más que su propio pensamiento, es decir, que la expresión de las ideas tenga la generosidad suficiente de incluir de entrada a los demás. Hay una enorme dosis de esperanza histórica en esta manera de hablar –la esperanza de sacarse la mentalidad burguesa de encima, de librarse de la propia psicología privada para adquirir lo contrario, que es justamente lo que podemos llamar “conciencia” propiamente política o subjetividad histórica. Hablando de batalla cultural, este vendría a ser el deseo brechtiano del militante, la expectativa superior de la solidaridad, una apuesta ante la época y ante los otros. Se puede tener una vida no-individual.

En segundo lugar, Máximo Kirchner produce una significativa cantidad de definiciones políticas. Mejor dicho: definiciones ideológicas –es decir, que rebasan la agenda y apuntan al horizonte cultural. Citemos un párrafo corto: “Hay dos calidades de vida. La de puertas adentro, bueno, podés tener tu casa, tu tele, tu equipo de música, tu auto, cama, morfi, ¿qué más? ¿Y afuera qué pasa? Afuera vas a salir en algún momento, porque la vida no transcurre entre cuatro paredes. Y si no salís vos, salen tus seres queridos. El afuera te tiene que interesar sí o sí. Pero no desde el miedo, sino desde la acción.” La habilidad de este razonamiento estriba en que, incluso partiendo de las premisas de la sociedad de consumo (donde la “calidad de vida” y el consumo elevado aparecen como valores principales), es posible hacer una crítica del individualismo, la indiferencia, la apatía y sus sinónimos: como resulta obvio para cualquiera, se puede tener gran “calidad de vida privada” (mediante toda una serie de objetos de consumo) y una muy mala “calidad de vida pública”, que es la vida que compartimos con el resto de la sociedad. Y que, en efecto, empieza en la calle. Los sectores acomodados pretenden clausurar la existencia del afuera, la “calidad de vida pública”, yéndose vivir en barrios cerrados, pero esta solución es por definición efímera y a la larga imposible –de algún modo, y necesariamente, el afuera se mete en nuestras vidas (de la peor forma cuanto más lo negamos). Por eso hay que interesarse en el afuera. Pero “no desde el miedo, sino desde la acción”. La aclaración apunta obviamente a la cuestión de la “inseguridad”: lo que de hecho ocurre no es que la gente no se preocupe en lo más mínimo por la sociedad donde vive, sino que el canal de contacto que tiene con la realidad es (a veces de forma excluyente) la “inseguridad”. Y no se trata simplemente de que los medios de comunicación se comporten como una fuerza de ocupación extranjera, y usen la inseguridad como un arma de terrorismo psicológico contra su propia población –es peor, todo sucede como si la inseguridad “en sí misma” se hubiese vuelto un medio de comunicación de masas, un “tema de conversación constante” en los barrios, en el trabajo, en la mesa familiar (en el mismo sentido en que Theodor Adorno decía que, para la Alemania nazi, el antisemitismo se había vuelto un medio de comunicación hegemónico, la forma por excelencia de relacionarse con los demás). Por esta razón, la política no es simplemente el interés profesional de algunas personas denominadas “militantes”, sino que configura un tipo de relación social activa con respecto a la realidad. Y entonces es lo contrario del miedo.

Otro rasgo de las definiciones de Máximo Kirchner está dado por el modo en que, sin grandilocuencia y a veces como al pasar, da una vuelta de tuerca a algunas construcciones que forman parte del sentido común cultural pos-2001. En un momento viene hablando del escepticismo reinante en la época de la caída del Muro y el éxito de Fukuyama, y dice: “De pronto volvió la política, que tampoco hay que santificar”. Quedaríamos demasiado sorprendidos, casi al borde de la incomprensión, si no nos preguntáramos: ¿quiénes sí santifican la política? La respuesta es simple: nuestros numerosos analistas políticos, a quienes la política les interesa como un tema en sí mismo, y no en relación a un objetivo o como instrumento práctico de una ideología –es decir, con independencia de la vida (con lo cual siguen reproduciendo la diferencia neoliberal entre la praxis política y la existencia cotidiana, entre “los políticos” y “la gente”). El espectro llamado “poskirchnerismo” se basa efectivamente en una santificación: la política cae fuera de sus manos y se convierte en objeto de la contemplación y la exégesis, en algo que definitivamente hacen otros, “otros” que se definen por una opacidad esencial, cuya moralidad ha de ser forzosamente distinta a la de nosotros mortales. Este idealismo, o esta teología, permite que personajes desabridos y carentes de historicidad como Alberto Fernández, Frank Underwood o Dámaso Larraburu aparezcan revestidos con un aura de sublimidad. Pero no son sublimes. Los personajes históricos, es decir interesantes, son Bolívar, Perón, Kirchner, los desaparecidos, o sea, algo más y algo diferente a un operador con habilidades para la intriga. La historia empieza afuera, cuando aparecen los demás.

La lucha política es una lucha de y por la conciencia –resulta lógico, por consiguiente, que el triunfo provenga de la desmoralización del oponente, y que nada sea más importante que conservar la propia moral. Máximo Kirchner dice, sobre los años 90: “Se cayó el muro, apareció Fukuyama, no hubo más discusión, no hubo más ideología. En todos los lugares nos decían: muchachos, llegaron tarde. Antes eran los medios, ahora son las redes” (subrayado nuestro). Como sabemos, el kirchnerismo es objeto constante de discusión en las redes sociales; flamantes ex-kirchneristas invierten una suculenta dosis de su inteligencia para hostigar la moral de la juventud organizada y especialmente de La Cámpora, mediante el simple expediente de considerar, a los jóvenes militantes, como unos estúpidos, unos ilusos que llegaron tarde al kirchnerismo (porque lo hicieron después de la 125) y se perdieron “el origen nestorista”, por lo cual serían “kirchneristas del minuto 45 del segundo tiempo” que confunden el hedor cadavérico de una gestión reformista con la fragancia primaveral de un gobierno revolucionario, etc. Por ende, la precisión “antes los medios, ahora las redes” es útil; se trata de descalificaciones distintas, que operan en conjunto formando una tenaza esquizofrénica. Lo normal en Argentina. Los medios hegemónicos impugnan a La Cámpora con agudezas del estilo “tienen contratos”, “son autoritarios”, “son vagos”. Es decir, desde la moralina hueca y escandalizada de la prototípica Señora Gorda de Caballito: La Cámpora es algo peligroso, porque tiene poder. Los poskirchneristas con fuerte arraigo en las redes sociales, al contrario, no podrían escandalizarse, porque eso denota falta de conocimiento o expertise, algo que precisamente debería sobrarles, y por consiguiente sermonean desde el cinismo: “pobres chicos ilusos sobreideologizados”, “no se dan cuenta que tienen mucho que aprender de la territorialidad del PJ”, “no entienden la realpolitik del adn histórico peronista”, “Amondarain Vuelve”. En otras palabras: La Cámpora es algo inocuo, inane, inofensivo, porque no sabe lo que es el verdadero poder. Esta última acusación parece más preocupante, no debido a su irrisorio contenido sino porque, una vez minada la credibilidad de los medios, queda todavía la credibilidad de las redes –los jóvenes siempre buscarán la contracultura, sea real o fingida: las redes sociales se han provisto de un halo de recital ochentista en Cemento, de “fenómeno de época”, y por eso tienen más poder de llegada que el obviamente inaudible Alfredo Casero, por decir alguien. Y los poskirchneristas, que se desempeñan en las redes sociales y el periodismo jocoso que de ellas emana, tienen la clara función político-cultural de desanimar a la juventud, transmitirle escepticismo, ironía, humor ácido, descreimiento, en fin, desorganizarla dándole una pócima que parece adecuada para beber antes de ofrecerse como notero de “Caiga Quien Caiga” (ese antiquísimo programa que, según parece, aún existe, quizá para anunciarnos la urgencia de crear un Museo del Neoliberalismo en donde se eduque a la población sobre la toxicidad intelectual de aquella chatarra). En realidad, y para decirlo con toda la llaneza posible, quizá hoy existan básicamente dos formatos de expresión cultural joven, las redes y la organización –en las redes, cada quien dice públicamente lo que se le antoja, porque es un personaje individual y sus declaraciones sólo lo comprometen a él, mientras en la organización cada uno debe decir “públicamente” lo que piensa el colectivo, porque lo que dice uno compromete a todos. Claro que la participación simultánea en estos formatos no es excluyente, pero sí lo son las lógicas que suponen: de nuestra boca puede salir o bien la palabra de uno, o bien la palabra de muchos. La conclusión de esto es que el lenguaje de las organizaciones está más cargado de sentido que el lenguaje de las redes –digamos que “pesa más”, porque incluye los sentimientos, las experiencias y los deseos de muchas personas, y este peso superior es lo que llamamos seriedad (la cual de ningún modo excluye el humor, dado que simplemente consiste en esto: que a todo el mundo le quede claro cómo pensamos). Contra esta actitud, la chisporroteante verbosidad de la juventud “ácida” y su realpolitik de café sólo puede parecernos un viejo defecto civilizatorio que se resiste a desaparecer. Francamente: no se entiende cuál pueda ser la novedad del cinismo. Máximo Kirchner dice: de eso pudimos librarnos, de “el cinismo, de la ironía, venimos de creer que ser divertido era lo mejor que te podía pasar”. Agrega en otro momento: “el escepticismo no sirve para avanzar y construir”. Es simple: para construir, hay que tener ánimo. En otras palabras, el cinismo es el principal enemigo, no de los idealistas, sino de la organización. Y sin organización, la política se convierte en un ballet de operadores entreverados con agentes de prensa, algo fácil de filmar porque no requiere de demasiados actores[2].

Las definiciones de Máximo Kirchner son, como se puede notar, mayormente político-culturales, y tienen un perfil generacional nítido. Por supuesto, como ya se ha notado, Máximo toca varios temas de agenda (desde Massa hasta la reforma constitucional), pero tal vez lo crucial pase por otro lado: cómo es Argentina, cómo son los jóvenes, qué podemos verosímilmente hacer entre todos. En el vértigo de la discusión política nacional, es notable la tranquilidad que transmiten sus razonamientos. La cuestión de fondo no radica en la presunta urgencia de definir la candidatura kirchnerista para el 2015. “Diez años no es nada”. Tiene sentido: diez años puede ser mucho para un dirigente político de 60 años, pero no para uno de 35, y menos para un militante de 15. De por sí, el bajo promedio de edad de los militantes de La Cámpora representa un dato político demoledor. Todo lo demás palidece ante esto –la clase política argentina, las dirigencias empresariales y sindicales, se van a tener que acostumbrar a coexistir con La Cámpora. “Cristina conduce un proyecto político y ha generado prole”, agrega. La política, muchas veces, es una lucha de resistencia, donde la biología juega un rol difícil de menospreciar. Máximo Kirchner, al igual que los otros miembros de la conducción de La Cámpora, tiene menos de 40 años y la sofisticación suficiente como para hablarle de igual a igual a los jóvenes argentinos contemporáneos. Habla de Cromañón, del Indio Solari, de que uno puede tomarse una cerveza en la esquina, “lo importante es que esa esquina no sea toda su vida”. Se refiere a Naomi Klein, a las contradicciones que deben asumirse en todo armado político transformador[3], al cambio de perspectiva sobre la cuestión del poder, a un núcleo de experiencias comunes para alguien que nació a finales del siglo XX. Y las explica, las politiza. Por eso, hay muchos jóvenes muy entusiasmados con lo que dijo. No solamente entre los militantes. La conducción está garantizada.  




[1] Un ejemplo entre miles: “En general siempre fui de componer, digo, porque cuando uno domina pocos acordes es mejor componer que buscar los acordes de alguien conocido, entonces siempre fui más de hacer canciones para las pibas, cuando uno tenía cierto interés le hacia alguna canción de amor y a veces uno ganaba con eso” (entrevista al Indio Solari, ver http://redonditosdeabajo.com.ar/secciones/varios/nota_indio/index.html).
[2] Hay otra cosa más. Los maestros de la alta política de las redes sociales deberían entender que satirizar el compromiso juvenil en Argentina es algo totalmente falto de… cómo decirlo… “tacto”. En nuestro país, una dictadura desapareció a 30 mil personas, en su gran mayoría menores de 25 años. La reaparición de este actor político es inobjetablemente un signo de salud social. Se puede tener toda clase de diferencias con el ideario concreto de la juventud, pero burlarse de su existencia constituye una tontería de mal gusto.
[3] La frase textual de Máximo Kirchner es “Los armados suficientemente grandes como para modificar la realidad incluyen las contradicciones”. Remitámonos a Hegel: como la realidad “en sí misma” es contradictoria, la mejor prueba de que nuestro pensamiento –o nuestro armado político– llegue efectivamente a la realidad (y no se queda en la simple retórica) la brinda el hecho de que incluye las contradicciones de la realidad “en sí mismo”. En otras palabras, un armado político que no tiene contradicciones, totalmente “puro”, tampoco tiene realidad, y por ende jamás llega a la práctica, o sea, no puede transformar nada.