viernes, 12 de octubre de 2018

ANGUSTIA Y CORAJE EN EL KIRCHNERISMO


Por qué Iguacel pudo ser un tonto útil. Bolsonaro: sólo la militancia kirchnerista podrá salvarnos. Necesidad de radicalidad. La filosofía de Badiou, para terminar de una vez con las crónicas. La presidenta-coraje y su consigna: organizar la vida. -Por Damián Selci


1. La oportunidad-Iguacel. En el medio de la discusión de la compensación a las empresas de gas, con una amplísima mayoría de la población seriamente herida por las esquirlas de esa bomba social llamada “tarifazo”, Javier Iguacel, secretario de Energía, dijo una frase que era a la vez una estigmatización y una oportunidad: “La mayoría de la gente que se queja del aumento de gas son militantes kirchneristas”. Ante este despampanante enunciado, la reacción “natural” es contestar cortésmente: no, señor, no deslegitime el reclamo ni cambie de tema, la gente que protesta es gente común, no es posible que todos sean militantes kirchneristas… Pero entonces, Durán Barba festeja: el kirchnerismo no acepta el aumento de gas, pero aceptó la estigmatización. Se puede protestar por la factura de gas, pero no es válido ser militante kirchnerista… ¿Se notan las terribles implicancias de esta tácita resignación? Iguacel afirma dos cosas: 1) los que protestan son militantes kirchneristas; 2) ser militante kirchnerista está mal. Es sólo el segundo axioma el que da sentido al primero. La reacción “natural” sólo refuta el postulado explícito al precio de reforzar el implícito. Pero a ver, ¿qué tiene de malo ser militante kirchnerista? Más a fondo: en el país del genocidio, ¿tenemos derecho a no defender el concepto de militancia? ¿En qué termina esta negligencia? Lo más noble que tenemos es precisamente la militancia, el resultado más “espiritual” de los gobiernos kirchneristas. En su biografía de Twitter, la primera palabra que elige Cristina para autodefinirse es “militante”. De manera que en la frase de Iguacel no solamente se esconde la estigmatización que anula los enunciados del adversario no por su verdad o falsedad, sino sólo por venir de quien vienen. También descansa en su declaración una oportunidad para nosotros: en efecto, señor Iguacel, los argentinos somos (quien más, quien menos, aunque sea “por espíritu”) militantes kirchneristas, y eso es lo que le da prestigio a nuestros enunciados –ya que la militancia kirchnerista sabe mejor que nadie cómo gobernar el país, sacarlo del infierno del 2001, prever los peligros antes de que exploten en la cara de las familias… Habría que ampliar, con modestia: señor Iguacel, sólo en nuestros mejores momentos logramos ser militantes kirchneristas, pero de cualquier modo, gracias por el elogio. Nos marca que vamos por el camino correcto.

2. Angustia y coraje. Lo anterior delinea una propuesta de resolución táctica de un debate político. La premisa es que no podemos negociar nuestras palabras más poderosas. Sería un suicidio estratégico. El concepto de “militante” es central en nuestro sistema de valores. No hay que permitir ninguna mácula en él. Si a la política le restamos la militancia, nos queda Pichetto o Bossio o algo similarmente triste. Pero esta reflexión general tiene a su vez un correlato en la coyuntura, y la coyuntura es Brasil. Después de muchas denegaciones e ilusiones, por fin los sectores politizados parecen haber comprendido que el avance de la derecha tiene todos los rasgos criminales de siempre y que es preciso estar en guardia. La postura “tranquilos, no pasa nada”, simbolizada por José Natanson, fue derrotada en toda la línea. Consistía en decir que la nueva derecha era democrática. Con Bolsonaro esta reflexión adquirió sus últimos tintes siniestros. Podríamos decir: ¡por fin tenemos conciencia del peligro! Hubo que discutir mucho para alcanzar este punto. Pero debemos agregar, con Alain Badiou en su magnífica Teoría del sujeto: ante el peligro podemos reaccionar con angustia o con coraje. La angustia consiste en paralizarse políticamente: convertir la inminencia del desastre en el desastre mismo, dejarse sobrepasar por la desesperación, implorar el fin. Esta postura da por hecho que el efecto Bolsonaro derrumbará las posturas progresistas y la doctrina Chocobar reemplazará el Código Procesal, en dos palabras, que la muerte inundará el país y la región. Por ende, concluye que hay que moderarse, para no hacer enojar demasiado a los fascistas. Puede ser. Todo esto es un peligro muy real. No existe la angustia falsa. Pero ahí donde se tiene angustia, dice Badiou, podemos tener también coraje. El coraje toma la inminencia del desastre como una inminencia, no como el desastre mismo. Lo horrible aún no se ha consumado. Por ende, ¡hay que actuar! La parálisis de la angustia se convierte en el coraje de la acción. No hay que moderarse, ni esconderse. Los fascistas no son valientes. Los fascistas se envalentonan porque nosotros nos moderamos, porque vamos cediendo posiciones. Nuestra debilidad es su fuerza. Donde baja nuestra autoestima, sube la de ellos. Se llama correlación de fuerzas. Por eso hacer autocrítica a la manera randazzista era y es una estupidez total.

3. Sin lugar para los moderados. Hay que abandonar la pseudo-sociología y las crónicas. Estamos inundados de reflexiones sobre el “giro a la derecha” de la región. Todas dicen lo mismo: la gente quiere jerarquía y muerte, odia los planes sociales, goza con el discurso autoritario. Es cierto que el neoliberalismo volvió a tener su mística. Con Menem, el relato neoliberal era el Primer Mundo y el consumo. Supimos derrotar esa visión luego de la crisis del 2001, apelando al concepto de “presencia del Estado” e inclusión social. Pero ahora el neoliberalismo mutó: a las recetas económicas de siempre le añadió la mística del odio. Macri no promete un futuro cálido donde todos viajarán a Miami. Promete odio. Esa es la mística de ellos y no tiene nada de raro que funcione. Pero “analizar” la situación brasileña con estos insumos puede llevar al equívoco. En Brasil está proscripto Lula, que hubiera vencido tranquilamente a Bolsonaro de poder competir. Con Lula en la cancha, el racismo torturador de Bolsonaro habría quedado en un lugar menos preponderante. Esto quiere decir que lo que ahora llamamos “la sociedad brasileña” hubiese sido (un poco) otra. Lo tolerable y lo intolerable estarían distribuidos de otra manera. Hay que declarar el axioma básico de la militancia: la prioridad de la política por sobre la sociedad. La gente, el pueblo, no “es” de una manera, de derecha o de izquierda: el pueblo es un terreno de lucha, donde nosotrxs (militantes) y ellos (fascistas) libramos la lucha política, que en definitiva es una lucha moral, una lucha por el significado de las cosas. Así que si viene el proverbial sociólogo-ensayista a informarnos sobre la existencia de una ola de derecha en toda la región, deberíamos responder: ¿y qué? Lo que no ocurrió, todavía no ocurrió. Nuestra voluntad forma parte de la realidad. El triunfo de Bolsonaro puede consolidar un giro de derecha ultrarreaccionario en nuestro país… o una respuesta igualmente “extrema”, pero nacional, popular, democrática y feminista. No es de ninguna manera obvio que ante la amenaza fascista de Bolsonaro sólo nos quede “seguirla, quizá tratando de moderar algunas cosas” (el ejemplo invertido sería la reacción de la burguesía alemana ante el triunfo soviético: no “siguieron la ola roja” en absoluto). Desde el punto de vista de la militancia, es decir del coraje, existe una posibilidad de salir por izquierda. Pero de ninguna manera va a ser en formato socialdemócrata. Va a ser con un kirchnerismo más radicalizado. La palabra es: sí, radicalizado. Hay que perder el miedo a lo que somos, a lo que deseamos. Además, las cartas están echadas. La derecha decidió arrasar con la democracia. Cristina ya tiene 4 o 5 juicios orales pendientes y pedidos de “detención inmediata” a razón de uno por semana. Nos van a decir “militantes ultra kirchneristas radicalizados” cada vez que puedan. La única oportunidad es que trabajemos para convertir la estigmatización en un rasgo positivo. Igual que hicieron Eva Perón con los “cabecitas negras” y los jacobinos con los sans-culottes: asimilar la distorsión y devolverla multiplicada. Es el pueblo, es el país, es el presente histórico el que tiene que parecerse a la militancia kirchnerista, y no al revés.

4. El cambio es un caos, ¡organicemos la vida! La gente está angustiada. No entiende lo que pasa. No sabe si puede pagar las boletas. La incertidumbre va cediendo espacio a la total desesperación. Como dice Badiou (otra vez en Teoría del sujeto), cuando se angustia, la gente reclama un superyó: alguien que ponga orden. Curiosamente, o no tan curiosamente, sólo Cristina puede poner orden en el caos macrista actual. O mejor dicho: poner organización. En la campaña de 2017 definió de manera inmejorable la coyuntura actual: con los tarifazos, la inflación, los despidos, “a la gente le desorganizaron la vida”. Conclusión: hay que organizar la vida. Y los que organizan la vida, hoy, en Argentina, son los militantes kichneristas.

5. Fisiología de la moral. No tenemos que analizar más a la derecha. Esto es enfermante y depresivo. Tenemos que analizarnos a nosotros mismos, elogiarnos, reencontrar la raíz de nuestra existencia histórica. Hay que dejar ya mismo de pedir disculpas y de “defenderse”. La lucha de valores debe plantearse tal como es y tal como debe ser. Un militante de La Cámpora es algo espiritualmente superior al CEO de una multinacional. El feminismo es moralmente superior al machismo. Es el momento del orgullo. Hay que cantar la marcha peronista en los bares. Donde aparece la angustia, que aparezca el coraje. Si nos escondemos, si nos debilitamos, estamos fortaleciendo a Macri, estamos volviéndolo más fascista. Podemos citar, recitar los últimos versos de Relapso+Angola, poema de Martín Gambarotta: “el verano / no es para sonreír / es para mostrar los dientes”.

6. Ejercicio de inminencia histórica. Para terminar, un experimento mental: salir a la calle y mirar la realidad, la calle, los árboles, como si estuviésemos en 2002, días antes de que apareciera Kirchner en nuestras vidas. ¿Cómo era un día común y corriente en la angustiante Argentina del 2002? ¿Cómo se veían los colores de las cosas, cómo era tomar una cerveza fría en la noche cálida, cómo era estar leyendo un domingo sin que pasara nada? ¿Podíamos intuir el futuro llamado Néstor Kirchner en la calle, el sol, los árboles? Ahora vayamos hacia 1975. ¿Cómo habrá sido un día nublado de 1975? La inminencia es la muerte, es el golpe, la devastación. ¿Se podía ver la muerte en cada discusión de pareja, en cada salida al cine? Podemos viajar más atrás, digamos hasta enero de 1945. Hace calor, las chicharras cantan, el peronismo aún no existe. ¿Cómo era el cielo de verano de 1945, cómo era una tarde aburrida de verano de 1945? ¿Se intuía la inminencia de Perón, las masas sublevadas? ¿Cómo se veía la calle, el sol, los árboles? Ahora nos transportamos a 2018: vemos la calle, el sol, los árboles, estamos en la inminencia de algo, tenemos que hacer algo.

6 comentarios:

arseniolupinradio@gmail.com dijo...

al fin selci!!!

hacia meses te esperamos.

un mimo a la.militancia. gracias!!

pd: a ver si un dia te pasas por la capital y nos contas como la vez a esta ciudad tan rara.

Anónimo dijo...

Arriba los pobres del mundo, ¡todos unidos triunfaremos!

Unknown dijo...

Excelentes reflexiones!!!! Debemos ser altivos porque nuestra causa es justa y libertaria; ellos son el horror...

Unknown dijo...

Comparto totalmente, es muy simbólico y de mucho valor,en el doble sentido de la palabra,decirse:si soy militante y si quiero canto la marchita donde sea.Basta de estar a la defensiva.

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