Por Silvia Schwarzböck.
(Especial para El río sin orillas Nº 6)
El peronismo es el rizoma argentino.
Alejandro Rubio, “Por qué soy peronista”, en Autobiografía podrida
Alejandro Rubio, “Por qué soy peronista”, en Autobiografía podrida
Sabemos que el futuro también va a estar lleno de tarados.
Damián Selci, Canción de la desconfianza
Damián Selci, Canción de la desconfianza
Política, crítica y enemistad
De acuerdo a dónde se desarrollen, al espacio simbólico donde se
practiquen, los ismos políticos se afean o se embellecen. Cada ismo
tiene su propia forma de afearse. También de embellecerse. En
democracia, el marxismo demuestra una compatibilidad con la academia que
no logra afearlo. Sí se afea siendo Estado: aún sin gulags, la ausencia
de política extraestatal hace de todo burócrata un conspirador y de la
purga, la némesis de la conspiración. Con el peronismo sucede al revés.
No se afea siendo Estado, se afea en la academia. No es lo mismo leer
Marx, Lukács y Adorno —para iniciarse en las humanidades— que Jauretche,
Hernández Arregui y John William Cooke. La denuncia del aparato
imperialista de colonización cultural no reemplaza la pedagogía
materialista. En función de eso, el kirchnerismo debería construir otro
canon pedagógico-cultural: ¿por qué el placer de ser visto como “feo,
sucio y malo”, que tanto atrae de la identidad peronista, debería
corresponderse, en materia de cultura, con la opción por los bestsellers
de lo nacional-popular, el revisionismo histórico y el cine con
estrellas de TV? ¿Es lo nacional-popular, aliado a lo masivo, la única
cultura peronista o se trata de un prejuicio antiperonista que el
peronismo hizo suyo sin revisarlo? ¿Cómo entran en la categoría de lo
nacional-popular (dejando de lado, en este caso, lo masivo) las obras de
Leopoldo Marechal, los hermanos Lamborghini, Ricardo Zelarayán,
Alejandro Rubio o Martín Rodríguez? ¿La prosa de Horacio González o de
Ernesto Laclau es nacional-popular y puede devenir masiva? Desde que a
Rodolfo Walsh se lo enseña en la universidad ¿es más —o menos—
nacional-popular (y masivo) por eso? ¿No existe una “alta cultura”
peronista?
En materia cultural, igual que lo hizo en política, el peronismo
siempre se definió convirtiendo en positivo lo que su enemigo
descalificaba de él. Lo nacional-popular, en ese sentido, fue una
bandera que se levantó con orgullo. Pero esa lógica tiene su límite.
Porque cuando no se tiene del otro lado a Borges, Bioy, las Ocampo y Sur, la
categoría de lo nacional-popular —en medio de la lógica de lo masivo, a
la que se someten por igual amigos y enemigos— queda vacía. Por eso
existe, en el presente, una cultura peronista oficial y otra maldita
(maldita para los propios peronistas).
La cultura siempre fue un campo de disputa tan intenso como la
política, dentro y fuera de la academia. Así como la juventud milita,
también hace crítica. La crítica, entendida como juicio de valor, como
toma de posición, ha vuelto en el mismo grado que la militancia. En
realidad, ni la militancia ni la crítica se extinguieron en los últimos
veinte años, sólo que ahora pueden tener una influencia en el curso de
las cosas públicas que antes no tenían. La política y la crítica tienen
en común, entre otras cosas, la necesidad de construir un enemigo
interesante (un rasgo que comparten con la ficción clásica). Pero el
enemigo siempre se construye mientras uno es construido por él. Si el
enemigo no es interesante y complejo, uno tampoco lo es. No basta con
que sea poderoso.
Posestructuralismo y guerra
Que la cultura es un palacio hecho de mierda de perro —la idea de Brecht, que Adorno cita en la Tercera parte de Dialéctica negativa— nunca
fue, para un lector de izquierda, un argumento contra la alta cultura.
Los intelectuales de izquierda no reniegan de la alta cultura. En todo
caso, saben que está atada a la barbarie de un modo tan imperceptible
que hasta los propios sobrevivientes de los campos de concentración, una
vez restituida la democracia, piden convertirlos en centros culturales o
museos. La izquierda europea convivió estoicamente, en el curso del
siglo XX, con esta sabiduría triste sobre la relación entre cultura y
barbarie. Sólo que, en lugar de renegar de la alta cultura, la convirtió
en un botín: el botín por el que pelearía cuando la revolución ya no
estuviera a su alcance. Después de mayo del 68, apropiarse de la alta
cultura como cultura a secas pasó a ser su verdadera praxis. Lo que hace
alta a la alta cultura (y lo que constituye la injusticia
misma de la división entre lo alto y lo bajo) no es lo que debe ser
abolido sino lo que debe ser apropiado. Y debe ser apropiado para
socializarlo, no para divulgarlo. Divulgar (una estratagema del
capitalismo keynesiano) no es socializar. Socializar lo alto, a su vez,
no es lo mismo que abolir su diferencia con lo bajo. Mientras la
izquierda persevera en esta diferencia, no participa de la lógica
postmoderna. No admite que cada uno goce sin culpa de la parte de la
cultura que le ha tocado en suerte, sino que quiere para sí la parte por
la que la burguesía ya no disputa. Cuando la izquierda finalmente se
quede con la parte de la industria cultural por la que no tuvo que
luchar, su próximo problema pasará a ser más irresoluble: la alta
cultura no se socializa sólo con internet, software libre y
digitalización irrestricta de textos y materiales artísticos, sobre todo
si los Estados que entregan netbooks en escuelas públicas divulgan el
saber con la misma lógica que la industria del entretenimiento.
La idea brechtiana de que el palacio de la cultura está hecho de
mierda de perro, repetida por una intelectualidad con supuestos
posestructuralistas, tiene otro sentido que en la interpretación
materialista. Alejandro Rubio lo explica magistralmente con el caso de
la literatura argentina[1]. El escritor argentino —dice— no confía (ni
como lector ni como autor) en la transparencia del acto comunicativo. El
mundo referencial, para él, es una imagen mudable de otra cosa: la
voluntad de dominio. Ahora bien, lo que podría ser un exceso de lucidez
de su parte termina volviéndose en su contra: al razonar como un
“maestro de la sospecha”, cree tanto en la eficacia y omnipotencia de la
voluntad de dominio como desconfía de la autoridad. La voluntad de
dominio de los otros, apenas enmascarada bajo un simulacro de orden por
mera conveniencia, coartaría la suya propia, razón por la cual el
escritor argentino siempre vive en guerra.
Una vez reveladas las bases posestructuralistas sobre las que se
construye el palacio de la cultura argentina, Rubio introduce su propia
teoría sobre el material del que este palacio está hecho. A diferencia
de Adorno, que sólo se refiere a la mierda de perro brechtiana (Hundscheiffe: la
mala palabra aparece en un párrafo que habla de metafísica y cultura
después de Auschwitz), Rubio reconoce que “la mierda admite gradaciones
en su densidad odorífera, desde la conspicua mierda de perro, pasando
por la bosta seca de caballo, la mierda de paloma, la caca de mosca,
hasta llegar a la sintética mierda rosa”. El factor mierda,
independientemente de su grado de olor, está subordinado al factor
guerra. La mierda, como factor táctico, sirve a dos estrategias
distintas pero complementarias: por un lado, mostrar como ilegítima la
voluntad de dominio de los competidores connacionales y, por el otro,
mostrar como ilusorio ese mundo referencial en el que se hacen las
comparaciones odiosas con pares extranjeros.
Ahora bien, si todos los escritores argentinos acuerdan en que los
juicios estéticos son interesados, y en que se realizan en un mundo
donde la voluntad de verdad enmascara a la voluntad de dominio, ningún
crítico podría decir de una obra literaria lo que Borges dijo en su
momento de Los muchachos de antes no usaban gomina: “es uno de
los mejores films argentinos que he visto, vale decir, uno de los peores
del mundo” [2].Pero el razonamiento de Rubio sobre la literatura no es
el mismo que el de Borges sobre el cine.
Borges no explica por qué el cine argentino es malo. Le basta con dar
ejemplos. En medio de tanta moralina edificante, el “nihilismo moral”
de Los muchachos de antes no usaban gomina —aunque sea como
sinónimo del reblandecimiento de las costumbres entre compadritos— hace
al film de por sí atrayente. En otra crítica, le basta con aclarar que Prisioneros de la tierra no
intenta hacer reír con la presencia de nuestros payasos oficiales
(Sandrini, Pepe Arias y Catita), como para que el lector de Sur se dé cuenta de que no es originalidad, sino seriedad, lo que puede esperar de esa película [3].
Rubio, a diferencia de Borges, no habla de un arte que se haya
malogrado por su función social, como fue el caso del cine argentino
durante su período clásico. De la literatura argentina él no dice que
sea mala porque subordine la estética a un fin más alto (la política de
masas, conservadora o popular) o más bajo (el vil comercio). Dice que es
mala por malvada, por canalla. Explica las operaciones literarias con
el vocabulario del delito financiero: moneda falsa, capital simbólico
sin respaldo, falsificación, impostura, estafa. Hay falsificaciones tan
buenas —aclara— que el lector se decepciona con el original (Saer es
mejor que Robbe-Grillet). Incluso donde la crítica encuentra
“subversión, malditismo, influencia lacaniana o deleuziana, vanguardia,
posvanguardia, barroco” (se refiere a la escritura coprófila de Osvaldo
Lamborghini), él habla de decoración de repostería, sólo que con un
carácter fecal explícito.
La crítica de Rubio va en una dirección nueva de la crítica cultural:
más que revelar el simulacro que nadie ve, lo que hace falta ahora es
analizar las consecuencias de que todos lo vean. La mierda (previamente
desodorizada) de la que está hecho el palacio de la cultura no funda
institución, si todos los intrigantes palaciegos saben que se alimentan
de ella. Al saber tan bien cuál es la materia última del recinto que
habitan, los escritores usan la cultura pop para postular la
“mierdificación del mundo” y denunciar con ella los restos de alta
cultura (de borgismo o saerismo) que todavía sobreviven en algunos
competidores (con peso en algunas editoriales), en la academia y en
algunos medios.
Kirchnerismo y guerra
Cuando uno termina de leer el ensayo de Rubio —extraordinario, por
cierto—, le surge una inquietud, que permite volver al punto de partida
de este ensayo: si en el palacio de la cultura hecho de mierda
la espada pública está hecha del mismo material —lo cual es obvio—, todo
lo nacional-popular, más que un arma política insurrecta para
derribarlo y construir otro en su lugar, es un arma política de doble
filo, porque ya ha sido usada para mierdificar el mundo y, en ese acto,
se ha mierdificado a sí misma. Lo nacional y popular no se ha mantenido
virgen ni respecto de la industria del entretenimiento ni respecto de la
alta cultura. En su dialéctica con la alta cultura, ha devenido hace
rato “cultura pop”. De hecho, fue por ser usado como arma contra la alta
cultura dentro de la alta cultura que lo nacional y popular se
convirtió en cultura pop. Cuando no, es simplemente el tango, el
folklore y el rock que no se pasa sino en las radios universitarias. El
adjetivo “nac&pop”, incluso, está completamente estandarizado y
sistematizado como categoría del gusto: podría serle aplicado, para su
consumo irónico, a cualquier producto filoperonista o peronista, sin que
ningún peronista se ofenda. Es cierto que los peronistas —de todos los
signos y de todas las épocas— siempre gustaron de llamarse a sí mismos
por los nombres peyorativos que les daban sus enemigos. Desde “grasitas”
a “mierda oficialista” hay un tobogán de posibilidades ingeniosas, al
que los foristas de La Nación on line viven haciendo aportes
extraordinarios. De todos modos, el horizonte cultural del kirchnerismo
no tendría por qué trazárselo siempre su enemigo, mucho menos cuando no
recluta plumas del nivel de Borges o del staff de Sur. Al enemigo uno lo construye del mismo material que el palacio de cultura, y uno es construido por él con la misma masa.
La alta cultura es eso que se enseña en el bachillerato. Y todos los
bachilleratos (públicos y privados, independientemente de su prestigio)
tienen la misma cantidad de ciencia y humanidades (la que obliga a
dictar el Ministerio de Educación); en todo caso, en algunas escuelas se
enserian más idiomas, música, deportes y actividades extracurriculares
que en otras. Cómo alguien se interesa en la alta cultura
(independientemente de que la estudie como carrera en la universidad) no
es algo que se pueda explicar por la sola presencia de una biblioteca
en el hogar familiar. Pero tampoco, quizá, se pueda explicar, en el
futuro próximo, por la presencia de un decodificador satelital en la
tevé hogareña o por la posesión de una netbook desde el primer grado de
la primaria. Quizá tampoco se pueda deducir, mecánicamente, de las
habilidades que muestren los profesores formados en la universidad para
entusiasmar a los adolescentes con facebook en la netbook. Pero si el
Estado abraza la causa de la divulgación como sinónimo de educación
inclusiva, el problema del contenido pasa a tenerlo la forma. No importa
ya qué se enserie, sino cómo. La forma es el mensaje. La distancia
infranqueable entre la versión para TV de la teoría del conocimiento de
Kant y la de una clase universitaria puede ser la razón de que alguien
se baje a su netbook la Crítica de la razón pura, pero también
de que abandone su lectura sin pasar de la Introducción, descubriendo
que el divulgador, antes que enseriar los libros de Kant, vendía los
suyos. La divulgación —se sabe— vende la obra de los divulgadores (que
no está disponible gratis en la web), no la obra de los autores
divulgados (que es de dominio público). Por eso triunfó en épocas de
capitalismo keynesiano y Guerra Fría. Está tan asociada al ascenso
social y al avance tecnológico —a la asociación entre estas dos
variables, en realidad— como el Libro de Doña Petrona a la compra de la
cocina a gas, la heladera, y los electrodomésticos básicos. Los
intelectuales del capitalismo serio argentino no pueden actuar
como si la astucia del Capital no fuera a la vez la astucia de la Razón.
O como si no hubieran leído el ensayo sobre la industria cultural de la
Dialéctica de la ilustración (sobre todo si viven de enseriado).
Materialismo y guerra
Durante el año 2008, en los números 2 a 6 de la revista digital Planta,
Damián Selci publica cuatro artículos en los que explica los conceptos
fundamentales de El Capital de Marx siguiendo el texto, es decir, como
un profesor, no como un divulgador. Para hacerlo, corrige primero los
errores más comunes con que se repiten esos conceptos. En ese momento,
Selci tiene 25 años (nació en 1983). En el segundo artículo de la serie,
titulado “El capital: fetichismo de la mercancía” (Planta N°
4, junio de 2008), Selci aclara por qué el fetichismo de la mercancía no
es lo que José Pablo Feinmann explicó, con un dibujo de Rep sobre la
venta de banderitas argentinas en un partido de la Selección Nacional,
en el fascículo correspondiente a Marx de La filosofía y el barro de la historia, una historia de la filosofía publicada en fascículos semanales en el diario Página /12. Una vez finalizada la publicación semanal de La filosofía y el barro de la historia, un
tiempo prudencial después, Feinmann publicó los fascículos como libro,
bajo el mismo título, como hará un par de años después con los
fascículos sobre la historia del peronismo, siguiendo la costumbre de
los académicos —sus presuntos enemigos históricos— de recopilar ellos
mismos sus propios artículos, escribirles un prólogo, y publicarlos como
libro: la dialéctica es impiadosa, incluso con los que la enserian.
Como libro, La filosofía y el barro de la historia fue un bestseller.
En marzo de 2012 Selci publica Canción de la desconfianza, su
primera novela. El protagonista, Styrax, un profesor de bajo, esta
obsesionado con la pedagogía revolucionaria y, sobre todo, con la
posibilidad de aplicarla sobre un hijo de Esclarecidos, al que piensa
secuestrar de una manera no violenta (una parte importante de su
problema es qué nombre darle a esa acción: la palabra secuestro es de
por sí violenta, pero no encuentra una palabra mejor). Después de un
trabajo de inteligencia bastante errático, descubre en la persona de su
alumno adolescente, Lucio Ech, al candidato ideal para ser reeducado.
Styrax, como Selci, tiene menos de treinta años. Aunque no es un alter
ego, pertenece a su generación: “¡Qué suerte, que inmensa suerte, tener
menos de treinta años! [...] Cuando alcance las tres décadas, las
cuatro, las cinco, cuando cumpla un siglo, voy a seguir diciendo: ¡qué
suerte tener menos de 30 años!” [4]
Pero, ¿qué es un Esclarecido, además de lo contrario de un
Empecinado? (Empecinados es lo que serían Styrax y su amigos, la célula
preparada para el “secuestro” no violento de Lucio Ech). La novela
intercala entre sus capítulos un total de ocho excursos, titulados
“Análisis de la conciencia de los Esclarecidos”. A partir de estos
análisis, es difícil extraer un patrón común: el Esclarecido no es un
estereotipo. Tampoco hay ocho estereotipos, uno por análisis. El
Esclarecido de Selci no es una figura que coincida punto por punto con
alguna figura extraliteraria. Es el enemigo en estado puro. El enemigo
que alguien construye mientras se sabe construido por él.
El primer Esclarecido es un joven que toma clases de esgrima y sale
dos meses con una compañera gorda, educada en colegios de millonarios.
Selci describe al joven, luego de detallar los contactos del padre de la
chica: “no es parejo de tórax ni conoce las etiquetas del poder
económico y militar del país, pero tiene barba desmañada, ojos hundidos y
una forma despatarrada de sentarse que hace pensar en la universidad
pública” [5]. El esclarecimiento parece combinar lo material de la
fisonomía con lo material de la economía.
El segundo Esclarecido es alguien que conversa con su casi amigo
Gonzalo Velamen, que acaba de divorciarse de Victoria ex Velamen, y está
saliendo con una posadolescente trotskista a la que conoció en su
taller de dirección teatral. Las palabras “casi amigo”, “ex Velamen” y
“posadolescente trotskista” no estigmatizan al Esclarecido (cuyo nombre
no se dice), sino a Gonzalo Velamen. A su vez, no es a Gonzalo Velamen a
quien Selci describe, sino a sus mujeres: “Victoria ex Velamen es
descreída y terca, hija de profesionales encumbrados, vagamente ateos,
vagamente judíos, vagamente comprometidos con el alfonsinismo, vagamente
defensores del comportamiento ético en la función pública, vagamente
preparados para mantener tres hijos, tres coches y tres departamentos,
vagamente estrellados con el fracaso político de su generación y
vagamente readaptados a las verdades también vagas de la Reforma. Pese a
todo, el padre de Victoria terminó mojando los talones en la palangana
de una clínica psiquiátrica. Esto repercutió negativamente en el
carácter de la hija. Antes le pedía a su marido libertad y marihuana.
Después, un embarazo; Gonzalo se lo concedió [...] El Esclarecido le
pregunta por la posadolescente; Gonzalo describe unos músculos poco
flojos, unos huesos flexibles y una militancia trotskista en bajada. Es
reformable [...] Hay que incluir a las nuevas generaciones” [6].El
Esclarecimiento parece ser, hasta aquí, una forma de vida no política
que se define por las relaciones con hijos —o hijos políticos— de
personas vagamente politizadas.
El tercer Esclarecido está en una fiesta de cumpleaños con pileta,
tragos y música yugoslava de fondo. Su ánimo oscila entre el placer y el
aburrimiento, por lo cual se une a la conversación entre dos casi
amigos, en la que uno le explica al otro cómo cuidar una planta de
marihuana hogareña. La conversación es demasiado técnica, para gusto del
Esclarecido, con lo cual “siente el impulso de basurear ese discurso
engolado y detallista, pero está muy satisfecho con la temperatura
nocturna, que roza los veinticuatro grados” [7]. El Esclarecido,
advierte ahora el lector, no es una persona sin criterio sobre lo que
está bien y está mal, sino sin ganas de discutir por eso. Es tibio. El
progresismo, en cambio, es frío —dice bien Martín Rodríguez— no “tibio”
[8]. Las diferencias entre esclarecimiento y progresismo —intuye uno—
podrían ser de temperatura.
El cuarto Esclarecido “vive en la época de la droga”. Su mente está
llena del “cinismo cordial que heredó de sus tíos políticos” [9].
Espera, en su departamento “antiguo y heredado” a un casi amigo del
secundario, Lucho Lumbrera, que es periodista deportivo gráfico, y a dos
Chicas del Año (vestidas con shorts, pantimedias caladas y remeras con
leyendas en francés), una para cada uno, con las que tendrán sexo (no
grupal) después de unos renglones de cocaína. La época de la droga es
también parte de la herencia recibida por el Esclarecido. La vida
esclarecida —entiende el lector— imita una vida prepolítica, una vida en
ojotas y musculosa.
El quinto Esclarecido es alguien que se encuentra en un bar de
Avenida Libertador, a la altura de Olivos, con su casi amigo Luis
Lazarillo, quien acude a la cita caminando desde su casa, un lunes
feriado, después de haber visto programas políticos fumando porro y
comiendo helado. Hablan de “la realidad del país”, mientras Lazarillo
ojea una revista de pesca, en la que encuentra un artículo firmado por
Luz López, una ex compañera suya de la facultad, de la que recuerda que
tenía “una conversación más que interesante” y que “estuvo con los
trotskistas, los radicales, los frepasistas, los peronistas de izquierda
y derecha … y [luego de una enumeración que ocupa una página entera] …
finalmente los asambleístas de Atenas, con los que Luz López comprendió
por fin la Palabra mágica, la Palabra invencible, la Palabra que termina
para siempre con todos nuestros temores, angustias, alucinaciones y
deyecciones: Democracia Calificada”. Mientras el Esclarecido “pretende
conocerla, es decir, invitarla, alguna vez, a su departamento”,
Lazarillo cavila sobre la suerte de tanta inteligencia desperdiciada por
ahí: “¿Qué hacer con las impracticables buenas ideas promovidas en
inservibles buenos colegios por inoídos buenos profesores para
infecundos buenos alumnos? [...] ¿Por qué no somos gobierno? [Lazarillo
repite tres veces esta frase]” [10]. En los cuatro análisis de
conciencia anteriores, el Esclarecido se relacionaba con la política
como algo que hicieron con levedad los suegros o los tíos de los casi
amigos y que hacen, desencantándose progresivamente de ella, las
posadolescentes trotskistas que salen con su profesor de teatro. En este
quinto caso, la política es algo que hicieron, cambiando todo el tiempo
de agrupación, de partido, de aliados y de creencias, las ex compañeras
de facultad de los casi amigos, las cuales, según ellos, tenían una
conversación más que interesante, razón por la cual habría que
conocerlas, es decir, acostarse con ellas al menos una vez.
El sexto Esclarecido es alguien que viaja en subte con todos los
síntomas de la gripe. De camino a su casa, se compra una lata de
duraznos en un supermercado chino, y se los come en la cama mirando un
programa de fútbol en el cable. ¿El Esclarecimiento promueve la soltería
y la desconfianza en la industria farmacéutica? Podría ser.
El séptimo Esclarecido tiene novia y juega al fútbol con sus amigos (por primera vez se nombra la palabra amigo, en lugar de casi amigo). Un
amigo extranjero le pega un pelotazo en la cara, empieza a sangrarle la
nariz, y todos convienen en suspender el partido, para enojo suyo, que
quiere seguir jugando, en lugar de tomar cerveza con ellos en el bar.
¿La amistad es algo que el Esclarecido asocia a los juegos de infancia,
no a la conversación adulta? Podría ser.
El octavo Esclarecido trata de reconstruir, en un estado alucinado,
lo que habló en una reunión con un nuevo casi amigo. La alucinación
—piensa— no puede deberse al porro que fumó mientras bebía la cuarta o
la quinta botella de vino, sino a que el nuevo casi amigo debe haberle
puesto “algo” en el vaso. Él cree haberle hecho una propuesta algo vaga
de iniciar juntos un proyecto: una organización no gubernamental para
promover el intercambio cultural en Latinoamérica, o algo así. Le
pareció cortés imaginar futuras convergencias laborales con una persona
que se está conociendo: no importa si después no se concretan. Pero el
nuevo casi amigo le hizo preguntas precisas, que revelaron su
improvisación y pereza intelectual. Sentirse descubierto en su
charlatanería lo ofendió. A partir de ahí, todo lo que recuerda es haber
brindado por ciertas letras del abecedario, entre las que la W era la
traidora a la patria, y por consignas como “secuestro, juicio y
fusilamiento de la W”, que le parecieron respetables, pero también
cómicas. Para el Esclarecido —conjetura el lector a partir de este caso—
la política podría poner en marcha una espiral violenta, que se
desarrolla como la asociación libre en una comedia de los hermanos Marx:
se empieza por un juego de palabras y se termina en el caos absoluto.
Uno podría ganarse enemigos peligrosos simplemente porque trató de
quedar bien con un nuevo casi amigo. ¿El Esclarecido teme que la
política lo coopte, como si fuera una droga alucinógena puesta de
contrabando en la bebida? Podría ser.
El Esclarecido es el enemigo de la pedagogía materialista de Styrax.
Por eso él quiere reeducar al hijo de uno de ellos. El Esclarecido es el
enemigo en sí, en estado puro, no la síntesis o el promedio de todos
los enemigos empíricos posibles. La pedagogía revolucionaria de Styrax,
por su parte, en lo que tiene de clandestina, de no pública, no concibe
la política como una esfera autónoma. Es orgullosamente moralista, como
eran moralistas las organizaciones guerrilleras de la década del
setenta, incluso las derivadas del trotskismo y no de la Acción
Católica. El modelo de Styrax es Juan Martín Díez, quien en 1814 empezó a
firmar con el apodo que lo hizo popular: El Empecinado. Díez armó la
Resistencia española contra Napoleón con bandas de amigos y parientes,
bajo el lema “hay que ganar muchas guerrillas”. Es quien usó la palabra guerrilla como
diminutivo de guerra e impuso así el término. A la pregunta de Susana
—su novia— acerca de si quiere ser un “moralista argentino”, Styrax
responde que sí. Pero Styrax, decíamos, no es un alter ego de Selci.
Como Empecinado, es el artista-creador de su enemigo: el Esclarecido. En
la clandestinidad no se hace política, sino guerrilla.
En febrero de 2012 Planta edita un número especial en papel,
con una antología de los ensayos publicados entre 2007 y 2011. Los
editores de la revista (Carlos Gradin, Claudio Iglesias y Damián Selci)
hacen una presentación a modo de balance: “para nuestra generación, los
que nacimos en la primera mitad de los ochenta, la palabra crítica
gozaba de un desprestigio extraño y heredado: había caído en desuso
dentro del kit ideológico del discurso intelectual. Como sabemos, el
fracaso de los socialismos reales en la última parte del siglo pasado
produjo una crecientemente fastidiosa proliferación de textos acerca de
la muerte de la modernidad y, por extensión, de todo lo demás: como si
el presente no pudiera ser abordado críticamente más que entregando las
armas de la propia crítica. Desprovista de todo proyecto, la teoría
adquiría así un rol puramente velatorio. Junto a la impostación ubicua
del pluralismo estético, esta suerte de necrofilosofía remanente del
siglo XX llevaba implícita la sustracción del juicio de valor como
unidad fundamental de análisis: el presente es ontológicamente
indecidible” [11].
La juventud ha vuelto a la política. Algunos jóvenes militan en
agrupaciones. Otros, hacen crítica. El retorno de la política es también
el retorno de la crítica. La crítica significa juicio de valor, toma de
posición frente al objeto. El juicio de valor no es ya expresión del
gusto (subjetivo) del crítico, sino de la voluntad de ser espada pública
en un palacio de la cultura hecho de mierda —como todos los palacios
de la cultura—, en competencia con otros juicios, desde ya, pero para
fundar institución. Todos saben que el palacio de la cultura está hecho
de mierda, pero las consecuencias que la crítica puede sacar hoy de este
saber no son ya las de la interpretación posestructuralista —a la que
Rubio explicaba como devenida obvia—, sino una nueva interpretación
materialista. La vuelta de la política es también la disputa del
materialismo contra el posestructuralismo.
En “‘Menemato’ e idealismo” [12], Violeta Kesselman se pregunta por
qué Ana Ojeda y Rocco Carbone, los compiladores del último tomo de la
colección Literatura argentina del siglo XX, dirigida por David Viñas (De Alfonsín al Menemato (1983-2001)), le dedican un ensayo al análisis de la prosa bestsellerista de Andahazi (un enemigo fácil), mientras que no hacen analizar Poesía civil, de Sergio Raimondi (la obra sólo es mencionada una vez en una nota al pie), Punctum, de Martín Gambarotta, o Música mala y Metal pesado, de
Alejandro Rubio. La lógica del Capital en los años menemistas y su
relación con los sujetos podría haberse analizado a partir de objetos
que obliguen a repensar lo que ya se sabe de ella tanto por el
posestructuralismo como por la lectura de Página 12. Sobre el
único ensayo sobre poesía publicado en el libro (escrito por Marcos
Wasem), dice Kesselman: “El aparataje posestructuralista parece
funcionar, más que como disparador, como punto de partida y de llegada
del análisis. Esto implica un achatamiento de los textos literarios, ya
que la lectura crítica se limita a corroborar cuáles de los temas del
posestructuralismo aparecen en las obras, [...] antes que ver qué es lo
distinto que puede extraerse de esas producciones, lo que no dicen ni
Kristeva, ni Deleuze, ni Foucault. [...] No se trata de un tema de
escuelas teóricas, sino de cómo la crítica elige sus objetos, piensa sus
estrategias y, en definitiva, concibe su rol”. El error es de método:
“Resulta curioso que un libro que se propone vincular literatura y
sociedad, lo que sería una tarea netamente materialista, caiga en una
especie de idealismo metodológico donde hay grandes tesis y
proposiciones previas al análisis, de las que el texto literario
funciona sólo como comprobación o ejemplo”.
Es obvio que quien hace una crítica así se gana enemigos en Puán.
También amigos. La crítica, como continuación de la política por sus
mismos medios, trae los mismos problemas (y los mismos beneficios) que
la política. La audacia, en política, está en dialéctica con su opuesto,
el cálculo. Dicen los editores de Planta: “La combinatoria de
las variables ‘objeto nuevo’, ‘crítico sin currículum’ y ‘juicio de
valor’ en una misma oración produjo una nada desdeñable cantidad de
discusiones que le dieron a Planta una reputación ligada al
extremismo, la coerción argumentativa y la tendencia sentimental a la
guerra. Eventualmente la revista sobreactuaba estos rasgos con el fin de
acabar de una vez con el miedo al juicio de valor, a suscitar
enemistades o a ganarse la expulsión de la corporación cultural, en una
palabra: el miedo a la crítica intelectualmente honesta, argumentada y
constructiva” [13].
La crítica que retorna como política no es la crítica posmoderna en
primera persona, que también admite la disputa, pero como consecuencia
del relativismo del gusto. Tampoco es la crítica en primera persona del
giro autobiográfico, que hace que toda crítica termine siendo una
crónica impresionista. Si la primera persona es la justificación última
del juicio de valor, no hay política. El enigma tiene que estar del lado
del objeto, no del sujeto. De lo contrario, en la cultura siempre hay
guerra de todos contra todos, la guerra de su versión
posestructuralista, expuesta por Rubio en “La literatura argentina es el
mal”. En esa versión, el enemigo es un enemigo interno, que se
exterioriza para que el propio yo encuentre un límite objetivo, pero el
único límite que encuentra es otro yo: el enemigo personal (en lugar de
político), el yo como otro.
Humanidades, tecnología y ascenso social
¿Qué tiene para decir la filosofía de este retorno de la política
como crítica y de la crítica como juicio de valor? En principio, que se
ha reemplazado el estado de guerra permanente sobre bases
posestructuralistas por la primacía de la política sobre bases
materialistas. Pero el materialismo, con su programa de darle la
prioridad al objeto, requiere también de un nuevo perfil de crítico: el
que explica a partir de la fuente, una figura más parecida al profesor
que al divulgador. Sólo que joven. Un profesor joven. Todo lo contrario
del viejo profesor que “inicia” a sus discípulos y los prepara para la
muerte (quien en realidad los prepara para honrar su propia muerte y
transmitir su doctrina no escrita, a la manera del Sócrates platónico,
hasta que llega el momento trágico del “asesinato del padre”). La
juventud del crítico es importante, en la medida en que representa lo
contrario de la muerte. Si la cultura es una preparación para la muerte,
un modo de entrar en contacto en vida con la idea de la muerte, de
construir legados, discípulos, instituciones, propiedad intelectual,
derechos de autor, etc., la juventud de quienes critican sus productos
opera como un verdadero contrapeso simbólico. Todo medio cultural es
necrófilo. Por eso la crítica, entendida como política, es juvenilista.
Pero el crítico joven, el crítico “sin currículum”, en algún momento
deja de ser joven y pasa a tener currículum. La práctica del juicio de
valor genera odio, amor y amor-odio, nunca indiferencia, con lo cual es
lógico y merecido que esa audacia sea la base de una carrera de crítico,
curador, editor, profesor, o cualquier otro tipo de pedagogo. No se
trata aquí de que el sistema integre rápidamente al crítico audaz, como
si la vieja astucia de la razón hegeliana, que consistiría en servirse
de los apasionados y dejar fuera de la historia a los tibios, hubiera
sido alguna vez una ley de la naturaleza. La audacia no es provocación,
porque la provocación es su contrario: es cálculo, el tipo de cálculo
con el que la audacia del crítico vive en dialéctica. Pero la audacia
sin cálculo es ciega, así como el cálculo sin audacia es vacío.
La política regresó como militancia, pero también como crítica. Su
práctica construye amistad y enemistad, igual que la política. Pero
también construye relaciones con los objetos culturales en las que esos
objetos no deberían ser pensados como altos o bajos en función de una
idea binaria de la cultura, que se les imprime desde arriba de manera
idealista y que convierte al crítico en pastor dominical. El problema de
cómo divulgar lo alto (bajarlo) o rescatar lo bajo (elevarlo) es un
problema de la lógica comercial capitalista. Se entiende perfectamente
por qué les quita el sueño a los programadores televisivos que buscan
calidad pero penden del rating y a los gerentes de grandes editoriales
que podrían perder su puesto por equivocarse buscando un equivalente de
Paenza. Pero no se puede hacer de un problema de marketing un problema
de la filosofía de la cultura.
La formación en humanidades crea una diferencia cualitativa entre una
persona y otra que no es la misma diferencia cuantitativa que crean las
ciencias (inclusive las ciencias sociales) y la tecnología. En las
utopías revolucionarias de cuño industrial, la ciencia y la técnica son
las encargadas de igualar los conocimientos de las personas de un modo
que no pueden hacerlo las humanidades. Así lo vieron Cristina Fernández
de Kirchner, Marx, Engels, y Bataille (mientras comentaba el Hegel de
Kojéve). La relación de la escuela técnica actual — restaurada por
Néstor Kirchner— con la escuela-fábrica que preparaba para la
Universidad Obrera Nacional en el primer peronismo (la UTN de hoy) es
mucho más remota que su relación a ese arquetipo de la Argentina deseada
que es Tecnópolis, con el que se entusiasma a niños y adolescentes que
tienen su segunda naturaleza en las redes sociales, mientras se busca
mejorar sus promedios en matemáticas y ciencias naturales. La escuela
técnica (con Tecnópolis como promesa de felicidad) es la otra mitad, la
mitad público-estatal, de la nueva pedagogía materialista para la
juventud que practica la crítica. El enemigo del kirchnerismo, hoy, es
alguien que cerraría Tecnópolis junto con la escuela técnica, sin
enterarse siquiera de que el canon peronista puede haber cambiado. Hay
que construir un mejor enemigo.
Notas
1. RUBIO, Alejandro, “La literatura argentina es el mal”, en: La garchofa esmeralda, Buenos Aires, Mansalva, 2010, pp. 107-119.
2. BORGES, Jorge Luis, “Dos films”, en: Sur, Buenos Aires, Ario VII, N° 31, abril de 1937; publicado en: Borges en Sur. 1931-1980, Buenos Aires, Emecé, 1999, pp. 189-190.
3. “Rasgo increíble y cierto: no hay una escena cómica en el decurso
de este film ejemplar. Ignorar a Sandrini, eludir victoriosamente a Pepe
Arias, disuadir a Catita, son tres formas de la felicidad que nuestros
directores no habían acometido hasta ahora. Claro está que estos méritos
negativos no son los únicos”. Cfr. BORGES, Jorge Luis, “Prisioneros de
la tierra”, en: Sur, Buenos Aires, Ario IX, N° 60, septiembre de 1939 (publicado en: Borges en Sur. 1931-1980, op. cit., pp. 197-198).
4. SELCI, Damián, Canción de la desconfianza, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2012, p. 93.
5. Ídem, pp. 23-24.
6. Ídem, pp. 35-36.
7. Ídem, p. 54.
8. ‘Martín Rodríguez se refiere, con este juicio, al nombramiento de
Martín Sabatella en el AFSCA: “respondiendo a su vieja impronta
bolchevique que aplicará en el AFSCA, a la zoncera que dice que el
progresismo es tibio, se le responderá: no es tibio, es frío”. Cfr.
RODRÍGUEZ, Martín, “Balance de la semana en 4″, Ni a palos, Suplemento joven de Miradas al Sur, Buenos Aires, Ario 2, N° 182, domingo 7 de octubre de 2012, p. 8 (Ver el artículo en su blog: revolucion-tinta-limon.blogspot.com.ar).
9. SELCI, Damián, Canción de la desconfianza, op. cit., pp. 65-66.
10. Ídem, pp. 84-85.
11. GRADIN, Carlos, IGLESIAS, Claudio, SELCI, Damián, “Editorial”, en: Planta. 2007-2011. Antología de ensayos críticos sobre arte, literatura, política y tecnología, publicados
en los primeros cuatro arios de la revista, con colaboraciones de Pablo
Accinelli, Tomás Aguerre, Martín Baigorria, Verónica Gómez, Carlos
Gradin, Claudio Iglesias, Violeta Kesselman, Ana Mazzoni, Diego Sánchez,
Damián Selci, Fernando Sucari, Paula Torricella, Mariano Vilar, Nicolás
Vilela y 10 ilustraciones de Leandro Tartaglia, febrero de 2012, número
especial, p. 6.
12. KESSELMAN, Violeta, “`Menemato’ e idealismo”, en: Planta 16, marzo de 2011.
13. GRADIN, Carlos, IGLESIAS, Claudio, SELCI, Damián, “Editorial”, en: Planta. 2007- 2011. Antología de ensayos críticos sobre arte, literatura, política y tecnología, op. cit., p. 7.
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1 comentario:
Qué pavada más grande esa de que los divulgadores hacen su trabajo con el fin de vender su propio librito.
La vida es más compleja, para entenderla primero hay que salirse de ciertos moldes que se enseñan en ciertos ámbitos sociales y culturales también, por qué no.
Deducir, sintetizar, no es fácil, a veces no alcanzar con leer la Crítica de punta a punta.
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