jueves, 19 de junio de 2014

El bloqueo contra Argentina

por Damián Selci

Se extinguió la promesa capitalista: no se puede “estar en el mundo” y a la vez ser un país no-neoliberal. No hay forma de “ser un país serio” en términos occidentales sin firmar la rendición. El arreglo con el Club de París representó un claro ejemplo de la vía heterodoxa que había tomado nuestro país. Para demostrar que no somos unos trasnochados maximalistas de otra época, nos sentamos a negociar; para demostrar que no aceptamos injerencia en los asuntos internos, exigimos la salida del FMI de la ronda de negociaciones. Pagamos la deuda, pero no entregamos el manejo de la economía. El éxito resonante de la jugada abría una grieta en la hegemonía neoliberal. El fallo de Griesa la cerró.

Así como Cuba padece un bloqueo económico, Argentina es víctima de un bloqueo financiero. Un castigo clásico para los que no se comportan como lo espera el sistema capitalista internacional. Pero existe una diferencia, nada menor: en Cuba no hay una democracia en el sentido liberal-republicano de la palabra –razón por la que sus grilletes económicos se ven respaldados por una especie de fundamentación moralista: dado que “en Cuba no se respetan los derechos humanos”, entonces se justificaría asfixiarla económicamente, para que su mal ejemplo no cunda... El argumento es obviamente perverso, pero al menos invoca valores universales, como la democracia y la libertad. En contrapartida, la posición liberal deja entrever una promesa implícita, que se podría redactar del siguiente modo y forma parte esencial de su credo: “todo país democrático formará parte de Occidente”.

Una bella promesa, sin dudas, dotada de un perfume filosófico moderno –pero se acaba de evaporar para siempre: en Argentina hay democracia, igual que en cualquier país “serio”, y no obstante se la castigará como si estuviese gobernada por un régimen extremista anti-Occidente. De 2003 en adelante, Argentina no violó ningún tratado internacional, no declaró guerras, no desarrolló armas nucleares, tuvo elecciones con regularidad, no encarceló dirigentes opositores, pagó las nacionalizaciones de sus empresas, se aprestó a cancelar sus deudas. Una conducta pulcra en los dos frentes. Evidentemente no bastó, porque nada basta. El bloqueo llegó de todas formas: sin razones, sin legitimidad, de forma escandalosa, vejatoria, criminal, increíble. Al final era mentira que se podía tener soberanía política dentro del capitalismo mundial. Se nos prohíbe el crédito, aunque honremos las deudas. Somos parias internacionales aun si pagamos. La escena pertenece a la tragedia griega, ya que estamos condenados desde el principio, fatalmente predestinados a ser inaceptables, "incorregibles"... El fallo de Griesa es claro: no hay ninguna manera de integrarse al concierto de las naciones soberanas occidentales. La soberanía es posible, pero “afuera del mundo”. Adentro no. Sólo quedaría optar entre ser una colonia o ser Cuba.

¿Acaso desconocen las consecuencias del fallo sus promotores políticos, sus operadores judiciales, los lobbistas internos y externos, en suma, el establishment mundial? Por supuesto que no. Pero evidentemente prefieren un “país aislado con soberanía”, tirando piedras desde afuera, antes que “un país integrado con soberanía” que haga sus peticiones por las vías institucionales. Los motivos de esta predilección parecerán oscuros en una primera ojeada. Sin embargo, podemos echar algo de luz si consideramos los cambios de la geopolítica mundial a partir de la caída del Muro. Luego de una década de oro neoliberal, la hegemonía norteamericana comenzó un proceso de erosión. Y no por errores de su diplomacia. Ocurrió otra cosa, más “objetiva”: Rusia y China, antes países comunistas y por lo tanto “aislados” del mundo occidental, abrieron sus economías. En pocos años empezaron a competir con las demás naciones. China viene creciendo hace ya una década; Rusia acaba de imponerse a EEUU en Siria y en Crimea. Ambos países integran el BRICS y han firmado el último mes un convenio gigantesco de comercio de gas, por un valor de 400 mil millones de dólares durante 30 años. El dato es que la moneda en que se rubricó dicho intercambio no será el dólar, sino el rublo (porque China compra y Rusia vende). Esto significa sencillamente que la operación comercial más grande del siglo no se hará en moneda estadounidense… Dos países que se hallaban “fuera del mundo” en el siglo XX están desplazando, a principios del siglo XXI, a la superpotencia más poderosa que se haya conocido en la modernidad. El capitalismo imperialista pudo derrotar a los enemigos externos, a la URSS, pero no puede doblegar a la Rusia de Putin y la China del socialismo de mercado. Así que todo indica que no es deseable que surjan nuevos enemigos internos, nuevos “competidores”. Es preferible una Corea del Norte, aislada política y financieramente, segregada de todos los encuentros entre países, antes que una Argentina que se niega a dar pretextos para ser expulsada de la mesa del mundo occidental.

Con insuperable nitidez, Cristina Kirchner ha planteado el problema en términos políticos. El resto de la dirigencia no se atreve a pensar, y se aferra a la ilusión. Scioli, Macri, Binner, Massa, promueven el pago inmediato de la sentencia, como si ello no implicara voltear la reestructuración y provocar un default, no ya técnico sino real. El esfuerzo que emplean en sostener la utopía de que “esto se arregla negociando con los buitres” (lo que contraría todos los datos de la realidad) se explica porque la hipótesis de gobierno de todos ellos “era” el endeudamiento externo.  Era. Si el fallo representa una muy mala noticia para el país, para el programa económico de los Redrado, Lavagna, Melconian, Sturzenegger, es un mazazo fulminante contra el cual no hay defensa. Once años gobernó el kirchnerismo sin endeudarse; sin endeudarse, la oposición probablemente no resista once meses. ¿Cómo gestionar sin cobrar impuestos al poder económico y, a la vez, sin tomar deuda? Por otro lado, dentro el neoliberalismo, el fenómeno llamado “mundo” agota su concepto en esta sola expresión: “acceso al crédito externo”. Así han quedado las cosas. Un bloqueo pende como una espada sobre el corazón de la economía nacional. Como dicen algunos, “somos Cuba”, pero por decisión de un juez neoyorquino de primera instancia. Quizá nos encontremos ante una lección de la historia. Más allá de cómo termine el caso, todo hace pensar que hemos probado las reglas del sistema, y se rompieron.



martes, 25 de marzo de 2014

LO QUE DICE MÁXIMO KIRCHNER, Y CÓMO LO DICE - SE PUEDE TENER UNA VIDA NO-INDIVIDUAL

por Damián Selci

El periodismo local es raro. Se permite redactar el enésimo texto descontracturado sobre la nueva foto de Francisco, el reciente papel de Cate Blanchett, la última intentona de Massa por arruinar la mente de la población o la inesperada muerte de Ricardo Fort (no es preciso gastar dinero para vérselas con estas coloridas producciones ensayísticas; los blogueros las escriben gratis). Pero no levanta la perdiz cuando ocurre un auténtico hecho periodístico: por ejemplo, las declaraciones de Máximo Kirchner recopiladas en el libro Fuerza propia. La Cámpora por dentro, de Sandra Russo, aparecido hace pocos días por Editorial Debate. Desde el punto de vista del ejercicio del periodismo profesional, el tema reviste interés de por sí: Máximo es el hijo de dos presidentes (Russo acierta en dar esta caracterización “de mínima”) y nunca había hablado ante la prensa. En una definición más amplia, el interés se incrementa: Máximo es miembro fundador de La Cámpora, poderosa organización política cuya estructura roza los treinta mil militantes, en su mayoría jóvenes. Pero notablemente, los analistas políticos no le dedicaron ninguna atención al asunto. Apenas puede mencionarse una muy ansiosa columna del devaluado Pagni, en la que traduce directamente la entrevista a Máximo como un mero intento de instalación electoral. Quizás este silencio se deba a que tomar las definiciones de Máximo como algo tan digno de pensamiento como el éxito de Breaking Bad o los modales austeros del Papa conduciría a reconocer lo irreconocible: que La Cámpora constituye un fenómeno político y generacional muy relevante, que excede por todas partes la demonización criminal de los medios profesionales y la descalificación satírica de la prensa amateur, y que por consiguiente merece un lugar destacado y legítimo dentro de la cultura argentina contemporánea.

Al grano. Según cuenta Russo, Máximo Kirchner brinda dos entrevistas, que pueden encontrarse en el segundo y el último capítulo del libro. Dos cosas llaman la atención en la transcripción de sus palabras: el registro en que se expresa y la inmensa cantidad de definiciones políticas. En términos estilísticos, Máximo Kirchner no recurre sino excepcionalmente a los términos comunes del discurso kirchnerista. Las expresiones “modelo nacional y popular”, “década ganada” y similares aparecen de manera sumamente esporádica. Casi no pronuncia consignas ni frases hechas. Expone los razonamientos con un estilo oral (“Ahí ya había un Néstor más suelto”, “Los veo muy de ir con lo propio”) pero lo combina con giros de sintaxis más compleja (“Ojalá también haya sectores que se decidan a abandonar la comodidad de la queja y se animen a la dificultad de la construcción”) y algunos términos de raíz teórica (por ejemplo, en alguna ocasión dice “fuerza de trabajo” y no simplemente “trabajadores”). Por otro lado, como destaca Russo en un par de ocasiones, Máximo recurre poco al pronombre “yo” y bastante a la forma impersonal “uno” (“Mi generación votaba a Clemente o la mortadela. Metían dibujitos en los sobres. Uno miraba asombrado todo eso”); lo único que debe añadirse a esta observación es que el Indio Solari suele expresarse en forma muy parecida[1], lo cual tiene sentido, además, por el hecho de que Máximo Kirchner no pretende que sus palabras sean tomadas como la manifestación de un individuo con tales y tales características, sino como el discurso de un militante de una organización colectiva. Por ello el pensamiento tiene que colectivizarse, y también el estilo. Este rasgo es definitorio en un militante: la pretensión de que su pensamiento sea algo más que su propio pensamiento, es decir, que la expresión de las ideas tenga la generosidad suficiente de incluir de entrada a los demás. Hay una enorme dosis de esperanza histórica en esta manera de hablar –la esperanza de sacarse la mentalidad burguesa de encima, de librarse de la propia psicología privada para adquirir lo contrario, que es justamente lo que podemos llamar “conciencia” propiamente política o subjetividad histórica. Hablando de batalla cultural, este vendría a ser el deseo brechtiano del militante, la expectativa superior de la solidaridad, una apuesta ante la época y ante los otros. Se puede tener una vida no-individual.

En segundo lugar, Máximo Kirchner produce una significativa cantidad de definiciones políticas. Mejor dicho: definiciones ideológicas –es decir, que rebasan la agenda y apuntan al horizonte cultural. Citemos un párrafo corto: “Hay dos calidades de vida. La de puertas adentro, bueno, podés tener tu casa, tu tele, tu equipo de música, tu auto, cama, morfi, ¿qué más? ¿Y afuera qué pasa? Afuera vas a salir en algún momento, porque la vida no transcurre entre cuatro paredes. Y si no salís vos, salen tus seres queridos. El afuera te tiene que interesar sí o sí. Pero no desde el miedo, sino desde la acción.” La habilidad de este razonamiento estriba en que, incluso partiendo de las premisas de la sociedad de consumo (donde la “calidad de vida” y el consumo elevado aparecen como valores principales), es posible hacer una crítica del individualismo, la indiferencia, la apatía y sus sinónimos: como resulta obvio para cualquiera, se puede tener gran “calidad de vida privada” (mediante toda una serie de objetos de consumo) y una muy mala “calidad de vida pública”, que es la vida que compartimos con el resto de la sociedad. Y que, en efecto, empieza en la calle. Los sectores acomodados pretenden clausurar la existencia del afuera, la “calidad de vida pública”, yéndose vivir en barrios cerrados, pero esta solución es por definición efímera y a la larga imposible –de algún modo, y necesariamente, el afuera se mete en nuestras vidas (de la peor forma cuanto más lo negamos). Por eso hay que interesarse en el afuera. Pero “no desde el miedo, sino desde la acción”. La aclaración apunta obviamente a la cuestión de la “inseguridad”: lo que de hecho ocurre no es que la gente no se preocupe en lo más mínimo por la sociedad donde vive, sino que el canal de contacto que tiene con la realidad es (a veces de forma excluyente) la “inseguridad”. Y no se trata simplemente de que los medios de comunicación se comporten como una fuerza de ocupación extranjera, y usen la inseguridad como un arma de terrorismo psicológico contra su propia población –es peor, todo sucede como si la inseguridad “en sí misma” se hubiese vuelto un medio de comunicación de masas, un “tema de conversación constante” en los barrios, en el trabajo, en la mesa familiar (en el mismo sentido en que Theodor Adorno decía que, para la Alemania nazi, el antisemitismo se había vuelto un medio de comunicación hegemónico, la forma por excelencia de relacionarse con los demás). Por esta razón, la política no es simplemente el interés profesional de algunas personas denominadas “militantes”, sino que configura un tipo de relación social activa con respecto a la realidad. Y entonces es lo contrario del miedo.

Otro rasgo de las definiciones de Máximo Kirchner está dado por el modo en que, sin grandilocuencia y a veces como al pasar, da una vuelta de tuerca a algunas construcciones que forman parte del sentido común cultural pos-2001. En un momento viene hablando del escepticismo reinante en la época de la caída del Muro y el éxito de Fukuyama, y dice: “De pronto volvió la política, que tampoco hay que santificar”. Quedaríamos demasiado sorprendidos, casi al borde de la incomprensión, si no nos preguntáramos: ¿quiénes sí santifican la política? La respuesta es simple: nuestros numerosos analistas políticos, a quienes la política les interesa como un tema en sí mismo, y no en relación a un objetivo o como instrumento práctico de una ideología –es decir, con independencia de la vida (con lo cual siguen reproduciendo la diferencia neoliberal entre la praxis política y la existencia cotidiana, entre “los políticos” y “la gente”). El espectro llamado “poskirchnerismo” se basa efectivamente en una santificación: la política cae fuera de sus manos y se convierte en objeto de la contemplación y la exégesis, en algo que definitivamente hacen otros, “otros” que se definen por una opacidad esencial, cuya moralidad ha de ser forzosamente distinta a la de nosotros mortales. Este idealismo, o esta teología, permite que personajes desabridos y carentes de historicidad como Alberto Fernández, Frank Underwood o Dámaso Larraburu aparezcan revestidos con un aura de sublimidad. Pero no son sublimes. Los personajes históricos, es decir interesantes, son Bolívar, Perón, Kirchner, los desaparecidos, o sea, algo más y algo diferente a un operador con habilidades para la intriga. La historia empieza afuera, cuando aparecen los demás.

La lucha política es una lucha de y por la conciencia –resulta lógico, por consiguiente, que el triunfo provenga de la desmoralización del oponente, y que nada sea más importante que conservar la propia moral. Máximo Kirchner dice, sobre los años 90: “Se cayó el muro, apareció Fukuyama, no hubo más discusión, no hubo más ideología. En todos los lugares nos decían: muchachos, llegaron tarde. Antes eran los medios, ahora son las redes” (subrayado nuestro). Como sabemos, el kirchnerismo es objeto constante de discusión en las redes sociales; flamantes ex-kirchneristas invierten una suculenta dosis de su inteligencia para hostigar la moral de la juventud organizada y especialmente de La Cámpora, mediante el simple expediente de considerar, a los jóvenes militantes, como unos estúpidos, unos ilusos que llegaron tarde al kirchnerismo (porque lo hicieron después de la 125) y se perdieron “el origen nestorista”, por lo cual serían “kirchneristas del minuto 45 del segundo tiempo” que confunden el hedor cadavérico de una gestión reformista con la fragancia primaveral de un gobierno revolucionario, etc. Por ende, la precisión “antes los medios, ahora las redes” es útil; se trata de descalificaciones distintas, que operan en conjunto formando una tenaza esquizofrénica. Lo normal en Argentina. Los medios hegemónicos impugnan a La Cámpora con agudezas del estilo “tienen contratos”, “son autoritarios”, “son vagos”. Es decir, desde la moralina hueca y escandalizada de la prototípica Señora Gorda de Caballito: La Cámpora es algo peligroso, porque tiene poder. Los poskirchneristas con fuerte arraigo en las redes sociales, al contrario, no podrían escandalizarse, porque eso denota falta de conocimiento o expertise, algo que precisamente debería sobrarles, y por consiguiente sermonean desde el cinismo: “pobres chicos ilusos sobreideologizados”, “no se dan cuenta que tienen mucho que aprender de la territorialidad del PJ”, “no entienden la realpolitik del adn histórico peronista”, “Amondarain Vuelve”. En otras palabras: La Cámpora es algo inocuo, inane, inofensivo, porque no sabe lo que es el verdadero poder. Esta última acusación parece más preocupante, no debido a su irrisorio contenido sino porque, una vez minada la credibilidad de los medios, queda todavía la credibilidad de las redes –los jóvenes siempre buscarán la contracultura, sea real o fingida: las redes sociales se han provisto de un halo de recital ochentista en Cemento, de “fenómeno de época”, y por eso tienen más poder de llegada que el obviamente inaudible Alfredo Casero, por decir alguien. Y los poskirchneristas, que se desempeñan en las redes sociales y el periodismo jocoso que de ellas emana, tienen la clara función político-cultural de desanimar a la juventud, transmitirle escepticismo, ironía, humor ácido, descreimiento, en fin, desorganizarla dándole una pócima que parece adecuada para beber antes de ofrecerse como notero de “Caiga Quien Caiga” (ese antiquísimo programa que, según parece, aún existe, quizá para anunciarnos la urgencia de crear un Museo del Neoliberalismo en donde se eduque a la población sobre la toxicidad intelectual de aquella chatarra). En realidad, y para decirlo con toda la llaneza posible, quizá hoy existan básicamente dos formatos de expresión cultural joven, las redes y la organización –en las redes, cada quien dice públicamente lo que se le antoja, porque es un personaje individual y sus declaraciones sólo lo comprometen a él, mientras en la organización cada uno debe decir “públicamente” lo que piensa el colectivo, porque lo que dice uno compromete a todos. Claro que la participación simultánea en estos formatos no es excluyente, pero sí lo son las lógicas que suponen: de nuestra boca puede salir o bien la palabra de uno, o bien la palabra de muchos. La conclusión de esto es que el lenguaje de las organizaciones está más cargado de sentido que el lenguaje de las redes –digamos que “pesa más”, porque incluye los sentimientos, las experiencias y los deseos de muchas personas, y este peso superior es lo que llamamos seriedad (la cual de ningún modo excluye el humor, dado que simplemente consiste en esto: que a todo el mundo le quede claro cómo pensamos). Contra esta actitud, la chisporroteante verbosidad de la juventud “ácida” y su realpolitik de café sólo puede parecernos un viejo defecto civilizatorio que se resiste a desaparecer. Francamente: no se entiende cuál pueda ser la novedad del cinismo. Máximo Kirchner dice: de eso pudimos librarnos, de “el cinismo, de la ironía, venimos de creer que ser divertido era lo mejor que te podía pasar”. Agrega en otro momento: “el escepticismo no sirve para avanzar y construir”. Es simple: para construir, hay que tener ánimo. En otras palabras, el cinismo es el principal enemigo, no de los idealistas, sino de la organización. Y sin organización, la política se convierte en un ballet de operadores entreverados con agentes de prensa, algo fácil de filmar porque no requiere de demasiados actores[2].

Las definiciones de Máximo Kirchner son, como se puede notar, mayormente político-culturales, y tienen un perfil generacional nítido. Por supuesto, como ya se ha notado, Máximo toca varios temas de agenda (desde Massa hasta la reforma constitucional), pero tal vez lo crucial pase por otro lado: cómo es Argentina, cómo son los jóvenes, qué podemos verosímilmente hacer entre todos. En el vértigo de la discusión política nacional, es notable la tranquilidad que transmiten sus razonamientos. La cuestión de fondo no radica en la presunta urgencia de definir la candidatura kirchnerista para el 2015. “Diez años no es nada”. Tiene sentido: diez años puede ser mucho para un dirigente político de 60 años, pero no para uno de 35, y menos para un militante de 15. De por sí, el bajo promedio de edad de los militantes de La Cámpora representa un dato político demoledor. Todo lo demás palidece ante esto –la clase política argentina, las dirigencias empresariales y sindicales, se van a tener que acostumbrar a coexistir con La Cámpora. “Cristina conduce un proyecto político y ha generado prole”, agrega. La política, muchas veces, es una lucha de resistencia, donde la biología juega un rol difícil de menospreciar. Máximo Kirchner, al igual que los otros miembros de la conducción de La Cámpora, tiene menos de 40 años y la sofisticación suficiente como para hablarle de igual a igual a los jóvenes argentinos contemporáneos. Habla de Cromañón, del Indio Solari, de que uno puede tomarse una cerveza en la esquina, “lo importante es que esa esquina no sea toda su vida”. Se refiere a Naomi Klein, a las contradicciones que deben asumirse en todo armado político transformador[3], al cambio de perspectiva sobre la cuestión del poder, a un núcleo de experiencias comunes para alguien que nació a finales del siglo XX. Y las explica, las politiza. Por eso, hay muchos jóvenes muy entusiasmados con lo que dijo. No solamente entre los militantes. La conducción está garantizada.  




[1] Un ejemplo entre miles: “En general siempre fui de componer, digo, porque cuando uno domina pocos acordes es mejor componer que buscar los acordes de alguien conocido, entonces siempre fui más de hacer canciones para las pibas, cuando uno tenía cierto interés le hacia alguna canción de amor y a veces uno ganaba con eso” (entrevista al Indio Solari, ver http://redonditosdeabajo.com.ar/secciones/varios/nota_indio/index.html).
[2] Hay otra cosa más. Los maestros de la alta política de las redes sociales deberían entender que satirizar el compromiso juvenil en Argentina es algo totalmente falto de… cómo decirlo… “tacto”. En nuestro país, una dictadura desapareció a 30 mil personas, en su gran mayoría menores de 25 años. La reaparición de este actor político es inobjetablemente un signo de salud social. Se puede tener toda clase de diferencias con el ideario concreto de la juventud, pero burlarse de su existencia constituye una tontería de mal gusto.
[3] La frase textual de Máximo Kirchner es “Los armados suficientemente grandes como para modificar la realidad incluyen las contradicciones”. Remitámonos a Hegel: como la realidad “en sí misma” es contradictoria, la mejor prueba de que nuestro pensamiento –o nuestro armado político– llegue efectivamente a la realidad (y no se queda en la simple retórica) la brinda el hecho de que incluye las contradicciones de la realidad “en sí mismo”. En otras palabras, un armado político que no tiene contradicciones, totalmente “puro”, tampoco tiene realidad, y por ende jamás llega a la práctica, o sea, no puede transformar nada. 

miércoles, 5 de marzo de 2014

Empoderamiento de la sociedad

-Ensayo sobre el "empoderamiento": esbozo de una nueva fase en la lucha política nacional. -Avistaje del pasado reciente: la zorra de Esopo, el Estado negociando, el Estado tensionando. -Hacia una politología realmente emanada de la práctica: fuerza, poder, y el Estado como un órgano centralizado de agitación y propaganda.


por Martín Rodríguez Alberti y Damián Selci


El concepto de “empoderamiento de la sociedad” es la novedad más importante de la política argentina. Lo introdujo la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en un discurso de 2012 y desde entonces, en forma creciente aunque no demasiado ruidosa, ha ido repitiéndose en sus alocuciones hasta naturalizarse. A primera vista, no se trataría de una primicia teórica: existe una profusa bibliografía que refiere el empoderamiento para describir (y arengar) la lucha de las minorías por el reconocimiento de sus derechos.

Pero Cristina Kirchner habla del empoderamiento de la sociedad y eso comporta, digamos, una doble rareza. Respecto del sentido “académico” del término, esta expresión parece indicar que (contra toda apariencia) la sociedad como tal es una minoría –es verdad: la sociedad está en profunda desventaja frente a lo que se llama (y nosotros llamaremos, por comodidad y por táctica) “los mercados”. Respecto de la política kirchnerista, la rareza es aún más ilustrativa: basta recordar el énfasis que tanto Néstor como Cristina Kirchner han puesto desde 2003 en la “recuperación del rol del Estado”; ahora aparece un complemento singular con la “recuperación del rol de la sociedad”.

El empoderamiento es una etapa del movimiento popular, la actual. Para entenderla (y aun para considerarla con todo rigor una “etapa”) hay que revisar con cierto detalle las anteriores. El punto de apoyo es 2003 –y los 90 son el abismo al que debemos asomarnos, para saber qué pensábamos cuando la desorientación fue máxima.


1- Resistencia sin líder

Hay una fábula (atribuida a Esopo) que ilustra bastante bien la percepción que el movimiento popular tenía del Estado en los años 90. Una zorra, después de mucho trabajar, descubre un racimo de uvas colgando de una rama alta. Hace un intento por agarrarlas, dando un salto, y no lo consigue. Trata de golpear la rama con un palo: tampoco llega. Finalmente trepa por el tronco, pero se resbala y cae al suelo. Entonces, desde el piso, la zorra reflexiona: “Bueno, al final ni siquiera me gustan las uvas”. Lo mismo pensó el movimiento popular luego de las terribles derrotas de los años 70 y 80: lo que objetivamente no se podía alcanzar (el poder estatal) tendió a convertirse, por el hábito de la resistencia, en algo subjetivamente despreciable. El poder del Estado era imposible, pero además era malo. Esta moralidad mínima (donde “lo bueno” y “lo malo” se definen por su accesibilidad) tuvo expresiones intelectuales destiladas: en su encarnación más famosa, la zorra fue John Holloway y afirmó la necesidad de cambiar el mundo sin tomar el poder.

Pero estos avatares teóricos carecen de autonomía; más allá de su puerilidad o de su pertinencia, enuncian la situación mayoritaria del campo popular en un momento determinado. Pueden no ser ideas, pero son fenómenos. El viejo Estado neoliberal sólo existía para los sectores populares como algo peligroso, del que no se recibía ni esperaba nada bueno; muy al contrario, había que estar en guardia para protegerse de sus agresiones políticas y económicas. Inevitablemente, semejante estrategia “anti-estatal” convergía tarde o temprano con una postura antipolítica. Eran pocos los que se encuadraban en organizaciones definidamente políticas: el pelotón militante participaba de “organizaciones sociales”. Proliferaban también las celebérrimas “organizaciones no gubernamentales”, cuyo solo nombre da una idea de la situación. Se llamaba a no votar, a votar en blanco, a impugnar. En los barrios, el principal enemigo del pueblo era el poder armado del Estado: la policía. Tal era el desencuentro entre el movimiento popular y el poder condensado en el Estado: la acción estratégica propuesta y ejecutada a conciencia era “no tomar el poder” para así “cambiar el mundo”. Se trataba de una fase de resistencia, indiscutiblemente, pero (a diferencia del período 1955-1973) era una “resistencia sin líder”, esto es, una pura supervivencia sin conducción[1].

La fase de resistencia termina en 2003. Néstor Kirchner llega a la presidencia y da un nuevo impulso a un viejo mandato: hay que apropiarse, retener y fortalecer el poder del Estado. La simple práctica kirchnerista espantó todos los fantasmas de la teoría politológica reinante: contra lo que pudieran decir John Holloway o Toni Negri, el aparato del Estado es el único compendio de factores de fuerza al que el pueblo puede apelar para condicionar y determinar la conducta de las grandes corporaciones. Esta noción revitalizó espectacularmente la moral militante. Reaparecía, como surgida de la nada, una cuestión antigua (podríamos decir, una cuestión “clásica”): qué se puede hacer (y qué no) con la fuerza del Estado. Por cierto, el Estado no puede hacerlo todo, el Estado no vence. Pero el movimiento popular sólo podía alcanzar este pensamiento cuando el Estado pasaba a estar bajo su control: de ahí la estricta naturaleza práctica del problema.


2- El Estado y el movimiento popular

¿Qué puede hacer el Estado? Conviene arrancar por una distinción teórica aparentemente “abstracta”: la fuerza no es lo mismo que el poder. La fuerza es la capacidad de llevar adelante una acción cualquiera. Pero el poder es la capacidad de determinar las acciones de los demás. Un ejemplo simplísimo: Estados Unidos tiene armamento, es decir fuerza, para invadir a Cuba. No precisa de ningún nuevo desarrollo militar para bombardear la isla ya mismo. Pero no tiene poder para hacerlo (al menos por el momento). Si utilizara la fuerza de todos modos, sin preocuparse en lo más mínimo por las menudencias del poder, pagaría un costo elevadísimo ante la comunidad internacional, lo cual terminaría resultando contraproducente a sus propósitos, cualesquiera sean. La fuerza, para efectivizarse provechosamente, requiere de un baño simbólico de política (por eso el concepto clave de la política es el poder y no la fuerza). A veces, muchas veces, alcanza con un pretexto: si Cuba lanza un misil sobre Washington, entonces aparecen instantáneamente las condiciones políticas (es decir, simbólicas) de la invasión –la invasión sería una “respuesta” (porque hasta la guerra más sangrienta puede asumir la forma de un diálogo, de un intercambio). La fuerza como tal es amoral y presimbólica, pero ocurre todo lo contrario con el poder, que implica siempre alguna ética, alguna legitimidad.

El Estado quedó definido, aunque de pasada, como un compendio de factores de fuerza. En efecto, existen distintas formas de existencia de la fuerza, quizá numerosísimas, pero posiblemente puedan reducirse sin gran pérdida a cinco: el dinero, las armas, la información, la representatividad, la capacidad de movilización. Y como podrá adivinarse, en la construcción del poder de un actor confluyen diversos factores de fuerza. Tener información permite hacer jugadas económicas que aumenten el factor dinero; la representatividad suele redundar una mayor capacidad de movilización, etc. Ahora bien, aunque el poder de un actor esté conformado por distintos factores de fuerza, siempre predomina uno de ellos. Según prevalezca uno u otro, será distinto el tipo de poder que tenga un actor. Aquellos actores que cimentan su poder alrededor del factor dinero, cuentan un poder de tipo económico (así los grandes grupos empresarios). Si el factor que predomina son las armas, el poder será coercitivo (el Ejército, las guerrillas). Cuando lo principal son los contactos y la información, estamos hablando de una suerte de “poder de la intriga”, característico de los operadores políticos. Por su parte, la capacidad de movilización configura típicamente el “poder de calle”. La representatividad, en cambio, es lo distintivo del poder político, su diferencial[2].

¿Qué tipo de factor de fuerza prevalece en el Estado? No hace falta ser gramsciano para responder: la representatividad –incluso la clásica noción punitiva de Weber sobre el “monopolio de la violencia legítima” involucra un piso de representatividad, tanto más decisivo cuanto menos perceptible. El monopolio de la violencia es fuerza pura; el monopolio legítimo es política pura. Pero el Estado es un reservorio enorme de fuerzas de todo tipo. Y como hemos aprendido en 2003, para el movimiento popular el Estado resulta indispensable si pretende, al menos, empardar a su enemigo. Basta notar que las corporaciones controlan miles de millones de dólares (se estima que en el exterior hay 200 mil millones de dólares provenientes de empresas argentinas, siete veces el nivel de reservas del Estado), una infinita red de contactos nacionales e internacionales (en muchos casos son sucursales de monstruosas corporaciones trasnacionales que hasta fuerzan y conducen guerras en otras partes del mundo), una buena porción de la información socialmente disponible y cierta capacidad de movilización digitada por los medios masivos de comunicación. Y todo esto, por cierto, cristaliza en un importante grado de representatividad. De ahí que no haya modo de oponerle resistencia a ese bloque de poder, ni mucho menos de avanzar sobre su formidable andamiaje de fuerza, sino por medio de los factores de fuerza que trae consigo el control del Estado. Néstor Kirchner fue el impulsor de ese giro de concepción y de acción en nuestro país. En poco tiempo puedo arrastrar al conjunto del movimiento popular desde lo “social” (esto es, desde la resistencia al poder del Estado) hacia lo propiamente político, a la utilización del aparato de Estado. Y con ese bautismo inesperado en el ejercicio de las facultades del poder estatal (cuyo última experiencia se remitía al interregno 1973-1974, que por su brevedad no podía ofrecer un “modelo de gestión”), el movimiento popular advirtió una dificultad infinita: el compendio de factores de fuerza que controlaba el Estado resultaba minúsculo frente al arsenal de las grandes corporaciones.

Hay que desmitificar una ficción de amplia circulación respecto de “la fortaleza del Estado”: si de 1976 hasta 2003 el Estado argentino coincidió punto por punto con las grandes corporaciones, sería tropezar en el análisis repetir que durante esa época el Estado era “débil”. En absoluto: el Estado era la sumatoria de los factores de fuerza que le son históricamente propios (monopolio del uso legítimo de la violencia, el tesoro nacional, información de todo tipo, etc.) y además el poder de las grandes corporaciones. Esas corporaciones, hechas Estado, eran tremendamente poderosas. Para empobrecer a millones de personas, para desocupar a millones de trabajadores, se requiere indudablemente de una gran fortaleza. Realmente, hay que tener mucho poder para desbaratar a una sociedad movilizada como lo era la argentina en los años 70. Sin embargo, cuando en 2003 Néstor Kirchner asumió la presidencia y decidió llevar a cabo un cambio revolucionario –la coincidencia del Estado con los intereses del pueblo–, él sí se encontró con un Estado débil en cuanto a los factores de fuerza con los que contaba para consumar ese giro. Porque ahora la ecuación resultaba diametralmente opuesta: se trataba de los factores de fuerza estatales más un débil poder popular (débil porque no había relato, ni instituciones, ni leyes que representaran los intereses del pueblo, porque no había memoria histórica de gestión, porque había un bajísimo nivel de organización, etc.). Y como el poder es relacional (lo que tiene uno no lo tiene el otro), el todavía inmenso poder de las corporaciones-sin-Estado tornaba débil al poder del pueblo-con-Estado. El ejemplo más obvio de ese carácter desfavorable de la correlación de fuerzas lo daban las cuentas públicas, absolutamente deficitarias, con deudas que representaban más del 1000% del nivel de reservas. Una corrida bancaria de diez minutos habría acabado definitivamente con la moneda nacional. Pese al increíble avance que significaba controlar la “trinchera de avanzada” que representa el Estado (la expresión corresponde a Gramsci), el dramatismo de la situación era máximo. Kirchner decía: “estamos en el purgatorio”. La posesión de la trinchera de avanzada peligraba continuamente. Cada hora que Kirchner pasaba en la Casa Rosada constituía, de por sí, un triunfo. En efecto, para un presidente que buscaba “descorporativizar” el Estado (y ponerlo al servicio del movimiento popular), la correlación de fuerzas era tan negativa como la relación entre reservas y deuda: 1000 a 1. La conclusión teórica de lo anterior es simple –el Estado tomado por las corporaciones, ejecutando el programa neoliberal, había sido de temer, pero ese mismo Estado, puesto repentinamente servicio del pueblo, era frágil y quebradizo[3]. ¿Qué hacer?


3- Ensanchamiento del poder estatal: predominio táctico de la negociación

En 2003, Néstor Kirchner gobernaba el Estado nacional, pero había una extensísima red estatal por fuera de su control: gobiernos provinciales, intendencias, legislaturas, ministerios, dependencias estatales nacionales, etc., en buena parte aún dirigidas por las corporaciones (basta recordar que hasta 2008 la Jefatura de Gabinete perteneció al grupo Clarín). En este contexto, la tarea era ensanchar el poder del pueblo-en-el-Estado. Y ensanchar significa controlar más factores de fuerza y acumular más de cada factor: ganar en representatividad, acumular divisas, ordenar a las Fuerzas Armadas, contar con más información, orientar la movilización social. Y precisamente eso hizo Kirchner desde el 2003 al 2007: ganó representatividad y eso se tradujo en votos (poder político); reestructuró la deuda pública logrando una quita del 75% y acumuló reservas (poder económico); reabrió las causas de derechos humanos y se impuso a las intrigas del Ejército (poder coercitivo); desactivó sin represión los miles y miles de piquetes desperdigados por toda la extensión del territorio nacional (poder de calle); le quitó el INDEC a las corporaciones que contaban con toda la información y estadísticas públicas antes que el presidente (poder de intriga). Pero mientras ensanchaba el poder del Estado debía negociar con gobernadores, con intendentes, con sindicatos, con empresarios, y hasta con el mismísimo grupo Clarín porque, como vimos, la correlación de fuerzas era gravemente desfavorable. La gran virtud de Kirchner fue medir el exacto estadío de esa correlación: saber cómo ensanchar negociando. En efecto, no se trata de que el gobierno nacional no tensionara sus relaciones con determinados actores, sino de que la “lógica predominante” a grandes rasgos fue la negociación. Con más exactitud, la característica de esta fase fue el ensanchamiento por satisfacción de demandas con negociación.


4- Ensanchamiento del poder estatal: el predominio táctico de la tensión

Pero el conflicto con las patronales agrarias a raíz de la resolución 125 dio inicio a una tercera fase: la “agudización de las contradicciones” (Néstor Kirchner dixit). Durante ese período se terminó de consolidar el frente nacional y popular bajo la conducción de Cristina y la lógica política predominante (no excluyente) fue la tensión. Las circunstancias de la lucha política nacional indicaron esta operatoria. La agilidad con que Néstor y Cristina Kirchner habían logrado acumular factores de fuerza en torno al Estado obligó a las corporaciones a coordinarse, para organizar una acción directa en sentido contrario. Clarín, los terratenientes y el poder financiero se lanzaron entonces a la insurrección; y el movimiento popular cambió la táctica. Apareció la tan mentada “polarización”. El movimiento popular y las corporaciones se embarcaron en una disputa frontal, en una medición desnuda de la fuerza (movilización social, corridas bancarias, acusaciones abiertas, batalla cultural por el sentido, todo a la vez y sin tregua). En otras palabras, el conflicto con las patronales agrarias implicó un cambio en la táctica de acumulación de poder. Hasta ese momento, el kirchnerismo ensanchaba el poder estatal negociando; pero la violenta toma de partido por parte del grupo Clarín a favor de la Mesa de Enlace tornó imposible cualquier negociación. Más allá de los pormenores de esta lucha, en términos conceptuales debe decirse que esta tercera fase mantiene algo y cambia algo: sigue prevaleciendo el ensanchamiento por satisfacción de demandas (característica natural de todo gobierno popular) pero, desde ahora, con preeminencia de la tensión y no de la negociación. Nuevamente, no se trata de que el gobierno haya dejado de negociar y se haya dedicado única y exclusivamente a tensionar –se trata un cambio en la matriz general de la táctica, que provocó resultados inesperados para todos los analistas: a la batería de medidas gubernamentales para seguir satisfaciendo demandas (aumento de salarios, estatización de las jubilaciones, Ley de Medios, AUH, Fútbol Para Todos, etc.) se le añadía una táctica confrontativa y tensionante, y puede decirse que fue precisamente esta mezcla la que posibilitó la emergencia de un nuevo actor en el movimiento popular: la juventud organizada. También fue durante esta fase que se evidenció, para el conjunto de la sociedad, una distinción que encierra un notorio avance en el grado de conciencia. Para todos, finalmente, quedó claro que una cosa es el gobierno, otra el Estado y muy otra el poder total existente en una sociedad. Se arrojó luz sobre una cuestión central: que el Poder Ejecutivo puede no controlar el total de los factores de fuerza que concentra el Estado –y más importante aún, que otros actores sociales pueden tener más poder que el gobierno y que el Estado: por lo tanto, pueden dirigir a la sociedad haciendo uso de su poder económico, de calle, informativo, etc. La juventud fue especialmente sensible a esta transformación del espacio político. Pero más en general, todo aquel que albergara algún sentimiento contra las corporaciones se volvió kirchnerista. En resumen, esta tercera fase se caracteriza por la articulación creciente de los sectores populares, la construcción de un programa general de movilización y el surgimiento de una voluntad popular organizada y conducida por Cristina.

Pero otra característica de la fase es, por supuesto, el empate. Cristina Kirchner fue reelecta con un impresionante 54% de los votos, y las corporaciones respondieron con una también impresionante corrida bancaria, que menguó las reservas del Banco Central en un 10%. A partir de ese primer intercambio de golpes, la lucha recrudeció hasta niveles increíbles. Las fechas de las movilizaciones requieren una sintaxis adversativa: 8N versus 9D; 18 de abril versus 25 de mayo… Con excepción de las armas (cuya legitimidad en la sociedad argentina es igual a cero –en nuestros términos, son fuerza, pero no significan poder), todos los demás factores de fuerza han salido a la luz. Un día, el gobierno es derrotado electoralmente en la provincia de Buenos Aires por la derecha; cuarenta y ocho horas más tarde, la Corte Suprema obliga a Clarín a desinvertir, con lo que termina perdiendo su rol de conducción opositora. El vértigo de esta batalla es conocido por todos los ciudadanos –lo destacable en términos históricos es que, luego de treinta años de retroceso, pueblo y corporaciones se enfrentan en una correlación de fuerzas, por primera vez, pareja. Y debemos recalcar algo muy importante sobre este empate: de por sí, constituye una victoria táctica del movimiento popular. Empatar contra semejante enemigo supone un grado de cohesión, estrategia e ideología que hacía por lo menos cuarenta años que el movimiento popular no mostraba. La situación actual, por consiguiente y más allá de su evidente inestabilidad, es histórica.



5- La etapa que se abre: el empoderamiento de la sociedad

No es casual que la presidenta haya elegido la movilización del 25 de Mayo de 2013 para instalar la consigna del empoderamiento. Aquel acto –el más masivo de la historia del kirchnerismo, con excepción del Bicentenario, que propiamente fue un “festejo”– debe ser leído dentro de la saga de concentraciones de Huracán en 2011 y de Vélez en 2012. En Huracán, Cristina Kirchner identificó la conducta política que debían adoptar los miles de jóvenes que, de pronto (como si hubieran permanecido agazapados en las cuevas suburbanas que ofrecía el rock, mientras afuera se descongelaba la historia) irrumpieron dando un “salto de tigre al pasado” y se encuadraron en organizaciones políticas peronistas. El discurso de aquel día constituye un programa mínimo de directivas anti-sectarias, destinado especialmente a la juventud (por ejemplo: “no les pregunten de dónde vienen”). Por su parte, la concentración de Vélez en 2012 (donde se lanzó Unidos y Organizados) ofrecía ya un panorama nítido del avance organizativo. Al observar la fotografía aérea de uno y otro acto, se percibe de inmediato la evolución del grado de organicidad del movimiento nacional y popular: en Huracán se distinguen cientos y cientos de colores dispersos representando a otros cientos y cientos de pequeñas organizaciones y conducciones auxiliares, pero la perspectiva aérea de Vélez exhibe no más de diez colores ordenados en el estadio, los típicos de las organizaciones que conforman Unidos y Organizados. Correlativamente, el discurso de Cristina Kirchner en Vélez se basó en la consigna de unidad y organización de esas agrupaciones. En resumidas cuentas, el recorrido fue: dispersión entusiasta en Huracán; organización militante en Vélez; organización militante más masas entusiastas en la Plaza de Mayo. Y por cierto, a cada sujeto Cristina Kirchner le dio su programa de acción. A la juventud le pidió que se organice. A las organizaciones les dijo que se unan y sean solidarias. Y a las masas movilizadas que tienen que empoderarse. Que ese derrotero se haya producido en tan sólo tres años representa un fenómeno político impresionante.

Pero la apertura de la fase de empoderamiento no responde unilateralmente a una voluntad planificada de antemano por la conducción, sino también al contingente fracaso de la acción política elegida para contrarrestar la corrida bancaria con que las corporaciones respondieron a la aplastante victoria electoral de Cristina en 2011: el control de cambios. La gran efectividad demostrada por las corporaciones para crear velozmente un “banco central paralelo”, que permitiera a una ruta de trafico legal de miles de millones de dólares, reveló una nueva verdad histórica: si la apropiación del Estado por parte del movimiento popular permitió llegar a un empate (revirtiendo años de retroceso), es similarmente evidente que, ahora, con el Estado solo ya no alcanza para quebrar la relación de fuerzas. El avance ya no depende exclusivamente de la inequívoca voluntad política de Cristina Kirchner, principalmente debido al hecho de que el movimiento popular se encuentra inhabilitado para volver a elegir a su conductora como presidenta, es decir, para sacar el mayor provecho del factor de fuerza más importante en un contexto democrático: el voto. En efecto, y por consiguiente, después de haber exprimido las posibilidades constitucionales del Estado democrático (proceso electoral incluido), queda por investigar las potencialidades de la sociedad democrática. Todo indica que ha llegado el momento de empoderar a la sociedad, es decir, dotarla de las herramientas que precisa para condicionar a las corporaciones ella misma.
           
Este movimiento táctico, cuya posibilidad recién se está esbozando, puede tener connotaciones enormes. En principio, sólo es comparable al que hizo Néstor Kirchner cuando demostró en la práctica que sin el Estado era imposible avanzar. Ahora Cristina Kirchner ha instruido a su militancia en una noción complementaria: sin la sociedad no se puede avanzar –hay que agitar a las masas de verdad, con prácticas concretas. ¿Y cuál es la herramienta que el movimiento popular ideó para comenzar con el empoderamiento del pueblo? El control de precios.

Los economistas han discutido la eficacia de los controles de precios a lo largo de la historia argentina. En general, nadie piensa que sean una solución de fondo a la inflación (que no es un “problema”, sino un instrumento de las corporaciones para apropiarse del excedente). Pero respecto de su versión actual, denominada “Precios Cuidados”, lo fundamental no es evaluar sus frutos económicos, sino cultivar sus efectos políticos: el programa no apunta simplemente a mantener estable el precio del aceite, porque su horizonte final es elaborar una pedagogía sobre la lucha económica en la Argentina, empezando por la figura del consumidor (es decir, por la esfera del mercado) para llegar a la figura del empresario (es decir, a la esfera de la producción). El Estado controla, autoriza o desautoriza subas y bajas, establece multas, pero el auténtico sentido de estas acciones no es (ni podría ser) “bajar la inflación”, sino más bien incitar al pueblo a que tome conciencia de quién es el enemigo: las corporaciones. La verdad es que el Estado no tiene hoy el poder suficiente para manejar la economía. Pero sí puede convertirse en un órgano centralizado de “agitación y propaganda de masas”: dado que resulta materialmente imposible poner inspectores en todas las bocas de expendio de la producción económica local, la única salida razonable consiste en traspasarle esta atribución a los ciudadanos, poniendo a su disposición canales de denuncia y sobre todo el factor de fuerza “información” –ya que sólo se puede defender el salario mediante un conocimiento exacto y actualizado del precio de la leche, el pan y el aceite, y de la profunda injusticia que significa cada aumento. En resumen, el empoderamiento de la sociedad comienza por la información y debe transformarse en una pedagogía: primero aprendemos que, según el acuerdo, el yogur debe costar 7 pesos, pero luego debemos aprender que las responsables de los aumentos son las corporaciones y que, por consiguiente, hay que considerarlas como el máximo enemigo del pueblo.

Este es el segundo episodio de la batalla cultural. Primero fue la lucha contra Clarín, el aparato legitimador más poderoso de las corporaciones. Terminó en una victoria clara: en lo legal, el Grupo fue finalmente obligado a desinvertir; en lo simbólico, la sociedad visibilizó al Grupo como un actor con intereses –puesto en términos más bruscos, el kirchnerismo esclareció a la población sobre quién era el actor que deslegitimaba a este gobierno y a todos los gobiernos anteriores: Clarín. Digámoslo aún con mayor exhaustividad: la batalla cultural contra Clarín tenía por objeto despejar la cuestión de quién debía tener autoridad y representatividad en el país –los medios de comunicación o el gobierno electo. El paso subsiguiente, más profundo y difícil, radica en esclarecer al pueblo sobre quién es el responsable de su merma en el poder adquisitivo –es decir, quién maneja realmente la economía (al menos en sus resortes estratégicos) y quién debería manejarla. Tradicionalmente, según el mito liberal, la inflación es un “mal” que nadie desea y la responsabilidad debe atribuirse al gobierno y más precisamente al Estado, por su excesiva intervención, y a los trabajadores, por sus excesivos salarios. La batalla cultural de la etapa consiste en alumbrar que la “inflación” no es un mal, sino una táctica de apropiación del excedente económico, que las corporaciones ganan fortunas con este negocio, y que el pueblo debe consustanciarse con el Estado para combatirlas. Toda pedagogía necesita símbolos: si de lo que se trata es de concientizar al pueblo en conjunto sobre quiénes son sus opresores económicos, resulta “natural” que el escenario de la lucha esté representado por el supermercado, precisamente el sitio donde se realiza la transferencia del excedente –precisamente, el lugar donde el pueblo se abastece de los productos necesarios para garantizar su autorreproducción, su vida.

A la injusticia debe añadírsele la conciencia de la injusticia –y el nombre de sus responsables, para volverla más insoportable, más movilizante. El empoderamiento de la sociedad consiste, en una primera etapa, en delegar tareas de control en el pueblo mismo, confiando que la práctica es el camino más directo hacia la teoría; esto significa que el pueblo sólo puede tomar conciencia teórica de que la “contradicción principal” es “pueblo versus corporaciones” precisamente luchando contra las corporaciones, es decir, mediante la propia experiencia de lucha –sólo entonces las “corporaciones” dejarán de ser un significante difuso, lejano, escuchado de oídas en la televisión, para volverse el nombre concreto del sufrimiento concreto. Debido a su naturaleza social (esto es, generalizada y cotidiana), la disputa con las corporaciones no puede dirimirse en oficinas estatales: debe generalizarse a cada góndola y en cada supermercado, debe ser tan permanente y cotidiana como la necesidad de conseguir pan. Todo parece indicar que esta es la táctica que Cristina Kirchner ha establecido para la nueva fase: la politización extrema de la vida cotidiana.





[1] El contraste entre las consignas primordiales de estas dos resistencias (la que luchaba contra la proscripción del peronismo, la que enfrentaba al neoliberalismo) evidencia de manera tajante la importancia de la conducción. Una cosa es “Perón Vuelve”, la contraria es “Que se vayan todos”. En un caso se reclama el regreso del conductor, en otro la retirada general de la dirigencia política. Es la pequeña diferencia entre resistir con líder o sin él: en su punto culminante de movilización y lucha, la resistencia popular al neoliberalismo no sabía el nombre de su conductor. (Los kirchneristas entrenados en la dialéctica hegeliana podrán argüir que, paradójicamente, cuando el pueblo pudo efectivamente pedir que se fueran todos, entonces se produjo un “segundo regreso de Perón” –bajo la figura, claro está, de Néstor Kirchner.)
[2] Esto no quiere decir que un actor con poder económico no puede contar con representatividad; de hecho, sucede lo contrario: el discurso de Clarín orienta a una parte importante de la población, es representativo de ella, y Clarín, por supuesto, tiene un poder eminentemente económico (lo cual le permite contar luego con otros factores, como contactos e información). Ningún actor tiene un solo tipo de fuerza, aunque uno de ellos predomine sobre los demás.
[3] Esto se debe a que el proceso previo a la “toma del poder” en nuestro país no fue sido precedido por altos grados de cohesión y coordinación del movimiento popular (como, por ejemplo, en Bolivia, donde el MAS contaba con años de organización, movilización, una conducción indiscutida, un programa). En el caso argentino, no hubo un pueblo empoderado que recuperó el  control del Estado después de un largo proceso de acumulación política, sino un desmoronamiento de la hegemonía neoliberal, que merece un análisis separado.

martes, 3 de diciembre de 2013

Discusión con José Natanson

-Un nuevo sujeto de enunciación: el aburrido. -La versión de José Natanson sobre La Cámpora y La Coordinadora. -El angostamiento de la tasa de ganancia y el lado B de la “generación intermedia”. -La cuestión del país normal, acechada por el confeso deseo de aburrirse de Mariano Grondona.

por Nicolás Vilela


1- Mira los aburridos / con los pies deprimidos

Hay un dato: existe “el que se aburrió del kirchernismo”. Es un perfil cultural, un sujeto de la enunciación, un formato para opinar sobre la coyuntura. Sus rasgos son enumerables. Ya no cree en la vuelta de la política porque está cansado de “la batalla cultural”, “la épica”, “el relato” y las “minorías intensas”. Piensa que el gobierno sólo le habla a los convencidos. Se maravilló con los fuegos artificiales del Bicentenario pero ahora cree que Barone es lo peor que le pasó al país. Su despolitización tardía transcurre bancando el programa de Fantino y el “consumo irónico” de las redes sociales. Últimamente se interesó por Sergio Massa y no por la juventud militante. Estima que la ideología y la disputa con las corporaciones son secundarias respecto de los temas de gestión que solucionan “los problemas de la gente”. En el peor de los casos, abrazó el cinismo o la pose del quebrado.

Se trata de un asunto de primer orden en la medida en que configura los lugares desde los que se discute actualmente. Los poskirchernistas del aburrimiento piensan que los que “creen” son los demás -la militancia enardecida, los sectores intensos del gobierno, Cristina. Ellos, en cambio, se dieron cuenta a tiempo y se fueron a los botes, lo que les garantizaría distancia crítica, ecuanimidad y amplitud de criterio... Bajo estos parámetros se escriben notas, artículos, ensayos, editoriales, análisis para cuestionar el presente del kirchernismo y presentir su superación.


2- Peras y manzanas

Con ambigüedad y sutileza, José Natanson viene jugando este juego del fastidio poskirchnerista. El año pasado, en el contexto de la publicación de su libro sobre la vuelta de los jóvenes a la política, recomendaba con fogosidad que La Cámpora creara una agenda propia, entendiendo que de no hacerlo podría “terminar como la Coordinadora” (la “recomendación” fue repetida en cuatro o cinco entrevistas). Natanson alegaba que comparar a La Cámpora con las organizaciones de los 70 es “como comparar peras con manzanas”; la comparación con la Coordinadora, mientras tanto, sería mucho más satisfactoria porque en ambos casos se trata de gobiernos “progresistas” cuyas juventudes orgánicas “llegaron a altos puestos del Estado”.

Estas proposiciones resultan muy problemáticas. Esquivan el bulto respecto de lo que verdaderamente está en juego. Natanson reduce las organizaciones políticas de los 70 a la lucha armada y la clandestinidad, desestimando una militancia barrial y estudiantil muy extendida, que compagina mejor con el presente. Comparar una organización kirchernista de base territorial como la Cámpora con una agrupación radical de corte universitario y ejecutivo (y una territorialidad circunscripta a la Capital Federal): eso es comparar peras con manzanas. Poner el eje en que se trata de dos “organizaciones progresistas en democracia” es quedarse con la clave de lectura alfonsinista, cuya contradicción principal se expresaba como democracia versus dictadura.[1]. El contexto cambió profundamente. Se compara a La Cámpora con la juventud de los 70 porque estamos hablando de herencia transformadora y organización popular en los barrios.

Las muy buenas gestiones de Aerolíneas e YPF, la multiplicación de la militancia en los territorios, las jornadas “La Patria es el Otro” en La Plata… nada de esto alcanza para el director de Le Monde Diplomatique. La Cámpora debería crearse una agenda propia. Veamos cuál es la agenda que está desplegando el propio Natanson en sus editoriales de “El Dipló”, aquella de la que no se ocupan los que viven “microclimatizados, enfrascados en las mil y una vueltas de la batalla cultural”: la agenda de la “nueva clase media”. Se trata de “ese 30 por ciento aproximado de la población que integran, entre otros, los trabajadores formales sindicalizados, los pequeños comerciantes, los cuentapropistas y los prestadores de servicios particulares”. Desde fines del año pasado, luego del paro sindical opositor del 20-N y los cacerolazos del 8-N, Natanson viene pidiendo “una nueva política para la clase media”. Durante este año, parece haber encontrado la respuesta. Ahora la nueva clase media se define como “moyanismo social”. En razón de las demandas que representa (y no de su conducción) Hugo Moyano funcionaría, según Natanson, como su máxima expresión cultural.

Por otro lado, el título de este último editorial resulta más que elocuente: “El futuro ya llegó”. Allí nos dice que los grandes protagonistas de la elección son los “políticos commoditie”, a los que define como “estrellas del sentido común capaces de combinar barrialidad y gestión sobre el fondo de un peronismo omnipresente pero que apenas se menciona, como si se lo diera por hecho”. Son ellos, augura el autor (y no es el único), los que resultarán finalmente victoriosos a causa de su “atemperamiento de las pasiones” y su mayor capacidad de captar las demandas de las “nuevas clases medias”. Voluntarioso, el editorial de Natanson concluye: “con un botín clavado en cada década, los políticos commoditie carecen de la sobrecarga ideológica del kirchernismo sunnita y han demostrado la flexibilidad adecuada para sintonizar con las nuevas demandas sociales. Todavía no podemos confiar en ellos, pues nadie sabe qué piensan realmente de la mayoría de los grandes problemas de Argentina, pero no cuesta mucho imaginarlos como los dueños del futuro”.

La obsesión de los aburridos por suturar simbólicamente su alejamiento del gobierno, su empernida desconfianza en la batalla cultural, les hace olvidar con frecuencia la pregunta por el rol de las corporaciones y los sectores dominantes en todo el asunto. Se pueden contar con los dedos de la mano los textos que hacen alguna mención al tema. Y sin embargo es la clave del problema. A diferencia de sus predecesores, este gobierno no hizo recaer la restricción externa sobre los trabajadores sino sobre la tasa de ganancia de los empresarios, quienes a modo de respuesta desplomaron las inversiones. El discurso de campaña de Massa apuntó precisamente a capturar ese núcleo duro del empresariado que deseaba recuperar su altísimo nivel de ganancia. El subtexto del discurso de la corrupción es la disminución de la presión tributaria; el subtexto del discurso de la competitividad es la devaluación brusca del peso. Nada nuevo bajo el sol.

Los pases de Moyano y de Mendiguren al massismo se explican en función de esta coyuntura. Son el correlato político de la restricción externa y el angostamiento de la tasa de ganancia.  Moyano no es “el representante de los trabajadores” o de “la clase media”, sino el representante de los trabajadores mejor pagos. De Mendiguren, por su parte, es el representante de algunos de los industriales que más se enriquecieron en esta década. Expresan el anverso y reverso de la misma moneda. Así está constituida la verdadera base económica sobre la cual se levantaría la pax social del massismo.

Facundo Moyano encarnó hasta ahora esa ambigüedad que les gusta detentar a los poskirchneristas. Sacándose fotos con muchos, probándose distintas camisetas, encandiló con la supuesta ventaja de no tener que responder a diario a la conducción de Cristina. Pero a diferencia de sus seguidores, resultó tan verticalista como el kirchnerismo al que criticaba: apenas tuvo la venia de Hugo Moyano, blanqueó su pase al Frente Renovador. ¿Se arriesgarán los aburridos del kirchernismo a seguirlo en este paso?


3- La generación del 70

Para Natanson y otros tantos, las elecciones legislativas y su devenir manifestaron el protagonismo de una “generación intermedia” (son palabras de Martín Rodríguez), nacida en los 70 y caracterizada por su perfil ejecutivo desideologizado, deportista, ajeno a la intensidad política de la confrontación que practicaría el gobierno. Como va quedando claro, Sergio Massa, nacido en 1972, encarnaría ejemplarmente esta versión de la gestión “desde el sentido común”. Y es entendible que haya concitado la atención o el apoyo distante de los poskirchernistas; fueron ellos quienes inventaron retrospectivamente la figura de Géstor Kirchner, el Presidente que, a diferencia de Cristina, resolvía los problemas concretos de la gente. Sin embargo, algo escapa a estas consideraciones sobre la generación intermedia. Hace poco ocurrieron dos hechos centrales: el fallo de la Corte Suprema de Justicia declarando la constitucionalidad de la Ley de Medios, y, más acá, el nombramiento de Axel Kicillof al frente del Ministerio de Economía. Refutan, en ese orden, el mito de que se terminó la batalla cultural y el mito de que YPF y otras empresas con intervención estatal fueron mal administradas. Pero lo importante es que los dos protagonistas de estos hechos, Martín Sabatella y Axel Kicillof, nacieron respectivamente en 1970 y 1971. Son la otra cara de la misma generación. Vienen de ámbitos comprometidos ideológicamente con la izquierda. Están vinculados de manera más o menos ostensible con organizaciones políticas juveniles: Nuevo Encuentro y La Cámpora. Fueron blanco de los disparos macartistas provenientes del Frente Renovador y los medios opositores. Se animaron a asumir altas responsabilidades de gestión en momentos donde otros decidieron limitarse a conservar lo hecho. Representan nítidamente la etapa presente del gobierno, que profundiza la disputa cultural a través de la Ley de Medios y profundiza la disputa económica a través de la intervención del Estado en las empresas estratégicas. Sintonizan con un concepto de gestión que depende de un proyecto político nacional, apoyado por sus niveles provinciales y municipales, y con la militancia como dispositivo nodal en el trabajo de territorio.

José Natanson forma parte de esta misma “generación intermedia” a la que pertenecen Sabatella, Kicillof y miles de militantes, sólo que en vez de sumar fuerzas desde el lugar que sea a favor de sus contemporáneos, les advierte en público los riesgos que corren en su compromiso. El malestar del poskirchernismo con la “épica”, las “minorías intensas” y el “relato” viene necesariamente de la incertidumbre sobre su propia referencia política. A la falsa ambigüedad del massismo en relación con el gobierno, deben añadirle su propia ambigüedad en relación con el massismo. Mientras la militancia defendía a Cristina en los barrios, se lanzaron a hablar de las bondades de la gestión y el municipalismo que se viene, igualando equivocadamente el momento electoral con el momento político. Quizás Twitter, con su temporalidad ansiosa y de onda corta, contribuyó a esta equivocación. (El microclima está en Twitter, que no tiene más agenda que comentar socarronamente la televisión como Beavis and Butthead locales; no en la militancia, que dialoga y trabaja cotidianamente con vecinos de toda orientación política). Es llamativo, por cierto, que la idealización de la gestión, el territorio, el contacto cotidiano “con la gente” no los haya conducido a valorar positivamente la militancia sino a Sergio Massa. Así, durante la campaña, y después también, invisibilizaron o directamente objetaron el esfuerzo de las organizaciones políticas; a cambio, se dedicaron sistemáticamente a debilitar la figura de Cristina, levantando candidatos contrapuestos en los que ni siquiera está claro si confían.

En esta confusión, es lógico que conviertan su propio malestar en sensación generalizada, es decir, que confundan su aburrimiento personal con el supuesto declive del relato o el supuesto declive del gobierno. De ahí a considerar a los militantes como un grupo de fanáticos fracasados hay un sólo paso, que algunos lamentablemente dieron, aún cuando tenían disponibles todas las herramientas para comprobar la buena elección de Unidos y Organizados en distritos opositores, y para comprobar, más en general, el compromiso con que miles de jóvenes están asumiendo la militancia en todo el territorio de la Argentina. Cometen un error si es que apuestan de este modo a un periodismo “no contaminado”... ¿O acaso dijeron algo del “dogmatismo” antikirchernista, que no mueve una coma sin autorización de su conducción corporativa? ¿O acaso no presentan a los intendentes opositores como víctimas de la coparticipación sin mencionar que la popularidad de muchos de ellos proviene de capitalizar a título personal obras realizadas por el gobierno nacional? Finalmente, los aburridos del kirchnerismo se acercan a Massa, un protegido de las corporaciones, antes que a Sabatella o Kicillof, que trabajan en sentido contrario.


4- Un país normal

En un artículo de septiembre de este año, Natanson escribía que “quizás el principal desafío pase hoy por la construccióin de un peronismo de la normalidad”. A continuación, los nombres previsibles. Caracterizada ya la tendencia cultural de los aburridos y la base económica ortodoxa  en que se sustenta, habría que preguntarse en qué consiste esa normalidad: ¿en bajar la bandera de las grandes batallas justo cuando podemos darlas?, ¿en atemperar las pasiones justo cuando la militancia constituye la principal experiencia de una generación? ¿Qué es lo que están buscando?

La exigencia de normalidad implica la admisión de que el poskirchernismo no está dispuesto a profundizar el modelo ni los modales. Su posición a favor de “enfriar la política” y no jugarse a nivel identitario responde a vínculos de sociabilidad que consideran más seguros y duraderos: que pretenden conservar. Martín Rodríguez escribe que “ese último Perón optó más por la clase media no peronista (…) que a los programas radicalizados de los jóvenes de izquierda. Dicho en familia: entre los padres conservadores y los hijos rebeldes, optó por los padres conservadores. Perón quiso conquistar a la clase contra la que se hicieron peronistas los jóvenes. El Perón final es un Perón que pacifica el conflicto peronista y que imagina la obsesión para gobernar la Argentina: gobernar la clase media”. Esta construcción retrospectiva opera como pedido o consejo: no profundicemos, captemos a la clase media. Y a la vez resalta un dato paradójico: los jóvenes desencantados del kirchernismo se ubicarían en el lugar de los “padres conservadores”[2].

Normalidad significa puestos de trabajo, asistencia e intervención del Estado, proyecto de país, entre muchas otras cosas. Son los valores y acciones concretas que sólo los gobiernos de Néstor y Cristina lograron garantizar sostenidamente desde la recuperación democrática. Ahí no existe “continuidad democrática” con Alfonsín ni Menem ni Duhalde. Los proyectos opositores con potencia electoral proponen una “normalidad” que ya conocemos. La ortodoxia económica lleva a un pueblo con hambre. Y un pueblo con hambre no tiene mejores “modales” que los que tiene un país “dividido” que viene creciendo hace diez años. El sindicalismo de Moyano tampoco[3].

El punto es que para consagrar los logros del kirchnerismo hizo y hace falta mucha intensidad, compromiso, trabajo en los barrios y batalla cultural. Esa tarea sólo puede ser aburrida para quien confunde la realidad con sus manifestaciones mediáticas. Tal vez 678 dejó de ser entretenido, seguramente los blogs políticos ya no son tan atractivos como antes. Pero lo divertido del kirchernismo es la militancia. Lo divertido del kirchernismo está en la foto de una Casa Rosada invadida de jóvenes para ver el regreso de Cristina. Lo divertido del kirchernismo está en los barrios, las plazas repletas, la discusión con los compañeros. “La esperanza de llegar a ser un país aburrido” titulaba Mariano Grondona su editorial del miércoles 28. ¿Será para tanto? Hay quienes prefieren quedarse en la cocina consumiendo irónicamente los ecos de la fiesta. Pero en este momento lo divertido es bailar… 













[1] Otro síntoma de esta misma tentación alfonsinista lo encontramos al comienzo de su editorial “Sexo y democracia”, de octubre de este año: “tal vez porque no fue consecuencia de heroicas luchas sociales y políticas sino del fracaso del programa económico y la derrota de Malvinas (una Bastilla que se derrumbó sola), la democracia argentina parece vivir en estado de permanente desencanto, un medio tono de desilusión que nos empuja a descubrir todos los días que no era en realidad todo lo que prometía”. Como se ve, nada de “Pan, paz y trabajo”. Al igual que Beatriz Sarlo, Natanson niega las huelgas de la CGT de Ubaldini, la resistencia de las organizaciones políticas y la condena internacional que venían construyendo los exiliados en la opinión pública.

[2] Durante la interna Menem-Cafiero por la renovación del peronismo se usaba el término “renodoxo” para juzgar la alianza entre un sector de la renovación y otro de la ortodoxia. ¿Será la normalidad a la que apuntan un regreso de la renodoxia?

[3] Por esos días, el ex secretario general de APLA, Jorge Pérez Tamayo, realizó un “vuelto rasante” a bordo de un Airbus 340 como despedida de su profesión de piloto. El vuelo venía de Miami, pasó por Aeroparque y terminó en Ezeiza. Tal cual lo practican los pilotos que se retiran, el rito no suele incluir Aeroparque como punto de exhibición. El asunto es que en hora de intenso tráfico aeroportuario, modificando la agenda de despegues y arribos de una terminal que no tiene estructura para contener un avión comercial semejante,  Pérez Tamayó colonizó la plataforma de Aeroparque con el único fin de practicar esta ceremonia. A la hora de analizar la gestión de Aerolíneas, no fueron pocos los palos en la rueda que puso el vocal primero de la CGT moyanista. Tal vez esa imagen de glamour decadente, “el último vuelo del capitán”, sirva para ejemplificar la distancia entre una cúpula que responde a intereses particulares y la mayoría de los trabajadores. Y tal vez sirva, de nuevo, para relevar lo que pierden de vista en el análisis todos los poskirchneristas que critican la gestión de La Cámpora, el trabajo de Unidos y Organizados y la sobrepolitización social. Se pierden precisamente la disputa por la apropiación simbólica y económica del Estado.

viernes, 29 de noviembre de 2013

Militancia y prejuicio

-En la Caverna Mediática, mitos y submitos sobre la Cámpora, la Diosa Gestión y el que pasa por la puerta de la UB los sábados. -Una opción de hierro: análisis electoral o simple locura periodística. -Diatriba contra los verbos de escritorio.

por Violeta Kesselman 

Un estribillo suena en el discurso de los analistas renovadores: el gran error de Cristina habría sido recostarse en la construcción de Unidos y Organizados por encima del PJ. Su pulsión jacobina, frente a un Néstor que “negociaba” y “hacía política”, la habría hecho decantarse por esos jóvenes que practican el sectarismo, el tardo-montonerismo y la exclusión de dirigentes del justicialismo. El cuadro sería más o menos el siguiente: de un lado, los militantes sobreideologizados; del otro, los intendentes hiperrealistas. Estos ganan elecciones, aquellos son una máquina de perder poder y votos.

 Por momentos, algunas voces son más municipalistas que los dirigentes municipales: de los 135 mandatarios distritales bonaerenses, uno solo, Ishii, criticó el accionar de la militancia en la campaña (“El problema fue darle el manejo de la campaña a La Cámpora, porque esos pibes nunca hicieron una elección”). El resto no parece compartir el diagnóstico. Y es que ese “error de Cristina” es una falsa explicación. No resiste un contraste serio con datos de la realidad y no responde a lo que efectivamente pasa en el territorio, en el día a día de la construcción política. Vamos a analizar algunos de los ingredientes que componen el argumento de esos que se aburrieron del kirchnerismo.


Los supuestos mariscales de la derrota

El primer sub-mito decía: Cristina se cerró sobre UyO y excluyó al PJ. Pero atentos, desde la semana pasada dice: Cristina eligió al PJ y se desilusionó de UyO. Prestar demasiada atención a las actualizaciones de La Política Online conduce a esas lecturas esquizofrénicas. Mientras, en la república de la realidad, muchos jóvenes militantes tienen lugar en las listas internas del PJ bonaerense para las elecciones del 15 de diciembre; esta integración estructural constituye la prueba de la integración funcional: están en la misma orgánica porque son lo mismo. La noticia fue poco o nada divulgada por los portales de noticias favoritos de los aburridos, quizás porque refuta la idea de que el PJ y la militancia son dos actores políticos que miran el reloj a ver cuándo cae en desgracia el otro. No conviene nunca separar “la idea” de “la finalidad política de la idea”: esta en particular tiene como objetivo minar la conducción de Cristina presentándola como incapaz de reconciliar a grupos supuestamente enfrentados al interior de su espacio. El último cambio de gabinete demostró que las hipotéticas dos aristas del kirchnerismo sólo pueden avanzar juntas, y son por lo tanto una y la misma cosa.  

Pero aun si tomáramos esa hipótesis conspirativa e irresponsable, los datos tampoco acompañarían a la imaginación. Los números no cierran. Repasemos el segundo sub-mito, que sigue el razonamiento a lo Ishii: UyO ejecutó la campaña en la provincia de Buenos Aires; ahí se perdió por once puntos; por lo tanto, esa derrota es culpa de UyO. Por “ejecutar la campaña” nos referimos muy concretamente a delinear y llevar adelante la táctica local que la guía: de qué manera distribuir los recursos que llegan, dónde y cuándo hacer un acto, si dejar de hacerlo y encarar una campaña volcada a los barrios, de qué forma abordar la charla con los vecinos, en qué zonas reforzar la difusión y en cuáles no, entre otras decisiones inmediatas de suma importancia. 

La historia empieza a complicarse cuando se tiene en cuenta que en casi todos los distritos la campaña kirchnerista la llevó adelante el intendente local. La militancia la tomó a su cargo sólo en los municipios opositores: los casos de Almirante Brown, Malvinas Argentinas, Hurlingham y San Miguel, entre otros. Lo esperable sería que en estos municipios el FPV hubiera tenido resultados invariablemente desastrosos: pues bien, no fue así. Los porcentajes (que los cultores de la realpolitik deberían leer primero que nadie) no apoyan la hipótesis de la militancia mariscala de la derrota.

En Almirante Brown, el Frente Renovador corría con la enorme ventaja de tener en el segundo lugar de la lista a diputados nacionales a Giustozzi, intendente del distrito reelecto con más del 70% de los votos en 2011. Ese factor, más, recordemos, la conducción alocada de UyO, hacía esperar una derrota aplastante para el kirchnerismo. Pues bien, en las elecciones de octubre la lista de diputados nacionales del FPV obtuvo en Almirante Brown un 33,33%, porcentaje mayor al de Ituzaingó, donde Insaurralde sacó un 31,3%. Otro caso es Hurlingham, donde con un intendente massista y una campaña a cargo de las organizaciones kirchneristas, el FPV tuvo un mejor resultado que en Tres de Febrero, que tiene un intendente alineado con la Casa Rosada (30,9% contra 27,6%). Otro distrito renovador, San Miguel, empató este último resultado. Y en Malvinas Argentinas, territorio de Cariglino, el FPV estuvo muy cerca también de los números del distrito de Curto con el 27,3% (todos los datos fueron sacados de argentinaelecciones.com). En síntesis: estos distritos donde la campaña sí fue llevada a cabo por la militancia desmienten el prejuicio de que la conducción de UyO es la causa primera de todos los males. Habría que agregar, además, que en esos municipios hostiles la campaña fue cualitativamente distinta a de los partidos gobernados por el FPV: ahí la militancia tuvo que instalar un candidato, ir casa por casa, barrio por barrio, sin ningún apoyo de la estructura del PJ local -que fue cooptado por Massa.

Argumentos un poquito abstractos

Pero hay una cuestión más de fondo. El mito de baja fidelidad del que hablamos puede ser medianamente viable si viene acompañado por otro: el que dice que la militancia no tiene trabajo territorial “verdadero” o, si lo tiene, no es eficaz. La ceguera de la batalla cultural mayormente les impediría a los militantes ir a pintar clubes, cavar zanjas, tejer relaciones con referentes barriales; si atinaran a hacerlo, lo llevarían a cabo sin la capacidad de interpelar al “ciudadano común”. O sea, no podrían construir vínculos de confianza y respeto mutuo con los vecinos de los barrios; sintéticamente: no tendrían ninguna representatividad.

La idea toca también los corazones de muchos que, sin apoyar fervorosamente el armado de Massa, se aburrieron del kirchnerismo. En primer lugar, porque la exigencia de construcción territorial efectiva suena atendible a los oídos de una persona interesada en la felicidad del pueblo. Eso en principio está bien: no se puede mejorar la vida de nadie si no es trabajando en los barrios. En segundo lugar, porque esa idea despierta también los reflejos que muchos lectores construyeron al leer a pensadores de la talla y el estilo de Sarlo, para quien la política de las zonas pobres del conurbano donde se vota masivamente a los intendentes peronistas se reduce al clientelismo y a la violencia. Tras años de una justa defensa contra esa concepción elitista, y ya como un tic, cualquier actor político que no sea esos mismos intendentes es juzgado de entrada como anti-popular, por más que trabaje con ellos y comparta el mismo espacio político.

 Como el que un sábado a la mañana pasa con el auto por la puerta de la unidad básica y grita “¡vagos, vayan a laburar!”, la certeza aparente de que la militancia no tiene trabajo territorial sólo puede deberse a dos razones: desconocimiento o mala fe. No se entiende, en esos análisis, dónde están los casi 30 mil militantes reales de La Cámpora, los miles del Movimiento Evita, de Nuevo Encuentro y los de otras organizaciones: parece que nunca hubieran puesto un pie en la calle, nunca hubieran hablado con un vecino en un lenguaje mutuamente inteligible y pasaran sus horas encerrados en una unidad básica, sólo conversando entre ellos. Pero lo cierto es que cualquier organización más o menos exitosa, que incorpora militantes, que se expande territorialmente, tiene que tener anclaje territorial verdadero y palpable; no basta sólo la legitimidad de su conductor, en este caso, Cristina. De otra manera, deja de reproducirse a sí misma y decae. En cada una de las escuelas pintadas, de las casas construidas, de las zanjas cavadas hay negociaciones, interpelación; en una palabra, política.

Lo que parece faltarles a los fanáticos de la realpolitik es, de nuevo, observación de la realidad. En este caso, para ponderar de manera más exacta y más cercana el trabajo concreto que esos militantes llevan a cabo en los barrios, trabajo que vincula una unidad básica con una sociedad de fomento pasando por una dependencia estatal. Las jornadas “La Patria es el Otro”, cuando la inundación en La Plata, mostraron algo de esta relación: miles de militantes estuvieron durante dos meses en la ciudad y su periferia oficiando de correa de transmisión entre los recursos estatales y las donaciones de los ciudadanos, por un lado, y los damnificados por el otro. Más allá de la difamación, rápidamente desactivada, que decía que los militantes se quedaban con las donaciones, y del insólito cuestionamiento a La Cámpora por el uso de pecheras con identificación, no hubo ciertamente quejas de peso sobre la capacidad de acción que las organizaciones exhibieron en esos días de urgencia. Y es que la masividad del fenómeno militante y la fuerza de sus convicciones logran multiplicar los esfuerzos del Estado, potenciándolo para que llegue hasta el fondo de las necesidades populares. Conviene recordar que la diosa Gestión no aparece sólo porque se le canten loas. Para existir necesita de personas concretas que responden a intereses también concretos, a relaciones de fuerza específicas, a conducciones determinadas.

 ¿Qué pasa, entonces? Es curioso que los que le piden a los militantes que “complejicen” y “maticen”, entre otros verbos de escritorio, dejen de complejizar y matizar sobre los datos concretos, y se limiten a un preconcepto más cercano al del portal del diario La Nación. Quizás quienes piensan esto desconocen el trabajo de los militantes en cada distrito donde la militancia kirchnerista tiene presencia. O quizás lo saben pero eligen pasarlo por alto, porque eso “complejizaría” el panorama en un sentido que no están dispuestos a admitir. Sucede que es fácil ignorar una labor cotidiana que no aparece en los diarios y en la radio, en parte por el silenciamiento de cualquier logro del kirchnerismo, en parte por la definición de las mismas organizaciones de priorizar la agenda popular real por sobre la agenda mediática. Habría que recordarles a los aburridos que no conviene confundir presencia en los medios con poder en el territorio. Una aparición en el noticiero no equivale a otro lazo más con un club de barrio.



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