martes, 27 de marzo de 2018

El sentido político de caminar ciento veinte cuadras

En el marco del 24 de marzo, una tesis: democracia = militancia. Jóvenes subversivos, jóvenes idealistas y jóvenes militantes. Dos palabras sobre la “corrupción” y los ex presos políticos como hecho político. -por Damián Selci


(publicado originalmente en Argentinos Online)


Defensa de la militancia
De ningún modo gobierna la nueva derecha: si en algún lugar se nota la evidencia de esta negación es cuando llega el 24 de marzo. Cambiemos destina buena parte de sus esfuerzos a destruir el consenso en torno a los derechos humanos. Trata de liberar a Astiz, borra pañuelos, etc. Es lógico que, pese a todas las derrotas sufridas en ese terreno (el 2x1 quizá haya sido la más ejemplificadora), sigan intentándolo. Para ellos es un objetivo estratégico. Basta recordar la consigna: “bajando un cuadro formaste miles”. No hay ninguna duda de que el camino de la militancia política fue reabierto por Néstor Kirchner y en particular con una medida: el impulso de los juicios por delitos de lesa humanidad. El genocidio de la dictadura tuvo por objetivo la militancia: social, sindical y política. Solamente cuando el Estado pidió perdón por esos crímenes y perdón por la impunidad, la juventud volvió a la política.
Deshacer el consenso en torno a los derechos humanos, por consiguiente, es un objetivo estratégico para la derecha. En cuanto Astiz fue a la cárcel, la militancia salió a las calles. Si Astiz puede volver a las calles, evidentemente es con el propósito de atacar la condición de posibilidad de la militancia: para ponerla en duda. Es muy importante tomar registro de esta situación (cosa que los analistas políticos, por definición, no hacen nunca, debido a su catastrófico déficit de historicidad): la militancia es la única prueba de que la sociedad argentina elaboró realmente el trauma de la dictadura –los centros clandestinos, las desapariciones forzadas, el robo de bebés, el terrorismo de Estado. La dictadura mataba militantes. De modo que deslegitimar a la militancia es directamente suicida. Es, de hecho, lo que hicieron los genocidas, como paso previo al exterminio.
Una consigna: ahí donde vemos un militante, estamos viendo directamente a la democracia. Y con toda naturalidad hay que escribir la conclusión complementaria: bastardear a la militancia es, tarde o temprano, bastardear a la democracia.

Los cuerpos idealistas
La liberación de Zannini y D´Elía agregó un componente extra al 42 aniversario del golpe cívico-militar. El kirchnerismo ya había planeado realizar una extensa caminata de aproximadamente doce kilómetros, desde la ex Esma hasta Plaza de Mayo. El sentido político de atravesar la ciudad en una movilización no encierra ningún misterio: busca duplicar la demostración de que, efectivamente, la militancia pone el cuerpo. Como en política cualquiera puede decir cualquier cosa, la única prueba fehaciente de que nuestro discurso político es “verdad”, de que tomamos en serio lo que decimos y no estamos simplemente hablando en el aire, la suministra el hecho de “estamos ahí”: de que ponemos el cuerpo. Por eso, no basta con repudiar el golpe de Estado cívico-militar… además, hay que movilizar a la Plaza el 24. El kirchnerismo ha añadido esta vez un giro idealista: no basta con movilizar, hay que caminar ciento veinte cuadras. Sólo una fuerza joven, en todo sentido, se puede plantear este tipo de acciones políticas. (Un paréntesis comparativo: la militancia caminó doce kilómetros el 24 de marzo, ¿qué hizo la “dirigencia opositora dialoguista/constructiva/poskirchnerista” ese mismo día?)
El origen de estas pequeñas pruebas físicas es muy antiguo: lo que busca hacia afuera es demostrar fortaleza ideológica, y hacia adentro… lo mismo. Hay que estar muy ideologizado para caminar doce kilómetros. Este tipo de cosas dan orgullo, porque implica un sacrificio de la comodidad en aras de un objetivo político loable. Y lo más importante: ahí ya no se puede decir “están pagos”. O sea: no se puede hablar decorrupción. ¿Cómo es esto? Cuando la derecha estigmatiza la movilización popular, lo que afirma simplemente es que la gente no se mueve por ideología, sino por dinero (y además, por poco: el pancho y la coca). Esa es toda la crítica: los cuerpos que ocupan la calle están disociados de los elevados valores que dicen defender los oradores del acto (“los llevan arriados, les pagan el micro”). Ahora bien, cuando una fuerza política camina ciento veinte cuadras, este ataque ni siquiera se puede formular. Carecería de toda lógica económica hacer semejante esfuerzo por un pancho y una coca. Y entonces surge lo innegable: estamos ante unos idealistas. Y tal como sabemos por la cultura argentina, lo que es idealista es siempre digno, y no merece morir. Pensemos en la primera caracterización de los desaparecidos, propia de los años 80: “jóvenes idealistas”. Son idealistas: nunca puede estar bien matarlos, torturarlos. Aun con toda su inocencia, esta mirada ya los salvaba de la estigmatización genocida (“jóvenes subversivos”). La gran apuesta kirchnerista, todavía vigente, da un paso más: “jóvenes militantes”.
La traducción actual de esto sería: la derecha dice “son corruptos”, la militancia responde “somos idealistas”. Y el debate se gana.

Los ex presos políticos como hecho político
La presencia de Zannini y D´Elía en la columna kirchnerista fue emocionante. Estas liberaciones le dan un golpe fuerte al Gobierno. No solamente porque podrían estar indicando la disolución de la alianza persecutoria entre el Ejecutivo y Comodoro Py. Además, y de manera bastante literal, le dan la razón al kirchnerismo: eran presos políticos, es decir, no culpables, sino víctimas. Y el efecto es que, de manera bastante singular, los ex presos políticos gozan por primera vez desde que asumió Macri de la “presunción de inocencia”. Como sabemos, la construcción paranoide macrista consistió en montarse sobre la locura antisocial del “son todos chorros”. Los kirchneristas eran, por definición, todos culpables, del primero al último, y un gobierno justo debería encargarse de meterlos presos. Por esa razón, cuando efectivamente encarcelaron a Boudou, no había ninguna necesidad de probarlo en un juicio, porque ya estaba probado en el prejuicio. ¿Qué ocurre entonces cuando liberan a Boudou? Una situación extraña: Boudou era más atacado en la calle antes que ser detenido que después; ahora lo saludan más afectuosamente, y nadie se atreve a gritarle “Ciccone”. Si bien el proceso judicial sigue exactamente como antes, la misma idea de que es “chorro” parece difícil de sostener incluso en el nivel más bajo de conciencia: si hubiese sido “chorro”, no lo habrían liberado…
Lo mismo vale para Zannini y D´Elía. De hecho, los ex presos políticos son de por sí un hecho político, porque su liberación muestra algunos datos nuevos. Primero, que la fase de omnipotencia macrista ya pasó. Segundo, da un golpe al corazón del discurso “son todos corruptos”: siendo Macri presidente, estas excarcelaciones dan a entender que no había motivos para tenerlos detenidos. Tercero, confirman que el problema para la derecha es únicamente el kichnerismo, y que el resto de la oposición no les preocupa. ¿Qué haremos ahora con el simpático “corruptómetro” de Felipe Solá? Imposible saberlo: con seguridad, no obstante, el “militantómetro” debe haberles dado bien a Boudou, Zannini y D´Elía, quienes caminaron dignamente junto a miles de compañeros las ciento veinte cuadras que separan a la ex Esma de la Plaza de Mayo.

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