jueves, 23 de noviembre de 2017

LA REVOLUCIÓN DE LA ALEGRÍA POR EL DOLOR AJENO

Vientos huracanados en la isla peronista. Cómo entender el macrismo: menos Durán Barba y más Hegel. El colectivismo oscuro y la i-rresponsabilidad. Los ricos también sienten envidia. La máxima perversa: Verdad = Dolor. El significado de la conducción de Cristina. Por Damián Selci



Huracán en la isla

Los fanáticos de John Ford quizá recordarán el extraño y chocante argumento de Huracán en la isla (The hurricane, 1937). La primera hora del filme consiste en la narración minuciosa y sensitiva del romance entre dos nativos de la isla Mankoora, Teranji y Marma, que resulta frustrado por el injusto encarcelamiento de Teranji a manos del gobierno colonial. Las imágenes narran con profundidad  y detallismo las emociones en juego: el amor sensual, la inocencia vejada de los indios, la violencia colonialista, el deseo irrefrenable de libertad de Teranji… Y cuando el espectador ya ha tomado partido por los nativos y se encuentra totalmente inmerso en la historia, viene el huracán. Durante largos minutos contemplamos olas de cincuenta metros de alto que literalmente destruyen la isla, matando a todos los personajes, nativos y coloniales, inocentes y déspotas, hombres, mujeres y niños sin distinción. No se salva nadie. Así termina la película.

La analogía se torna inevitable cuando pensamos en la relación que existe entre la “interna del peronismo” y el gobierno de Mauricio Macri. Mientras los analistas políticos y peronólogos de toda laya están inmersos en la interna peronista, mientras los intendentes, gobernadores, legisladores y referentes cautivan a la prensa con su difícil teatro de señas, señuelos y señales… viene el huracán y arrasa con todo. Las diferencias significativas entre Huracán en la isla y (por ponerle un nombre) Huracán en el peronismo son dos, pero claves. En el caso de John Ford, no había ningún personaje que tuviera conciencia de la inminencia del huracán. En nuestro caso, sí: Cristina Fernández de Kirchner. La segunda diferencia es que, por fortuna, el huracán puede ser enfrentado políticamente, si ocurre la doble maravilla de comprender su gravedad y actuar en consecuencia.


Hegel en Nordelta

¿Cómo caracterizar al macrismo? ¿Por qué ganaron las elecciones otra vez? ¿Cristina se equivocó? ¿La gente es estúpida? ¿O los tarados somos nosotros? Todos estos interrogantes suelen aparecer disfrazados detrás de una petición intelectual, que en realidad es una derrota o una declaración de pereza: “necesitamos un Durán Barba”. La premisa es que la sociedad ha cambiado y no la comprendemos, por mantenernos con las obsoletas categorías de los movimientos populares del siglo XX. Sin embargo, es bien sabido que los jóvenes apoyan masivamente al kirchnerismo y los viejos votan absolutamente al macrismo, de modo que Macri no puede estar imponiéndose por usar mejor Snapchat. Prolonguemos un poco la refutación de la incidencia de Durán Barba: cualquiera que haya leído los libros del ecuatoriano encontrará que su edificio conceptual descansa sobre lo que llamaremos la “oposición posmoderna” por antonomasia: ideología versus consumo. A lo largo de páginas y páginas, Durán Barba describe que las sociedades occidentales han cambiado y que las ideologías ha muerto: los jóvenes no desean la Revolución, sino determinadas zapatillas; los grandes ideales perecen bajo un sano hedonismo consumista; las personas sólo esperan que los políticos les resuelvan sus demandas y no den grandes discursos, etc. Analistas como José Natanson se han emborrachado inolvidablemente con estas razones. Sin embargo, otra vez: es evidente que los triunfos de Macri no tienen nada que ver con el anhelo consumista de la sociedad. Macri se diferencia de Menem “justamente” porque no promete consumo: sólo promete que los otros consumirán menos. No dice “vamos al Primer Mundo”, sino “basta de planes sociales”. Su programa de gobierno, y su comunicación política, es anti-Durán Barba. Todos consumen menos; pero algunos consumen menos todavía. Así que no necesitamos los consejos de Durán Barba, que son de la época de Menem, sino ­–eso parece– las suspicacias de la dialéctica hegeliana.

Para entender el vínculo entre el Gobierno y buena parte de sus votantes, podemos remitirnos al conocido episodio de “la cheta de Nordelta”. La circulación del audio donde una cirujana de clase alta, flamante residente de Nordelta, describe con horror los hábitos de sus vecinos, ha sido generalizada. Ahí radica su popularidad: a la “cheta de Nordelta” (que advierte a su interlocutora, Michelle, sobre su “moral ética y estética”) le repugnan costumbres de lo más inocentes, como tomar mate cerca del río con la familia y la reposera. Eso es lo gracioso: que alguien se sienta superior por repudiar el mate, los bizcochos, el perro correteando en el agua… La cheta de Nordelta le aclara a Michelle que si ella adquirió la propiedad en Nordelta fue precisamente para que no hubiera gentuza gozando de los mismos privilegios que ella (pervirtiéndolos, claro). En dos palabras, lo que le molesta a la cheta es haber gastado 200 mil dólares para diferenciarse de los negros, precisamente para no verlos, ¡y que no le hayan alcanzado!

¿Por qué le molesta tanto el mate a la cheta de Nordeta? Hay una buena frase de Slavoj Zizek, de su libro Contragolpe absoluto: “La mirada que ve el Mal en todas partes se excluye a sí misma del Todo social que critica, y esta exclusión es la característica formal del Mal”. Traducido a nuestros términos, el elemento clave de la “cheta de Nordelta” es que ve el Mal por todas partes, incluso en acciones carentes de toda intención como tomar mate y meterse a nadar en el río… pero, precisamente, se excluye de lo que critica, se “pone a salvo” del Mundo horrible que describe y desprecia –cuando lo “horrible”, en todo caso, es su mismo distanciamiento del Mundo. En otras palabras, se niega a ver que su “moral ética y estética” configura un terrorismo de las costumbres, donde toda acción es judiciable salvo el mismo hecho de juzgar. Escuetamente: todos son malos y feos, menos ella. O para decirlo con Zizek, el Mal no reside en los que toman mate en Nordelta, sino en la mirada que se auto-excluye de la sociedad para enjuiciarla y condenarla “desde afuera”. En la realidad política argentina, esta mirada que ve el Mal por todas partes, esta “conciencia enjuiciadora” (como la llama Hegel en la Fenomenología del espíritu) que se salva de la condena sólo por ser quien condena, está representada por Elisa Carrió[1]. Acá encontramos la raíz conceptual de la persecución contra los kirchneristas, que ya puso a Milagro Sala, De Vido y Boudou en la cárcel: la conciencia enjuiciadora o simplemente Alma Bella (que es un mero quejarse por el curso de mundo, como si ella no tuviese responsabilidad de nada) tiene ahora poder de policía. Así son las cosas. Lo que literalmente debe llamarse i-rresponsabilidad, y cuyo lema básico reza “todos son malos, menos yo que jamás tengo la culpa de nada”, toma el control de la sociedad –o, más sombríamente, el Mal coincide con el Estado.


El sujeto macrista según Rousseau

En Argentina, hoy, gobiernan los malos: es decir, gobiernan los envidiosos, los que viven juzgando al resto, los irresponsables. La tesis puede sonar estrafalaria porque estamos acostumbrados a pensar, y así es en parte, que el de Macri es un “gobierno de los ricos”. Pero los ricos también sienten envidia –¿de quién? De los pobres, por supuesto. Para decirlo muy llanamente, las personas comunes nos imaginamos la riqueza como una vida llena de lujos, sin problemas, llena de placeres y viajes… Y conjeturamos que todo lo que puede querer un rico es la prórroga sin límites de esa vida, para sí mismo y para su descendencia. Sin embargo, si esto fuese así, las clases altas, las clases medias acomodadas y los trabajadores alcanzados por Ganancias, a los que les fue mejor con los gobiernos kirchneristas que con las “gestiones explosivas” de la dictadura, Alfonsín, Menem y Duhalde, deberían haber apoyado a Cristina. ¿Por qué hicieron todo lo contrario? Porque lo que deseaban realmente no era más consumo para sí, sino menos consumo para los otros. No bastaba simplemente con poder cenar afuera cinco veces por semana, además era necesario que “los vagos, pobres, planeros” no pudieran ni siquiera hacer un asado al mes...

¿Es un comportamiento extraño? Rousseau lo describe en las últimas páginas del Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Por un lado, dice, existe el “amor por sí mismo”, que es simplemente el instinto de conservación de la criatura humana, y que constituye la base de la empatía. Esto evidentemente no es egoísmo, o si lo es, se trata de un “egoísmo bueno” que incluso fundamenta acciones altruistas (por ejemplo, la máxima “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a vos” parte de una premisa individualista –no querer sufrir– y extrae una conclusión “comunitaria”: tratar bien a los demás para recibir un buen trato). Por otro lado está el “amor propio”, que según Rousseau “conduce a los individuos a apreciarse más que a los demás”. Nuevamente es Zizek quien ilustra el sentido de la distinción rousseauniana en su gran libro Menos que nada: “El auténtico opuesto del amor de sí egoísta no es el altruismo, una preocupación por el bien común, sino la envidia o resentimiento, lo que me hace actuar contra mis propios intereses: el mal entra en juego cuando yo prefiero el infortunio de mi prójimo a mi propia fortuna”.  En otras palabras, el egoísta que simplemente piensa en sí mismo puede sacar la conclusión pragmática de que le “conviene” tratar bien a la gente para recibir buenos tratos, mientras que el egoísta que goza con el malestar ajeno, en aras de alcanzar su objetivo, bien puede sacrificarse y soportar un poco de malestar propio… La paradoja es clara: como los egoístas “buenos” sólo piensan en sí mismos, no tienen en principio ningún problema con la vida de los demás y pueden votar perfectamente a Cristina si ella les garantiza mejores estándares de consumo personal… mientras que los egoístas “malos” están irritados por la vida de los otros –de manera que sólo pueden votar a Macri, el único que promete la desgracia ajena. El problema, entonces, no es que sean insensibles a los demás, sino que les “interesa demasiado” (y patológicamente) la vida de los demás: al punto de querer arruinarla, y al costo que sea. El problema, en resumen, es que sí tienen pensamiento colectivo: pero es un colectivismo oscuro, sacrificial.

Como puede verse, hemos desbordado completamente el marco de Durán Barba: la base emocional del sujeto macrista no es el individualismo hedonista/consumista que ignora los grandes discursos morales, sino la obsesión contra el goce ajeno, que debe ser denunciado con una proclama moralista fanática (lo que Hegel llamaba “conciencia enjuiciadora” y podemos resolver como envidia). Es decir, el discurso sacrificial de Carrió es la verdad de la perorata permisiva de Durán Barba, su “lado oculto” (que es lo que la “oposición amigable” se resiste a asumir).

¿Cómo se transforma esto en una política económica? Es simple, abusivamente simple. El sujeto macrista no busca que lo eximan de pagar Ganancias, ni pretende Iphones importados –el sujeto macrista es el que está dispuesto a hacer los sacrificios que sean necesarios con tal de que los “vagos, planeros, negros” consuman menos. La maldad macrista no reside entonces en una búsqueda del placer propio a cualquier precio, sino en una búsqueda del dolor ajeno a cualquier precio (incluso al precio del tarifazo de luz, gas, agua, transporte…). Es inevitable citar la estremecedora formulación de Zizek: “Lejos de oponerse al espíritu de sacrificio, el Mal emerge aquí como puro espíritu de sacrificio, como predisposición a ignorar el bienestar propio –si, a través del sacrificio, consigo privar al Otro de su goce.” El sujeto macrista no es un hedonista que busca los placeres livianos de la posmodernidad. Todo lo contrario: sufre los tarifazos, pero digamos que lo hace con alegría: los considera el precio que hay que pagar para que el Otro la pase aún peor –comportamiento que se verifica entre los que “prefieren” pagar por ver el fútbol con tal de que otros también deban (y no puedan) hacerlo. (Un especialista en focus group contó una vez que le había preguntado a un grupo de macristas de clase media cuál era, en su opinión, la medida de Cristina Kirchner que más los había perjudicado. Ellos respondieron: “la peor medida fueron los subsidios a las tarifas”. Ante la sorpresa del especialista, explicaron que estaban satisfechos con los aumentos de Macri “porque antes vivíamos en una mentira” –la mentira, por supuesto, es que los argentinos pudieran vivir bien).

Tales son las conclusiones oscuras del momento: los malos, los envidiosos, sienten que están haciendo su revolución. Con un poco de sarcasmo, podemos definirla como la Revolución de la Alegría por el Dolor Ajeno. Esta es la mística macrista: sacrifican su calidad de vida por una causa “colectiva”, la represión del goce de los demás[2]. Como puede verse, no son gente que piense sólo con el bolsillo. Se guían por valores, en principio sin importar las consecuencias. Su máxima moral es: Obra de modo tal que puedas asegurar el sufrimiento ajeno, aun si eso implica el sufrimiento propio. Y por fin tienen un gobierno que prohíbe el mate en Nordelta.


La comunidad de la envidia

¿Qué es el populismo para los macristas? Es un grupo de gente que se dedica a ocultar la Verdad, y la Verdad es el Dolor. Si alguien propone una verdad que no duela, miente o “maquilla las estadísticas”. Por esa razón, la buena vida es de por sí mentirosa, y los que suministran una buena vida son corruptos en este exacto sentido: no porque roben dinero para ellos, sino porque le mienten a la gente… ¿de qué forma? Evitándoles el dolor –con políticas sociales, salud pública, paritarias al alza, subsidios, etc. Por eso deben ser encarcelados.

Las máximas perversas del macrismo, sin embargo, no son una invención de Macri. Personas de lo más honorables albergan pensamientos tenebrosos. Pensemos en la típica frase que podían escucharse, hace unos años, en los barrios populares del Conurbano: “Cristina es una buena presidenta, yo nunca estuve mejor, pero no me gusta que mantenga a los vagos”. Un individualista puro jamás se molestaría por ver qué hacen o dejan de hacer los vagos. Pero el sujeto macrista siente una envidia rabiosa por el disfrute de los demás, así sea la jubilación de las amas de casa, Tecnópolis o la TDA. Por eso, el punto débil del macrismo no es que promueve una cultura individualista, sino que sólo puede formar una comunidad de envidiosos sin vida propia, cuya principal exigencia es el malestar ajeno. Uno podría preguntarse: ¿en qué le molesta a Federico Sturzenegger que las clases populares puedan comer asado todas las semanas? Le molesta porque él no puede disfrutar del asado por sí mismo; tiene que imaginarse la mirada sufriente de los pobres para deleitarse en serio. Los envidiosos no se relacionan directamente con el placer; deben interponer el fantasma del displacer ajeno. Esta perversidad es la que hoy gobierna.

Por supuesto, el espíritu de sacrificio tiene límites. La “austeridad” de De la Rúa era considerada meritoria al momento de asumir; pero hay un momento en que el discurso del sacrificio deja de tener eficacia, y ello ocurre cuando el dolor de los demás deja de “justificar” el mío –es decir, cuando noto que mi sacrificio no es la condición del sufrimiento de los que están abajo, sino que permite el goce de los que están arriba. Para decirlo con toda llaneza, los que “están hartos de mantener vagos” quizá tengan razón en su hartazgo, sólo que los vagos que están manteniendo no son los “pobres, negros, planeros”: son los ricos. El dinero de sus impuestos no va a los planes, va a Aranguren. De este modo se pasa del neoliberalismo al populismo, que es el primer paso hacia la (y lo diremos con un término que tal vez suene anticuado) liberación de la Patria. Pero sólo el primero. El segundo es el materialismo dialéctico.


La amiga del pueblo

Esto es lo que enfrentamos: una ideología sacrificial que no promete ningún bienestar, excepto el que deriva de la desgracia ajena; el País de la Envidia, el Estado de Malestar; como escribió Tom Raworth, “una política de pura destrucción / llevada en camionetas sin marcas”. ¿Es esto maniqueísmo? No hay que temer a la moralización del análisis, no solamente porque sea descriptivamente más eficaz que la “ecuanimidad” insípida de los analistas de los blogs, sino por una razón táctica: lo único que puede contrarrestar la “desmoralización” de las fuerzas populares es la “moralización” de la lucha política –en otros términos, la conciencia de que enfrentamos al Gobierno de los Malos, y que por ende no podemos concederles nada, ningún “elogio objetivo” a su capacidad política o comunicacional, ningún gesto que los favorezca o fortalezca. A un “régimen macrista” (como lo designó Cristina hace pocos días) no hay virtudes que reconocerle, porque su principal característica como régimen es la destrucción de la neutralidad: si todas las instituciones sociales están bajo su control, no hay obviamente “lugar neutral” desde el cual opinar, ni “méritos políticos” que pudiesen establecerse sobre la base de determinadas reglas compartidas. Enumeremos: prensa acallada, oposición política y sindical perseguida, Poder Judicial comprado, provincias enteras amenazadas –en esas condiciones, por cierto, hasta Macri puede gobernar…[3]

Ahora bien, que ellos sean los Malos no significa que nosotros seamos los Buenos. Desde el punto de vista del materialismo dialéctico, hay que sostener más bien que ellos son los Malos porque nosotros no llegamos del todo a ser los Buenos –en otras palabras, ellos son “irresponsables” (y se la pasan echándole la culpa a la pesada herencia) porque “nosotros” no asumimos por completo la invitación de Néstor y Cristina a luchar a fondo contra Clarín, contra el Partido Judicial, los bancos, contra nuestras pequeñas mezquindades… nuestro temor… En otras palabras, cuando los trolls del macrismo responsabilizan al kirchnerismo de “todo” lo que ocurre, de algún modo dan en el blanco: si según Zizek la “característica formal” del Mal consiste en situarse afuera del mundo, y de esa forma i-rresponsabilizarse de lo que ocurra y criticarlo todo, el rasgo formal mínimo del Bien debe ser el contrario: comprometerse con el mundo y responsabilizarse de lo que pase –no huir ante la adversidad, tomarse en serio la batalla política y cultural, participar, poner el cuerpo. Algo que todos estamos haciendo, pero debemos hacer más, sin miedo, sin infantilismo, sin quejas, con el espíritu.

Por eso, ahora que incluso Cristina perdió las elecciones, ahora que descubrimos que no hay salvadores mágicos (como ella se encargó de aclarar varias veces), ahora tenemos la oportunidad de liberarnos de nuestra propia pereza, nuestra propia i-rresponsabilidad –es decir, de nuestra propia “maldad”, nuestro propio modo de excluirnos del Todo social y simplemente echarle la culpa a los demás de lo mal que anda todo y, como el Alma Bella, criticar todo sin hacer propiamente nada. La conducción de Cristina evidentemente no significa que se resuelven todos los problemas y podemos dedicarnos cada uno a nuestros asuntos, sino a la inversa: Cristina es la única que invita a la sociedad, a cada uno de nosotros, a asumir la responsabilidad sobre el país. Cuando alguien dice “con Cristina no alcanza”, ella podría responderle: sin vos, tampoco… Cristina no es una madre que nos protege de los peligros, ella no “garantiza” nada; más bien es una amiga que, por así decir, se pone a nuestro nivel y sin sermones ni paternalismo nos insta a la acción, a hacernos cargo de las cosas: muestra en la práctica cómo enfrentar a los Malos, nos dice “no tengas miedo” y ella misma no tiene miedo; nos insta a que nos atrevamos a pelear, y ella misma se atreve. Mientras la interna peronista es una isla donde todo el mundo pierde el tiempo en conflictos menores sin percibir que se avecina el huracán, Cristina mantiene abierta la puerta a la militancia política y con este solo gesto continúa derrotando al macrismo en la batalla más importante de todas, por lo menos en Argentina: incluso en el país del genocidio, el terrorismo de Estado, el miedo a la política, todos los ciudadanos siguen teniendo el derecho infinito a la militancia. 









[1] Preventivamente, Hegel analiza el audio de la “cheta de Nordelta” en un conocido pasaje de la Fenomenología del espíritu: “Esta conciencia enjuiciadora es, de este modo, ella misma vil, porque divide la acción y produce y retiene su desigualdad con ella misma. Es, además, hipocresía, porque no hace pasar tal enjuiciar como otra manera de ser malo, sino como la conciencia justa de la acción, se sobrepone a sí misma en esta su irrealidad y su vanidad de saber bien y mejorar a los hechos desdeñados y quiere que sus discursos inoperantes sean tomados como una excelente realidad”.

[2] El sacrificio, lógicamente, tiene buena prensa en el mundo grecorromano que vivimos.  Pero una cosa es sacrificarse por el bienestar de uno mismo y su familia (por ejemplo, trabajando horas extras para pagar los estudios de los hijos), y otra cosa muy diferente es sacrificarse por el malestar de otros (pagando el rídículo tarifazo eléctrico del macrismo, solamente para que otros ya no puedan pagarlo). Esta diferencia es la misma que existe entre el sacrificio del héroe y el suicidio del perverso.
[3] Para que haya derecho a la “objetividad” o “neutralidad”, tiene que haber primero lugar para la “subjetividad” y el “partidismo”: si el ejercicio del partidismo opositor está amenazado, eso significa que cualquier expresión “neutral” que no sea idéntica a la línea del régimen será penalizada –como bien saben los periodistas afines al Gobierno: si por una vez no dicen lo que dice Marcos Peña, tendrán un ejército de trolls hostigándolos.