lunes, 9 de abril de 2018

Luche y vuelve Lula

La valentía indomable de Lula ya es un triunfo, pero esto hay que “decirlo” para que no progrese el ávido derrotismo de los intelectuales. El tesoro de la militancia versus el hecho de creer que nuestras opiniones importan. -por Damián Selci para Argentinos Online


Minoría intensa, divido tesoro
La política es algo que se aprende todos los días. Por ejemplo: el lector recordará la habitual crítica a las “minorías intensas kirchneristas”, que según nuestra intelligentzia habían llevado al aislamiento a Cristina. Una especie de teoría del cerco, pero por derecha. Aquel oscuro y lento ataque a la militancia por su presunto “fanatismo”, “sectarismo”, etcétera, validó la postura inversa de que la política no debía ser objeto de pasión y compromiso, sino de un sugerente “análisis”. De esta manera, House of Cards era más interesante que La Cámpora, y luego Sergio Massa era más interesante que Kicillof… Este desencanto intelectual, que era depresión disfrazada, se veía a sí misma como un refinamiento: era “burdo” 678 y era “sofisticado” Miguel Pichetto. Pero bien, este punto de vista está en trance de evaporarse ante la evidencia desconcertante de que la derecha, increíblemente… es de derecha. Fantino, que antes encantaba a los tuiteros con sus estudiosos reportajes a Sarlo, ahora es un aterrorizador servicio de inteligencia de ultraderecha. Y con respecto a las “minorías intensas” pasa lo inverso. Antes eran un desagradable obstáculo para la contemplación de la Política. Ahora son las que pusieron el cuerpo para proteger a Lula de la captura, dándole tiempo para generar una serie de hechos que cambian el sentido de su prisión actual. En otras palabras: si Lula caía preso de inmediato, no podía generar las imágenes de fervor popular que necesitaba para deslegitimar su detención. Basta notarlo en el estado de ánimo general: la tragedia infinita de Lula preso se transformó en, simplemente, una nueva fase en la lucha, con nuevas posibilidades. Es decir: no estamos muertos. Tenemos épica. ¿A quién acudió Lula para lograr esto? A la “minoría intensa”, también llamada “partido político”, también llamada: militancia del PT.
Conclusión: cuidemos a nuestras minorías intensas como si fuesen oro, porque son las que están cuando las papas queman.

El anti-derrotismo en acción
El estado de ánimo de la intelligentzia, luego de varios años de dandismo, es el agotamiento mental. Querían un país, y un mundo, menos intenso, es decir, menos comprometedor que lo que pedía el kirchnerismo. Ahora no hay kirchnerismo, pero la intensidad se mantiene: ¡la derecha metió preso a Lula! Y entonces el desencanto se volvió depresión. Pero esto puede curarse, precisamente con el ejemplo de Lula. Digamos que en principio se pueden tomar dos posturas ante lo que está pasando en Brasil. Una sería decir: “tragedia absoluta” –o sea: por primera vez en la historia están metiendo preso a un dirigente continental que se apresta a ganar las elecciones, la democracia brasileña se hunde en la mentira y la corrupción, el impacto regional será devastador, y encima quedará registrado para el porvenir que, en definitiva, siempre es posible meter preso al líder de los pobres… La otra alternativa es reconocer todo esto y decir: “no es todo” –también queda abierta la posibilidad de un levantamiento popular, porque en definitiva estamos ante un momento donde queda claro de manera generalizada que el compromiso político de la gente es lo único que puede dar vuelta las cosas. No se trata de negar de manera psicótica la gravedad de la situación, sino a la inversa, de asumirla plenamente para empezar a calcular fríamente nuestro margen de acción, los nuevos riegos y oportunidades que ofrece la lucha. Se trata de adoptar un punto de vista militante, para suspender la histeria, vencer la parálisis, y actuar.
De eso se trata seguramente este momento: hay que considerar que, para meter preso a Lula, el régimen oligárquico tuvo que negar su legalidad y destruir por completo su neutralidad. No caben dudas de que no queda nada parecido a “instituciones” en Brasil. Ha quedado devastado el espacio de la neutralidad, y esta catástrofe tiene un aspecto inesperado: fuerza a todo el mundo a tomar partido, algo que objetivamente le conviene a Lula… Además, el heroísmo de Lula en estos días es profundamente inspirador: ha pronunciado frases como “yo ya no soy una persona, soy una idea”, y el solo hecho de que alguien, en el punto de máxima tensión imaginable, pueda decir estas cosas y pueda ser escuchado por todos, es ya un triunfo y prefigura nuevos triunfos. Derrotar a Lula significaría quebrarlo, reducirlo a la indignidad, quitarle su condición ejemplar, su espiritualidad. Ocurrió todo lo contrario. Esto puede sonar a un consuelo sentimental, pero ello sólo ocurre para una mirada ingenua que no capture que la política es una actividad esencialmente moral e intersubjetiva: “ganar” significa que el oponente reconoce nuestra victoria y se deja cambiar, se modera, se domestica; “ganar” significa que el sector más radicalizado y menos “comprable” del oponente queda aislado, denostado, deslegitimado, inutilizado; “ganar” es que el otro no desee pelear más. Para que esto quede claro, Videla no ganó: pasada la fase del poder absoluto, se convirtió en un paria; nadie lo defendió cuando fue preso; incluso quienes reclutaron sus servicios y apoyaron sus acciones, no pueden reconocerlo en voz alta. Como es obvio, con Lula ocurre todo lo contrario: es el preso más popular del mundo. Y se puede hacer mucha política estando preso, como lo han demostrado, por decir alguien, Perón, Chávez.

Las palabras siempre tienen algún poder sobre nosotros, creamos en ellas o no
Hay una conocida sentencia de George Bernard Shaw: “La única tragedia es ser utilizado con fines innobles; lo demás es mera mortalidad o infortunio”. Si decimos que lo que ocurre en Brasil es una “tragedia”, estamos cerrándonos nosotros mismos la posibilidad de que, incluso en el corto plazo, no lo sea. Perón fue detenido el 12 de octubre de 1945; ese mismo día podría haberse dicho que estaba ocurriendo una tragedia para la clase trabajadora; sin embargo, hoy parece que fue más bien un signo de debilidad oligárquica, pero el chiste es que lo fue “a posteriori”, es decir, luego del 17 de octubre, cuando la historia dio un vuelco total. Lo más lógico, por consiguiente, es que el sustantivo predominante en estos días sea “lucha”, y no “tragedia”; lo más sensato es hablar y comportarse como si estuviésemos en las vísperas de una gran acción de masas, aun si el mero hecho de decirlo nos parece “exagerado”. Hay que recordar que la política es una actividad esencialmente moral, donde la percepción subjetiva de las cosas termina siendo determinante sobre las cosas mismas. Así que la pregunta militante es la siguiente: si decimos “tragedia”, “democracia agonizante”, “Brasil atraviesa su hora más oscura”, con entera independencia de que esto pueda ser “cierto”, ¿la moral de quién estamos fortaleciendo? No la nuestra, seguramente. La palabra que elegimos para esta fase va a predisponer a los demás y a nosotros mismos: si decimos “tragedia” nos predisponemos al duelo, si decimos “lucha” nos predisponemos a la acción. En general, carece de toda importancia lo que verdaderamente opinemos sobre cualquier tema; lo esencial es el efecto de nuestras palabras en los demás y en nosotros. Para poner otro ejemplo, no importa lo que opinemos sobre el “papelito” de Cerruti (si estuvo bien o mal en denunciarlo), lo obvio es que tenemos que hablar de Caputo, que es testaferro, que es un funcionario corrupto, y absolutamente nada más. La única tragedia sería que nuestras opiniones fuesen utilizadas con fines innobles, que es lo que ocurre cuando simplemente describimos los hechos políticos como si no se nos fuese la vida en ellos, o cuando hacemos esa cosa llamada “autocrítica”, que sirve más a Clarín que al kirchnerismo, más a O Globo que a Lula. Lo demás, como dice Shaw, es la vida misma, que va y viene, como el viento.

martes, 3 de abril de 2018

Buenos para nada: el realismo justicialista

Mark Fisher, teórico de la depresión, adaptado a la política argentina. Un nuevo capítulo de la lucha de la militancia kirchnerista versus el arte del entristecimiento, la voluntad de perder y –para poner un ejemplo– la entrecomillable “cumbre de Gualeguaychú”. -por Damián Selci


Mark Fisher se desafilia del PJ
La depresión es el tema de moda en la crítica cultural, y Mark Fisher debe ser su principal teórico. Fisher ha publicado varios libros, y dos de ellos tienen edición argentina por el sello Caja Negra: Realismo capitalista (celebrado por Slavoj Zizek como “un despiadado retrato de nuestra miseria ideológica”) y Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (compilación de artículos sobre música y teoría cultural). La idea básica de Fisher es que el neoliberalismo cancela lentamente la capacidad de imaginar un futuro igualitario, de manera que el cuerpo social se sumerge en la depresión, es decir, en la parálisis. Fisher escribe: “Esta depresión se manifiesta en la aceptación de que las cosas empeorarán (para todos excepto para una pequeña élite), de que tenemos suerte por el mero hecho de tener trabajo (así que no tenemos que esperar salarios que le sigan el paso a la inflación)”. Y apenas más adelante: “La depresión colectiva es el resultado de un proyecto de resubordinación de la clase dirigente. Desde hace un tiempo, cada vez aceptamos más la idea de que no somos el tipo de personas que puedan actuar”. Mark Fisher se suicidó en 2017, con 47 años; ese gesto cerró el dramático caso del crítico cultural que se vio derrotado por su objeto. 
Estas frases de Fisher, ¿a qué nos suenan? No caben dudas: a nuestra dirigencia “dialoguista-justicialista”: no podemos ganar en 2019, nada puede cambiar, “a la gente le entró la bala de la corrupción”, “es imposible enfrentar a Vidal”, “Macri gana cómodo un balotaje”… Depresión, depresión, sí, pero legitimada: porque revolotean aún en el firmamento intelectual los ensayistas de cuarta categoría, si bien “progresistas”, que nos intiman a aceptar la superioridad de Cambiemos, incluso su “épica” –a contemplar su inevitabilidad, y sobre todo nuestra culpa por ello… Libros y libros destinados a explicarnos que era obvio que perdiéramos, siendo todo lo pésimos que éramos, considerando todos los errores cometidos: culpa de Cristina y la militancia, el hiperkirchnerismo, los ideologizados… Fisher escribió en primera persona: “Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que yo era literalmente un bueno para nada”. Los ensayistas de cuarta, voceros del dialoguismo justicialista, modulan la frase en la segunda persona del plural: “ustedes, kirchneristas, deprímanse: son buenos para nada”.
Por supuesto, el corolario político de esta depresión teorizada es que la táctica sólo puede ser una: “moderarnos”, o sea, perder identidad para evitar la confrontación (o sea: “Cristina no”). Ganar no es posible, no porque los argentinos sean macristas sino fundamentalmente porque los kirchneristas son unos inútiles, así que todo lo que queda por hacer es negociar, bajar las banderas, “esconderlas”, “2023”, etc. Retirarse, o al menos hacer una autocrítica, sufrir bajo la convicción de que “tenemos que aprender de ellos”, “necesitamos un Durán Barba”, “brutal eficacia de Macri”: estas sentencias tenebrosas se agolpan una tras otra y se aplastan entre sí, como en una avalancha, sin producir ningún conocimiento –solamente ataques de pánico, es decir, parálisis emocional: depresión. Lo que llamamos realismo justicialista.

Realismo justicialista
Hace unos meses, Ricardo Aronskind publicó un artículo llamado “Sobre la depresión kirchnerista”, que contextualizaba y discutía el clima de abatimiento post-electoral. Su texto era agudo y útil. Sin embargo, es preciso variar el eje del problema: la depresión no está en el kirchnerismo, está en el dialoguismo justicialista. Si entendemos la depresión en el sentido de Fisher –no un problema psicológico individual, sino una estrategia neoliberal de dominación–, no caben dudas que no hay nada más depresivo que Pichetto, Urtubey, Bossio, Bertone… nada más angustiante que esa “cumbre de Gualeguaychú” que se prepara para el 6 de abril, de la que el cronista ultraclarinista Pablo Ibáñez dice que “tendrá perfil nacional y anti K, y que con los meses irá tomando un tono más crítico de la Casa Rosada…” ¡Qué tristeza! ¡Cuánto desánimo junto! Es toda gente que parte de la premisa de perder, que voluntariamente quiere perder (y que, además, ya perdió), gente que le quita todo entusiasmo al hecho mismo de hacer política. Veamos: el realismo justicialista consiste en decir que transformar la realidad es imposible, o sea, que el kirchnerismo no va a volver nunca. Consiste en la destrucción de todo lineamiento ideológico (votar a los buitres, votar la Reforma Previsional) y en la abolición de la esperanza. No es tanto la eternización de Macri, sino sólo del no-kirchnerismo (“no vuelven más”): es una especie de nueva teoría de los dos demonios, según la cual el kirchnerismo engendró al macrismo, y si queremos liberarnos de uno tendremos que librarnos a la vez del otro. Por eso se puso de moda reprimir el inocente cantito “vamos a volver”: no, no se debe cantar eso, porque la gente quiere algo nuevo, nadie vota para atrás –y menos votaría a los inservibles kirchneristas, cuya ideologización filo-soviética (la teoría es de Pichetto-Natanson) les impidió ver lo que vio el realismo justicialista: que no se puede fundar un nuevo país, que todo irá empeorando paulatinamente hasta la indignidad total, o como lo dice Fisher: sólo podemos vivir en la “lenta cancelación del futuro”.
El realismo justicialista es, ante todo, anti-militante, y esto hay que entenderlo en sentido global: no solamente está enemistado con la militancia, sino también con su premisa “idealista” básica, según la cual la realidad se puede transformar de acuerdo a la propia voluntad. La militancia es, en su propio concepto, optimista: como le dijo Cristina a David Viñas en aquel programa de televisión del 2001, “yo tengo la obligación de ser optimista”. El realismo justicialista tiene en cambio la obligación paradójica de militar el pesimismo para deprimir a la sociedad; su tarea es la cancelación de las alternativas al macrismo, la censura del porvenir, el “peronismo reciclado”. Es una estrategia de dominación: obviamente, y solamente.
Cambiemos es un partido auténticamente de “realismo capitalista”: lo que ofrece a la sociedad son mediocres sueños como poner una cervecería, “ser emprendedor”, viajar en low cost a Córdoba –en resumen, la depresión misma. El kirchnerismo, en cambio, propone grandes valores como la igualdad, la solidaridad, y también “Argentina potencia”: o sea, la idea de que mediante el desarrollo podríamos llegar a ser un país importante, que podríamos sentir orgullo por nosotros mismos. El realismo justicialista, mientras tanto, se limita a decir que esto último es imposible: somos buenos para nada; somos, en realidad, malos para nosotros mismos.
Quizá la definición más sintética del realismo justicialista deba buscarse en la tristísima conclusión de Fisher: “cada vez aceptamos más la idea de que no somos el tipo de personas que puedan actuar”. El realismo justicialista nos quiere obligar a aceptar la impotencia porque es impotente (con todo respeto, se podría decir que los “buenos para nada” son Bossio, etc…). Pero la militancia kirchnerista “fanática”, “ideologizada”, “filosoviética”, “protomontonera”, “sunnita” (invención de Natanson) invierte esa idea: somos, cada uno de nosotros, el tipo de personas que pueden actuar. Esto se llama también empoderamiento y es una tendencia realmente existente en la política argentina, una posibilidad continuamente abierta, la única que tiene algo digno de ser llamado “futuro”: el kirchnerismo.

martes, 27 de marzo de 2018

El sentido político de caminar ciento veinte cuadras

En el marco del 24 de marzo, una tesis: democracia = militancia. Jóvenes subversivos, jóvenes idealistas y jóvenes militantes. Dos palabras sobre la “corrupción” y los ex presos políticos como hecho político. -por Damián Selci


(publicado originalmente en Argentinos Online)


Defensa de la militancia
De ningún modo gobierna la nueva derecha: si en algún lugar se nota la evidencia de esta negación es cuando llega el 24 de marzo. Cambiemos destina buena parte de sus esfuerzos a destruir el consenso en torno a los derechos humanos. Trata de liberar a Astiz, borra pañuelos, etc. Es lógico que, pese a todas las derrotas sufridas en ese terreno (el 2x1 quizá haya sido la más ejemplificadora), sigan intentándolo. Para ellos es un objetivo estratégico. Basta recordar la consigna: “bajando un cuadro formaste miles”. No hay ninguna duda de que el camino de la militancia política fue reabierto por Néstor Kirchner y en particular con una medida: el impulso de los juicios por delitos de lesa humanidad. El genocidio de la dictadura tuvo por objetivo la militancia: social, sindical y política. Solamente cuando el Estado pidió perdón por esos crímenes y perdón por la impunidad, la juventud volvió a la política.
Deshacer el consenso en torno a los derechos humanos, por consiguiente, es un objetivo estratégico para la derecha. En cuanto Astiz fue a la cárcel, la militancia salió a las calles. Si Astiz puede volver a las calles, evidentemente es con el propósito de atacar la condición de posibilidad de la militancia: para ponerla en duda. Es muy importante tomar registro de esta situación (cosa que los analistas políticos, por definición, no hacen nunca, debido a su catastrófico déficit de historicidad): la militancia es la única prueba de que la sociedad argentina elaboró realmente el trauma de la dictadura –los centros clandestinos, las desapariciones forzadas, el robo de bebés, el terrorismo de Estado. La dictadura mataba militantes. De modo que deslegitimar a la militancia es directamente suicida. Es, de hecho, lo que hicieron los genocidas, como paso previo al exterminio.
Una consigna: ahí donde vemos un militante, estamos viendo directamente a la democracia. Y con toda naturalidad hay que escribir la conclusión complementaria: bastardear a la militancia es, tarde o temprano, bastardear a la democracia.

Los cuerpos idealistas
La liberación de Zannini y D´Elía agregó un componente extra al 42 aniversario del golpe cívico-militar. El kirchnerismo ya había planeado realizar una extensa caminata de aproximadamente doce kilómetros, desde la ex Esma hasta Plaza de Mayo. El sentido político de atravesar la ciudad en una movilización no encierra ningún misterio: busca duplicar la demostración de que, efectivamente, la militancia pone el cuerpo. Como en política cualquiera puede decir cualquier cosa, la única prueba fehaciente de que nuestro discurso político es “verdad”, de que tomamos en serio lo que decimos y no estamos simplemente hablando en el aire, la suministra el hecho de “estamos ahí”: de que ponemos el cuerpo. Por eso, no basta con repudiar el golpe de Estado cívico-militar… además, hay que movilizar a la Plaza el 24. El kirchnerismo ha añadido esta vez un giro idealista: no basta con movilizar, hay que caminar ciento veinte cuadras. Sólo una fuerza joven, en todo sentido, se puede plantear este tipo de acciones políticas. (Un paréntesis comparativo: la militancia caminó doce kilómetros el 24 de marzo, ¿qué hizo la “dirigencia opositora dialoguista/constructiva/poskirchnerista” ese mismo día?)
El origen de estas pequeñas pruebas físicas es muy antiguo: lo que busca hacia afuera es demostrar fortaleza ideológica, y hacia adentro… lo mismo. Hay que estar muy ideologizado para caminar doce kilómetros. Este tipo de cosas dan orgullo, porque implica un sacrificio de la comodidad en aras de un objetivo político loable. Y lo más importante: ahí ya no se puede decir “están pagos”. O sea: no se puede hablar decorrupción. ¿Cómo es esto? Cuando la derecha estigmatiza la movilización popular, lo que afirma simplemente es que la gente no se mueve por ideología, sino por dinero (y además, por poco: el pancho y la coca). Esa es toda la crítica: los cuerpos que ocupan la calle están disociados de los elevados valores que dicen defender los oradores del acto (“los llevan arriados, les pagan el micro”). Ahora bien, cuando una fuerza política camina ciento veinte cuadras, este ataque ni siquiera se puede formular. Carecería de toda lógica económica hacer semejante esfuerzo por un pancho y una coca. Y entonces surge lo innegable: estamos ante unos idealistas. Y tal como sabemos por la cultura argentina, lo que es idealista es siempre digno, y no merece morir. Pensemos en la primera caracterización de los desaparecidos, propia de los años 80: “jóvenes idealistas”. Son idealistas: nunca puede estar bien matarlos, torturarlos. Aun con toda su inocencia, esta mirada ya los salvaba de la estigmatización genocida (“jóvenes subversivos”). La gran apuesta kirchnerista, todavía vigente, da un paso más: “jóvenes militantes”.
La traducción actual de esto sería: la derecha dice “son corruptos”, la militancia responde “somos idealistas”. Y el debate se gana.

Los ex presos políticos como hecho político
La presencia de Zannini y D´Elía en la columna kirchnerista fue emocionante. Estas liberaciones le dan un golpe fuerte al Gobierno. No solamente porque podrían estar indicando la disolución de la alianza persecutoria entre el Ejecutivo y Comodoro Py. Además, y de manera bastante literal, le dan la razón al kirchnerismo: eran presos políticos, es decir, no culpables, sino víctimas. Y el efecto es que, de manera bastante singular, los ex presos políticos gozan por primera vez desde que asumió Macri de la “presunción de inocencia”. Como sabemos, la construcción paranoide macrista consistió en montarse sobre la locura antisocial del “son todos chorros”. Los kirchneristas eran, por definición, todos culpables, del primero al último, y un gobierno justo debería encargarse de meterlos presos. Por esa razón, cuando efectivamente encarcelaron a Boudou, no había ninguna necesidad de probarlo en un juicio, porque ya estaba probado en el prejuicio. ¿Qué ocurre entonces cuando liberan a Boudou? Una situación extraña: Boudou era más atacado en la calle antes que ser detenido que después; ahora lo saludan más afectuosamente, y nadie se atreve a gritarle “Ciccone”. Si bien el proceso judicial sigue exactamente como antes, la misma idea de que es “chorro” parece difícil de sostener incluso en el nivel más bajo de conciencia: si hubiese sido “chorro”, no lo habrían liberado…
Lo mismo vale para Zannini y D´Elía. De hecho, los ex presos políticos son de por sí un hecho político, porque su liberación muestra algunos datos nuevos. Primero, que la fase de omnipotencia macrista ya pasó. Segundo, da un golpe al corazón del discurso “son todos corruptos”: siendo Macri presidente, estas excarcelaciones dan a entender que no había motivos para tenerlos detenidos. Tercero, confirman que el problema para la derecha es únicamente el kichnerismo, y que el resto de la oposición no les preocupa. ¿Qué haremos ahora con el simpático “corruptómetro” de Felipe Solá? Imposible saberlo: con seguridad, no obstante, el “militantómetro” debe haberles dado bien a Boudou, Zannini y D´Elía, quienes caminaron dignamente junto a miles de compañeros las ciento veinte cuadras que separan a la ex Esma de la Plaza de Mayo.

martes, 20 de marzo de 2018

Siete conclusiones sobre Massot y la ideología

Contra la cháchara del periodismo, se revela que la ideología es la clave del poder (y no la mentira del “pragmatismo”). La gaffe televisiva de Massot, bien entendida, dio una señal al peronismo reciclado: “ustedes vienen después”. Pero la militancia responde: todo puesto es puesto menor. -por Damián Selci



El plan B antiperonista
Hace poco, el jefe de bloque de Cambiemos en Diputados, Nicolás Massot, dijo una frase que a muchos les pareció esperanzadora: “Nosotros vamos a gobernar 6 o 10 años, pero después va a venir un peronismo reciclado”. Fue durante un programa de televisión; Massot creía estar fuera del aire; cuando los periodistas le hicieron notar que su declaración había salido en vivo, su rostro se transformó. La intelligentzia peronista tomó esta gaffe como una prueba de la caducidad inevitable de Cambiemos: “hasta ellos saben que esto no dura, y que vamos a volver”. Massot expresó pesar por la publicidad indeseada de estas reflexiones, pero después las reivindicó en Twitter: “Pienso y ratifico todo lo que dije al aire. Sólo hubiera gesticulado menos”. Así que no deberíamos pensar que Massot está preocupado por la vuelta del “peronismo reciclado”. Muy a la inversa, eso es exactamente lo que quiere: otro peronismo, uno “reciclado”, o sea, no el kirchnerismo. Conclusión inevitable: el auténtico problema para la derecha es el kirchnerismo. Conclusión inevitable dos: el kirchnerismo es crecientemente el nombre de la lucha popular, de modo que jamás, ni siquiera alegando razones “tácticas”, de “sumar”, se puede renunciar a él. Como dice el filósofo esloveno Slavoj Zizek: se empieza cediendo en las palabras, y luego en todo lo demás…
Y por eso, conclusión tres: lo que molesta del kirchnerismo es justamente su programa ideológico –más aún, de algún modo “kirchnerismo” implica “tener mucha, demasiada ideología”. Resultará raro, pero a diferencia de toda la variada gama de opinadores disfrazados de dirigentes políticos, el kirchnerismo se guía por un programa ideológico, y el resto no. Menem no lo tenía: se lo alquiló a Alsogaray. Existe la extendida y estúpida idea de que la ideología no se lleva bien con el poder. Supuestamente, la ideología es “principios”, y los principios recortan mucho el margen de acción, de manera que es mejor no tenerlos y “ser pragmático”. Por cierto, la verdad es exactamente la contraria. La ideología da muchísima fuerza, muchísima capacidad de entusiasmo, muchísima capacidad de resistencia y organización. Más aún: la ideología suma (basta ver hacia dónde fluye la militancia: hacia donde está la ideología, siempre). De hecho, el poder real lo tiene siempre el sector más ideologizado. Para decirlo con toda sencillez, Menem no tenía el poder real, y Cristina sí; Menem no tomaba las últimas decisiones de Estado, y Cristina sí. ¿Por qué? Porque Menem carecía de un programa propio: tomaba las decisiones de otros. ¿Qué hay que hacer con la economía? A ver, veamos las opiniones de la familia Born, de Cavallo… o sea de los “ideologizados”…
Conclusión cuatro: lo que quiere Massot es un peronismo sin ideología. No hay, pese a sensacionalismo baboso de José Natanson, ninguna “novedad” en esto. Es el viejo plan B antiperonista. Mariano Grondona lo enunció miles de veces. Una vez que fracasó la desperonización de la sociedad, la derecha se concentró en la desperonización del peronismo. Lo ha logrado en muchos casos. (Hoy la traducción de esta misma táctica es: peronismo sin kirchnerismo, “Cristina tiene techo bajo”, etc. Lo divertido es que para la intelligentzia esto podría ser una buena táctica.)

La astucia de la razón ideológica
Sigamos con la quinta conclusión: los que renuncian a la ideología, renuncian al poder real. Menem no decidía. Magnetto se lo dijo en la cara: “puesto menor”. Si tomamos a Menem como la encarnación más pura del pragmatismo sin ideología, todo lo que queda de él es que los “ideologizados” neoliberales lo usaron y lo tiraron. Los pragmáticos, los autoproclamados pragmáticos, son tontos útiles. Sirven o no sirven y sus míseras pasiones son utilizadas despiadadamente por los “ideologizados”, que tienen ambiciones mucho más grandes: someter a todo un país, liberar a todo un país. Cosas grandes, históricas, no “ser gobernador”.
Sexta conclusión, algo más oscura: la frase de Massot funciona muy bien para el seudo-peronismo “dialoguista”, integrado hoy por seres de naturaleza sorprendente como Urtubey. Les dice muy claramente que después de Macri no viene el kirchnerismo, vienen ellos. Buena promesa. “Si el peronismo se recicla, lo dejamos ganar”. La frase real que pronunció Massot ante las cámaras fue insignificantemente distinta: el de Cambiemos “es un proceso de 20 años que posiblemente lo termine el peronismo, ojalá lo termine el peronismo; ojalá sea una continuación de lo grueso del plan económico que se está haciendo ahora”. Pero hay que tener muy poca ambición para dejarse tentar por estas promesas. ¿Para qué sirve gobernar, si hacemos lo que quiere Massot: ajustar, endeudar, bajar salarios y jubilaciones? Esta pregunta le cabe a muchos gobernadores e intendentes. ¿De qué sirve ser gobernador si cuando llega el momento mandamos a los senadores a votar la Reforma Previsional?
Desde el punto de vista de la carrera personal, “ser intendente”, “ser gobernador” puede llegar a ser un objetivo deseable. Por eso las carreras personales no sirven para nada. Lo que sirve es la militancia ultra-ideologizada, para la cual lo emocionante nunca es “ser” alguien o algo, sino “transformar” la sociedad, es decir, transformarse uno mismo y a los demás en algo mejor, más noble, más espiritual. Desde el punto de vista de la militancia, que alguien agote todas sus energías en “ser presidente” es algo carente de sentido: constituye un déficit de ambición. Porque en cierto sentido es verdad que el de presidente es un “puesto menor”. Como cualquier puesto, en sí mismo no es nada. De la Rúa fue presidente. ¿Y? La ambición personal es siempre mediocre. La ambición colectiva es siempre grande. La séptima conclusión será entonces doble y tajante: ganar significa únicamente ganar con ideología; la ideología es lo único que vuelve posible ganar.

miércoles, 14 de marzo de 2018

La mentira de María Eugenia Vidal

El extraño hábito de elogiar a los adversarios: una pérdida de tiempo. Distinción superflua entre Macri y Vidal. Para el final, la pregunta militante. - por Damián Selci

publicado originalmente en Argentinos Online



La desesperación tiene cara de gobernadora de la Provincia de Buenos Aires
 
Dentro de todas las cosas equivocadas que se pueden decir o pensar en esta época, una de las más comunes es la siguiente: “María Eugenia Vidal no es como Macri”. La premisa de esta aseveración se revela límpidamente. Macri sin dudas es de derecha, empresario, y por ende trata a todo el mundo como si fuese su patrón. En cambio, Vidal “hace política”. ¿Qué es esto? En lugar de imponer, negocia. En lugar de tener offshores, tiene sensibilidad social. Por eso, cuando Vidal realmente cierra escuelas, realmente vacía hospitales, realmente reprime trabajadores y beneficia escandalosamente al sector financiero, realmente ajusta y endeuda, los analistas políticos caen en una especie de estupefacción; es como si fuese inesperado que ella también cometa actos de gobierno típicamente neoliberales, es decir, típicamente de Cambiemos: “hay que reconocer que, en esto, Vidal no se diferenció de Macri…”

La perseverancia de la distinción Macri/Vidal tiene causas de todo tipo. La primera y más débil exhibe una naturaleza electoral: “Vidal tiene mejor imagen, más aprobación que Macri”. Esto es cierto, pero inocuo. La (relativa) buena imagen de Vidal no depende en absoluto de su gestión, de su sensibilidad ni de su comunicación. La explicación es más pedestre: los intendentes no la critican. Es realmente fácil tener una elevada imagen si, además de contar con un macizo aparato de propaganda público-privado, los dirigentes opositores no solamente no señalan su pésima gestión y las motivaciones antipopulares de su política, sino que, además… ¡la elogian! Este rol ha sido cumplido por una mayoría casi absoluta de referentes del peronismo bonaerense, encabezados por Gustavo Menéndez, presidente del PJ e intendente de Merlo… Se torna previsible, por lo tanto, que aparezcan notas en los portales afirmando que nadie en el peronismo desea enfrentar a Vidal en 2019 porque es “ir a perder” –y esto es todavía un poco peor que una profecía autocumplida: es una infiltración.

La segunda razón de la distinción tiene un justificativo táctico: “Vidal es distinta que Macri” deja de ser una descripción y se convierte en una manera de, digamos, “explotar las contradicciones internas de Cambiemos”. En otras palabras, es como si al decir que son diferentes, los estuviésemos diferenciando en realidad. ¿De qué manera? Bueno, si instalamos que “Macri gobierna para los ricos, pero Vidal tiene sensibilidad social”, entonces tal vez Macri empiece a temerle a Vidal y trate de combatirla, lo que generaría la reacción defensiva de ella, dando así lugar a algunos “gestos de distanciamiento”… La inocencia de este planteo resulta llamativa: Macri y Vidal no forman una alianza política entre sectores diversos con margen para establecer entre sí algún tipo de “relación de fuerzas”; a la inversa, Vidal es Cambiemos en estado puro. Esto no significa que “piensen igual en todos los temas”, significa que Vidal no tiene otro apoyo dentro de la alianza gobernante que no sea exactamente el mismo de Macri. O sea, y para decirlo todo, Macri-Vidal no se superpone con Cristina-Scioli: había sectores internos que “preferían” el sciolismo al kirchnerismo. Vidal no goza de estas preferencias. Meter cizaña es imposible.

Con la tercera razón, llegamos directamente a la verdad. “Macri y Vidal no son lo mismo” es simplemente la expresión de un deseo. Permite generar la ilusión de que la situación no es tan desesperante como para que sea imperioso organizarse políticamente. Macri es malo, Vidal es buena, significa que ella no nos va a hacer tanto daño; que si… llegara a suceder a Macri en la Rosada, eso casi hasta sería una especie de alivio: se va el empresario malo, llega el Hada Buena… Por lo menos es mujer… Pero esto es exactamente la desesperación.


La militancia como antídoto

La distinción entre Macri y Vidal trata de aliviar la desesperación negra que provoca la sola ideade que después de Macri venga Vidal. No es una descripción, no es una táctica, es un consuelo. Da por hecha la derrota política, y se limita a buscarle el lado bueno; por lo tanto, debe excluirse de la reflexión militante. 

En realidad, la idea de que “Vidal quizá no es tan mala como Macri” es estrictamente homóloga a la ya incomentable teoría de la “derecha democrática”. Estas conjeturas no resultan solamente falsas: también permiten aliviar la asfixia de estar siendo gobernados, efectivamente, por la derecha –y agarrarse de cualquier pequeño indicio de “sensibilidad” para concluir que, bueno, las cosas quizá no son tan graves, no debemos apresurarnos… Hay presos políticos, sí, y Maldonado, sí, pero bueno… Vidal es la sonrisa antidepresiva que oculta la angustia de vivir en el macrismo.No se vota a Macri para votar a Vidal, se vota a Vidal para apoyar a Macri. El que toma las decisiones, el que arriesga, el que vuelve “políticamente aceptable” a Chocobar, el tarifazo y la fuga de capitales, es Macri. Vidal es un aliciente comunicacional: una mentira.

Es cierto que la cultura del elogio por Vidal fue un pretexto del dialoguismo justicialista paraaislar al kirchnerismo. Aunque no funcionó, se propagó un poco más allá de la dirigencia y terminó convirtiéndose en un analgésico del sentido común politizado. Y esto a un costo muy alto: elogiar a Vidal confunde a las bases, desmoraliza, hace perder tiempo. Como casi siempre, es preciso que el comentario periodístico deje paso a la voluntad. La pregunta militante no es cuánto mide Vidal, sino cuánto queremos que mida, y qué vamos a hacer al respecto. Primero viene la voluntad, luego el análisis, nunca al revés. Puede dar prueba de la pertinencia de este método, entre otros, Joaquín Morales Solá. 

viernes, 9 de marzo de 2018

El verano que ganó la oposición


Cambio de fase: Moyano, un kirchnerista objetivo. De la unidad del peronismo a la unidad de la oposición. Cosas para aprender del movimiento feminista y un saldo político del verano que termina.
por Damián Selci

(publicado originalmente en www.argentinosonline.com)


Kirchnerismo objetivo
Empieza marzo, empezarán a caer las hojas de los árboles, y el triunfo electoral de Cambiemos llega a su fin. Amado Boudou camina por Avellaneda y se saca fotos con la gente, mientras en las tribunas insultan a Macri. ¿Qué pasó? Es indudable: Macri tuvo un verano malo. El peronismo dialoguista hizo una terrible elección en octubre, y el Gobierno lo sacrificó cuando llevó al Congreso el proyecto de la Reforma Previsional. Aprobar esa ley fulminó a la dirigencia dialoguista. Le terminó de dar la razón al kirchnerismo, sector que en conjunto salió claramente mejor parado. No ganó la elección de octubre ni impidió la sanción de la reforma, pero se opuso dignamente y fue reconocido por eso. Lo testifican los cacerolazos de la noche del 18 de diciembre que, de un golpe, quebraron la oscura paz represiva del macrismo. Dos meses después, el nuevo escenario se ha seguido consolidando. Pasan cosas raras. Los medios no aflojan nada su defensa del Gobierno, pero la gente canta contra el presidente en los estadios (algo que a Cristina no le ocurrió nunca, ni siquiera en los peores momentos de la crisis del campo). Es claro: un cambio de fase. ¿Qué pasó?

Lo que pasó es que el kirchnerismo está empezando a imponer su modelo de oposición. Durante el primer bienio macrista, la larga discusión interna fue qué rol adoptar ante Macri. Los dialoguistas decían “gobernabilidad”, el kirchnerismo decía “oposición”. Se ha impuesto la segunda táctica. Y el debate interno varió perceptiblemente. Ahora la cuestión es: por un lado, la “unidad del peronismo”, por otro lado, la “unidad de la oposición”. No son lo contrario ni lo mismo. La unidad del peronismo es el acto en la UMET, donde Filmus, Rossi, Alberto Fernández, Arroyo, Menéndez y Santa María se sacaron una foto. El hecho fue celebrado por la intelligentzia peronista. Partía de la premisa electoral de que “los peronistas tienen que juntarse”. Lo hicieron. ¿Y bien? La unidad de la oposición, en cambio, fue lo que se produjo el 21-F con Moyano, el kirchnerismo y la izquierda marchando juntos. Su premisa era “unidad contra Macri”. Esta segunda variante tiene mayor volumen político. No es la foto de ocho dirigentes, sino de trescientas mil personas manifestándose en la calle. 

Lo que pasó, en resumen: Moyano se pasó a la oposición. O sea: Macri perdió un aliado táctico, y Cristina lo sumó. El acto del 21-F fue totalmente opositor, por su composición social, el sentido de las demandas y el tono de los oradores. Moyano no dijo que iba a ayudar a gobernar, dijo que no temía ir preso. Desde el punto de vista de la militancia, su discurso fue “objetivamente” kirchnerista: lo ubicó en el sendero abierto por Cristina, el de la oposición frontal. Hasta Marcos Peña tuvo que decir la verdad: “La única que faltó en el palco fue Cristina Kirchner”.


Un largo camino hacia el entusiasmo 

El proceso político de las últimas semanas se puede describir así: la oposición se va haciendo más y más opositora, mientras el Gobierno sigue dando violentos timonazos en la agenda, con el único fin de dificultar la articulación del adversario. No lo logra del todo. Chocobar, atención médica a extranjeros, causas a sindicalistas… Incluso el jugueteo del Gobierno con la despenalización del aborto puede volverse un problema. Macri subestima la revolución feminista. Si los legisladores de Cambiemos no votan la ley, la “habilitación” de Macri (encima, aclarando que él está en contra) será vivida como una estafa. Sobre todo, porque el kirchnerismo empezó a juntar votos para que se apruebe, abriendo un espacio para canalizar la demanda.

Pero hay más. El feminismo está llenando de contenido a la discusión social. ¿Tienen derecho las mujeres a elegir sobre sus cuerpos? ¿Por qué ganan menos que los hombres? ¿Debe el Estado garantizar la igualdad ante el aborto, hoy negada de facto por la penalización? Estos temas recorren la sociedad de punta a punta. Sobre todo, entusiasman a cientos de miles de personas, o millones. Lo cual es objetivamente malo para el Gobierno. El tema no pertenece a su agenda. Y le da la razón a la militancia feminista sobre, al menos, la “razonabilidad” de su lucha; por ende, de la lucha como tal. Ya no se puede decir que el aborto constituya un delirante crimen ateo, porque el Presidente habilitó su tratamiento. Conclusión: los temas “nuestros” se pueden instalar, siempre que se insista lo suficiente. El régimen macrista, a veces, no puede impedirlo.

Esto podría reimpulsar a la militancia política en general. El feminismo está transformando el discurso público de manera impresionante. Una frase mal dicha de Facundo Arana explota en nuestros tímpanos, cuando antes apenas si hubiésemos reparado en ella. ¡Hasta Macri tiene que hablar de aborto, cuando sus bases no se lo piden en absoluto! Un dato: desde que asumió Cambiemos, el único canal en donde el discurso igualitario logró avances fue en el movimiento feminista. Es como si catalizara otras ansias de igualdad: precisamente, las que podrían integrar el contenido de la “unidad de la oposición”. Ahí está el porvenir –el venturoso, al menos. Después de la unidad del peronismo, después de la unidad de la oposición, puede esperarse, o desearse, que venga la unidad de concepción. La etapa del entusiasmo. La condición indispensable para ganar.
 

Imitación del feminismo

Desde el punto de vista de un militante, el contenido programático es lo esencial, y la táctica viene después. Las fotos entre dirigentes no entusiasman a nadie. La unidad de acción, en la calle, ya es otra cosa: le genera problemas a Macri. Pero lo más importante, lo más movilizante, lo menos derrotista, sería empezar a pensar abiertamente qué queremos hacer nosotroscon el poder si llegamos a ganar en 2019, y empezar a decirlo. Esto puede sonar idealista, pero cuando cunde la desesperanza, el idealismo es un argumento a favor. ¿Por qué no discutir todos los temas clave del país con la intensidad que el feminismo pone para debatir la despenalización del aborto? ¿Acaso porque “divide”? Pero precisamente la unidad política no consiste en acercar posiciones, sino en que alguien, a mayor o menor costo, se deja convencer. ¿Qué debe hacer un futuro presidente popular con la deuda externa de Macri? ¿Debe pagarla o no? ¿Cuánto hay que subir las retenciones a la soja? ¿Cómo vamos a hacer para reformar el Poder Judicial? Son los temas interesantes; son los temas con que las bases podrían construir un programa político; son los temas que permitirían elegir un candidato apelando a algún criterio firme... ¿Por qué no? 

Incluso en su timidez, la consigna “hay 2019” fue el primer golpe contra el derrotismo. Habrá que dar más, y quizá con total osadía. Lo seguro es que la solución a los problemas políticos del campo nacional y popular no pasa por ofrecer un nuevo esquema de alianzas (“tenemos que sumar a tal, a tal, a tal…”). Esto sin dudas es importante, pero como ya han notado diversos analistas, detrás de Scioli 2015 estaban básicamente todos. No alcanzó. Y además, resulta claro que para “sumar” lo principal es demostrar que uno tiene razón: es convencer, entusiasmar, vencer, y no “moderarse”. El kirchnerismo ha “acercado” a Moyano al terreno de la oposición no porque le haya ofrecido tomar un café, ni porque haya “reconocido” que el impuesto a las Ganancias estaba mal. Nada de eso. Lo acercó porque delineó el espacio de la oposición frontal y porque derrotó al sector dialoguista en diciembre pasado (Reforma Previsional) que pretendía generar un espacio llamado “avenida del medio”. No existe tal avenida. De modo que cuando Moyano buscó un lugar en la oposición, encontró a Cristina. No a Massa ni a Randazzo. Esto ya es un saldo positivo para el verano que termina. La oposición suma actores. El antimacrismo existe.

jueves, 23 de noviembre de 2017

LA REVOLUCIÓN DE LA ALEGRÍA POR EL DOLOR AJENO

Vientos huracanados en la isla peronista. Cómo entender el macrismo: menos Durán Barba y más Hegel. El colectivismo oscuro y la i-rresponsabilidad. Los ricos también sienten envidia. La máxima perversa: Verdad = Dolor. El significado de la conducción de Cristina. Por Damián Selci



Huracán en la isla

Los fanáticos de John Ford quizá recordarán el extraño y chocante argumento de Huracán en la isla (The hurricane, 1937). La primera hora del filme consiste en la narración minuciosa y sensitiva del romance entre dos nativos de la isla Mankoora, Teranji y Marma, que resulta frustrado por el injusto encarcelamiento de Teranji a manos del gobierno colonial. Las imágenes narran con profundidad  y detallismo las emociones en juego: el amor sensual, la inocencia vejada de los indios, la violencia colonialista, el deseo irrefrenable de libertad de Teranji… Y cuando el espectador ya ha tomado partido por los nativos y se encuentra totalmente inmerso en la historia, viene el huracán. Durante largos minutos contemplamos olas de cincuenta metros de alto que literalmente destruyen la isla, matando a todos los personajes, nativos y coloniales, inocentes y déspotas, hombres, mujeres y niños sin distinción. No se salva nadie. Así termina la película.

La analogía se torna inevitable cuando pensamos en la relación que existe entre la “interna del peronismo” y el gobierno de Mauricio Macri. Mientras los analistas políticos y peronólogos de toda laya están inmersos en la interna peronista, mientras los intendentes, gobernadores, legisladores y referentes cautivan a la prensa con su difícil teatro de señas, señuelos y señales… viene el huracán y arrasa con todo. Las diferencias significativas entre Huracán en la isla y (por ponerle un nombre) Huracán en el peronismo son dos, pero claves. En el caso de John Ford, no había ningún personaje que tuviera conciencia de la inminencia del huracán. En nuestro caso, sí: Cristina Fernández de Kirchner. La segunda diferencia es que, por fortuna, el huracán puede ser enfrentado políticamente, si ocurre la doble maravilla de comprender su gravedad y actuar en consecuencia.


Hegel en Nordelta

¿Cómo caracterizar al macrismo? ¿Por qué ganaron las elecciones otra vez? ¿Cristina se equivocó? ¿La gente es estúpida? ¿O los tarados somos nosotros? Todos estos interrogantes suelen aparecer disfrazados detrás de una petición intelectual, que en realidad es una derrota o una declaración de pereza: “necesitamos un Durán Barba”. La premisa es que la sociedad ha cambiado y no la comprendemos, por mantenernos con las obsoletas categorías de los movimientos populares del siglo XX. Sin embargo, es bien sabido que los jóvenes apoyan masivamente al kirchnerismo y los viejos votan absolutamente al macrismo, de modo que Macri no puede estar imponiéndose por usar mejor Snapchat. Prolonguemos un poco la refutación de la incidencia de Durán Barba: cualquiera que haya leído los libros del ecuatoriano encontrará que su edificio conceptual descansa sobre lo que llamaremos la “oposición posmoderna” por antonomasia: ideología versus consumo. A lo largo de páginas y páginas, Durán Barba describe que las sociedades occidentales han cambiado y que las ideologías ha muerto: los jóvenes no desean la Revolución, sino determinadas zapatillas; los grandes ideales perecen bajo un sano hedonismo consumista; las personas sólo esperan que los políticos les resuelvan sus demandas y no den grandes discursos, etc. Analistas como José Natanson se han emborrachado inolvidablemente con estas razones. Sin embargo, otra vez: es evidente que los triunfos de Macri no tienen nada que ver con el anhelo consumista de la sociedad. Macri se diferencia de Menem “justamente” porque no promete consumo: sólo promete que los otros consumirán menos. No dice “vamos al Primer Mundo”, sino “basta de planes sociales”. Su programa de gobierno, y su comunicación política, es anti-Durán Barba. Todos consumen menos; pero algunos consumen menos todavía. Así que no necesitamos los consejos de Durán Barba, que son de la época de Menem, sino ­–eso parece– las suspicacias de la dialéctica hegeliana.

Para entender el vínculo entre el Gobierno y buena parte de sus votantes, podemos remitirnos al conocido episodio de “la cheta de Nordelta”. La circulación del audio donde una cirujana de clase alta, flamante residente de Nordelta, describe con horror los hábitos de sus vecinos, ha sido generalizada. Ahí radica su popularidad: a la “cheta de Nordelta” (que advierte a su interlocutora, Michelle, sobre su “moral ética y estética”) le repugnan costumbres de lo más inocentes, como tomar mate cerca del río con la familia y la reposera. Eso es lo gracioso: que alguien se sienta superior por repudiar el mate, los bizcochos, el perro correteando en el agua… La cheta de Nordelta le aclara a Michelle que si ella adquirió la propiedad en Nordelta fue precisamente para que no hubiera gentuza gozando de los mismos privilegios que ella (pervirtiéndolos, claro). En dos palabras, lo que le molesta a la cheta es haber gastado 200 mil dólares para diferenciarse de los negros, precisamente para no verlos, ¡y que no le hayan alcanzado!

¿Por qué le molesta tanto el mate a la cheta de Nordeta? Hay una buena frase de Slavoj Zizek, de su libro Contragolpe absoluto: “La mirada que ve el Mal en todas partes se excluye a sí misma del Todo social que critica, y esta exclusión es la característica formal del Mal”. Traducido a nuestros términos, el elemento clave de la “cheta de Nordelta” es que ve el Mal por todas partes, incluso en acciones carentes de toda intención como tomar mate y meterse a nadar en el río… pero, precisamente, se excluye de lo que critica, se “pone a salvo” del Mundo horrible que describe y desprecia –cuando lo “horrible”, en todo caso, es su mismo distanciamiento del Mundo. En otras palabras, se niega a ver que su “moral ética y estética” configura un terrorismo de las costumbres, donde toda acción es judiciable salvo el mismo hecho de juzgar. Escuetamente: todos son malos y feos, menos ella. O para decirlo con Zizek, el Mal no reside en los que toman mate en Nordelta, sino en la mirada que se auto-excluye de la sociedad para enjuiciarla y condenarla “desde afuera”. En la realidad política argentina, esta mirada que ve el Mal por todas partes, esta “conciencia enjuiciadora” (como la llama Hegel en la Fenomenología del espíritu) que se salva de la condena sólo por ser quien condena, está representada por Elisa Carrió[1]. Acá encontramos la raíz conceptual de la persecución contra los kirchneristas, que ya puso a Milagro Sala, De Vido y Boudou en la cárcel: la conciencia enjuiciadora o simplemente Alma Bella (que es un mero quejarse por el curso de mundo, como si ella no tuviese responsabilidad de nada) tiene ahora poder de policía. Así son las cosas. Lo que literalmente debe llamarse i-rresponsabilidad, y cuyo lema básico reza “todos son malos, menos yo que jamás tengo la culpa de nada”, toma el control de la sociedad –o, más sombríamente, el Mal coincide con el Estado.


El sujeto macrista según Rousseau

En Argentina, hoy, gobiernan los malos: es decir, gobiernan los envidiosos, los que viven juzgando al resto, los irresponsables. La tesis puede sonar estrafalaria porque estamos acostumbrados a pensar, y así es en parte, que el de Macri es un “gobierno de los ricos”. Pero los ricos también sienten envidia –¿de quién? De los pobres, por supuesto. Para decirlo muy llanamente, las personas comunes nos imaginamos la riqueza como una vida llena de lujos, sin problemas, llena de placeres y viajes… Y conjeturamos que todo lo que puede querer un rico es la prórroga sin límites de esa vida, para sí mismo y para su descendencia. Sin embargo, si esto fuese así, las clases altas, las clases medias acomodadas y los trabajadores alcanzados por Ganancias, a los que les fue mejor con los gobiernos kirchneristas que con las “gestiones explosivas” de la dictadura, Alfonsín, Menem y Duhalde, deberían haber apoyado a Cristina. ¿Por qué hicieron todo lo contrario? Porque lo que deseaban realmente no era más consumo para sí, sino menos consumo para los otros. No bastaba simplemente con poder cenar afuera cinco veces por semana, además era necesario que “los vagos, pobres, planeros” no pudieran ni siquiera hacer un asado al mes...

¿Es un comportamiento extraño? Rousseau lo describe en las últimas páginas del Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Por un lado, dice, existe el “amor por sí mismo”, que es simplemente el instinto de conservación de la criatura humana, y que constituye la base de la empatía. Esto evidentemente no es egoísmo, o si lo es, se trata de un “egoísmo bueno” que incluso fundamenta acciones altruistas (por ejemplo, la máxima “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a vos” parte de una premisa individualista –no querer sufrir– y extrae una conclusión “comunitaria”: tratar bien a los demás para recibir un buen trato). Por otro lado está el “amor propio”, que según Rousseau “conduce a los individuos a apreciarse más que a los demás”. Nuevamente es Zizek quien ilustra el sentido de la distinción rousseauniana en su gran libro Menos que nada: “El auténtico opuesto del amor de sí egoísta no es el altruismo, una preocupación por el bien común, sino la envidia o resentimiento, lo que me hace actuar contra mis propios intereses: el mal entra en juego cuando yo prefiero el infortunio de mi prójimo a mi propia fortuna”.  En otras palabras, el egoísta que simplemente piensa en sí mismo puede sacar la conclusión pragmática de que le “conviene” tratar bien a la gente para recibir buenos tratos, mientras que el egoísta que goza con el malestar ajeno, en aras de alcanzar su objetivo, bien puede sacrificarse y soportar un poco de malestar propio… La paradoja es clara: como los egoístas “buenos” sólo piensan en sí mismos, no tienen en principio ningún problema con la vida de los demás y pueden votar perfectamente a Cristina si ella les garantiza mejores estándares de consumo personal… mientras que los egoístas “malos” están irritados por la vida de los otros –de manera que sólo pueden votar a Macri, el único que promete la desgracia ajena. El problema, entonces, no es que sean insensibles a los demás, sino que les “interesa demasiado” (y patológicamente) la vida de los demás: al punto de querer arruinarla, y al costo que sea. El problema, en resumen, es que sí tienen pensamiento colectivo: pero es un colectivismo oscuro, sacrificial.

Como puede verse, hemos desbordado completamente el marco de Durán Barba: la base emocional del sujeto macrista no es el individualismo hedonista/consumista que ignora los grandes discursos morales, sino la obsesión contra el goce ajeno, que debe ser denunciado con una proclama moralista fanática (lo que Hegel llamaba “conciencia enjuiciadora” y podemos resolver como envidia). Es decir, el discurso sacrificial de Carrió es la verdad de la perorata permisiva de Durán Barba, su “lado oculto” (que es lo que la “oposición amigable” se resiste a asumir).

¿Cómo se transforma esto en una política económica? Es simple, abusivamente simple. El sujeto macrista no busca que lo eximan de pagar Ganancias, ni pretende Iphones importados –el sujeto macrista es el que está dispuesto a hacer los sacrificios que sean necesarios con tal de que los “vagos, planeros, negros” consuman menos. La maldad macrista no reside entonces en una búsqueda del placer propio a cualquier precio, sino en una búsqueda del dolor ajeno a cualquier precio (incluso al precio del tarifazo de luz, gas, agua, transporte…). Es inevitable citar la estremecedora formulación de Zizek: “Lejos de oponerse al espíritu de sacrificio, el Mal emerge aquí como puro espíritu de sacrificio, como predisposición a ignorar el bienestar propio –si, a través del sacrificio, consigo privar al Otro de su goce.” El sujeto macrista no es un hedonista que busca los placeres livianos de la posmodernidad. Todo lo contrario: sufre los tarifazos, pero digamos que lo hace con alegría: los considera el precio que hay que pagar para que el Otro la pase aún peor –comportamiento que se verifica entre los que “prefieren” pagar por ver el fútbol con tal de que otros también deban (y no puedan) hacerlo. (Un especialista en focus group contó una vez que le había preguntado a un grupo de macristas de clase media cuál era, en su opinión, la medida de Cristina Kirchner que más los había perjudicado. Ellos respondieron: “la peor medida fueron los subsidios a las tarifas”. Ante la sorpresa del especialista, explicaron que estaban satisfechos con los aumentos de Macri “porque antes vivíamos en una mentira” –la mentira, por supuesto, es que los argentinos pudieran vivir bien).

Tales son las conclusiones oscuras del momento: los malos, los envidiosos, sienten que están haciendo su revolución. Con un poco de sarcasmo, podemos definirla como la Revolución de la Alegría por el Dolor Ajeno. Esta es la mística macrista: sacrifican su calidad de vida por una causa “colectiva”, la represión del goce de los demás[2]. Como puede verse, no son gente que piense sólo con el bolsillo. Se guían por valores, en principio sin importar las consecuencias. Su máxima moral es: Obra de modo tal que puedas asegurar el sufrimiento ajeno, aun si eso implica el sufrimiento propio. Y por fin tienen un gobierno que prohíbe el mate en Nordelta.


La comunidad de la envidia

¿Qué es el populismo para los macristas? Es un grupo de gente que se dedica a ocultar la Verdad, y la Verdad es el Dolor. Si alguien propone una verdad que no duela, miente o “maquilla las estadísticas”. Por esa razón, la buena vida es de por sí mentirosa, y los que suministran una buena vida son corruptos en este exacto sentido: no porque roben dinero para ellos, sino porque le mienten a la gente… ¿de qué forma? Evitándoles el dolor –con políticas sociales, salud pública, paritarias al alza, subsidios, etc. Por eso deben ser encarcelados.

Las máximas perversas del macrismo, sin embargo, no son una invención de Macri. Personas de lo más honorables albergan pensamientos tenebrosos. Pensemos en la típica frase que podían escucharse, hace unos años, en los barrios populares del Conurbano: “Cristina es una buena presidenta, yo nunca estuve mejor, pero no me gusta que mantenga a los vagos”. Un individualista puro jamás se molestaría por ver qué hacen o dejan de hacer los vagos. Pero el sujeto macrista siente una envidia rabiosa por el disfrute de los demás, así sea la jubilación de las amas de casa, Tecnópolis o la TDA. Por eso, el punto débil del macrismo no es que promueve una cultura individualista, sino que sólo puede formar una comunidad de envidiosos sin vida propia, cuya principal exigencia es el malestar ajeno. Uno podría preguntarse: ¿en qué le molesta a Federico Sturzenegger que las clases populares puedan comer asado todas las semanas? Le molesta porque él no puede disfrutar del asado por sí mismo; tiene que imaginarse la mirada sufriente de los pobres para deleitarse en serio. Los envidiosos no se relacionan directamente con el placer; deben interponer el fantasma del displacer ajeno. Esta perversidad es la que hoy gobierna.

Por supuesto, el espíritu de sacrificio tiene límites. La “austeridad” de De la Rúa era considerada meritoria al momento de asumir; pero hay un momento en que el discurso del sacrificio deja de tener eficacia, y ello ocurre cuando el dolor de los demás deja de “justificar” el mío –es decir, cuando noto que mi sacrificio no es la condición del sufrimiento de los que están abajo, sino que permite el goce de los que están arriba. Para decirlo con toda llaneza, los que “están hartos de mantener vagos” quizá tengan razón en su hartazgo, sólo que los vagos que están manteniendo no son los “pobres, negros, planeros”: son los ricos. El dinero de sus impuestos no va a los planes, va a Aranguren. De este modo se pasa del neoliberalismo al populismo, que es el primer paso hacia la (y lo diremos con un término que tal vez suene anticuado) liberación de la Patria. Pero sólo el primero. El segundo es el materialismo dialéctico.


La amiga del pueblo

Esto es lo que enfrentamos: una ideología sacrificial que no promete ningún bienestar, excepto el que deriva de la desgracia ajena; el País de la Envidia, el Estado de Malestar; como escribió Tom Raworth, “una política de pura destrucción / llevada en camionetas sin marcas”. ¿Es esto maniqueísmo? No hay que temer a la moralización del análisis, no solamente porque sea descriptivamente más eficaz que la “ecuanimidad” insípida de los analistas de los blogs, sino por una razón táctica: lo único que puede contrarrestar la “desmoralización” de las fuerzas populares es la “moralización” de la lucha política –en otros términos, la conciencia de que enfrentamos al Gobierno de los Malos, y que por ende no podemos concederles nada, ningún “elogio objetivo” a su capacidad política o comunicacional, ningún gesto que los favorezca o fortalezca. A un “régimen macrista” (como lo designó Cristina hace pocos días) no hay virtudes que reconocerle, porque su principal característica como régimen es la destrucción de la neutralidad: si todas las instituciones sociales están bajo su control, no hay obviamente “lugar neutral” desde el cual opinar, ni “méritos políticos” que pudiesen establecerse sobre la base de determinadas reglas compartidas. Enumeremos: prensa acallada, oposición política y sindical perseguida, Poder Judicial comprado, provincias enteras amenazadas –en esas condiciones, por cierto, hasta Macri puede gobernar…[3]

Ahora bien, que ellos sean los Malos no significa que nosotros seamos los Buenos. Desde el punto de vista del materialismo dialéctico, hay que sostener más bien que ellos son los Malos porque nosotros no llegamos del todo a ser los Buenos –en otras palabras, ellos son “irresponsables” (y se la pasan echándole la culpa a la pesada herencia) porque “nosotros” no asumimos por completo la invitación de Néstor y Cristina a luchar a fondo contra Clarín, contra el Partido Judicial, los bancos, contra nuestras pequeñas mezquindades… nuestro temor… En otras palabras, cuando los trolls del macrismo responsabilizan al kirchnerismo de “todo” lo que ocurre, de algún modo dan en el blanco: si según Zizek la “característica formal” del Mal consiste en situarse afuera del mundo, y de esa forma i-rresponsabilizarse de lo que ocurra y criticarlo todo, el rasgo formal mínimo del Bien debe ser el contrario: comprometerse con el mundo y responsabilizarse de lo que pase –no huir ante la adversidad, tomarse en serio la batalla política y cultural, participar, poner el cuerpo. Algo que todos estamos haciendo, pero debemos hacer más, sin miedo, sin infantilismo, sin quejas, con el espíritu.

Por eso, ahora que incluso Cristina perdió las elecciones, ahora que descubrimos que no hay salvadores mágicos (como ella se encargó de aclarar varias veces), ahora tenemos la oportunidad de liberarnos de nuestra propia pereza, nuestra propia i-rresponsabilidad –es decir, de nuestra propia “maldad”, nuestro propio modo de excluirnos del Todo social y simplemente echarle la culpa a los demás de lo mal que anda todo y, como el Alma Bella, criticar todo sin hacer propiamente nada. La conducción de Cristina evidentemente no significa que se resuelven todos los problemas y podemos dedicarnos cada uno a nuestros asuntos, sino a la inversa: Cristina es la única que invita a la sociedad, a cada uno de nosotros, a asumir la responsabilidad sobre el país. Cuando alguien dice “con Cristina no alcanza”, ella podría responderle: sin vos, tampoco… Cristina no es una madre que nos protege de los peligros, ella no “garantiza” nada; más bien es una amiga que, por así decir, se pone a nuestro nivel y sin sermones ni paternalismo nos insta a la acción, a hacernos cargo de las cosas: muestra en la práctica cómo enfrentar a los Malos, nos dice “no tengas miedo” y ella misma no tiene miedo; nos insta a que nos atrevamos a pelear, y ella misma se atreve. Mientras la interna peronista es una isla donde todo el mundo pierde el tiempo en conflictos menores sin percibir que se avecina el huracán, Cristina mantiene abierta la puerta a la militancia política y con este solo gesto continúa derrotando al macrismo en la batalla más importante de todas, por lo menos en Argentina: incluso en el país del genocidio, el terrorismo de Estado, el miedo a la política, todos los ciudadanos siguen teniendo el derecho infinito a la militancia. 









[1] Preventivamente, Hegel analiza el audio de la “cheta de Nordelta” en un conocido pasaje de la Fenomenología del espíritu: “Esta conciencia enjuiciadora es, de este modo, ella misma vil, porque divide la acción y produce y retiene su desigualdad con ella misma. Es, además, hipocresía, porque no hace pasar tal enjuiciar como otra manera de ser malo, sino como la conciencia justa de la acción, se sobrepone a sí misma en esta su irrealidad y su vanidad de saber bien y mejorar a los hechos desdeñados y quiere que sus discursos inoperantes sean tomados como una excelente realidad”.

[2] El sacrificio, lógicamente, tiene buena prensa en el mundo grecorromano que vivimos.  Pero una cosa es sacrificarse por el bienestar de uno mismo y su familia (por ejemplo, trabajando horas extras para pagar los estudios de los hijos), y otra cosa muy diferente es sacrificarse por el malestar de otros (pagando el rídículo tarifazo eléctrico del macrismo, solamente para que otros ya no puedan pagarlo). Esta diferencia es la misma que existe entre el sacrificio del héroe y el suicidio del perverso.
[3] Para que haya derecho a la “objetividad” o “neutralidad”, tiene que haber primero lugar para la “subjetividad” y el “partidismo”: si el ejercicio del partidismo opositor está amenazado, eso significa que cualquier expresión “neutral” que no sea idéntica a la línea del régimen será penalizada –como bien saben los periodistas afines al Gobierno: si por una vez no dicen lo que dice Marcos Peña, tendrán un ejército de trolls hostigándolos.