viernes, 12 de octubre de 2018

ANGUSTIA Y CORAJE EN EL KIRCHNERISMO


Por qué Iguacel pudo ser un tonto útil. Bolsonaro: sólo la militancia kirchnerista podrá salvarnos. Necesidad de radicalidad. La filosofía de Badiou, para terminar de una vez con las crónicas. La presidenta-coraje y su consigna: organizar la vida. -Por Damián Selci


1. La oportunidad-Iguacel. En el medio de la discusión de la compensación a las empresas de gas, con una amplísima mayoría de la población seriamente herida por las esquirlas de esa bomba social llamada “tarifazo”, Javier Iguacel, secretario de Energía, dijo una frase que era a la vez una estigmatización y una oportunidad: “La mayoría de la gente que se queja del aumento de gas son militantes kirchneristas”. Ante este despampanante enunciado, la reacción “natural” es contestar cortésmente: no, señor, no deslegitime el reclamo ni cambie de tema, la gente que protesta es gente común, no es posible que todos sean militantes kirchneristas… Pero entonces, Durán Barba festeja: el kirchnerismo no acepta el aumento de gas, pero aceptó la estigmatización. Se puede protestar por la factura de gas, pero no es válido ser militante kirchnerista… ¿Se notan las terribles implicancias de esta tácita resignación? Iguacel afirma dos cosas: 1) los que protestan son militantes kirchneristas; 2) ser militante kirchnerista está mal. Es sólo el segundo axioma el que da sentido al primero. La reacción “natural” sólo refuta el postulado explícito al precio de reforzar el implícito. Pero a ver, ¿qué tiene de malo ser militante kirchnerista? Más a fondo: en el país del genocidio, ¿tenemos derecho a no defender el concepto de militancia? ¿En qué termina esta negligencia? Lo más noble que tenemos es precisamente la militancia, el resultado más “espiritual” de los gobiernos kirchneristas. En su biografía de Twitter, la primera palabra que elige Cristina para autodefinirse es “militante”. De manera que en la frase de Iguacel no solamente se esconde la estigmatización que anula los enunciados del adversario no por su verdad o falsedad, sino sólo por venir de quien vienen. También descansa en su declaración una oportunidad para nosotros: en efecto, señor Iguacel, los argentinos somos (quien más, quien menos, aunque sea “por espíritu”) militantes kirchneristas, y eso es lo que le da prestigio a nuestros enunciados –ya que la militancia kirchnerista sabe mejor que nadie cómo gobernar el país, sacarlo del infierno del 2001, prever los peligros antes de que exploten en la cara de las familias… Habría que ampliar, con modestia: señor Iguacel, sólo en nuestros mejores momentos logramos ser militantes kirchneristas, pero de cualquier modo, gracias por el elogio. Nos marca que vamos por el camino correcto.

2. Angustia y coraje. Lo anterior delinea una propuesta de resolución táctica de un debate político. La premisa es que no podemos negociar nuestras palabras más poderosas. Sería un suicidio estratégico. El concepto de “militante” es central en nuestro sistema de valores. No hay que permitir ninguna mácula en él. Si a la política le restamos la militancia, nos queda Pichetto o Bossio o algo similarmente triste. Pero esta reflexión general tiene a su vez un correlato en la coyuntura, y la coyuntura es Brasil. Después de muchas denegaciones e ilusiones, por fin los sectores politizados parecen haber comprendido que el avance de la derecha tiene todos los rasgos criminales de siempre y que es preciso estar en guardia. La postura “tranquilos, no pasa nada”, simbolizada por José Natanson, fue derrotada en toda la línea. Consistía en decir que la nueva derecha era democrática. Con Bolsonaro esta reflexión adquirió sus últimos tintes siniestros. Podríamos decir: ¡por fin tenemos conciencia del peligro! Hubo que discutir mucho para alcanzar este punto. Pero debemos agregar, con Alain Badiou en su magnífica Teoría del sujeto: ante el peligro podemos reaccionar con angustia o con coraje. La angustia consiste en paralizarse políticamente: convertir la inminencia del desastre en el desastre mismo, dejarse sobrepasar por la desesperación, implorar el fin. Esta postura da por hecho que el efecto Bolsonaro derrumbará las posturas progresistas y la doctrina Chocobar reemplazará el Código Procesal, en dos palabras, que la muerte inundará el país y la región. Por ende, concluye que hay que moderarse, para no hacer enojar demasiado a los fascistas. Puede ser. Todo esto es un peligro muy real. No existe la angustia falsa. Pero ahí donde se tiene angustia, dice Badiou, podemos tener también coraje. El coraje toma la inminencia del desastre como una inminencia, no como el desastre mismo. Lo horrible aún no se ha consumado. Por ende, ¡hay que actuar! La parálisis de la angustia se convierte en el coraje de la acción. No hay que moderarse, ni esconderse. Los fascistas no son valientes. Los fascistas se envalentonan porque nosotros nos moderamos, porque vamos cediendo posiciones. Nuestra debilidad es su fuerza. Donde baja nuestra autoestima, sube la de ellos. Se llama correlación de fuerzas. Por eso hacer autocrítica a la manera randazzista era y es una estupidez total.

3. Sin lugar para los moderados. Hay que abandonar la pseudo-sociología y las crónicas. Estamos inundados de reflexiones sobre el “giro a la derecha” de la región. Todas dicen lo mismo: la gente quiere jerarquía y muerte, odia los planes sociales, goza con el discurso autoritario. Es cierto que el neoliberalismo volvió a tener su mística. Con Menem, el relato neoliberal era el Primer Mundo y el consumo. Supimos derrotar esa visión luego de la crisis del 2001, apelando al concepto de “presencia del Estado” e inclusión social. Pero ahora el neoliberalismo mutó: a las recetas económicas de siempre le añadió la mística del odio. Macri no promete un futuro cálido donde todos viajarán a Miami. Promete odio. Esa es la mística de ellos y no tiene nada de raro que funcione. Pero “analizar” la situación brasileña con estos insumos puede llevar al equívoco. En Brasil está proscripto Lula, que hubiera vencido tranquilamente a Bolsonaro de poder competir. Con Lula en la cancha, el racismo torturador de Bolsonaro habría quedado en un lugar menos preponderante. Esto quiere decir que lo que ahora llamamos “la sociedad brasileña” hubiese sido (un poco) otra. Lo tolerable y lo intolerable estarían distribuidos de otra manera. Hay que declarar el axioma básico de la militancia: la prioridad de la política por sobre la sociedad. La gente, el pueblo, no “es” de una manera, de derecha o de izquierda: el pueblo es un terreno de lucha, donde nosotrxs (militantes) y ellos (fascistas) libramos la lucha política, que en definitiva es una lucha moral, una lucha por el significado de las cosas. Así que si viene el proverbial sociólogo-ensayista a informarnos sobre la existencia de una ola de derecha en toda la región, deberíamos responder: ¿y qué? Lo que no ocurrió, todavía no ocurrió. Nuestra voluntad forma parte de la realidad. El triunfo de Bolsonaro puede consolidar un giro de derecha ultrarreaccionario en nuestro país… o una respuesta igualmente “extrema”, pero nacional, popular, democrática y feminista. No es de ninguna manera obvio que ante la amenaza fascista de Bolsonaro sólo nos quede “seguirla, quizá tratando de moderar algunas cosas” (el ejemplo invertido sería la reacción de la burguesía alemana ante el triunfo soviético: no “siguieron la ola roja” en absoluto). Desde el punto de vista de la militancia, es decir del coraje, existe una posibilidad de salir por izquierda. Pero de ninguna manera va a ser en formato socialdemócrata. Va a ser con un kirchnerismo más radicalizado. La palabra es: sí, radicalizado. Hay que perder el miedo a lo que somos, a lo que deseamos. Además, las cartas están echadas. La derecha decidió arrasar con la democracia. Cristina ya tiene 4 o 5 juicios orales pendientes y pedidos de “detención inmediata” a razón de uno por semana. Nos van a decir “militantes ultra kirchneristas radicalizados” cada vez que puedan. La única oportunidad es que trabajemos para convertir la estigmatización en un rasgo positivo. Igual que hicieron Eva Perón con los “cabecitas negras” y los jacobinos con los sans-culottes: asimilar la distorsión y devolverla multiplicada. Es el pueblo, es el país, es el presente histórico el que tiene que parecerse a la militancia kirchnerista, y no al revés.

4. El cambio es un caos, ¡organicemos la vida! La gente está angustiada. No entiende lo que pasa. No sabe si puede pagar las boletas. La incertidumbre va cediendo espacio a la total desesperación. Como dice Badiou (otra vez en Teoría del sujeto), cuando se angustia, la gente reclama un superyó: alguien que ponga orden. Curiosamente, o no tan curiosamente, sólo Cristina puede poner orden en el caos macrista actual. O mejor dicho: poner organización. En la campaña de 2017 definió de manera inmejorable la coyuntura actual: con los tarifazos, la inflación, los despidos, “a la gente le desorganizaron la vida”. Conclusión: hay que organizar la vida. Y los que organizan la vida, hoy, en Argentina, son los militantes kichneristas.

5. Fisiología de la moral. No tenemos que analizar más a la derecha. Esto es enfermante y depresivo. Tenemos que analizarnos a nosotros mismos, elogiarnos, reencontrar la raíz de nuestra existencia histórica. Hay que dejar ya mismo de pedir disculpas y de “defenderse”. La lucha de valores debe plantearse tal como es y tal como debe ser. Un militante de La Cámpora es algo espiritualmente superior al CEO de una multinacional. El feminismo es moralmente superior al machismo. Es el momento del orgullo. Hay que cantar la marcha peronista en los bares. Donde aparece la angustia, que aparezca el coraje. Si nos escondemos, si nos debilitamos, estamos fortaleciendo a Macri, estamos volviéndolo más fascista. Podemos citar, recitar los últimos versos de Relapso+Angola, poema de Martín Gambarotta: “el verano / no es para sonreír / es para mostrar los dientes”.

6. Ejercicio de inminencia histórica. Para terminar, un experimento mental: salir a la calle y mirar la realidad, la calle, los árboles, como si estuviésemos en 2002, días antes de que apareciera Kirchner en nuestras vidas. ¿Cómo era un día común y corriente en la angustiante Argentina del 2002? ¿Cómo se veían los colores de las cosas, cómo era tomar una cerveza fría en la noche cálida, cómo era estar leyendo un domingo sin que pasara nada? ¿Podíamos intuir el futuro llamado Néstor Kirchner en la calle, el sol, los árboles? Ahora vayamos hacia 1975. ¿Cómo habrá sido un día nublado de 1975? La inminencia es la muerte, es el golpe, la devastación. ¿Se podía ver la muerte en cada discusión de pareja, en cada salida al cine? Podemos viajar más atrás, digamos hasta enero de 1945. Hace calor, las chicharras cantan, el peronismo aún no existe. ¿Cómo era el cielo de verano de 1945, cómo era una tarde aburrida de verano de 1945? ¿Se intuía la inminencia de Perón, las masas sublevadas? ¿Cómo se veía la calle, el sol, los árboles? Ahora nos transportamos a 2018: vemos la calle, el sol, los árboles, estamos en la inminencia de algo, tenemos que hacer algo.

jueves, 10 de mayo de 2018

La victoria del testimonio


Los que se preguntan si “hay 2019” ahora son los de Cambiemos. Cotiza por arriba del dólar la intransigencia kirchnerista, rubricada ayer en un triunfo legislativo contra los tarifazos (el primero en mucho tiempo), evidentemente eficaz y seductor para la sociedad. 

por Damián Selci


La devaluación de los analistas políticos

Quizá sea pronto para decir: ha terminado la política de Cambiemos, y empezó la política del FMI. Pero la velocidad del deterioro del macrismo envejece todas las caracterizaciones (y todas las cotizaciones). Cambiemos era la nueva derecha, la nueva comunicación, hasta que aparecieron Cavallo y el FMI. En dos semanas no quedó nada. Todos los elogios a la capacidad política del macrismo, todos los “no tenemos que subestimarlos, hay mucho que aprender de ellos”, son ahora papel mojado. Más bien habría que pensar lo contrario: los kirchneristas tienen mucho que aprender de sí mismos. En vistas del caos en que se sumergió Cambiemos, las virtudes de Néstor, de Cristina y de todos los compañeros que los acompañaron brillan con indómita luz. Las odiosas comparaciones funcionan: es ahora evidente que los kirchneristas son mucho mejores de lo que creían. Con cierto asombro, descubren que sabían más de economía y más de política y, sobre todo, más de historia argentina, que todos los demás actores y opinadores, incluido Durán Barba. Luego de la “autocrítica tan necesaria” (el entrecomillado es una forma de asepsia), debe ser el momento de la anti-autocrítica: de asumir la impactante revelación de no ser los peores, sino, tal vez, los menos peores de todos. Esta es la corriente emocional que se vuelve posible: luego de varios años de escarnecimiento por derecha, por centro derecha, por centroizquierda y por izquierda, y por “auténtico peronismo”, y por “no sean sectarios” y por “el kirchnerismo no supo interpretar las nuevas demandas”, luego de todo eso resulta obvio que los críticos del kirchnerismo eran peores que el kirchnerismo. Y que es el momento de, digamos así, salir de clóset.

Porque, en fin: los que guardarán las formas ahora, o borrarán con el codo lo escrito con el teclado, son los analistas políticos. Su estrella se apaga en el firmamento intelectual. Pensemos: es un lugar común la crítica a los analistas económicos, que jamás aciertan en sus predicciones, pero insisten en repetirlas –y en repetir la receta: más ajuste, demos seguridad a los inversores, escuchemos a los mercados… Esto configura un tópico habitual en los escritos de Zaiat y Scaletta, y por cierto en los discursos de Kicillof. A la vista de los acontecimientos, falta agregar el sentido común contra los analistas políticos: jamás aciertan sus pronósticos, pero nunca se abstienen de hacerlos, y siempre recomiendan lo mismo –moderación, recostarse en el PJ, no darle bolilla a la militancia, buscar acuerdos con la derecha, ponerse en el lugar de Roxana Bertone... Es poco lo que se ha calibrado todavía en cuanto a los daños que causa la pronosticología política. Deben ser lesiones en la conciencia pública equivalentes a los informes económicos de Broda, Bein o quien fuere.


La palabra que nadie dice: crisis

Pero bien, si con la devaluación del peso se devaluó Natanson, ¿quién ha triunfado? Podríamos decir, lacónicamente: el pasado. Podríamos resumirlo en una frase: “Argentina es Argentina”. Esto es lo que la militancia sabe y los analistas políticos desearon y lograron olvidar, y ahora recuerdan con la fe de los conversos: la Historia existe, es decir, Mauricio es Macri, o sea, la derecha jamás será de otro modo que como siempre fue en Argentina: corrupta, represiva, depredadora y criminal.  Y además, inepta. No hay acá, no hubo, un Pinochet o una Thatcher. No se hace manejo de crisis por la vía del liderazgo político. Las crisis explotan. ¿Estamos en las puertas de una crisis? Nadie lo dice. Pero es la palabra que falta en la coyuntura. Ya venimos hablando de dólar, Cavallo, FMI. Los analistas políticos se vuelcan en masa, por estas horas, a apostar todos sus bonos en el activo “Argentina es Argentina, la historia se repite, es la economía, estúpido” y todas esas frases huecas que aparecen y desaparecen de los portales según sople el viento. Sin embargo, la historia precisamente en este caso no se repite. Macri, es cierto, habla el viejo idioma del ajuste: esto es inevitable, es preventivo, es duro pero las cosas van a mejorar, etc. Los especuladores se comportan como siempre: estimulan la corrida y se abalanzan al saqueo financiero, mientras se pueda. Clarín hace lo de siempre: borrarse. El único dato nuevo es la existencia de una oposición prestigiosa, que claramente no forma parte del sistema neoliberal, que no votó las leyes que llevaron a esta situación, que prefirió ser “testimonial” en el duro bienio 2016-2017 para llegar fortalecida precisamente a esta fase y a este momento –el momento donde el relato macrista se resquebraja y todas las miradas buscan un punto fijo que no oscile con la cotización de las Lebac. Se minusvalora siempre el hecho de tener razón en política, como si “no bastara”, y este razonamiento pasa por ser muy pragmático y realista. Pero cuando hay una crisis de confianza generalizada, haber tenido razón, poseer un currículum ajeno al macrismo y sus prebendas, permite justamente algo importantísimo: hablar –y hablar cuando calla el troll center es convencer, tener poder. 

Entonces: hay que pedir un aplauso para la táctica intransigente kirchnerista, y sobre todo en este momento, en donde el macrismo comienza a tener mal olor (tal como obviamente iba a suceder) y la sociedad experimenta deseos de taparse la nariz –y, poco después, un poco de aire puro. En definitiva, la auténtica victoria no sería renovarse para ser aceptados otra vez por la sociedad, sino justamente no renovarse y convencer a la sociedad de que acepte la “solución kirchnerista a los problemas de los argentinos” como la mejor de todas, la que mejor sintoniza con la idiosincrasia nacional. No hay que “volver a enamorar a la sociedad”, hay que ofrecer el duro trabajo de la toma de conciencia: a fin de cuentas, si el kirchnerismo va a volver, no es para garantizar la continuidad del ciclo depresivo argentino (crecer, distribuir, crisis de dólares, crisis política, cambio de gobierno, neoliberalismo con valores republicanos, luego sin valores, luego crisis, luego crisis política, regreso al “populismo”), sino a la inversa, para cortarlo: no la historia circular sino la historia de la liberación nacional, que por cierto podría comenzar en cualquier momento –también en 2019, porque el contexto internacional da para todo, lo peor y lo mejor.

domingo, 29 de abril de 2018

REVOLUCIÓN, ESTADO, CONTRACULTURA


Hay que seguir hablando de Mark Fisher y preguntar: el siglo XXI, ¿deprimido y dominado? Contracultura, expresión superestructural de los salarios altos. Tres personajes claves: el neoliberalismo, el hombre que cantaba como un muerto y su antítesis, la organización militante.

-por Damián Selci-


La teoría no está cumpliendo su papel: ¡que alguien haga algo!

La teoría social es desde hace tiempo pesimista. Los grandes éxitos sociológicos revelan miradas totalmente desesperanzadas sobre el futuro. Podríamos decir que son la bibliografía de la no-militancia: leer autores de moda como Thomas Piketty, Mark Fisher y Wolfgang Streeck es, en todos los casos, una experiencia paralizante, lo contrario de una invitación a la acción. Cada uno de ellos tiene una idea clave e inclusive central para comprender nuestra época, pero las cosas se presentan de manera tal que la comprensión parece obturar la práctica más que facilitarla. Antes se decía que la teoría iba en auxilio de la praxis; ahora todo ocurre como si la praxis no sólo tuviese que luchar contra la realidad, sino también contra la teoría.

Pero hay seguir hablando de Mark Fisher. En su último libro, Fantasmas de mi vida, explica de manera muy sintética por qué la cultura, y especialmente la música de los 80 en adelante, parece haber entrado en una crisis sin fondo, en la que la repetición y el pastiche prevalecen mortalmente sobre la novedad. Su esquema es simple. En primer lugar, sólo hay contracultura si hay Estado de Bienestar. La gente necesita tiempo libre y alquileres baratos para volverse creativa. La desregulación del mercado de trabajo ha destruido el ocio de la población. La gente dejó de leer libros porque dejó de tener tiempo para leerlos; no es sólo culpa de la televisión o Twitter. En segundo lugar, el Estado de Bienestar siempre fue, dice Fisher, una “formación de compromiso” de la izquierda, que posponía su proyecto revolucionario en aras de lograr mejoras sustanciales en la calidad de vida de los trabajadores. Pero hace cuarenta años se vino abajo la Idea de Revolución, el Estado de Bienestar y por ende la Vida en la Contracultura. Peter Capusotto y sus videos es un buen testimonio de esta triple pérdida: la nostalgia del programa –inmejorablemente presentada en las apariciones de Bombita Rodríguez, “el Palito Ortega montonero”– es la nostalgia por un momento en donde la Revolución era posible, el Estado garantizaba el bienestar y los jóvenes podían ir experimentando cómo sería una Vida no-burguesa en las playas de creatividad contracultural. Con Thatcher, escribió Lennon, el sueño revolucionario terminó; hay que agregar que se terminó el Estado y se terminó la imaginación.


Esto no es vida: deprimidos y dominados

No se puede ya vivir en la contracultura: esto dice Mark Fisher en su libro Fantasmas de mi vida, el último que escribió antes de suicidarse. La tremenda descripción de la depresión neoliberal que realiza en su ensayo sobre Joy Division debe contarse entre los mejores textos que se hayan escrito sobre rock. Fisher redacta frases que por su precisión resultan imposible de olvidar: Ian Curtis, el cantante de la banda, es “un hombre que canta como un muerto”.  Y esto vale para toda la joven clase trabajadora inglesa y, más aún, de la OTAN, desde el thatcherismo a Trump. Pero cualquier aplicación a la realidad latinoamericana precisaría un par de rectificaciones. La situación psíquica y cultural de Europa y Latinoamérica parece haber sido bastante similar hasta el momento clave del 2000, donde aparecieron gobiernos populares en toda la región. La serie Chávez-Kirchner-Lula-Evo-Correa fue un viento gigantesco en sentido contrario. Se escuchó decir, otra vez: Revolución, Estado, Imaginación. Ahora que el neoliberalismo recobró posiciones en buena parte de la región (hecho reconfirmado y hasta sobreactuado en la paupérrima renuncia a Unasur, perpetrada por varios países por indicación norteamericana), la depresión cunde y Fisher encuentra fácilmente lectores argentinos. Pero Fisher es la no-salida por excelencia, no tanto porque se haya suicidado sino porque en sus penetrantes análisis dice simplemente que en la contracultura no hay vida. No se puede vivir ahí. No ocurre nada nuevo. “Es claro para mí ahora que el período que va de 2003 al presente será reconocido –no en un futuro distante, sino muy pronto– como el peor período para la cultura popular desde la década de 1950”. La profunda estupidez neoliberal no ha dejado espacio cultural sin corromper. Persiguió a la imaginación hasta adentro de nuestros cerebros.


Aspectos no-negativos del fanatismo

¿Hubo recientemente creación cultural en Argentina? Por supuesto: se llama militancia política kirchnerista. Tuvo y tiene todos los condimentos de una contracultura, lo que explica sin mayores problemas que Mirtha Legrand sienta miedo y asco cada vez que en su mesa esclerosada se menciona el tema, ya se trate de La Cámpora, Pablo Echarri o el feminismo. En efecto, la militancia es uno de los pocos espacios de la vida social –para no decir el único– donde la creación colectiva de modos de vida no-burgueses ocurre todo el tiempo, necesariamente y de manera objetiva. Como ha dicho bien Fisher, la depresión no es sólo un problema personal derivado de una biografía difícil, sino fundamentalmente una expresión de poder social: la depresión emerge en el punto extremo de dominación neoliberal, cuando la vida de los que no son ricos carece de sentido –y, por ende, la “sociedad” se vuelve una farsa. La militancia, precisamente por negarse a vivir como dicen las corporaciones que debemos vivir (esclavizados y deprimidos), genera continuamente anticuerpos morales contra la poderosa fuerza de entristecimiento que, sin lugar a dudas, es uno de los pilares básicos del sistema neoliberal. Quizá no fuera por azar que Cristina reivindicara el “optimismo” y la “alegría” de la militancia; Mark Fisher posiblemente hubiera comprendido y valorado mejor estas definiciones que José Natanson, autor que incluso en sus buenas épocas no entendía nada (su libro de 2012, Por qué los jóvenes están volviendo a la política. De los indignados a La Cámpora, resaltaba el parentesco de La Cámpora con… ¡la Coordinadora!, un absurdo que fue bastante comentado en aquel entonces –y luego olvidado, en razón de absurdos superiores y peores).

Para terminar, listemos las acusaciones habituales contra la militancia: “fanatismo”, “sectarismo”, “verticalismo”, “comisarios ideológicos”… Como es palpable, aun si todas estas denuncias fuesen ciertas, sólo demostrarían que los militantes están realmente muy lejos de estar deprimidos, es decir, muy lejos de ser dominados. Hasta se podría recordar que estas actitudes han vuelto a ser valorizadas por las más novedosas teorías sobre el postcapitalismo –especialmente el “aceleracionismo” fundado por Alex Williams y Nick Srnicek, quienes en su Manifiesto aceleracionista reconocen que “el secretismo, la verticalidad y la exclusión también tienen su lugar en la acción política efectiva (no como herramientas únicas, obviamente)”. En este marco, los repetitivos reclamos de “autocrítica” hacia la militancia terminan mostrando un costado bastante oscuro: la autocrítica bien podría ser una forma de perder la moral y encontrarse, al final del recorrido, con la depresión neoliberal que nos dice, como le dijo a Mark Fisher a lo largo de toda su vida, que somos buenos para nada.  

En rigor, esta es toda la idea: si el neoliberalismo es el derrame de depresión sobre un inerme cuerpo social (como cantaba Ian Curtis, “perdí la voluntad de querer más”), su antítesis es la organización militante; un espacio donde la creación cultural es norma para la vida cotidiana –un sitio donde las palabras “revolución”, “Estado” y “contracultura” vuelven a tener sentido.

viernes, 27 de abril de 2018

El significado del tarifazo


La clase media no puede pagar la luz: se siente planera. El Gobierno resbala y el kirchnerismo tiene la certeza de volver a hablarle a la mayoría de la sociedad. 
(Por Damián Selci)

Planeros, planeros por todas partes
Después de la Reforma Previsional, “tarifazo” es la contraseña de la oposición. Tiene la virtud de ser un eje muy genérico y de atacar una constante de la política macrista. Hay que recordar que en el lejano año 2016 la palabra para aumentar las tarifas de los servicios públicos era “sinceramiento”. Aunque este tópico era tomado de manera irónica por la oposición, igual terminaba siendo “el” término predominante de la coyuntura, su clave explicativa. Pero a nadie se le ocurriría hoy decir “sinceramiento”. Ni en broma. No hay margen –ahora se dice “tarifazo”. El aumento de los servicios se traduce gramaticalmente en un sufijo aumentativo. Esta victoria de la oposición se recuesta sobre la victoria anterior de la Reforma Previsional: la política del Gobierno consiste en la idea de que hay que tomar medidas duras pero necesarias, pero el problema es que el tarifazo ha dejado de parecer “necesario”. Parece caprichoso. Parece violento. Y esto cambia todo.
¿Qué ha cambiado? La clase media ha empezado a sentir que su plata no vale. La filosofía política del cualunquismo empieza por un axioma: “yo pago mis impuestos”. Con este salvoconducto, la clase media puede argumentar que pertenece a la sociedad. Es la carta de ciudadanía, lo que permite hablar, ser un actor político: pago mis impuestos, y entonces tengo derecho a insultar al Presidente o a quien sea. La derivación por derecha se escribe sola: los “villeros” no pagan impuestos, se cuelgan de la luz y así están robándole a la sociedad, de modo que el Estado no debería darle ninguna ayuda, porque entonces le está dando derechos a delincuentes. El razonamiento no tiene misterios: la sociedad está dividida entre los ciudadanos que pagan sus impuestos y los vagos que no los pagan, viven de subsidios del Estado y pretenden tener derecho a cortar una calle y protestar. De un lado está la gente, del otro los planeros. (Como es obvio, en Argentina no hay ningún problema con cortar la calle, hacer piquetes o movilizar, siempre que esto lo hagan quienes pagan impuestos, la llamada gente común, y no los planeros, que no tienen la dignidad de ciudadanos, sino el estigma de extranjeros.)
Aparece, entonces, el problema cultural: si la clase media no puede pagar la luz, entonces se convierte en una clase menesterosa, que requiere ayuda del Estado. Se vuelve planera a la fuerza. No es solamente que le resulte impagable en términos económicos. Además, pierde la carta de ciudadanía: pierde derechos políticos. Y esto es el horror.

La clase media merece el Paraíso, y de hecho se dirige hacia ahí, pero no puede pagar el transporte
La pantomima de los radicales yendo a la Rosada para negociar alguna ventaja para la clase media tuvo un efecto cómico. El senador Mario Negri ni siquiera mereció la dignidad de una conferencia de prensa en un salón oficial. Declaró de parado ante la custodia del humillante Massot, que en una involuntaria confesión televisiva había dejado entender que los radicales eran un socio muy menor en la coalición oficialista. En esas magras condiciones se rubricó el pacto: Mario Negri, el Emilio Pérsico de la clase media, logró el pago de la luz en cuotas. También en este caso la conquista arrebatada al Gobierno sabe a poco.
Entonces aparece, o debe aparecer, Elisa Carrió: la voz gutural de la clase media. Pero en vez de echar rayos por los ojos, Carrió se pone a hacer equilibrio entre la imposibilidad de pagar el tarifazo y el peligro de que los kirchneristas capitalicen el descontento. La representación de la demanda ocurre de manera muy incompleta. Queda echar mano del troll center de Marcos Peña, que se abalanza sobre las redes con la teoría de que La Cámpora se infiltró en Edenor y Edesur para manipular las tarifas y volverlas impagables. Es decir, el Gobierno decidió que en el tema tarifario sólo recibirán explicaciones los antikirchneristas delirantes y furiosos. Para la gente común, ajo y agua: Federico Pinedo declaró que estábamos ante “el último gran aumento” y que en mayo las cosas mejoraban, y que todo seguía siendo culpa de Cristina y el populismo, pero esta línea ya evidencia la vocación de retroceder.

Inexistencia del PJ como problema y existencia de Cristina como solución
Mientras tanto, el kirchnerismo avanza y convence. El tarifazo se ha vuelto su propio medio de comunicación de masas. Hace dos semanas, Luis Majul se preguntaba por qué, si Lula estaba preso, Cristina seguía libre. Es notable que la persecución no haya avanzado nada con ese precedente tan cercano. No se habla de Los Sauces, no se habla del PJ, se habla de lo que quiere Cristina. Diciendo “tarifazo”, el kirchnerismo vuelve a tener la certeza de que le habla a la mayoría de la población. Esto configura un éxito incalculable en las actuales circunstancias. Y en parte se debe a que Cristina no dedicó ni un minuto de su tiempo a hablar de la cortina de humo de Barrionuevo, Servini y demás. Tampoco las candidaturas son un tema convocante, ni el volátil y sentimental tópico de la “unidad del peronismo”. Hay poco espacio para comunicar en el macizo régimen macrista, y cada segundo debe usarse para lo más útil, es decir, para hablar de los temas que permiten acumular poder. Los movimientos tácticos de Cristina son ejemplares en esta fase y merecen una imitación más generalizada.

El fin del fin del kirchnerismo


“Cristina y La Cámpora no”: un latiguillo que pasó de moda. Algunas ideas de García Linera traducidas a la peronología convencional y los lentos aunque evidentes progresos políticos de la oposición. 
(Por Damián Selci)

La intervención del PJ y los reciclados
Esta semana fue pródiga en hechos de interés. El establishment argentino leyó que la detención de Lula daba una nueva oportunidad a la alicaída táctica de la persecución política. Procedió a dar dos golpes, y todo indica que los erró, porque olvidó su propio manual de estrategia. Hace algunas semanas, Nicolás Massot dijo que después de Macri debía venir un “peronismo reciclado”. El presupuesto de esta esperanza es la extirpación o la inutilización del kirchnerismo. Esto explica la erosión cotidiana de los medios contra dirigentes y personalidades del kirchnerismo, y por supuesto explica los encarcelamientos. Pero el manual de la persecución no incluía figuras extra-kirchneristas, y mucho menos instituciones con medio siglo de antigüedad. La extravagante intervención del PJ dejó sin armas a los moderados porque amplió demasiado la lista de excluidos. Algunos pensadores reflexionan aún si la nueva era debe pronunciar “Cristina sí” o “Cristina no” –y esto sólo es posible si el establishment mantiene un escenario sin mayores cambios. Pero con los sucesos de la última semana parece que Macri dijese: Cristina no, Moyano no, el PJ nacional tampoco, Fellner que vaya preso… 
Estas iniciativas, a primera vista poco calculadas, deja en mala posición a los “reciclados”. La promesa implícita de los reciclados es algo así: “si ayudamos a Macri a sacar al kirchnerismo de la política, el sistema nos lo retribuirá permitiéndonos gobernar en algún momento”. Ahora bien, si se interviene el PJ, entonces… nadie está a salvo. Otra promesa no cumplida. La cumbre de Gualeguaychú ya estaba bañada de estas certezas y fue registrada en imágenes de neto corte funerario. Las declaraciones de Pichetto sobre la “racionalidad” son irreproducibles de tan aburridas. En los participantes de esa cumbre no estaba ni siquiera la voluntad de fingir entusiasmo: incluso la remanida exclusión de “Cristina y La Cámpora” no los excitaba como en otras épocas. Las fotos del randazzismo del año pasado dejaban entrever una depresión parecida pero comparativamente menor.
Esto significa una cosa: el sermoneo de “basta de Cristina y La Cámpora” empezó a sonar viejo. Su mejor vocero era Massa. Randazzo ya no lo hacía tan bien. Pichetto es francamente insoportable. A nivel interno, el gag se desgastó. La crítica clásica contra el malvado binomio “Cristina y La Cámpora” se hacía en nombre de un supuesto peronismo tradicional u ortodoxo, libre de la presunta influencia “progresista” presuntamente dañina. Pichetto multiplicó el escarnecimiento con el concepto del kirchnerismo “soviético”, pero también critica el “peronismo del bombo” y habla mal de La Matanza… La demagogia, con seguridad, no es su fuerte.

García Linera para argentinos
Es decir: la intelligentizia pasó del fin del kirchnerismo al fin del fin del kirchnerismo. Y esto no por mero cansancio mental. Ocurre que las posturas minoritarias sostenidas durante el bienio 2016-2017 empezaron a ganar prestigio. Tomemos una al azar: “el macrismo es simplemente un gobierno de ajuste”. Esta caracterización era terriblemente discutida en los gloriosos meses de la renovación de los intendentes (2016). Ahora, después del vigésimo tarifazo de luz, después de la Reforma Previsional, no lo discute nadie. Otra: “Cambiemos es un proyecto antiperonista y autoritario”. Nuevamente, cuando la única presa era Milagro Sala, esta postura era marginal; con la detención de Fellner, pasó a ser simplemente verdad. Por cierto, estas posiciones tuvieron más acompañamiento electoral que todas las variantes “racionales” sumadas, pero precisamente lo tuvieron porque eran más populares, más convocantes. En otras palabras: el kirchnerismo vuelve lentamente a ganar debates. Para ponerlo en términos más suaves, vuelve a convencer. Vuelve a sumar, como lo muestra la extensa foto del escenario del homenaje a Ballestrini.
Pero para convencer, primero hay que vencer. García Linera lo explicó muy bien en diferentes ocasiones: nunca se trata solamente de “incorporar” a otros actores políticos a nuestra causa (lo que podríamos llamar el “momento gramsciano” o hegemónico), sino fundamentalmente de “derrotar” al adversario en una confrontación directa (digamos, el “momento jacobino”). Linera es todavía más agudo: sin lugar a dudas se trata tanto de “derrotar” como de “incorporar”, pero además debe ser exactamente en ese orden. Vale la pena una concisa cita de Linera: “al adversario hay que incorporarlo, pero no se incorpora al adversario en tanto adversario organizado, sino en tanto adversario derrotado”. Traducido a los problemas argentinos de esta época, antes de sumar al actor político que sea, antes de “vengan todos, no hay límites, unidad kilométrica” tenemos que estar seguros de haber “ganado” la discusión. ¿Por qué? Porque de otra manera, lo que está ocurriendo probablemente es que nosotros seamos los “sumados” a una unidad que podría ser “unidad para pactar con Macri”. Y no queremos esto. La pregunta (molesta, pero necesaria) que debemos hacernos cuando vemos una nueva unidad política es: ¿quién le ganó a quién? ¿Quién convenció a quién? ¿Quién conduce?
En resumen, el kirchnerismo ahora convence porque antes venció: sus posiciones fueron validadas en elecciones, en movilizaciones, en el día a día. (Este es el pensamiento que escapa a los analistas políticos, quienes por razones profesionales son excesivamente gramscianos y nada jacobinos: su ingenuidad reside en que quieren “articular” sin antes “domesticar”, incluso más: quieren articular para no tener que domesticar.)

El lentísimo progreso de la oposición es, de cualquier manera, evidente
Si Pichetto es el vocero del “Cristina y La Cámpora no”, el kirchnerismo puede felicitarse: antes eran Massa y Randazzo, es decir, candidatos a algo (con grado decreciente de verosimilitud, es verdad). Si el candidato de esa facción es Urtubey, tanto mejor: ni Urtubey ni Pichetto pueden congregar nada calificable como “oposición” detrás suyo… Así, el “Cristina y La Cámpora no” se va convirtiendo crecientemente en lo que siempre fue: una excusa para pactar, para no ir a fondo. Esto se nota especialmente en el tipo de descalificaciones asociadas a este binomio. Los massistas extremistas, a veces autodenominados “nestoristas” sermonean del siguiente modo: Cristina y La Cámpora son soberbios, sectarios, destruyeron todo porque expulsan. La posición promedio salva a Cristina de estas acusaciones, pero las mantiene sobre La Cámpora: Cristina transformó la Argentina, pero quiénes son estos pibes que se la creen, subestiman, sectarios, a quién le ganaron, etc. Por último, está la lenta y digna aceptación del paquete completo: el avance de este punto de vista es el que está robusteciendo a la oposición a Macri, el que está bajando la imagen positiva de Vidal, el que está desbaratando la inevitabilidad, cada vez más presunta, de la reelección conservadora.

lunes, 9 de abril de 2018

Luche y vuelve Lula

La valentía indomable de Lula ya es un triunfo, pero esto hay que “decirlo” para que no progrese el ávido derrotismo de los intelectuales. El tesoro de la militancia versus el hecho de creer que nuestras opiniones importan. -por Damián Selci para Argentinos Online


Minoría intensa, divido tesoro
La política es algo que se aprende todos los días. Por ejemplo: el lector recordará la habitual crítica a las “minorías intensas kirchneristas”, que según nuestra intelligentzia habían llevado al aislamiento a Cristina. Una especie de teoría del cerco, pero por derecha. Aquel oscuro y lento ataque a la militancia por su presunto “fanatismo”, “sectarismo”, etcétera, validó la postura inversa de que la política no debía ser objeto de pasión y compromiso, sino de un sugerente “análisis”. De esta manera, House of Cards era más interesante que La Cámpora, y luego Sergio Massa era más interesante que Kicillof… Este desencanto intelectual, que era depresión disfrazada, se veía a sí misma como un refinamiento: era “burdo” 678 y era “sofisticado” Miguel Pichetto. Pero bien, este punto de vista está en trance de evaporarse ante la evidencia desconcertante de que la derecha, increíblemente… es de derecha. Fantino, que antes encantaba a los tuiteros con sus estudiosos reportajes a Sarlo, ahora es un aterrorizador servicio de inteligencia de ultraderecha. Y con respecto a las “minorías intensas” pasa lo inverso. Antes eran un desagradable obstáculo para la contemplación de la Política. Ahora son las que pusieron el cuerpo para proteger a Lula de la captura, dándole tiempo para generar una serie de hechos que cambian el sentido de su prisión actual. En otras palabras: si Lula caía preso de inmediato, no podía generar las imágenes de fervor popular que necesitaba para deslegitimar su detención. Basta notarlo en el estado de ánimo general: la tragedia infinita de Lula preso se transformó en, simplemente, una nueva fase en la lucha, con nuevas posibilidades. Es decir: no estamos muertos. Tenemos épica. ¿A quién acudió Lula para lograr esto? A la “minoría intensa”, también llamada “partido político”, también llamada: militancia del PT.
Conclusión: cuidemos a nuestras minorías intensas como si fuesen oro, porque son las que están cuando las papas queman.

El anti-derrotismo en acción
El estado de ánimo de la intelligentzia, luego de varios años de dandismo, es el agotamiento mental. Querían un país, y un mundo, menos intenso, es decir, menos comprometedor que lo que pedía el kirchnerismo. Ahora no hay kirchnerismo, pero la intensidad se mantiene: ¡la derecha metió preso a Lula! Y entonces el desencanto se volvió depresión. Pero esto puede curarse, precisamente con el ejemplo de Lula. Digamos que en principio se pueden tomar dos posturas ante lo que está pasando en Brasil. Una sería decir: “tragedia absoluta” –o sea: por primera vez en la historia están metiendo preso a un dirigente continental que se apresta a ganar las elecciones, la democracia brasileña se hunde en la mentira y la corrupción, el impacto regional será devastador, y encima quedará registrado para el porvenir que, en definitiva, siempre es posible meter preso al líder de los pobres… La otra alternativa es reconocer todo esto y decir: “no es todo” –también queda abierta la posibilidad de un levantamiento popular, porque en definitiva estamos ante un momento donde queda claro de manera generalizada que el compromiso político de la gente es lo único que puede dar vuelta las cosas. No se trata de negar de manera psicótica la gravedad de la situación, sino a la inversa, de asumirla plenamente para empezar a calcular fríamente nuestro margen de acción, los nuevos riegos y oportunidades que ofrece la lucha. Se trata de adoptar un punto de vista militante, para suspender la histeria, vencer la parálisis, y actuar.
De eso se trata seguramente este momento: hay que considerar que, para meter preso a Lula, el régimen oligárquico tuvo que negar su legalidad y destruir por completo su neutralidad. No caben dudas de que no queda nada parecido a “instituciones” en Brasil. Ha quedado devastado el espacio de la neutralidad, y esta catástrofe tiene un aspecto inesperado: fuerza a todo el mundo a tomar partido, algo que objetivamente le conviene a Lula… Además, el heroísmo de Lula en estos días es profundamente inspirador: ha pronunciado frases como “yo ya no soy una persona, soy una idea”, y el solo hecho de que alguien, en el punto de máxima tensión imaginable, pueda decir estas cosas y pueda ser escuchado por todos, es ya un triunfo y prefigura nuevos triunfos. Derrotar a Lula significaría quebrarlo, reducirlo a la indignidad, quitarle su condición ejemplar, su espiritualidad. Ocurrió todo lo contrario. Esto puede sonar a un consuelo sentimental, pero ello sólo ocurre para una mirada ingenua que no capture que la política es una actividad esencialmente moral e intersubjetiva: “ganar” significa que el oponente reconoce nuestra victoria y se deja cambiar, se modera, se domestica; “ganar” significa que el sector más radicalizado y menos “comprable” del oponente queda aislado, denostado, deslegitimado, inutilizado; “ganar” es que el otro no desee pelear más. Para que esto quede claro, Videla no ganó: pasada la fase del poder absoluto, se convirtió en un paria; nadie lo defendió cuando fue preso; incluso quienes reclutaron sus servicios y apoyaron sus acciones, no pueden reconocerlo en voz alta. Como es obvio, con Lula ocurre todo lo contrario: es el preso más popular del mundo. Y se puede hacer mucha política estando preso, como lo han demostrado, por decir alguien, Perón, Chávez.

Las palabras siempre tienen algún poder sobre nosotros, creamos en ellas o no
Hay una conocida sentencia de George Bernard Shaw: “La única tragedia es ser utilizado con fines innobles; lo demás es mera mortalidad o infortunio”. Si decimos que lo que ocurre en Brasil es una “tragedia”, estamos cerrándonos nosotros mismos la posibilidad de que, incluso en el corto plazo, no lo sea. Perón fue detenido el 12 de octubre de 1945; ese mismo día podría haberse dicho que estaba ocurriendo una tragedia para la clase trabajadora; sin embargo, hoy parece que fue más bien un signo de debilidad oligárquica, pero el chiste es que lo fue “a posteriori”, es decir, luego del 17 de octubre, cuando la historia dio un vuelco total. Lo más lógico, por consiguiente, es que el sustantivo predominante en estos días sea “lucha”, y no “tragedia”; lo más sensato es hablar y comportarse como si estuviésemos en las vísperas de una gran acción de masas, aun si el mero hecho de decirlo nos parece “exagerado”. Hay que recordar que la política es una actividad esencialmente moral, donde la percepción subjetiva de las cosas termina siendo determinante sobre las cosas mismas. Así que la pregunta militante es la siguiente: si decimos “tragedia”, “democracia agonizante”, “Brasil atraviesa su hora más oscura”, con entera independencia de que esto pueda ser “cierto”, ¿la moral de quién estamos fortaleciendo? No la nuestra, seguramente. La palabra que elegimos para esta fase va a predisponer a los demás y a nosotros mismos: si decimos “tragedia” nos predisponemos al duelo, si decimos “lucha” nos predisponemos a la acción. En general, carece de toda importancia lo que verdaderamente opinemos sobre cualquier tema; lo esencial es el efecto de nuestras palabras en los demás y en nosotros. Para poner otro ejemplo, no importa lo que opinemos sobre el “papelito” de Cerruti (si estuvo bien o mal en denunciarlo), lo obvio es que tenemos que hablar de Caputo, que es testaferro, que es un funcionario corrupto, y absolutamente nada más. La única tragedia sería que nuestras opiniones fuesen utilizadas con fines innobles, que es lo que ocurre cuando simplemente describimos los hechos políticos como si no se nos fuese la vida en ellos, o cuando hacemos esa cosa llamada “autocrítica”, que sirve más a Clarín que al kirchnerismo, más a O Globo que a Lula. Lo demás, como dice Shaw, es la vida misma, que va y viene, como el viento.

martes, 3 de abril de 2018

Buenos para nada: el realismo justicialista

Mark Fisher, teórico de la depresión, adaptado a la política argentina. Un nuevo capítulo de la lucha de la militancia kirchnerista versus el arte del entristecimiento, la voluntad de perder y –para poner un ejemplo– la entrecomillable “cumbre de Gualeguaychú”. -por Damián Selci


Mark Fisher se desafilia del PJ
La depresión es el tema de moda en la crítica cultural, y Mark Fisher debe ser su principal teórico. Fisher ha publicado varios libros, y dos de ellos tienen edición argentina por el sello Caja Negra: Realismo capitalista (celebrado por Slavoj Zizek como “un despiadado retrato de nuestra miseria ideológica”) y Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (compilación de artículos sobre música y teoría cultural). La idea básica de Fisher es que el neoliberalismo cancela lentamente la capacidad de imaginar un futuro igualitario, de manera que el cuerpo social se sumerge en la depresión, es decir, en la parálisis. Fisher escribe: “Esta depresión se manifiesta en la aceptación de que las cosas empeorarán (para todos excepto para una pequeña élite), de que tenemos suerte por el mero hecho de tener trabajo (así que no tenemos que esperar salarios que le sigan el paso a la inflación)”. Y apenas más adelante: “La depresión colectiva es el resultado de un proyecto de resubordinación de la clase dirigente. Desde hace un tiempo, cada vez aceptamos más la idea de que no somos el tipo de personas que puedan actuar”. Mark Fisher se suicidó en 2017, con 47 años; ese gesto cerró el dramático caso del crítico cultural que se vio derrotado por su objeto. 
Estas frases de Fisher, ¿a qué nos suenan? No caben dudas: a nuestra dirigencia “dialoguista-justicialista”: no podemos ganar en 2019, nada puede cambiar, “a la gente le entró la bala de la corrupción”, “es imposible enfrentar a Vidal”, “Macri gana cómodo un balotaje”… Depresión, depresión, sí, pero legitimada: porque revolotean aún en el firmamento intelectual los ensayistas de cuarta categoría, si bien “progresistas”, que nos intiman a aceptar la superioridad de Cambiemos, incluso su “épica” –a contemplar su inevitabilidad, y sobre todo nuestra culpa por ello… Libros y libros destinados a explicarnos que era obvio que perdiéramos, siendo todo lo pésimos que éramos, considerando todos los errores cometidos: culpa de Cristina y la militancia, el hiperkirchnerismo, los ideologizados… Fisher escribió en primera persona: “Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que yo era literalmente un bueno para nada”. Los ensayistas de cuarta, voceros del dialoguismo justicialista, modulan la frase en la segunda persona del plural: “ustedes, kirchneristas, deprímanse: son buenos para nada”.
Por supuesto, el corolario político de esta depresión teorizada es que la táctica sólo puede ser una: “moderarnos”, o sea, perder identidad para evitar la confrontación (o sea: “Cristina no”). Ganar no es posible, no porque los argentinos sean macristas sino fundamentalmente porque los kirchneristas son unos inútiles, así que todo lo que queda por hacer es negociar, bajar las banderas, “esconderlas”, “2023”, etc. Retirarse, o al menos hacer una autocrítica, sufrir bajo la convicción de que “tenemos que aprender de ellos”, “necesitamos un Durán Barba”, “brutal eficacia de Macri”: estas sentencias tenebrosas se agolpan una tras otra y se aplastan entre sí, como en una avalancha, sin producir ningún conocimiento –solamente ataques de pánico, es decir, parálisis emocional: depresión. Lo que llamamos realismo justicialista.

Realismo justicialista
Hace unos meses, Ricardo Aronskind publicó un artículo llamado “Sobre la depresión kirchnerista”, que contextualizaba y discutía el clima de abatimiento post-electoral. Su texto era agudo y útil. Sin embargo, es preciso variar el eje del problema: la depresión no está en el kirchnerismo, está en el dialoguismo justicialista. Si entendemos la depresión en el sentido de Fisher –no un problema psicológico individual, sino una estrategia neoliberal de dominación–, no caben dudas que no hay nada más depresivo que Pichetto, Urtubey, Bossio, Bertone… nada más angustiante que esa “cumbre de Gualeguaychú” que se prepara para el 6 de abril, de la que el cronista ultraclarinista Pablo Ibáñez dice que “tendrá perfil nacional y anti K, y que con los meses irá tomando un tono más crítico de la Casa Rosada…” ¡Qué tristeza! ¡Cuánto desánimo junto! Es toda gente que parte de la premisa de perder, que voluntariamente quiere perder (y que, además, ya perdió), gente que le quita todo entusiasmo al hecho mismo de hacer política. Veamos: el realismo justicialista consiste en decir que transformar la realidad es imposible, o sea, que el kirchnerismo no va a volver nunca. Consiste en la destrucción de todo lineamiento ideológico (votar a los buitres, votar la Reforma Previsional) y en la abolición de la esperanza. No es tanto la eternización de Macri, sino sólo del no-kirchnerismo (“no vuelven más”): es una especie de nueva teoría de los dos demonios, según la cual el kirchnerismo engendró al macrismo, y si queremos liberarnos de uno tendremos que librarnos a la vez del otro. Por eso se puso de moda reprimir el inocente cantito “vamos a volver”: no, no se debe cantar eso, porque la gente quiere algo nuevo, nadie vota para atrás –y menos votaría a los inservibles kirchneristas, cuya ideologización filo-soviética (la teoría es de Pichetto-Natanson) les impidió ver lo que vio el realismo justicialista: que no se puede fundar un nuevo país, que todo irá empeorando paulatinamente hasta la indignidad total, o como lo dice Fisher: sólo podemos vivir en la “lenta cancelación del futuro”.
El realismo justicialista es, ante todo, anti-militante, y esto hay que entenderlo en sentido global: no solamente está enemistado con la militancia, sino también con su premisa “idealista” básica, según la cual la realidad se puede transformar de acuerdo a la propia voluntad. La militancia es, en su propio concepto, optimista: como le dijo Cristina a David Viñas en aquel programa de televisión del 2001, “yo tengo la obligación de ser optimista”. El realismo justicialista tiene en cambio la obligación paradójica de militar el pesimismo para deprimir a la sociedad; su tarea es la cancelación de las alternativas al macrismo, la censura del porvenir, el “peronismo reciclado”. Es una estrategia de dominación: obviamente, y solamente.
Cambiemos es un partido auténticamente de “realismo capitalista”: lo que ofrece a la sociedad son mediocres sueños como poner una cervecería, “ser emprendedor”, viajar en low cost a Córdoba –en resumen, la depresión misma. El kirchnerismo, en cambio, propone grandes valores como la igualdad, la solidaridad, y también “Argentina potencia”: o sea, la idea de que mediante el desarrollo podríamos llegar a ser un país importante, que podríamos sentir orgullo por nosotros mismos. El realismo justicialista, mientras tanto, se limita a decir que esto último es imposible: somos buenos para nada; somos, en realidad, malos para nosotros mismos.
Quizá la definición más sintética del realismo justicialista deba buscarse en la tristísima conclusión de Fisher: “cada vez aceptamos más la idea de que no somos el tipo de personas que puedan actuar”. El realismo justicialista nos quiere obligar a aceptar la impotencia porque es impotente (con todo respeto, se podría decir que los “buenos para nada” son Bossio, etc…). Pero la militancia kirchnerista “fanática”, “ideologizada”, “filosoviética”, “protomontonera”, “sunnita” (invención de Natanson) invierte esa idea: somos, cada uno de nosotros, el tipo de personas que pueden actuar. Esto se llama también empoderamiento y es una tendencia realmente existente en la política argentina, una posibilidad continuamente abierta, la única que tiene algo digno de ser llamado “futuro”: el kirchnerismo.

martes, 27 de marzo de 2018

El sentido político de caminar ciento veinte cuadras

En el marco del 24 de marzo, una tesis: democracia = militancia. Jóvenes subversivos, jóvenes idealistas y jóvenes militantes. Dos palabras sobre la “corrupción” y los ex presos políticos como hecho político. -por Damián Selci


(publicado originalmente en Argentinos Online)


Defensa de la militancia
De ningún modo gobierna la nueva derecha: si en algún lugar se nota la evidencia de esta negación es cuando llega el 24 de marzo. Cambiemos destina buena parte de sus esfuerzos a destruir el consenso en torno a los derechos humanos. Trata de liberar a Astiz, borra pañuelos, etc. Es lógico que, pese a todas las derrotas sufridas en ese terreno (el 2x1 quizá haya sido la más ejemplificadora), sigan intentándolo. Para ellos es un objetivo estratégico. Basta recordar la consigna: “bajando un cuadro formaste miles”. No hay ninguna duda de que el camino de la militancia política fue reabierto por Néstor Kirchner y en particular con una medida: el impulso de los juicios por delitos de lesa humanidad. El genocidio de la dictadura tuvo por objetivo la militancia: social, sindical y política. Solamente cuando el Estado pidió perdón por esos crímenes y perdón por la impunidad, la juventud volvió a la política.
Deshacer el consenso en torno a los derechos humanos, por consiguiente, es un objetivo estratégico para la derecha. En cuanto Astiz fue a la cárcel, la militancia salió a las calles. Si Astiz puede volver a las calles, evidentemente es con el propósito de atacar la condición de posibilidad de la militancia: para ponerla en duda. Es muy importante tomar registro de esta situación (cosa que los analistas políticos, por definición, no hacen nunca, debido a su catastrófico déficit de historicidad): la militancia es la única prueba de que la sociedad argentina elaboró realmente el trauma de la dictadura –los centros clandestinos, las desapariciones forzadas, el robo de bebés, el terrorismo de Estado. La dictadura mataba militantes. De modo que deslegitimar a la militancia es directamente suicida. Es, de hecho, lo que hicieron los genocidas, como paso previo al exterminio.
Una consigna: ahí donde vemos un militante, estamos viendo directamente a la democracia. Y con toda naturalidad hay que escribir la conclusión complementaria: bastardear a la militancia es, tarde o temprano, bastardear a la democracia.

Los cuerpos idealistas
La liberación de Zannini y D´Elía agregó un componente extra al 42 aniversario del golpe cívico-militar. El kirchnerismo ya había planeado realizar una extensa caminata de aproximadamente doce kilómetros, desde la ex Esma hasta Plaza de Mayo. El sentido político de atravesar la ciudad en una movilización no encierra ningún misterio: busca duplicar la demostración de que, efectivamente, la militancia pone el cuerpo. Como en política cualquiera puede decir cualquier cosa, la única prueba fehaciente de que nuestro discurso político es “verdad”, de que tomamos en serio lo que decimos y no estamos simplemente hablando en el aire, la suministra el hecho de “estamos ahí”: de que ponemos el cuerpo. Por eso, no basta con repudiar el golpe de Estado cívico-militar… además, hay que movilizar a la Plaza el 24. El kirchnerismo ha añadido esta vez un giro idealista: no basta con movilizar, hay que caminar ciento veinte cuadras. Sólo una fuerza joven, en todo sentido, se puede plantear este tipo de acciones políticas. (Un paréntesis comparativo: la militancia caminó doce kilómetros el 24 de marzo, ¿qué hizo la “dirigencia opositora dialoguista/constructiva/poskirchnerista” ese mismo día?)
El origen de estas pequeñas pruebas físicas es muy antiguo: lo que busca hacia afuera es demostrar fortaleza ideológica, y hacia adentro… lo mismo. Hay que estar muy ideologizado para caminar doce kilómetros. Este tipo de cosas dan orgullo, porque implica un sacrificio de la comodidad en aras de un objetivo político loable. Y lo más importante: ahí ya no se puede decir “están pagos”. O sea: no se puede hablar decorrupción. ¿Cómo es esto? Cuando la derecha estigmatiza la movilización popular, lo que afirma simplemente es que la gente no se mueve por ideología, sino por dinero (y además, por poco: el pancho y la coca). Esa es toda la crítica: los cuerpos que ocupan la calle están disociados de los elevados valores que dicen defender los oradores del acto (“los llevan arriados, les pagan el micro”). Ahora bien, cuando una fuerza política camina ciento veinte cuadras, este ataque ni siquiera se puede formular. Carecería de toda lógica económica hacer semejante esfuerzo por un pancho y una coca. Y entonces surge lo innegable: estamos ante unos idealistas. Y tal como sabemos por la cultura argentina, lo que es idealista es siempre digno, y no merece morir. Pensemos en la primera caracterización de los desaparecidos, propia de los años 80: “jóvenes idealistas”. Son idealistas: nunca puede estar bien matarlos, torturarlos. Aun con toda su inocencia, esta mirada ya los salvaba de la estigmatización genocida (“jóvenes subversivos”). La gran apuesta kirchnerista, todavía vigente, da un paso más: “jóvenes militantes”.
La traducción actual de esto sería: la derecha dice “son corruptos”, la militancia responde “somos idealistas”. Y el debate se gana.

Los ex presos políticos como hecho político
La presencia de Zannini y D´Elía en la columna kirchnerista fue emocionante. Estas liberaciones le dan un golpe fuerte al Gobierno. No solamente porque podrían estar indicando la disolución de la alianza persecutoria entre el Ejecutivo y Comodoro Py. Además, y de manera bastante literal, le dan la razón al kirchnerismo: eran presos políticos, es decir, no culpables, sino víctimas. Y el efecto es que, de manera bastante singular, los ex presos políticos gozan por primera vez desde que asumió Macri de la “presunción de inocencia”. Como sabemos, la construcción paranoide macrista consistió en montarse sobre la locura antisocial del “son todos chorros”. Los kirchneristas eran, por definición, todos culpables, del primero al último, y un gobierno justo debería encargarse de meterlos presos. Por esa razón, cuando efectivamente encarcelaron a Boudou, no había ninguna necesidad de probarlo en un juicio, porque ya estaba probado en el prejuicio. ¿Qué ocurre entonces cuando liberan a Boudou? Una situación extraña: Boudou era más atacado en la calle antes que ser detenido que después; ahora lo saludan más afectuosamente, y nadie se atreve a gritarle “Ciccone”. Si bien el proceso judicial sigue exactamente como antes, la misma idea de que es “chorro” parece difícil de sostener incluso en el nivel más bajo de conciencia: si hubiese sido “chorro”, no lo habrían liberado…
Lo mismo vale para Zannini y D´Elía. De hecho, los ex presos políticos son de por sí un hecho político, porque su liberación muestra algunos datos nuevos. Primero, que la fase de omnipotencia macrista ya pasó. Segundo, da un golpe al corazón del discurso “son todos corruptos”: siendo Macri presidente, estas excarcelaciones dan a entender que no había motivos para tenerlos detenidos. Tercero, confirman que el problema para la derecha es únicamente el kichnerismo, y que el resto de la oposición no les preocupa. ¿Qué haremos ahora con el simpático “corruptómetro” de Felipe Solá? Imposible saberlo: con seguridad, no obstante, el “militantómetro” debe haberles dado bien a Boudou, Zannini y D´Elía, quienes caminaron dignamente junto a miles de compañeros las ciento veinte cuadras que separan a la ex Esma de la Plaza de Mayo.

martes, 20 de marzo de 2018

Siete conclusiones sobre Massot y la ideología

Contra la cháchara del periodismo, se revela que la ideología es la clave del poder (y no la mentira del “pragmatismo”). La gaffe televisiva de Massot, bien entendida, dio una señal al peronismo reciclado: “ustedes vienen después”. Pero la militancia responde: todo puesto es puesto menor. -por Damián Selci



El plan B antiperonista
Hace poco, el jefe de bloque de Cambiemos en Diputados, Nicolás Massot, dijo una frase que a muchos les pareció esperanzadora: “Nosotros vamos a gobernar 6 o 10 años, pero después va a venir un peronismo reciclado”. Fue durante un programa de televisión; Massot creía estar fuera del aire; cuando los periodistas le hicieron notar que su declaración había salido en vivo, su rostro se transformó. La intelligentzia peronista tomó esta gaffe como una prueba de la caducidad inevitable de Cambiemos: “hasta ellos saben que esto no dura, y que vamos a volver”. Massot expresó pesar por la publicidad indeseada de estas reflexiones, pero después las reivindicó en Twitter: “Pienso y ratifico todo lo que dije al aire. Sólo hubiera gesticulado menos”. Así que no deberíamos pensar que Massot está preocupado por la vuelta del “peronismo reciclado”. Muy a la inversa, eso es exactamente lo que quiere: otro peronismo, uno “reciclado”, o sea, no el kirchnerismo. Conclusión inevitable: el auténtico problema para la derecha es el kirchnerismo. Conclusión inevitable dos: el kirchnerismo es crecientemente el nombre de la lucha popular, de modo que jamás, ni siquiera alegando razones “tácticas”, de “sumar”, se puede renunciar a él. Como dice el filósofo esloveno Slavoj Zizek: se empieza cediendo en las palabras, y luego en todo lo demás…
Y por eso, conclusión tres: lo que molesta del kirchnerismo es justamente su programa ideológico –más aún, de algún modo “kirchnerismo” implica “tener mucha, demasiada ideología”. Resultará raro, pero a diferencia de toda la variada gama de opinadores disfrazados de dirigentes políticos, el kirchnerismo se guía por un programa ideológico, y el resto no. Menem no lo tenía: se lo alquiló a Alsogaray. Existe la extendida y estúpida idea de que la ideología no se lleva bien con el poder. Supuestamente, la ideología es “principios”, y los principios recortan mucho el margen de acción, de manera que es mejor no tenerlos y “ser pragmático”. Por cierto, la verdad es exactamente la contraria. La ideología da muchísima fuerza, muchísima capacidad de entusiasmo, muchísima capacidad de resistencia y organización. Más aún: la ideología suma (basta ver hacia dónde fluye la militancia: hacia donde está la ideología, siempre). De hecho, el poder real lo tiene siempre el sector más ideologizado. Para decirlo con toda sencillez, Menem no tenía el poder real, y Cristina sí; Menem no tomaba las últimas decisiones de Estado, y Cristina sí. ¿Por qué? Porque Menem carecía de un programa propio: tomaba las decisiones de otros. ¿Qué hay que hacer con la economía? A ver, veamos las opiniones de la familia Born, de Cavallo… o sea de los “ideologizados”…
Conclusión cuatro: lo que quiere Massot es un peronismo sin ideología. No hay, pese a sensacionalismo baboso de José Natanson, ninguna “novedad” en esto. Es el viejo plan B antiperonista. Mariano Grondona lo enunció miles de veces. Una vez que fracasó la desperonización de la sociedad, la derecha se concentró en la desperonización del peronismo. Lo ha logrado en muchos casos. (Hoy la traducción de esta misma táctica es: peronismo sin kirchnerismo, “Cristina tiene techo bajo”, etc. Lo divertido es que para la intelligentzia esto podría ser una buena táctica.)

La astucia de la razón ideológica
Sigamos con la quinta conclusión: los que renuncian a la ideología, renuncian al poder real. Menem no decidía. Magnetto se lo dijo en la cara: “puesto menor”. Si tomamos a Menem como la encarnación más pura del pragmatismo sin ideología, todo lo que queda de él es que los “ideologizados” neoliberales lo usaron y lo tiraron. Los pragmáticos, los autoproclamados pragmáticos, son tontos útiles. Sirven o no sirven y sus míseras pasiones son utilizadas despiadadamente por los “ideologizados”, que tienen ambiciones mucho más grandes: someter a todo un país, liberar a todo un país. Cosas grandes, históricas, no “ser gobernador”.
Sexta conclusión, algo más oscura: la frase de Massot funciona muy bien para el seudo-peronismo “dialoguista”, integrado hoy por seres de naturaleza sorprendente como Urtubey. Les dice muy claramente que después de Macri no viene el kirchnerismo, vienen ellos. Buena promesa. “Si el peronismo se recicla, lo dejamos ganar”. La frase real que pronunció Massot ante las cámaras fue insignificantemente distinta: el de Cambiemos “es un proceso de 20 años que posiblemente lo termine el peronismo, ojalá lo termine el peronismo; ojalá sea una continuación de lo grueso del plan económico que se está haciendo ahora”. Pero hay que tener muy poca ambición para dejarse tentar por estas promesas. ¿Para qué sirve gobernar, si hacemos lo que quiere Massot: ajustar, endeudar, bajar salarios y jubilaciones? Esta pregunta le cabe a muchos gobernadores e intendentes. ¿De qué sirve ser gobernador si cuando llega el momento mandamos a los senadores a votar la Reforma Previsional?
Desde el punto de vista de la carrera personal, “ser intendente”, “ser gobernador” puede llegar a ser un objetivo deseable. Por eso las carreras personales no sirven para nada. Lo que sirve es la militancia ultra-ideologizada, para la cual lo emocionante nunca es “ser” alguien o algo, sino “transformar” la sociedad, es decir, transformarse uno mismo y a los demás en algo mejor, más noble, más espiritual. Desde el punto de vista de la militancia, que alguien agote todas sus energías en “ser presidente” es algo carente de sentido: constituye un déficit de ambición. Porque en cierto sentido es verdad que el de presidente es un “puesto menor”. Como cualquier puesto, en sí mismo no es nada. De la Rúa fue presidente. ¿Y? La ambición personal es siempre mediocre. La ambición colectiva es siempre grande. La séptima conclusión será entonces doble y tajante: ganar significa únicamente ganar con ideología; la ideología es lo único que vuelve posible ganar.