jueves, 2 de enero de 2020

LECTURA MILITANTE DEL CONCEPTO DE UNIDAD POLÍTICA


por Damián Selci

(publicado originalmente en El Ojo Mocho, nr 8, primavera/verano 2019/2020)


Las ideas de este artículo no me pertenecen del todo; surgieron en las numerosas y continuas reuniones vecinales que ha realizado el Frente de Todos durante la campaña en Hurlingham, en particular las que se produjeron después del triunfo del 11 de agosto. Los encuentros fueron conducidos por el entonces presidente del Concejo Deliberante, Martín Rodríguez, y yo lo acompañé como candidato a concejal. Mucho de lo que aparece escrito acá son respuestas que él dio o yo di ante las intervenciones de los vecinos. El tema de la “unidad política” fue muy comentado en dichas reuniones, precisamente porque se trataba de entender, por así decir, “por qué habíamos ganado”. De manera que cuando me llegó la invitación de Matías Rodeiro para colaborar en esta edición de El Ojo Mocho bajo la consigna de la “unidad política”, el esfuerzo del concepto ya estaba hecho, y sólo quedaba escribir.



El principio de alienación superestructural

Como nunca, en estos años se dijo: ¡unidad, unidad! Pero, ¿qué significa? El concepto de “unidad política” es susceptible de dos interpretaciones. Una es la lectura periodística o novelesca, que rige sin matices en los textos de los analistas políticos (figura que, por su afinidad con el error, ya ha devenido célebre). Podríamos reponerla más o menos así: por culpa de los egos de la dirigencia, el peronismo se dividió, y eso posibilitó el triunfo del macrismo. Ahora bien, luego del desastre económico y social, las bases empezaron a clamar por la “unidad de la política”. Luego de que esta demanda se tornara suficientemente apremiante, las dirigencias al fin “dejaron los egos de lado” y se decidieron a “tomar un café para dejar las diferencias” y unirse así contra el macrismo. Y todos cedieron algo: Cristina cedió su candidatura a Alberto, Massa cedió en sus aspiraciones presidenciales, La Cámpora cedió lugares en las listas, Moyano cedió en que la crítica del impuesto a las ganancias no ameritaba una ruptura política, Solá cedió su candidatura a gobernador, Insaurralde lo mismo, los intendentes del conurbano lo mismo, y así sucesivamente. Entonces, con la unidad realizada, el peronismo/kirchnerismo recuperó su caudal electoral, porque cada uno aportó “los votos que tenía” y finalmente Macri perdió.

En esta reconstrucción escueta ya pueden hallarse varios rasgos típicos de la lectura novelesca. El primero de ellos es el “principio de alienación superestructural” –es decir, la idea de que los dirigentes tienden por esencia a ser sumamente distintos de las bases, y que si “escucharan a las bases” más seguido, se equivocarían menos, y tal vez nunca. En otras palabras, Jean-Jacques Rousseau: el Pueblo tiene razón y es inocente, pero como sus dirigentes tienden a desprenderse de su influjo, ocurre a menudo que no lo escuchan, y entonces pasan las cosas que pasan. El gran misterio, nunca abordado, es por qué se produce la alienación superestructural… Un segundo rasgo, derivado del anterior, es la visión ultrapersonalista o “carismática” de la política: puesto que el Pueblo vive por naturaleza en el bien, nunca se equivoca y persigue espontáneamente su interés, precisamente no puede ser un personaje novelesco, ya que carece de drama, de división interna, de romanticismo; en cambio, los dirigentes políticos están alienados (“se la creen”) y por ende son unos neuróticos narcisistas que anteponen sus rencillas personales al interés del conjunto. Pero por esto mismo son interesantes: dado que ellos definen todo lo que ocurre y todo lo que no ocurre, el destino del país depende de su estado de ánimo, de sus caracteres, de su hybris; de acuerdo al principio de alienación superestructural, los dirigentes viven en una realidad paralela donde el divorcio con el Pueblo es condición de toda acción; nunca están seguros de estar acertando con el sentido de la Voluntad Popular, y esta duda es fuente de errores, tentaciones, traiciones, divisiones y reconciliaciones. En el siglo XIX, esto se llamaba novela psicológica. ¿Cómo se llevan Fulano y Mengano? ¿Tienen viejas rivalidades, secretas amistades, algún amorío añejo que deviene en santa alianza? Ah, los dirigentes, esos seres variables, volubles, que cuando por una vez logran sobreponerse a su vanidad logran, acaso, el milagro de la unidad: se toman un café…

Y de todo esto se deriva el tercer rasgo que define y completa a la lectura novelesca: el Pueblo está por principio excluido de la política; es más bien apolítico; sólo la lleva a cabo cada tanto, para corregir la soberbia innata de los dirigentes y cuando la estupidez de éstos lleva las cosas demasiado lejos. En la actualidad, lo que el Pueblo quiere (nunca quiere otra cosa, ya que él es Uno) es unidad: unidad política[1].



La división de la Voluntad Popular

La otra mirada lectura del concepto de “unidad política” procede del pensamiento de la militancia. Su principio operativo básico reza que todo aquello que pueda decirse de la dirigencia, tiene que poder decirse primeramente del Pueblo.  Es decir, si la dirigencia estaba dividida por egos estúpidos, por soberbia, por incapacidad de reconocer objetivos comunes… todo esto debe predicarse también del Pueblo. La unidad política fue primero una unidad popular, pero no porque el Pueblo haya sido por fin escuchado por una dirigencia comúnmente alienada, sino porque el Pueblo estaba en sí dividido (o para decirlo con el término usual: “agrietado”) y se puso a practicar la unidad como método de supervivencia. Si nos parece que los dirigentes peronistas invertían demasiado tiempo en pelearse entre sí, todo lo que debemos hacer es complementar esta mirada con su reverso o fundamento: era el Pueblo el que invertía demasiada energía en el “narcisismo de las pequeñas diferencias” –el que pagaba Ganancias y creía que “mantenía vagos”, la que criticaba a los planeros, el que se enojaba con un piquete, el que creía que su progreso se debía únicamente a su esfuerzo y su penuria únicamente a los políticos, la que odiaba a Cristina por su tono de voz… Hay que reconocer, sin que ello nos conduzca a un pesimismo antropológico demasiado férreo, que el Pueblo también puede ser una auténtica “feria de vanidades” y que los engreimientos de la dirigencia palidecen ante la radiante arrogancia popular. ¿Hay algo más egocéntrico que el discurso del progreso personal con independencia de la situación nacional? ¿Hay algo más soberbio que despreciar a la vecina que cobra la Asignación? ¿Hay algo más “ombliguista” y “sectario” que la queja por no poder comprar dólares? 

   La unidad política es sólo la consecuencia de la unidad popular: tal es la lectura militante. En términos más toscos: no ganamos porque Alberto se haya tomado un café con Cristina, ni porque Cristina se tomó un café con Moyano: ganamos porque el Pueblo se tomó un café consigo mismo, dejó las rencillas en el pasado y comenzó a reencontrarse más allá de las múltiples grietas, con la conciencia de que el desastre económico macrista era efectivamente un problema más importante que “los planeros”, “los mapuches”, “los k”, “Baradel” y toda la gran variedad de monstruos de factoría mediática.

Como puede verse, la lectura militante coloca en el lugar del sujeto, del agente real del movimiento político, al Pueblo, y no a los dirigentes. El principio de alienación superestructural no desaparece, pero es reenmarcado por un más básico “principio de alienación estructural” que altera por completo los términos de la cuestión: de una manera que excede a Rousseau y apunta hacia Freud, es la Voluntad Popular la que está en sí misma alienada de sí misma, vale decir, dividida en su propio corazón. Por eso existe la dirigencia: porque el Pueblo no quiere directamente algo, porque tiene consigo una relación conflictiva. Y esta impotencia popular, sin embargo, es la prueba suprema del protagonismo que el Pueblo tiene en el pensamiento militante: como la Voluntad Popular no es “una”, pase lo que pase será obra del Pueblo. El fabuloso triunfo de Alberto y Cristina en 2019, para empezar. Pero también el ascenso de Macri en 2015.



Lo que viene: el rol del pueblo y la nueva batalla cultural

Hemos estado más de diez años discutiendo “el rol de los medios”; quizá ha llegado el momento de discutir el rol del Pueblo. Desde la crisis de la 125 en adelante, la problemática básica de la militancia pasó por el poder de Clarín, su vasta influencia en la sociedad y en la política. Y no caben dudas que los medios hegemónicos han hecho un verdadero desastre con la conciencia pública de los argentinos. Por eso, resulta significativo que la devastación haya encontrado un contragolpe tan rotundo en las elecciones; el inédito blindaje mediático que protegía a Macri fue simplemente destrozado por el Pueblo, y dejó al establishment en estado de temor y temblor. Sin embargo, se impone una precisión: el inesperado resultado electoral no prueba en absoluto –como pretenden algunos analistas políticos– que “los medios no influyen tanto como se dice”; no caben dudas de que los medios hegemónicos gozan de una incidencia que sólo cabe calificar de enorme. Lo que sí prueba el resultado electoral es que, sea cual sea el poder de los medios, el Pueblo tiene más. Y así nos encontramos con la extraña paradoja de que el análisis del adversario nos ha sumido en una poderosa incomprensión de nuestra propia fuerza. El poder mediático fue ampliamente comentado y analizado: es todavía objeto de libros, de programas televisivos, de discursos políticos, de mesas debate, de cátedras universitarias. No ocurre ni por asomo lo mismo con nuestro poder, el Poder Popular. Sabemos cómo se fabrican las fake news, ¿sabemos cómo se construye poder popular?

Podríamos arriesgar una tesis de coyuntura: estamos ante una nueva batalla cultural, cuyo horizonte debe comenzar a delinearse. Ante la problemática del poder mediático, la respuesta política fue la Ley de Medios. Ante la problemática del poder popular, ¿cuál es la respuesta? Tal vez sólo se pueda decir: organización militante. No es preciso establecer qué cosa es “más primordial”. En definitiva, poner límites democráticos a la concentración mediática tiene sentido en la medida en que ello deja más espacio a una tarea que debe emprenderse de todos modos: la organización, ensanchamiento y crecimiento del poder popular, para lo cual es preciso ante todo avanzar en su justa comprensión. La aparentemente simple cuestión de por qué nos preocupa lo que puedan decir los medios hegemónicos revela, en su examen, que no tenemos aún la militancia necesaria para que el discurso mediático no penetre en el Pueblo. Es obvio, pero hay que decirlo: si hubiésemos tenido la militancia suficiente para fortalecer el poder popular, entonces los medios hegemónicos hubiesen visto mermada su influencia al punto de no ser ya “hegemónicos” en ningún sentido útil de la palabra. De manera que el problema central del pensamiento militante no es la (sin dudas, muy importante) democratización del sistema de medios, sino la organización del poder popular, y esto significa latamente el devenir-militante del Pueblo. Para decirlo en una consigna un poco tensa, no se puede querer que “los medios no influyan en la gente” y simultáneamente no impulsar la militancia de la gente. ¿Por qué? Porque si la gente ya no escucha a los medios, ¿a quién sí escucha? La respuesta es sencilla: se escucha por fin a sí misma, es decir, se re-úne –y para reunirse se organiza, y para organizarse ha de volverse, en un sentido amplio de la palabra, militante. Acá tocamos el nervio de nuestra argumentación: a través de la organización militante, que garantiza la re-unión, el Pueblo se vuelve su propio “medio de comunicación de masas” y simplemente desplaza del espectro a la ideología neoliberal.

La nueva batalla cultural no se pregunta por el rol de los medios (¿qué más se puede decir?), sino por el rol del Pueblo. Este cambio de foco permite reencuadrar algunos problemas políticos importantes de los últimos años. En efecto, si el Pueblo es sólo una víctima inocente de la manipulación mediática, todo lo que queda por hacer es relanzar la Ley de Medios y esperar que esta vez sea aplicada. Pero esto implica mantenerse dentro del marco romántico de la unicidad del Pueblo y el “principio de alienación superestructural”, según el cual el Pueblo es una sustancia inocente parasitada por las mentiras de la Oligarquía –y entonces todo lo que debemos hacer es “terminar con las mentiras”. Pero semejante táctica es a la vez facilista e imposible: facilista porque todos los problemas aparecen como exteriores al Pueblo, de manera que “muerto el perro se acabó la rabia”, e imposible porque aun si termináramos con la fábrica de mentiras actual, siempre aparecería una nueva (de hecho, las redes sociales no cesan de producir trampas al ojo: ya es muy fácil trucar videos de celebridades que con sorprendente realismo aparecen en situaciones incómodas, como el de Mark Zuckerberg reconociendo que roba datos a los usuarios de Facebook). La apuesta militante no es primeramente terminar con las mentiras, sino quitarle consistencia a la Inocencia del Pueblo: asumir como un hecho que su división/alienación es “primordial”; por no ser Uno, el Pueblo no puede ser un sujeto que simplemente quiere esto o aquello, sino que además debe “tomar una posición” con respecto a lo que quiere, está forzado a adoptar una relación reflexiva con su deseo, a responder por él.

Seguramente la nueva batalla cultural es menos semiológica que psicoanalítica. Por eso, la cuestión del rol del Pueblo es: ¿será falsamente Inocente, o asumirá la responsabilidad? Pero esta pregunta es una autopregunta: ¿miraremos la realidad como si no fuese nuestro asunto, como si el sujeto político no fuésemos en cada caso nosotros mismos? El único modo de que la reflexión política tenga algún efecto es considerarla rápidamente como una cuestión existencial. Podríamos incorporar una última máxima militante: todo aquello que yo predique del Pueblo, debo predicarlo primero de mí mismo. Siempre tengo una incidencia en lo que está pasando y en lo que no está pasando. Y de esta manera la reflexión política se aleja de la mala fe: cuando se vuelve autorreflexión.



Realidad = Pueblo

Si un presidente tiene un mal ministro, puede creer que los errores del ministro son por maldad o ineptitud, pero algo es indudable: la responsabilidad política es del presidente, porque él lo eligió para ese cargo. La jerga periodística ha sentenciado que los ministros son, pues, “fusibles” que pueden saltar toda vez que sea necesario preservar la investidura presidencial. En la misma senda, y en virtud del principio moderno de la soberanía popular, debiéramos aplicar esta lógica a la mismísima figura del presidente: él también, en definitiva, es un “fusible” del Pueblo, que puede ser cesado en sus funciones cuando el soberano decida que ha cometido un error al designarlo. Ahora bien, la cuestión militante es que, precisamente por ser el soberano, el Pueblo no puede ser un “fusible” de sí mismo –no tiene el recurso de echarse a sí mismo cuando comete un error, para luego buscarse un reemplazante… Descartada la solución fácil, queda la difícil: ya que no lo podemos echar, ¿cómo hacemos para transformar al Pueblo? O lo que es igual: ¿cómo hacemos para transformarnos a nosotros mismos? Evidentemente el Pueblo no es sólo el sujeto político, sino también el objeto de la política: cuando decimos que queremos “transformar la realidad” es evidente que no nos estamos refiriendo sólo ni principalmente al “paisaje” de la realidad, ni meramente a la distribución de la riqueza, sino que apuntamos a una parte de la realidad decisiva, determinante, esencial: la gente, las personas, es decir, el Pueblo. Variando un poco la máxima de Perón, habría que decir que la única realidad es el Pueblo. Ciertamente vivimos en el Pueblo, “adentro suyo”. No es alguien a quien concientizamos desde afuera, o a quien invitamos a emanciparse. Más aún, sería impreciso decir que el Pueblo transforma la realidad: uno y otra son lo mismo, así que sólo cabría hablar de una “autotransformación” –como la que hace una persona cuando decide volverse militante.

Escribamos, entonces, desembozadamente un proyecto de tesis XI de nuestra época. Hasta hoy, los militantes populares hemos intentado transformar la realidad; pero de lo que se trata es de transformar al Pueblo.






[1] La versión extrema y pesadillesca del principio de alienación superestructural está encarnada por el trotskismo, para el cual la historia es la historia de las traiciones a la Clase Obrera por parte de una dirigencia siempre “burocrática”. Pero puede verse con limpidez que, aun con sus profundas diferencias, trotskismo y populismo comparten una premisa fundante: la unicidad de la Voluntad Popular –o lo que es lo mismo, la Inocencia del Pueblo. Incluso el populismo de Laclau concibe al Pueblo como una totalidad que exterioriza su no-identidad en una sustancia ajena, la Oligarquía.




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miércoles, 30 de octubre de 2019

¿Qué pensar? La estructura política actual y sus desafíos


por Damián Selci



De lo electoral a lo estructural

El mundillo politizado tuvo este año dos ocasiones para encontrarse sorprendido por los resultados electorales. En agosto se preveía un triunfo de Alberto Fernández, pero no tan holgado. En octubre se preveía un triunfo de Alberto Fernández, pero más holgado. A causa de este último estupor, los periodistas todavía oficialistas profesan la fe de que Macri sale fortalecido de la derrota, y encuentran creyentes fuera de su rebaño. Pero en distintos artículos se ha marcado ya que es irrisorio que Macri se encuentre ganador cuando es el primer presidente de la historia argentina que se presenta a una reelección y la pierde. Semejante aclaración se vuelve necesaria cuando prevalece la tendencia del análisis político a convertir datos trimestrales en hitos fundacionales. Por eso, podríamos tratar de avanzar una hipótesis de lectura diferente, que en lugar de inventar nuevas Esencias de la política argentina (la “nueva derecha democrática”, el “poskirchnerismo”, “Lavagna como superación de la grieta”, el “giro municipalista”) elabore el perfil general de la estructura política en la que estamos, más allá de lo que haya pasado la semana pasada, o la próxima. Así es como piensa la militancia: como no milita en función de una coyuntura, sino de la historia, su lectura busca hallar la estructura detrás de la coyuntura –y no simplemente vociferar cambios planetarios cada vez que el servicio meteorológico erra un pronóstico.

Pero para llegar a esta noción estructural hay que comenzar por la coyuntura. La primera interpretación es que la elección de agosto y la de octubre fueron un balotaje en dos tandas. El electorado del FDT votó como en un balotaje en agosto; el electorado antiperonista se comportó como en un balotaje en octubre. De hecho, la fuerza del FDT es producto de la unidad de todos los sectores del peronismo, de modo que la conciencia de la dificultad de la elección estaba clara desde el principio. La agudeza de Cristina resplandece con especial brillo en estas horas. Parece evidente que cuando decidió la fórmula presidencial tenía en mente el resultado de octubre, no el de agosto. Mientras tanto, el macrismo, cuya naturaleza ideológica es el antiperonismo, tuvo una elección desastrosa en las PASO, cuando había que votar por su continuidad al frente del Estado. Nadie quería que Macri siguiera gobernando. Es claro que la deserción lo perjudicó especialmente en ese turno. Una vez que se tornó claro que Macri no podía ganar, entonces la elección se volvió más “ideológica” y para el electorado antiperonista fue menos difícil votarlo: porque se votaba en contra del peronismo, kirchnerismo, populismo, etc., y no a favor de la continuidad de Macri como presidente. Pero que no quieran a Macri en el Ejecutivo no significa que no puedan quererlo como jefe del antiperonismo.


De imitatione Christina

Esto nos lleva a una conclusión: no hay muchos más votos peronistas por fuera de los que ya votaron a Alberto en octubre. Se ha resaltado en varios artículos que el 40% obtenido por Macri es el antiperonismo histórico. Es verdad. Lo no tan normal es que voten todos a un mismo partido político, el cual (medido con cualquier parámetro) acaba de fracasar rotundamente en la gestión. Después de la elección de agosto, la economía empeoró más y Macri se radicalizó ideológicamente. Nada mejor para espantar indecisos (según nos explican las consultoras de opinión, únicas entidades que aún moran en la era de los “electorados apáticos” de las décadas de los 80 y 90). Pero lo que le había fallado a Macri era el antiperonismo histórico. De ahí su renovado llamamiento para la elección general, que entonces sí fue exitoso. Basta ver la campaña. Convocó bastante gente en varias ciudades, y especialmente en la Capital. Se introdujo entonces la tesis de que en el macrismo había cierta mística. El liderazgo de Macri apareció en la mala. A diferencia de Vidal, que tiró la toalla sin atenuantes, Macri se concentró en mostrarse fuerte, firme, no dar por segura la derrota, arengar. Mantuvo el optimismo; y ver a un seguro derrotado en esa tesitura inspiró orgullo en las bases, quienes por eso se movilizaron como no lo habían hecho hasta ese momento. De hecho, lo más interesante ocurrió después de la elección del domingo pasado. Según un cronista de Clarín, cuando Macri bajó del escenario luego de finalmente asumir la derrota, “en la intimidad varios ministros y secretarios de Estado se apropiaron de la canción que el kirchnerismo hizo propia desde 2015: ‘A volver, vamos a volver’, se entusiasmaron en el macrismo”. No es un rasgo aislado: el tuit de Macri del día lunes emuló fielmente el mensaje Cristina en octubre de 2017, a horas de perder la elección provincial frente a Esteban Bullrich. El lunes 28, Macri tuiteó: Gracias. Esto recién empieza. Dos años antes, al momento de reconocer la derrota en la provincia, Cristina había dicho: Acá no se acaba nada, acá empieza todo. ¿Qué está pasando? La respuesta parece evidente: desde hace tiempo, pero muy ostensiblemente desde agosto, el macrismo se volvió imitativo del kirchnerismo. ¿En qué consiste la imitación?

Este punto debe ser descrito con algún detalle. ¿Cuál fue la lectura de Néstor y Cristina luego de la crisis de la 125? Que se había producido un cambio estructural en la política argentina. Como hacía tiempo no se veía, emergía un importante sector de la sociedad que estaba en condiciones de politizarse. Esto significa, en un sentido muy genérico, lo siguiente: reconocer un liderazgo concreto y aumentar la cantidad de tiempo destinada a la participación. Luego del voto no positivo de Cobos, todos los consultores, y parte de la fuerza propia del kirchnerismo, recomendaban moderación. Néstor y Cristina tomaron la decisión contraria: “perdimos por no profundizar”. Y el resultado de esto fue que comenzaron a organizar un núcleo duro de enorme importancia. Ese núcleo fue la celebérrima “minoría intensa” que le permitió resistir los cuatro años de la ofensiva neoliberal, cantando “vamos a volver” y abrazando el muñeco de Zamba, lo que movía a risa a los analistas políticos… Con esta descripción escueta, resulta obvio que el macrismo ha reconocido la eficacia de la oposición kirchnerista, y que se propone imitarla. ¿Cómo? Dejando de lado el big data y los focus y haciendo lo que hizo el kirchnerismo: convocar actos masivos, sostener un liderazgo con mística, ganar territorialidad y algunas gobernaciones y municipios.

Arribamos a una conclusión parcial: tenemos un adversario inteligente, que nos imita en todo aquello que le parece útil, aunque para eso deba sacrificar algunas vacas sagradas republicanas o incluso apolíticas. Cuando Macri asumió, en diciembre de 2015, la Plaza estaba vacía. Él lo lamentó diciendo, famosamente, “una lástima el día nublado, mucha gente habrá querido venir y no pudo”. Eran los tiempos de la nueva derecha que, según los analistas políticos, iba a llevarnos al somnífero paraíso de la gestión post-ideológica… Durán Barba se jactaba de no hacer actos y las revistas digitales ponderaban la hipersegmentación de Marcos Peña, que llegaba al corazón de la gente común, cansada de las cadenas nacionales… Ahora es claro que Macri puede y quiere irse el 9 de diciembre con una Plaza llena, con banderas, vinchas y cantitos.


La estructura política

Algo es indudable: la estructura política en la que vivimos hoy es todavía la que se abrió en Argentina hace más de diez años, con la crisis de la 125. Se trata de una estructura antagónica con dos campos políticos definidos y enfrentados, primero llamada “polarización” y luego “grieta”. Suele decirse que “la grieta existe hace 200 años”, o “desde 1945”, lo que es cierto en lo relativo al plano económico, social y cultural. Pero hacía mucho tiempo que no adquiría estatuto propiamente político. Ya hemos visto que Néstor y Cristina comprendieron la dimensión estructural del conflicto y se dedicaron a ideologizar, formar y organizar a una de las partes. Así le sacaron diez años de ventaja a la derecha. Se hablaba de “la vuelta de la política” luego del oscurantismo de los 90 y la crisis del 2001. ¿Qué está ocurriendo ahora? Que “la política está volviendo”, pero también para el antiperonismo. Los saltitos de Hernán Lombardi en las movilizaciones muestran con palmaria nitidez que los sectores conservadores están haciendo hoy un descubrimiento similar al que realizaron los sectores progresistas hace una década: que “hay que interesarse en política”, que es preciso participar para cambiar las cosas. (En ese sentido, se puede decir que la crisis de representatividad del 2001 está completamente agotada: hay dos fuerzas mayoritarias, con liderazgos fuertes, capacidad de movilización, territorialidad y mística. Un 90% de la sociedad ya no dice “que se vayan todos”; basta con que se vaya el adversario.)

Los politólogos que repararon en este fenómeno suelen escribir que es deseable que los sectores conservadores tengan representación político-electoral, porque eso los vuelve más democráticos. Ya no hay riesgo de que golpeen las puertas de los cuarteles, se dice. Pero este “lado positivo de la politización conservadora” deja de serlo cuando notamos que las salidas militares son inexistentes hace mucho tiempo, de modo que no hay que temer que alguien golpee las puertas de los cuarteles: detrás de esa puerta no hay nadie, y ello se debe al gran triunfo de la democracia, que luego del genocidio anuló a los militares como sujeto político. Más bien, habría que preguntarse si no es la misma politización conservadora la que vuelve a traer a la luz la hipótesis de “salidas militares”, como lo han demostrado las arengas castrenses de Patricia Bullrich, el discurso antiderechos humanos del Gobierno y la insectificación del kirchnerismo que borbotaba de la voz oficial en forma constante, de Macri para abajo. No es cierto que la derecha golpea la puerta de los cuarteles cuando no encuentra representación electoral. Puede combinar perfectamente ambas cosas; basta mirar Brasil.

La idea es simple: la derecha está avanzando en la comprensión de que, para hacer política en la Argentina, es preciso tener: a) liderazgo político fuerte y con mística; b) capacidad de movilización; c) discurso ideológico, d) poder municipal. Lo cual representa una amenaza sensible, porque estos eran precisamente los rasgos que nos distinguían y que, en ocasiones, permitían sacar ventajas en la disputa cotidiana. Sólo falta que se lancen a armar e) organizaciones territoriales, y entonces no habrá grandes diferencias en cuanto al desarrollo, lo que no sería terminal si la derecha no contara además con el poder económico y mediático. Por cierto, la derecha encuentra dos déficits de enorme gravedad en su proyecto: el primero es que no tiene la menor idea de cómo gobernar el país (el fracaso de Macri en esta materia ha sido mayúsculo, en diferencia frontal con el gobierno de Cristina), y el segundo es que no interpela a los jóvenes (lo que pone un techo muy bajo a la politización: es inimaginable que las damas y los caballeros de 70 años que movilizan con Macri puedan convertirse en cuadros políticos de la próxima década –de hecho, Pichetto y Carrió anunciaron su retiro). Además, queda ver cómo es realmente Mauricio Macri en el llano, cuando su poder institucional baje al mínimo y carezca de cualquier capacidad de daño inmediato. Éste es el dato faltante en el escenario de hoy: si Macri se quedará a liderar la oposición, con el terrible desgaste que eso implica, o si (como sugirió Horacio Verbitsky en alguna oportunidad) se mudará a Roma para gozar de una vida despreocupada, la que siempre pudo tener.  


Hacia un nuevo salto de pantalla: el 40% es menos que el 50%

¿Y nosotros? Por estas horas circula la preocupación de “qué haremos con ese 40% de argentinos que sostiene al neoliberalismo y al discurso del odio aun en las peores circunstancias”. Algunos analistas políticos (como siempre) aducen que hay que moderar al kirchnerismo para que el 40% se desinfle. Es una teoría rara, sobre todo porque… ¡la fórmula ganadora es Alberto-Cristina! Clarín y todos los medios hegemónicos aseguraron que Alberto era “el candidato k”. Ganó en primera vuelta. Y en la provincia se impuso Axel contra Vidal, que era la promesa fulgurante del neo-neoliberalismo, con 18 puntos de diferencia. Los analistas quieren resolver una cuestión de estructura con un par de gestos y señales, diciendo “el Frente de Todos es más que el kirchnerismo”. También el Frente para la Victoria era más que el kirchnerismo. Son aseveraciones que no resuelven el problema porque lo caracterizan mal. Cristina y Axel estaban muy visibles en la boleta… De manera que la cuestión podría no ser “cuánto debemos moderarnos para poder convencer a ese 40%”. Podríamos preguntarnos, de manera estrictamente militante, qué haremos con el casi 50% que sí nos votó. ¿No deberíamos enfocarnos en esa mitad de la sociedad que acompaña firmemente nuestra política, contra todo el bombardeo mediático? ¿No habrá, tal vez, una tarea que darse con ellos? En definitiva, son los que definen la elección, los que resolvieron aquí y ahora la cuestión del poder estatal en nuestro país. En definitiva, y más allá de cómo termine el recuento, 48% es más que 40%. Alcanzaron para ganar en primera vuelta de manera holgada contra el Estado nacional y provincial, todos los medios hegemónicos, la Embajada y el poder económico concentrado. Y podría ser que la mejor manera de “desinflar” el 40% sea “inflando” nuestro 48%, esto es, haciéndolo rendir más en términos cualitativos. ¿Qué significaría esto?

Nuestra fuerza política está en condiciones de proponerse un salto de pantalla. Una buena noticia de estos cuatro años es que la circunstancia opositora hizo circular con mayor facilidad y menos remilgos la palabra clave de la política popular: militancia. El mote despectivo de “militontos” desapareció del lenguaje. Posiblemente a causa de las repetidas ofensas del macrismo, posiblemente a causa del feminismo, posiblemente a causa del kirchnerismo, la condición militante ganó prestigio: donde hubo una agresión neoliberal, hubo una respuesta de la militancia. Además, la derrota de 2015 evidenció que el buen gobierno no se basta a sí mismo, porque enfrenta enemigos poderosos que no se rinden ante los datos del crecimiento económico y se proponen activamente empobrecer a la sociedad. Hace falta más que el voto, más que la simpatía. ¿No es un poco exagerado decirlo así? Pero la influencia norteamericana ha vuelto a ser determinante en la región. La administración Trump ha puesto a América Latina en una situación crítica. Venezuela antes, Bolivia ahora… Basta con pensar que la militancia evitó que Cristina fuera presa, de manera que aun sufriendo una grosera persecución judicial tuvo margen para armar el Frente de Todos y darle una salida política al desastre neoliberal. Esta salida brilló por su ausencia en la gran crisis de Ecuador, donde Rafael Correa está proscripto y exiliado, y en la gigantesca crisis chilena, donde el pueblo generó un 2001 al que (tal como fue nuestro caso en su momento) le falta una salida política popular –y esto para no hablar de Brasil, que fue a elecciones con Lula preso y está siendo gobernado por un fascista. No caben dudas que el salto de pantalla, entonces, radica en dar un paso organizativo más: la militancia organizada concebida como un rasgo de nuestra ciudadanía. Es directamente imposible evitar que los neoliberales vuelvan al poder si la participación de los ciudadanos peronistas, kirchneristas, progresistas, decrece respecto de los niveles altos que tuvimos en el último tiempo. ¿No es esto excesivamente desgastante? Sin dudas: por eso se trata de participar de manera organizada. De ahí que el “contrato social de ciudadanía responsable” constituya una propuesta novedosa de Cristina, que debe ser considerada hasta las últimas consecuencias. Por ejemplo: si el Estado va a inaugurar un hospital, ¿basta con hacer un acto de inauguración y dar un discurso que politice el hecho? ¿No habría que buscar la manera de que la politización sea permanente, de manera que la comunidad no experimente simplemente que el hospital “es su derecho”, sino que se comprometa de alguna manera con su funcionamiento –y por añadidura, sea la sociedad misma la que “defienda la salud pública”? Suena a mucho, claro. Pero, ¿basta con abrir una escuela sin involucrar a todo el barrio en algún formato participativo que le brinde pretextos al pueblo para re-unirse? ¿No debería tener toda iniciativa de gestión una pregunta por el saldo organizativo popular que deja o habilita? Por supuesto, la gente no quiere, no puede, no tiene tiempo. Las urgencias son otras. Hay muchas demandas insatisfechas. Pero, ¿hay alguna tarea política más importante que dedicarnos a organizar el 50% del electorado? ¿No tenemos de nuevo la oportunidad única de resolver los desastres macristas, pero generando organización y conciencia a cada paso? Nos desorganizaron la vida, decía Cristina. Hay que organizarla. ¿Qué mejor manera de luchar contra la cultura neoliberal, que tanto nos preocupa porque mantiene cautivo a un 40% de la población? Y esto no se puede hacer simplemente desde una cadena nacional. No puede ser una tarea sólo de los dirigentes. Es precisa la militancia en el territorio, en el trabajo, en la escuela. La cercanía es la base del prestigio político. Cada militante es irreemplazable en la célula social en que está inmerso.

Organización popular –esa expresión tan mágica, tan evanescente: parece lógico que levante suspicacias. ¿Habrá que conformarse con una “ciudadanía no responsable” de Durán Barba? ¿La gente es como es? ¿Hay que limitarse a garantizar los derechos básicos, el trabajo digno, las vacaciones pagas, algún consumo extra? Pero, entonces, ¿qué sería el poder popular? En general, ¿podemos pensar a fondo cuál es el horizonte de nuestra práctica, llevar al máximo el pensamiento de qué es lo que queremos hacer? El salto de pantalla consiste en generar de manera colectiva un marco teórico para la militancia, que permita orientar la praxis más allá de la coyuntura y apuntar realmente a la estructura… Antes incluso de “qué hacer”, la pregunta es “qué pensar”. Hay que atreverse a ir más lejos en el pensamiento, para que nuestra política no se detenga. Y para esto hay que hacerse preguntas. ¿Qué es gobernar un país, un municipio? ¿Satisfacer demandas, garantizar derechos, ser el primer mostrador del Estado, o algo más? No estamos en 2003. No se trata sólo de sacar al país del infierno. Ahora que ganamos, hay que reconstruir el país de punta a punta, y también repensar todo, de punta a punta.

miércoles, 31 de julio de 2019

EL “INDECISO” ES EL OTRO: ANÁLISIS DE UNA PROYECCIÓN Y APORTES PARA UNA CURA


Por Nicolás Vilela

¿Qué hay que hacer para ganar en octubre? Últimamente escuchamos la respuesta mágica: hay que persuadir a “los indecisos”. La premisa es que el electorado se divide en tres tercios: kirchneristas, macristas e indecisos. Este último grupo incluiría a todos aquellos que no quieren ni una “vuelta al pasado” ni una “continuidad del cambio” y cuya agenda sería “de centro”, despolitizada, individualista. Consecuentemente, si hay dos grupos que ya tienen decidido su voto, el objetivo de la militancia sería disputar el sentido común de este tercio. ¿Cómo? Aumentando la escucha y la autocrítica, la moderación y la persuasión; disminuyendo la intensidad identitaria y la entonación confrontativa… Suena lógico. Incluso natural: la “canción del indeciso” aparece con pareja persistencia cada dos años, desde hace mucho tiempo, en los medios de comunicación masivos. Véase el título de esta nota de Clarín de 2003: “Ante la paridad, define cómo voten los indecisos”.  Y sin embargo…

Vayamos al grano: el antiquísimo problema de cómo “seducir” a los indecisos (generalmente, virando hacia la derecha), la fastidiosa letanía de que “hay que hacer propuestas para los votantes independientes no ideologizados”, “Mengano resta, sáquenle el micrófono”, etcétera, son sólo una manera elegante de rehuir el hecho de que los auténticos “indecisos” somos nosotros, que no nos atrevemos a lanzarnos sin red a ganar la elección, con el arrojo épico y desesperado que reclama la coyuntura. Es decir, si realmente creemos que estos comicios son determinantes, si realmente somos conscientes del inmenso peligro de que gane Macri, ¿qué hacemos comentando la campaña en redes sociales, opinando como sujetos de focus group sobre los spots de los candidatos y divagando con teorías nunca aplicadas?

Es necesario dejar de proyectar la indecisión en un “otro” brumoso, inventado por las encuestas y mitificado por el marketing. La pregunta militante no es cómo convencer indecisos, sino sobre todo: ¿estoy yo decidido a comprometerme de manera (digamos) “existencial” en ganarle a Macri? ¿O me voy a dedicar a comentar la campaña como si no me fuese la vida en ello, con el mismo espíritu crítico con que miro una serie en Netflix? El primer indeciso que hay que sumar, invitar, seducir, es cada uno de nosotros y cada una de nosotras.


PERSUASIÓN NO ES MODERACIÓN

En Puntos de reflexión, el lingüista cognitivo George Lakoff escribió que “el centro ideológico no existe”, que no hay gente “de centro,” porque es imposible que la mayoría de los asuntos puedan colocarse en una escala lineal y los moderados estén siempre en el punto medio -de hecho, muchos son asuntos de «sí o no»: no hay escala. Lo que existen, en cambio, son personas tienen opiniones conservadoras en algunos temas y progresistas en otros (biconceptuales, las denomina). Por lo tanto, la tarea del “progresista” al que Lakoff dirige el libro es la generación de marcos de sentido que activen las opiniones justamente más progresistas que tengan los biconceptuales (lo que es muy distinto de “girar hacia la derecha” para estar más cerca del centro, porque esto refuerza los valores de la derecha).

Sucede lo mismo con los “indecisos”. En cualquier recorrida “casa por casa”, la experiencia militante comprueba que, en efecto, el “indeciso” no existe como tal. Lo que hay en ese famoso tercio es un conglomerado de personas muy diversas: ciudadanos que tienen simpatías por tal o cual pero postergan la decisión, interesados por la política que dudan a quién votar, despolitizados que están decididos a no votar a nadie, incluso votantes de opciones distintas (Del Caño, Lavagna), etc. En ningún caso se trata de un indeciso promedio “de centro”; en muchos casos se puede encontrar un marco que active zonas de vecindad con nuestras propias opiniones. Entonces lo que hace un militante es posibilitar un diálogo sobre la base de esos marcos en común, optando por aspectos y modos de encarar el discurso propio que sean audibles para el vecino en cuestión. El escamoteo de la propia identidad no es una alternativa: lo auténtico y lo sincero son rasgos apreciados por muchos de esos votantes “independientes” que, por el contrario, desconfían cuando alguien se presenta como lo que no es.

Aparte, si la proximidad es un valor, entonces la militancia de cada uno dentro del entorno inmediato (su barrio, club, fábrica, universidad o familia) se convierte en un activo clave para ganar las elecciones. El elemento de cercanía (de referencia laboral, territorial o afectiva) garantiza una cuota importante de autoridad y persuasión…Por eso tenemos que multiplicar y coordinar los esfuerzos. Cuantas más personas se dediquen a estas militancias mayor llegada tendrá nuestro discurso. De hecho, la masividad y descentralización de la militancia es la única manera en la que podemos competir con la masividad y descentralización de la televisión, que también hace campaña de proximidad y “casa por casa”.

Entonces el primer paso, esencial para salir a convencer a los míticos seres que “no piensan como nosotros”, es organizar el pasaje masivo a la militancia de todos los que sí piensan como nosotros; o sea que “hablarle a al núcleo duro” es condición fundamental para que se pueda “pescar fuera de la pecera” –en resumen: la táctica militante de hablarle a lo propio y la táctica persuasiva de hablarle a lo ajeno son simplemente dos momentos de la misma estrategia militante.


UNA GRAN CAMPAÑA CIUDADANA

En efecto, sólo la militancia tiene estrategia. Y como la militancia es condición de posibilidad de todo lo demás, quedo claro que la decisión más importante es sumarse a militar. Miremos la agenda macrista: destrucción y caos. No parece el momento más adecuado para hacer comentarios, actuando como si fuésemos “indecisos”, sobre qué nos parece el desarrollo de la campaña. Al revés, es tiempo de que los “indecisos” de nuestro núcleo duro, que no saben si salir a militar o quedarse comentando, salgan a la calle. El contrato de ciudadanía responsable propuesto por Cristina significa exactamente eso: hacernos cargo.

El repunte del ballotage 2015 no puede explicarse por “la persuasión de los indecisos” o porque, al comentarla, hayamos mejorado la campaña de los candidatos. Se explica porque los argentinos desarrollamos una gigantesca campaña ciudadana, un estado de militancia semi generalizado que alcanzó formas creativas y virales de disputar el sentido común. Aquella vez no alcanzó; ahora hay que empezar más temprano y con más fuerza, A esta elección no la definen los indecisos: la define la militancia.

miércoles, 22 de mayo de 2019

POLITIZACIÓN Y CULTURA POLÍTICA. APUNTES PARA LA MILITANCIA



Por Nicolás Vilela

LA DECISIÓN DE CRISTINA

La decisión de Cristina de integrar como candidata a vicepresidenta una fórmula con Alberto Fernández, más allá de lo electoral, abre un nuevo tiempo político. Prepararse para afrontarlo significa comprender a fondo tanto esa resolución como las condiciones que la hicieron posible. Primero que nada: si Cristina puede tomar esta decisión es porque goza de libertad y mucho poder, dos cosas que la diferencian de lo que ocurrió con otros ex presidentes de gobiernos populares en América Latina, presos como Lula o exiliados como Correa. Y la libertad y el poder son una conquista de la militancia, que sostuvo la llama del kirchnerismo en estos oscuros años neoliberales, cuando la regla era la autocrítica seguida de defección.

¿Cuál fue la gran discusión en estos años dentro del peronismo? El liderazgo de Cristina. La militancia decía que tenía que conducir para garantizar una oposición frontal y competitiva; el sector “dialoguista” decía que no, porque había que “darle tiempo” a Macri (es notable el eco tenebroso de estas palabras hoy) y porque la época de Cristina había terminado, motivo por el cual había que abrirse a nuevos liderazgos. Hay que decir que, “sinceramente”, la militancia tuvo razón. Cristina conduce. De manera soberana, inesperada, tomó la decisión de poner a Alberto a la cabeza de la fórmula. Nadie lo previó. Ningún sector del peronismo ni del establishment fue a pedírselo: ni siquiera se lo imaginaban. Así que el celebrado “triunfo de la moderación” es un nuevo error de lectura de los analistas políticos. Si ahora Cristina tuvo margen para elegir a Alberto, es porque no fuimos una oposición moderada y porque nuestra línea política conservó los votos y la representación de una parte importante de la sociedad.

Esta es la secuencia que hay que subrayar: Alberto es candidato por decisión de Cristina, y Cristina tiene poder de decisión porque la militancia ganó el debate interno sobre el liderazgo. El condicionamiento de la decisión de Cristina, entonces, no procede de la discusión interna del peronismo sino de la coyuntura económica actual y venidera. El gobierno de Macri deja una deuda externa del 100% del PBI con un Fondo Monetario que no renegocia y una deuda interna salvaje con tarifas dolarizadas, pobreza mayor al 40% y desempleo del 12%. El próximo gobierno tiene que garantizarse una coalición amplia para poder enfrentar tamaño desastre y sujeción extranjera. Pero el quid de la cuestión es éste: la convocatoria para esa coalición no está destinada únicamente a la dirigencia política sino, y sobre todo, a la sociedad en su conjunto En su libro Sinceramente, Cristina menciona una y otra vez la necesidad de que la sociedad se haga cargo de su propio destino, transformando la bronca y la queja en participación política. El nuevo contrato social no propone un acuerdo de cúpulas sino una “ciudadanía responsable”, que se meta de lleno en la discusión pública. Podríamos traducirlo así: la soberanía nacional requiere “soberanía personal”, es decir, hacernos responsables de nuestros propios sueños y decisiones.

Vamos yendo al grano. La decisión de Cristina no es un triunfo de los operadores políticos sobre los militantes ni de la intriga palaciega sobre la organización popular. Es exactamente lo contrario. La militancia involucra asumir la mayoría de edad, hacerse cargo de la vida poniendo el cuerpo y no delegar/demandar a otro la solución de los problemas. En ese sentido, la reivindicación kirchnerista de la militancia juvenil, la construcción del empoderamiento silvestre y la noción de “ciudadanía responsable” sostienen la misma divisa: la militancia vence al tiempo.

Si lo anterior es cierto, lo que viene en Argentina distará mucho de ser esa ciudadela socialdemócrata de baja intensidad que imaginan los analistas políticos. La candidatura de Alberto tiene mucho que ver con la terrible dificultad del escenario económico y geopolítico a partir de 2020 y muy poco que ver con las columnas de José Natanson. Después del 10 de diciembre de este año, no volvemos a nuestras casas a esperar que Alberto y Cristina ordenen el desastre de Cambiemos. Pensar de esta manera es no haber comprendido el espíritu del kirchnerismo (ni del peronismo). A la decisión militante de Cristina le tiene que seguir la decisión de todos los demás.


PERÓN INTENSO: “UNA CULTURA POLÍTICA NO SIGNIFICA QUE HAYA 7 U 8 POLÍTICOS SABIOS Y VARIOS MILLONES DE IGNORANTES”

Por estas horas se cita mucho al Perón de la vuelta, especialmente su frase: “Este es un país politizado pero sin cultura política”. Los cabilderos, los periodistas y los analistas políticos la comprendieron mal. Anhelan que la nueva era se resuma en esta imagen: una pantalla partida donde a la izquierda los políticos debaten republicanamente en el Congreso mientras a la derecha la gente se dedica tranquila a sus cosas. Proponen la utopía del “hombre común”, que lleva en su frente la frase “No todo es política” pegada con adhesivo para que no lo molesten. Aclaremos este asunto yendo directamente a las fuentes: en concreto, 1968, Perón, en un reportaje con Bernardo Neustadt:

Nos hicimos cargo de un país donde los ciudadanos no se interesaban por la cosa pública y la cosa pública es uno de coeficientes de salvación de los países. En mi concepto, el primer paso para elevar la cultura política es politizar el país. Por eso nosotros tratamos de politizarlo intensamente haciendo que cada uno se interesara por todos. Es decir, eso que ahora peregrinamente se descubre como “participación”. Ahora, cultura política no significa que haya 7 u 8 políticos muy sabios y varios millones de ignorantes. Lo que sirve es que el nivel medio de los ciudadanos eleve su cultura política; y entonces se solucionarán todos los problemas. Cuando los hombres del pueblo se ponen en una apatía generalizada, todo se vuelve peligroso; y eso es lo que está pasando en la República Argentina. 

Como se ve, “cultura política” y “politización” son parte de un mismo proceso. Incluso más: la politización de la sociedad es imprescindible de cara a una renovación de la cultura política. La etapa de politización, abierta por Néstor y Cristina, no terminó, y esto por la sencilla razón de que los penosos años de Macri intentaron, a veces consiguieron, peinar a contrapelo esa construcción colectiva y retraer a cada ciudadano a su individualidad. La decisión de Cristina interviene en este escenario, regado de discursos meritocráticos, presos políticos, premiación de carneros y represión a la protesta social. El video donde anuncia su candidatura a la vicepresidencia también invoca la necesidad de regresar a La comunidad organizada como un antídoto contra el egoísmo y el individualismo: no hay ciudadano que se realiza en una comunidad que no se realiza. Ella misma, como siempre, aporta el primer ladrillo, la piedra fundamental de la construcción: decidir no postularse como presidenta significa deponer lo personal ante el Movimiento y la Patria. Esa es la decisión de una militante, no de un armador político. ¿Quién más en la política argentina, en la historia argentina, está al nivel de un gesto así? Y nuevamente, como siempre, hay que ser fiel a esta invitación y llevar la buena nueva a todas partes. Como en la historia de El maestro ignorante de Rancière, aquí “El que enseña sin emancipar, embrutece”. Es la militancia organizada la que arrastra mayor preparación para cumplir este objetivo.

Perón, en La comunidad organizada, opone el disfrute del bienestar privado a la difusión de ese disfrute. También se puede decir así: la felicidad no es verdadera si no es felicidad del pueblo. Por lo tanto, la felicidad del pueblo, si queremos realizarla contra el egoísmo y el individualismo, no puede consistir en la felicidad del mundo tal como es, orientado al estilo de vida justamente individualista, signado por el confort personal y la aceptación del statuo quo. Cuando los hombres del pueblo se ponen en una apatía generalizada, todo se vuelve peligroso. No hay que olvidar esta frase de Perón: a la catástrofe macrista llegamos precisamente por el triunfo coyuntural de la apatía encarnada en el discurso “light” de Cambiemos. Por eso, al igual que la libertad, la felicidad es una construcción y una conquista, y esa tarea demanda dos cosas: creatividad y organización. Para fundar una nueva comunidad hace falta inventar; para sostener la tarea de invención, hace falta organización. En el proceso de politización, la ciudadanía será co-responsable, con ingenio y disciplina, de inventar su propio destino.

Por lo demás, la profundidad de los objetivos de la militancia no tiene que sacrificarse en aras de un “nuevo tiempo”. Al contrario. La decisión de Cristina, la decisión de que Alberto Fernández sea el candidato a presidente, es táctica. Y la táctica no es el proyecto. El proyecto es la emancipación y no se suspende por mal tiempo, aunque deba incorporar abrigos impermeables en medio de la tormenta.




viernes, 12 de octubre de 2018

ANGUSTIA Y CORAJE EN EL KIRCHNERISMO


Por qué Iguacel pudo ser un tonto útil. Bolsonaro: sólo la militancia kirchnerista podrá salvarnos. Necesidad de radicalidad. La filosofía de Badiou, para terminar de una vez con las crónicas. La presidenta-coraje y su consigna: organizar la vida. -Por Damián Selci


1. La oportunidad-Iguacel. En el medio de la discusión de la compensación a las empresas de gas, con una amplísima mayoría de la población seriamente herida por las esquirlas de esa bomba social llamada “tarifazo”, Javier Iguacel, secretario de Energía, dijo una frase que era a la vez una estigmatización y una oportunidad: “La mayoría de la gente que se queja del aumento de gas son militantes kirchneristas”. Ante este despampanante enunciado, la reacción “natural” es contestar cortésmente: no, señor, no deslegitime el reclamo ni cambie de tema, la gente que protesta es gente común, no es posible que todos sean militantes kirchneristas… Pero entonces, Durán Barba festeja: el kirchnerismo no acepta el aumento de gas, pero aceptó la estigmatización. Se puede protestar por la factura de gas, pero no es válido ser militante kirchnerista… ¿Se notan las terribles implicancias de esta tácita resignación? Iguacel afirma dos cosas: 1) los que protestan son militantes kirchneristas; 2) ser militante kirchnerista está mal. Es sólo el segundo axioma el que da sentido al primero. La reacción “natural” sólo refuta el postulado explícito al precio de reforzar el implícito. Pero a ver, ¿qué tiene de malo ser militante kirchnerista? Más a fondo: en el país del genocidio, ¿tenemos derecho a no defender el concepto de militancia? ¿En qué termina esta negligencia? Lo más noble que tenemos es precisamente la militancia, el resultado más “espiritual” de los gobiernos kirchneristas. En su biografía de Twitter, la primera palabra que elige Cristina para autodefinirse es “militante”. De manera que en la frase de Iguacel no solamente se esconde la estigmatización que anula los enunciados del adversario no por su verdad o falsedad, sino sólo por venir de quien vienen. También descansa en su declaración una oportunidad para nosotros: en efecto, señor Iguacel, los argentinos somos (quien más, quien menos, aunque sea “por espíritu”) militantes kirchneristas, y eso es lo que le da prestigio a nuestros enunciados –ya que la militancia kirchnerista sabe mejor que nadie cómo gobernar el país, sacarlo del infierno del 2001, prever los peligros antes de que exploten en la cara de las familias… Habría que ampliar, con modestia: señor Iguacel, sólo en nuestros mejores momentos logramos ser militantes kirchneristas, pero de cualquier modo, gracias por el elogio. Nos marca que vamos por el camino correcto.

2. Angustia y coraje. Lo anterior delinea una propuesta de resolución táctica de un debate político. La premisa es que no podemos negociar nuestras palabras más poderosas. Sería un suicidio estratégico. El concepto de “militante” es central en nuestro sistema de valores. No hay que permitir ninguna mácula en él. Si a la política le restamos la militancia, nos queda Pichetto o Bossio o algo similarmente triste. Pero esta reflexión general tiene a su vez un correlato en la coyuntura, y la coyuntura es Brasil. Después de muchas denegaciones e ilusiones, por fin los sectores politizados parecen haber comprendido que el avance de la derecha tiene todos los rasgos criminales de siempre y que es preciso estar en guardia. La postura “tranquilos, no pasa nada”, simbolizada por José Natanson, fue derrotada en toda la línea. Consistía en decir que la nueva derecha era democrática. Con Bolsonaro esta reflexión adquirió sus últimos tintes siniestros. Podríamos decir: ¡por fin tenemos conciencia del peligro! Hubo que discutir mucho para alcanzar este punto. Pero debemos agregar, con Alain Badiou en su magnífica Teoría del sujeto: ante el peligro podemos reaccionar con angustia o con coraje. La angustia consiste en paralizarse políticamente: convertir la inminencia del desastre en el desastre mismo, dejarse sobrepasar por la desesperación, implorar el fin. Esta postura da por hecho que el efecto Bolsonaro derrumbará las posturas progresistas y la doctrina Chocobar reemplazará el Código Procesal, en dos palabras, que la muerte inundará el país y la región. Por ende, concluye que hay que moderarse, para no hacer enojar demasiado a los fascistas. Puede ser. Todo esto es un peligro muy real. No existe la angustia falsa. Pero ahí donde se tiene angustia, dice Badiou, podemos tener también coraje. El coraje toma la inminencia del desastre como una inminencia, no como el desastre mismo. Lo horrible aún no se ha consumado. Por ende, ¡hay que actuar! La parálisis de la angustia se convierte en el coraje de la acción. No hay que moderarse, ni esconderse. Los fascistas no son valientes. Los fascistas se envalentonan porque nosotros nos moderamos, porque vamos cediendo posiciones. Nuestra debilidad es su fuerza. Donde baja nuestra autoestima, sube la de ellos. Se llama correlación de fuerzas. Por eso hacer autocrítica a la manera randazzista era y es una estupidez total.

3. Sin lugar para los moderados. Hay que abandonar la pseudo-sociología y las crónicas. Estamos inundados de reflexiones sobre el “giro a la derecha” de la región. Todas dicen lo mismo: la gente quiere jerarquía y muerte, odia los planes sociales, goza con el discurso autoritario. Es cierto que el neoliberalismo volvió a tener su mística. Con Menem, el relato neoliberal era el Primer Mundo y el consumo. Supimos derrotar esa visión luego de la crisis del 2001, apelando al concepto de “presencia del Estado” e inclusión social. Pero ahora el neoliberalismo mutó: a las recetas económicas de siempre le añadió la mística del odio. Macri no promete un futuro cálido donde todos viajarán a Miami. Promete odio. Esa es la mística de ellos y no tiene nada de raro que funcione. Pero “analizar” la situación brasileña con estos insumos puede llevar al equívoco. En Brasil está proscripto Lula, que hubiera vencido tranquilamente a Bolsonaro de poder competir. Con Lula en la cancha, el racismo torturador de Bolsonaro habría quedado en un lugar menos preponderante. Esto quiere decir que lo que ahora llamamos “la sociedad brasileña” hubiese sido (un poco) otra. Lo tolerable y lo intolerable estarían distribuidos de otra manera. Hay que declarar el axioma básico de la militancia: la prioridad de la política por sobre la sociedad. La gente, el pueblo, no “es” de una manera, de derecha o de izquierda: el pueblo es un terreno de lucha, donde nosotrxs (militantes) y ellos (fascistas) libramos la lucha política, que en definitiva es una lucha moral, una lucha por el significado de las cosas. Así que si viene el proverbial sociólogo-ensayista a informarnos sobre la existencia de una ola de derecha en toda la región, deberíamos responder: ¿y qué? Lo que no ocurrió, todavía no ocurrió. Nuestra voluntad forma parte de la realidad. El triunfo de Bolsonaro puede consolidar un giro de derecha ultrarreaccionario en nuestro país… o una respuesta igualmente “extrema”, pero nacional, popular, democrática y feminista. No es de ninguna manera obvio que ante la amenaza fascista de Bolsonaro sólo nos quede “seguirla, quizá tratando de moderar algunas cosas” (el ejemplo invertido sería la reacción de la burguesía alemana ante el triunfo soviético: no “siguieron la ola roja” en absoluto). Desde el punto de vista de la militancia, es decir del coraje, existe una posibilidad de salir por izquierda. Hay que perder el miedo a lo que somos, a lo que deseamos. Además, las cartas están echadas. La derecha decidió arrasar con la democracia. Cristina ya tiene 4 o 5 juicios orales pendientes y pedidos de “detención inmediata” a razón de uno por semana. Nos van a decir “militantes ultra kirchneristas radicalizados” cada vez que puedan. La única oportunidad es que trabajemos para convertir la estigmatización en un rasgo positivo. Igual que hicieron Eva Perón con los “cabecitas negras” y los jacobinos con los sans-culottes: asimilar la distorsión y devolverla multiplicada. Es el pueblo, es el país, es el presente histórico el que tiene que parecerse a la militancia kirchnerista, y no al revés.

4. El cambio es un caos, ¡organicemos la vida! La gente está angustiada. No entiende lo que pasa. No sabe si puede pagar las boletas. La incertidumbre va cediendo espacio a la total desesperación. Como dice Badiou (otra vez en Teoría del sujeto), cuando se angustia, la gente reclama un superyó: alguien que ponga orden. Curiosamente, o no tan curiosamente, sólo Cristina puede poner orden en el caos macrista actual. O mejor dicho: poner organización. En la campaña de 2017 definió de manera inmejorable la coyuntura actual: con los tarifazos, la inflación, los despidos, “a la gente le desorganizaron la vida”. Conclusión: hay que organizar la vida. Y los que organizan la vida, hoy, en Argentina, son los militantes kichneristas.

5. Fisiología de la moral. No tenemos que analizar más a la derecha. Esto es enfermante y depresivo. Tenemos que analizarnos a nosotros mismos, elogiarnos, reencontrar la raíz de nuestra existencia histórica. Hay que dejar ya mismo de pedir disculpas y de “defenderse”. La lucha de valores debe plantearse tal como es y tal como debe ser. Un militante de La Cámpora es algo espiritualmente superior al CEO de una multinacional. El feminismo es moralmente superior al machismo. Es el momento del orgullo. Hay que cantar la marcha peronista en los bares. Donde aparece la angustia, que aparezca el coraje. Si nos escondemos, si nos debilitamos, estamos fortaleciendo a Macri, estamos volviéndolo más fascista. Podemos citar, recitar los últimos versos de Relapso+Angola, poema de Martín Gambarotta: “el verano / no es para sonreír / es para mostrar los dientes”.

6. Ejercicio de inminencia histórica. Para terminar, un experimento mental: salir a la calle y mirar la realidad, la calle, los árboles, como si estuviésemos en 2002, días antes de que apareciera Kirchner en nuestras vidas. ¿Cómo era un día común y corriente en la angustiante Argentina del 2002? ¿Cómo se veían los colores de las cosas, cómo era tomar una cerveza fría en la noche cálida, cómo era estar leyendo un domingo sin que pasara nada? ¿Podíamos intuir el futuro llamado Néstor Kirchner en la calle, el sol, los árboles? Ahora vayamos hacia 1975. ¿Cómo habrá sido un día nublado de 1975? La inminencia es la muerte, es el golpe, la devastación. ¿Se podía ver la muerte en cada discusión de pareja, en cada salida al cine? Podemos viajar más atrás, digamos hasta enero de 1945. Hace calor, las chicharras cantan, el peronismo aún no existe. ¿Cómo era el cielo de verano de 1945, cómo era una tarde aburrida de verano de 1945? ¿Se intuía la inminencia de Perón, las masas sublevadas? ¿Cómo se veía la calle, el sol, los árboles? Ahora nos transportamos a 2018: vemos la calle, el sol, los árboles, estamos en la inminencia de algo, tenemos que hacer algo.

jueves, 10 de mayo de 2018

La victoria del testimonio


Los que se preguntan si “hay 2019” ahora son los de Cambiemos. Cotiza por arriba del dólar la intransigencia kirchnerista, rubricada ayer en un triunfo legislativo contra los tarifazos (el primero en mucho tiempo), evidentemente eficaz y seductor para la sociedad. 

por Damián Selci


La devaluación de los analistas políticos

Quizá sea pronto para decir: ha terminado la política de Cambiemos, y empezó la política del FMI. Pero la velocidad del deterioro del macrismo envejece todas las caracterizaciones (y todas las cotizaciones). Cambiemos era la nueva derecha, la nueva comunicación, hasta que aparecieron Cavallo y el FMI. En dos semanas no quedó nada. Todos los elogios a la capacidad política del macrismo, todos los “no tenemos que subestimarlos, hay mucho que aprender de ellos”, son ahora papel mojado. Más bien habría que pensar lo contrario: los kirchneristas tienen mucho que aprender de sí mismos. En vistas del caos en que se sumergió Cambiemos, las virtudes de Néstor, de Cristina y de todos los compañeros que los acompañaron brillan con indómita luz. Las odiosas comparaciones funcionan: es ahora evidente que los kirchneristas son mucho mejores de lo que creían. Con cierto asombro, descubren que sabían más de economía y más de política y, sobre todo, más de historia argentina, que todos los demás actores y opinadores, incluido Durán Barba. Luego de la “autocrítica tan necesaria” (el entrecomillado es una forma de asepsia), debe ser el momento de la anti-autocrítica: de asumir la impactante revelación de no ser los peores, sino, tal vez, los menos peores de todos. Esta es la corriente emocional que se vuelve posible: luego de varios años de escarnecimiento por derecha, por centro derecha, por centroizquierda y por izquierda, y por “auténtico peronismo”, y por “no sean sectarios” y por “el kirchnerismo no supo interpretar las nuevas demandas”, luego de todo eso resulta obvio que los críticos del kirchnerismo eran peores que el kirchnerismo. Y que es el momento de, digamos así, salir de clóset.

Porque, en fin: los que guardarán las formas ahora, o borrarán con el codo lo escrito con el teclado, son los analistas políticos. Su estrella se apaga en el firmamento intelectual. Pensemos: es un lugar común la crítica a los analistas económicos, que jamás aciertan en sus predicciones, pero insisten en repetirlas –y en repetir la receta: más ajuste, demos seguridad a los inversores, escuchemos a los mercados… Esto configura un tópico habitual en los escritos de Zaiat y Scaletta, y por cierto en los discursos de Kicillof. A la vista de los acontecimientos, falta agregar el sentido común contra los analistas políticos: jamás aciertan sus pronósticos, pero nunca se abstienen de hacerlos, y siempre recomiendan lo mismo –moderación, recostarse en el PJ, no darle bolilla a la militancia, buscar acuerdos con la derecha, ponerse en el lugar de Roxana Bertone... Es poco lo que se ha calibrado todavía en cuanto a los daños que causa la pronosticología política. Deben ser lesiones en la conciencia pública equivalentes a los informes económicos de Broda, Bein o quien fuere.


La palabra que nadie dice: crisis

Pero bien, si con la devaluación del peso se devaluó Natanson, ¿quién ha triunfado? Podríamos decir, lacónicamente: el pasado. Podríamos resumirlo en una frase: “Argentina es Argentina”. Esto es lo que la militancia sabe y los analistas políticos desearon y lograron olvidar, y ahora recuerdan con la fe de los conversos: la Historia existe, es decir, Mauricio es Macri, o sea, la derecha jamás será de otro modo que como siempre fue en Argentina: corrupta, represiva, depredadora y criminal.  Y además, inepta. No hay acá, no hubo, un Pinochet o una Thatcher. No se hace manejo de crisis por la vía del liderazgo político. Las crisis explotan. ¿Estamos en las puertas de una crisis? Nadie lo dice. Pero es la palabra que falta en la coyuntura. Ya venimos hablando de dólar, Cavallo, FMI. Los analistas políticos se vuelcan en masa, por estas horas, a apostar todos sus bonos en el activo “Argentina es Argentina, la historia se repite, es la economía, estúpido” y todas esas frases huecas que aparecen y desaparecen de los portales según sople el viento. Sin embargo, la historia precisamente en este caso no se repite. Macri, es cierto, habla el viejo idioma del ajuste: esto es inevitable, es preventivo, es duro pero las cosas van a mejorar, etc. Los especuladores se comportan como siempre: estimulan la corrida y se abalanzan al saqueo financiero, mientras se pueda. Clarín hace lo de siempre: borrarse. El único dato nuevo es la existencia de una oposición prestigiosa, que claramente no forma parte del sistema neoliberal, que no votó las leyes que llevaron a esta situación, que prefirió ser “testimonial” en el duro bienio 2016-2017 para llegar fortalecida precisamente a esta fase y a este momento –el momento donde el relato macrista se resquebraja y todas las miradas buscan un punto fijo que no oscile con la cotización de las Lebac. Se minusvalora siempre el hecho de tener razón en política, como si “no bastara”, y este razonamiento pasa por ser muy pragmático y realista. Pero cuando hay una crisis de confianza generalizada, haber tenido razón, poseer un currículum ajeno al macrismo y sus prebendas, permite justamente algo importantísimo: hablar –y hablar cuando calla el troll center es convencer, tener poder. 

Entonces: hay que pedir un aplauso para la táctica intransigente kirchnerista, y sobre todo en este momento, en donde el macrismo comienza a tener mal olor (tal como obviamente iba a suceder) y la sociedad experimenta deseos de taparse la nariz –y, poco después, un poco de aire puro. En definitiva, la auténtica victoria no sería renovarse para ser aceptados otra vez por la sociedad, sino justamente no renovarse y convencer a la sociedad de que acepte la “solución kirchnerista a los problemas de los argentinos” como la mejor de todas, la que mejor sintoniza con la idiosincrasia nacional. No hay que “volver a enamorar a la sociedad”, hay que ofrecer el duro trabajo de la toma de conciencia: a fin de cuentas, si el kirchnerismo va a volver, no es para garantizar la continuidad del ciclo depresivo argentino (crecer, distribuir, crisis de dólares, crisis política, cambio de gobierno, neoliberalismo con valores republicanos, luego sin valores, luego crisis, luego crisis política, regreso al “populismo”), sino a la inversa, para cortarlo: no la historia circular sino la historia de la liberación nacional, que por cierto podría comenzar en cualquier momento –también en 2019, porque el contexto internacional da para todo, lo peor y lo mejor.

domingo, 29 de abril de 2018

REVOLUCIÓN, ESTADO, CONTRACULTURA


Hay que seguir hablando de Mark Fisher y preguntar: el siglo XXI, ¿deprimido y dominado? Contracultura, expresión superestructural de los salarios altos. Tres personajes claves: el neoliberalismo, el hombre que cantaba como un muerto y su antítesis, la organización militante.

-por Damián Selci-


La teoría no está cumpliendo su papel: ¡que alguien haga algo!

La teoría social es desde hace tiempo pesimista. Los grandes éxitos sociológicos revelan miradas totalmente desesperanzadas sobre el futuro. Podríamos decir que son la bibliografía de la no-militancia: leer autores de moda como Thomas Piketty, Mark Fisher y Wolfgang Streeck es, en todos los casos, una experiencia paralizante, lo contrario de una invitación a la acción. Cada uno de ellos tiene una idea clave e inclusive central para comprender nuestra época, pero las cosas se presentan de manera tal que la comprensión parece obturar la práctica más que facilitarla. Antes se decía que la teoría iba en auxilio de la praxis; ahora todo ocurre como si la praxis no sólo tuviese que luchar contra la realidad, sino también contra la teoría.

Pero hay seguir hablando de Mark Fisher. En su último libro, Fantasmas de mi vida, explica de manera muy sintética por qué la cultura, y especialmente la música de los 80 en adelante, parece haber entrado en una crisis sin fondo, en la que la repetición y el pastiche prevalecen mortalmente sobre la novedad. Su esquema es simple. En primer lugar, sólo hay contracultura si hay Estado de Bienestar. La gente necesita tiempo libre y alquileres baratos para volverse creativa. La desregulación del mercado de trabajo ha destruido el ocio de la población. La gente dejó de leer libros porque dejó de tener tiempo para leerlos; no es sólo culpa de la televisión o Twitter. En segundo lugar, el Estado de Bienestar siempre fue, dice Fisher, una “formación de compromiso” de la izquierda, que posponía su proyecto revolucionario en aras de lograr mejoras sustanciales en la calidad de vida de los trabajadores. Pero hace cuarenta años se vino abajo la Idea de Revolución, el Estado de Bienestar y por ende la Vida en la Contracultura. Peter Capusotto y sus videos es un buen testimonio de esta triple pérdida: la nostalgia del programa –inmejorablemente presentada en las apariciones de Bombita Rodríguez, “el Palito Ortega montonero”– es la nostalgia por un momento en donde la Revolución era posible, el Estado garantizaba el bienestar y los jóvenes podían ir experimentando cómo sería una Vida no-burguesa en las playas de creatividad contracultural. Con Thatcher, escribió Lennon, el sueño revolucionario terminó; hay que agregar que se terminó el Estado y se terminó la imaginación.


Esto no es vida: deprimidos y dominados

No se puede ya vivir en la contracultura: esto dice Mark Fisher en su libro Fantasmas de mi vida, el último que escribió antes de suicidarse. La tremenda descripción de la depresión neoliberal que realiza en su ensayo sobre Joy Division debe contarse entre los mejores textos que se hayan escrito sobre rock. Fisher redacta frases que por su precisión resultan imposible de olvidar: Ian Curtis, el cantante de la banda, es “un hombre que canta como un muerto”.  Y esto vale para toda la joven clase trabajadora inglesa y, más aún, de la OTAN, desde el thatcherismo a Trump. Pero cualquier aplicación a la realidad latinoamericana precisaría un par de rectificaciones. La situación psíquica y cultural de Europa y Latinoamérica parece haber sido bastante similar hasta el momento clave del 2000, donde aparecieron gobiernos populares en toda la región. La serie Chávez-Kirchner-Lula-Evo-Correa fue un viento gigantesco en sentido contrario. Se escuchó decir, otra vez: Revolución, Estado, Imaginación. Ahora que el neoliberalismo recobró posiciones en buena parte de la región (hecho reconfirmado y hasta sobreactuado en la paupérrima renuncia a Unasur, perpetrada por varios países por indicación norteamericana), la depresión cunde y Fisher encuentra fácilmente lectores argentinos. Pero Fisher es la no-salida por excelencia, no tanto porque se haya suicidado sino porque en sus penetrantes análisis dice simplemente que en la contracultura no hay vida. No se puede vivir ahí. No ocurre nada nuevo. “Es claro para mí ahora que el período que va de 2003 al presente será reconocido –no en un futuro distante, sino muy pronto– como el peor período para la cultura popular desde la década de 1950”. La profunda estupidez neoliberal no ha dejado espacio cultural sin corromper. Persiguió a la imaginación hasta adentro de nuestros cerebros.


Aspectos no-negativos del fanatismo

¿Hubo recientemente creación cultural en Argentina? Por supuesto: se llama militancia política kirchnerista. Tuvo y tiene todos los condimentos de una contracultura, lo que explica sin mayores problemas que Mirtha Legrand sienta miedo y asco cada vez que en su mesa esclerosada se menciona el tema, ya se trate de La Cámpora, Pablo Echarri o el feminismo. En efecto, la militancia es uno de los pocos espacios de la vida social –para no decir el único– donde la creación colectiva de modos de vida no-burgueses ocurre todo el tiempo, necesariamente y de manera objetiva. Como ha dicho bien Fisher, la depresión no es sólo un problema personal derivado de una biografía difícil, sino fundamentalmente una expresión de poder social: la depresión emerge en el punto extremo de dominación neoliberal, cuando la vida de los que no son ricos carece de sentido –y, por ende, la “sociedad” se vuelve una farsa. La militancia, precisamente por negarse a vivir como dicen las corporaciones que debemos vivir (esclavizados y deprimidos), genera continuamente anticuerpos morales contra la poderosa fuerza de entristecimiento que, sin lugar a dudas, es uno de los pilares básicos del sistema neoliberal. Quizá no fuera por azar que Cristina reivindicara el “optimismo” y la “alegría” de la militancia; Mark Fisher posiblemente hubiera comprendido y valorado mejor estas definiciones que José Natanson, autor que incluso en sus buenas épocas no entendía nada (su libro de 2012, Por qué los jóvenes están volviendo a la política. De los indignados a La Cámpora, resaltaba el parentesco de La Cámpora con… ¡la Coordinadora!, un absurdo que fue bastante comentado en aquel entonces –y luego olvidado, en razón de absurdos superiores y peores).

Para terminar, listemos las acusaciones habituales contra la militancia: “fanatismo”, “sectarismo”, “verticalismo”, “comisarios ideológicos”… Como es palpable, aun si todas estas denuncias fuesen ciertas, sólo demostrarían que los militantes están realmente muy lejos de estar deprimidos, es decir, muy lejos de ser dominados. Hasta se podría recordar que estas actitudes han vuelto a ser valorizadas por las más novedosas teorías sobre el postcapitalismo –especialmente el “aceleracionismo” fundado por Alex Williams y Nick Srnicek, quienes en su Manifiesto aceleracionista reconocen que “el secretismo, la verticalidad y la exclusión también tienen su lugar en la acción política efectiva (no como herramientas únicas, obviamente)”. En este marco, los repetitivos reclamos de “autocrítica” hacia la militancia terminan mostrando un costado bastante oscuro: la autocrítica bien podría ser una forma de perder la moral y encontrarse, al final del recorrido, con la depresión neoliberal que nos dice, como le dijo a Mark Fisher a lo largo de toda su vida, que somos buenos para nada.  

En rigor, esta es toda la idea: si el neoliberalismo es el derrame de depresión sobre un inerme cuerpo social (como cantaba Ian Curtis, “perdí la voluntad de querer más”), su antítesis es la organización militante; un espacio donde la creación cultural es norma para la vida cotidiana –un sitio donde las palabras “revolución”, “Estado” y “contracultura” vuelven a tener sentido.