martes, 3 de abril de 2018

Buenos para nada: el realismo justicialista

Mark Fisher, teórico de la depresión, adaptado a la política argentina. Un nuevo capítulo de la lucha de la militancia kirchnerista versus el arte del entristecimiento, la voluntad de perder y –para poner un ejemplo– la entrecomillable “cumbre de Gualeguaychú”. -por Damián Selci


Mark Fisher se desafilia del PJ
La depresión es el tema de moda en la crítica cultural, y Mark Fisher debe ser su principal teórico. Fisher ha publicado varios libros, y dos de ellos tienen edición argentina por el sello Caja Negra: Realismo capitalista (celebrado por Slavoj Zizek como “un despiadado retrato de nuestra miseria ideológica”) y Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos (compilación de artículos sobre música y teoría cultural). La idea básica de Fisher es que el neoliberalismo cancela lentamente la capacidad de imaginar un futuro igualitario, de manera que el cuerpo social se sumerge en la depresión, es decir, en la parálisis. Fisher escribe: “Esta depresión se manifiesta en la aceptación de que las cosas empeorarán (para todos excepto para una pequeña élite), de que tenemos suerte por el mero hecho de tener trabajo (así que no tenemos que esperar salarios que le sigan el paso a la inflación)”. Y apenas más adelante: “La depresión colectiva es el resultado de un proyecto de resubordinación de la clase dirigente. Desde hace un tiempo, cada vez aceptamos más la idea de que no somos el tipo de personas que puedan actuar”. Mark Fisher se suicidó en 2017, con 47 años; ese gesto cerró el dramático caso del crítico cultural que se vio derrotado por su objeto. 
Estas frases de Fisher, ¿a qué nos suenan? No caben dudas: a nuestra dirigencia “dialoguista-justicialista”: no podemos ganar en 2019, nada puede cambiar, “a la gente le entró la bala de la corrupción”, “es imposible enfrentar a Vidal”, “Macri gana cómodo un balotaje”… Depresión, depresión, sí, pero legitimada: porque revolotean aún en el firmamento intelectual los ensayistas de cuarta categoría, si bien “progresistas”, que nos intiman a aceptar la superioridad de Cambiemos, incluso su “épica” –a contemplar su inevitabilidad, y sobre todo nuestra culpa por ello… Libros y libros destinados a explicarnos que era obvio que perdiéramos, siendo todo lo pésimos que éramos, considerando todos los errores cometidos: culpa de Cristina y la militancia, el hiperkirchnerismo, los ideologizados… Fisher escribió en primera persona: “Mi depresión siempre estuvo atada a la convicción de que yo era literalmente un bueno para nada”. Los ensayistas de cuarta, voceros del dialoguismo justicialista, modulan la frase en la segunda persona del plural: “ustedes, kirchneristas, deprímanse: son buenos para nada”.
Por supuesto, el corolario político de esta depresión teorizada es que la táctica sólo puede ser una: “moderarnos”, o sea, perder identidad para evitar la confrontación (o sea: “Cristina no”). Ganar no es posible, no porque los argentinos sean macristas sino fundamentalmente porque los kirchneristas son unos inútiles, así que todo lo que queda por hacer es negociar, bajar las banderas, “esconderlas”, “2023”, etc. Retirarse, o al menos hacer una autocrítica, sufrir bajo la convicción de que “tenemos que aprender de ellos”, “necesitamos un Durán Barba”, “brutal eficacia de Macri”: estas sentencias tenebrosas se agolpan una tras otra y se aplastan entre sí, como en una avalancha, sin producir ningún conocimiento –solamente ataques de pánico, es decir, parálisis emocional: depresión. Lo que llamamos realismo justicialista.

Realismo justicialista
Hace unos meses, Ricardo Aronskind publicó un artículo llamado “Sobre la depresión kirchnerista”, que contextualizaba y discutía el clima de abatimiento post-electoral. Su texto era agudo y útil. Sin embargo, es preciso variar el eje del problema: la depresión no está en el kirchnerismo, está en el dialoguismo justicialista. Si entendemos la depresión en el sentido de Fisher –no un problema psicológico individual, sino una estrategia neoliberal de dominación–, no caben dudas que no hay nada más depresivo que Pichetto, Urtubey, Bossio, Bertone… nada más angustiante que esa “cumbre de Gualeguaychú” que se prepara para el 6 de abril, de la que el cronista ultraclarinista Pablo Ibáñez dice que “tendrá perfil nacional y anti K, y que con los meses irá tomando un tono más crítico de la Casa Rosada…” ¡Qué tristeza! ¡Cuánto desánimo junto! Es toda gente que parte de la premisa de perder, que voluntariamente quiere perder (y que, además, ya perdió), gente que le quita todo entusiasmo al hecho mismo de hacer política. Veamos: el realismo justicialista consiste en decir que transformar la realidad es imposible, o sea, que el kirchnerismo no va a volver nunca. Consiste en la destrucción de todo lineamiento ideológico (votar a los buitres, votar la Reforma Previsional) y en la abolición de la esperanza. No es tanto la eternización de Macri, sino sólo del no-kirchnerismo (“no vuelven más”): es una especie de nueva teoría de los dos demonios, según la cual el kirchnerismo engendró al macrismo, y si queremos liberarnos de uno tendremos que librarnos a la vez del otro. Por eso se puso de moda reprimir el inocente cantito “vamos a volver”: no, no se debe cantar eso, porque la gente quiere algo nuevo, nadie vota para atrás –y menos votaría a los inservibles kirchneristas, cuya ideologización filo-soviética (la teoría es de Pichetto-Natanson) les impidió ver lo que vio el realismo justicialista: que no se puede fundar un nuevo país, que todo irá empeorando paulatinamente hasta la indignidad total, o como lo dice Fisher: sólo podemos vivir en la “lenta cancelación del futuro”.
El realismo justicialista es, ante todo, anti-militante, y esto hay que entenderlo en sentido global: no solamente está enemistado con la militancia, sino también con su premisa “idealista” básica, según la cual la realidad se puede transformar de acuerdo a la propia voluntad. La militancia es, en su propio concepto, optimista: como le dijo Cristina a David Viñas en aquel programa de televisión del 2001, “yo tengo la obligación de ser optimista”. El realismo justicialista tiene en cambio la obligación paradójica de militar el pesimismo para deprimir a la sociedad; su tarea es la cancelación de las alternativas al macrismo, la censura del porvenir, el “peronismo reciclado”. Es una estrategia de dominación: obviamente, y solamente.
Cambiemos es un partido auténticamente de “realismo capitalista”: lo que ofrece a la sociedad son mediocres sueños como poner una cervecería, “ser emprendedor”, viajar en low cost a Córdoba –en resumen, la depresión misma. El kirchnerismo, en cambio, propone grandes valores como la igualdad, la solidaridad, y también “Argentina potencia”: o sea, la idea de que mediante el desarrollo podríamos llegar a ser un país importante, que podríamos sentir orgullo por nosotros mismos. El realismo justicialista, mientras tanto, se limita a decir que esto último es imposible: somos buenos para nada; somos, en realidad, malos para nosotros mismos.
Quizá la definición más sintética del realismo justicialista deba buscarse en la tristísima conclusión de Fisher: “cada vez aceptamos más la idea de que no somos el tipo de personas que puedan actuar”. El realismo justicialista nos quiere obligar a aceptar la impotencia porque es impotente (con todo respeto, se podría decir que los “buenos para nada” son Bossio, etc…). Pero la militancia kirchnerista “fanática”, “ideologizada”, “filosoviética”, “protomontonera”, “sunnita” (invención de Natanson) invierte esa idea: somos, cada uno de nosotros, el tipo de personas que pueden actuar. Esto se llama también empoderamiento y es una tendencia realmente existente en la política argentina, una posibilidad continuamente abierta, la única que tiene algo digno de ser llamado “futuro”: el kirchnerismo.