martes, 30 de diciembre de 2014

LA POLÍTICA Y EL ESTADO EN EL KIRCHNERISMO

Diciembre 2014, sin grieta y en paz: ideal para discusiones de fondo. -La bohemia cultural y el Doctor Frankenstein. -Prioridad de la conducción política por sobre la conducción del Estado. -Rodolfo Fogwill aplicado a la “generación intermedia”, y por qué es importante ganar en serio.

por Damián Selci


-La primera belleza de la militancia, y la segunda

Ha terminado la fiesta del orgullo poskirchnerista, y el viento dispersa indiferentemente los restos; las presunciones sobre un fin de año desquiciante y calórico no se cumplieron, los quintacolumnistas de las redes cajonean la sociología para replegarse en la poesía y la política internacional, y las redacciones insurreccionales tratan de sacarle provecho a sus contactos en los juzgados, actividad que los hastía –hubieran preferido el dólar, los saqueos, la rebelión policial, y no el comentario de monótonas denuncias y expedientes. No será perpetua esta paz, claro: pero es diciembre y donde se esperaba una grieta, hay vacaciones. La Presidenta saluda a la población por las fiestas. No hay crisis, sino brindis, y el kirchnerismo garantiza derechos (también la calma).

Podría ser este 2014 que termina normalizado, entonces, tal vez, oportuno para reponer el trasfondo de los debates que dieron vueltas en el último tiempo en la opinión pública digital, y en otros lugares también. Ese trasfondo fue la militancia. Es decir: en las discusiones más álgidas, en las columnas más polémicas, lo que partió aguas no fue el peronismo, ni siquiera fue solamente el kirchnerismo, sino la posición que cada quien tuviese sobre la juventud kirchnerista. He aquí el contexto actual. Hubo un período en que a todo el mundo le agradaba el regreso de la militancia. ¿Cuándo fecharlo? No es fácil, pero digamos que entre 2008 y 2011; o sea, cuando cada quien podía hacer política como le pareciese, de la manera más creativa y caprichosa posible. Era una época dorada y nueva; florecían las tertulias y los asados; las chicas lindas resultaban ser peronistas; coincidían mágicamente la bohemia y la revolución. Pero si la militancia puede en efecto nacer en ambientes artísticos de este tipo (en 1915, Lenin se juntaba  en un bar suizo a jugar al ajedrez con Tristan Tzara, padre de la vanguardia dadaísta), precisa de otros espacios para desarrollarse. Empieza entonces un nuevo tipo de belleza –sin el auxilio romántico de la noche y los debates interminables: más diurna y práctica, más árida, efectiva, organizada.

Por cierto, esta segunda belleza resultó horrenda para el establishment, pero también para una parte de la vieja bohemia, lo cual es absolutamente normal también. La militancia política joven, obviamente, tiene una terrible carga de intensidad en el país de los 30 mil desaparecidos; es un rayo que cae sobre cada grupo social, dividiéndolo entre “los que dan el salto” y los que no. Como las organizaciones políticas son algo abierto, donde en principio puede entrar cualquiera, los que no se encuadran deben elaborar algún tipo de explicación a la pregunta de “¿por qué no me convierto en un militante en toda regla, si muchas personas cercanas y respetables lo están haciendo?”. Independientemente de cada respuesta psicológica o singular, lo interesante es que, en diversos grados, la anhelada y bella oportunidad para hacer política se puede convertir en su opuesto, un monstruo opresivo y amenazante. Y así como algunos simplemente se dicen “no voy a militar, pero le brindo mi apoyo a esta buena gente”, la vieja bohemia se enemista con la militancia. Inspirada en el doctor Frankenstein, se arrepiente de su propia criatura y trata de destruirla. No parece saludable; pero un análisis detenido permite ver que el odio aciago y las críticas impiadosas cumplen a su pesar una función positiva: los que “no dan el salto” y se dedican a echar pestes le permiten al militante considerar la decisión de encuadrarse como un acto libre –es decir, un acto que no “era inevitable” ni está necesariamente bien visto (como lo sería anotarse en Derecho o Medicina), un quiebre en la propia biografía que no es fácil de asumir, que tiene riesgos y que, no obstante, tal vez defina lo esencial de una vida. Para abreviar, los ataques de la vieja bohemia convierten al militante en alguien valiente: esa es su función social.

Así que, por estas “razones estructurales”, la militancia recibió dardos de todos los frentes. Es innecesario enumerarlos, cuando ya han sido refutados por escrito y por los hechos; más interesante sería reponer su trasfondo teórico –pero como la entrada a los debates de fondo sólo se abre con la llave de una discusión particular, aboquémonos a la última y más sutil descalificación de la militancia: el “debate por las candidaturas”.


-La herencia cultural del Proceso

Los quintacolumnistas en sus bitácoras virtuales, y los redactores insurreccionales en las oficinas de los medios, razonan el siguiente modo: con toda la alharaca de la batalla cultural, el kirchnerismo creó una militancia, sí, pero no tiene candidato propio. Y entonces, en 2015 será derrotado, gane quien gane, porque el presidente traicionará a Cristina, como ha ocurrido siempre. Luego, desprovistos del presupuesto estatal, estos militantes no podrán sobrevivir: así que deberán a su vez traicionar el extremismo cristinista para abrazar al vencedor. Si no hacen esto y persisten en sus obcecadas ideas, simplemente dejarán de existir para la política argentina. ¿Por qué? Los teóricos del pensamiento antimilitante han establecido que los kirchneristas puros son “consumidores de poder” incapaces de sostenerse sin el Estado, ya que de ningún modo tienen representatividad y en cambio destilan soberbia, mientras que (en silencio, discretamente) el peronismo no ha cesado de producir una “generación intermedia” a-ideológica, fotogénica y triunfal, que genera poder propio y es querida por la gente –y además: la militancia no soportará el llano. No tienen tanta ideología como dicen. Se termina el relato. Hay fin de ciclo. Lean a José Natanson. Etc.

¿Cuál es el problema con este razonamiento aparentemente “natural”? Sencillamente, que parte de una premisa en parte burocrática y en parte reaccionaria: la superioridad del Estado por sobre la política. Es decir, presupone que las fuerzas políticas no pueden existir si no ocupan un lugar en el Estado. Como en democracia la vía de acceso al control del Estado es electoral, la única preocupación sensata debiera ser la de conseguir un candidato que tenga alta intención de voto. No importa para qué. Estar fuera del Estado equivale a no existir. El llano, seudónimo de la muerte. Y ante la posibilidad de muerte, se justifica tirar la ideología por la ventana y sumarse a cualquier candidato que haga cualquier cosa, siempre que gane. Este miedo paralizante, increíble y sublime a perder una elección debe contabilizarse dentro de lo que Rodolfo Fogwill llamaba “la herencia cultural del Proceso”: si no estás en el Estado, estás muerto. Efectivamente, las raíces de semejante ultra-estatalismo proceden del terror de la última dictadura, donde lo que quedaba abolido era precisamente la política como actividad que podía no coincidir con el Estado. Pero así queda denegada una premisa básica de la democracia: la existencia legal de la oposición. Y entonces se da la curiosa paradoja de que los “consumidores de poder” no le temen al llano (dijo Máximo Kirchner en Argentinos Juniors que, de no triunfar, “nosotros volveremos a la calle para reconstruir la fuerza política y volver a gobernar la Argentina en los próximos años”), mientras que los quintacolumnistas abrazan a cualquier candidato-salvavidas que mida en las encuestas, cualquiera, cualquiera, con tal de no salirse del Estado… Es extraño; en realidad, es lógico.


-Más allá del Estado

Los actuales filósofos de las elecciones 2015 no han llegado todavía a 1983. Lo que dicen, con una prosa afectada y vidriosa, es que guiarse por la ideología puede llevar a la muerte política, que para ellos es lo mismo a no estar en el Estado. En cambio, el oportunismo garantizaría la supervivencia: vaya novedad. En dos palabras: detrás de nociones como “consumidores de poder”, “comisarios ideológicos”, “generación intermedia”, “políticos light”, “fin de ciclo”, “minoría intensa”, “sciolismo o barbarie” que van salpicando los párrafos de los quintacolumnistas, lo que se vislumbra es la vigencia del trauma de las desapariciones forzadas, las torturas, el exilio, en resumen: la idea de la peligrosidad de la ideología cuando no coincide con el oficialismo. En contra de este pensamiento, el militante es alguien que dice sostener una  ideología, con independencia del resultado –es decir, el militante manifiesta la asombrosa pretensión de existir “más allá del Estado”, que una parte suya no depende del respaldo en el triunfo electoral, ni de ser bien visto en las cenas con los suegros. Esto no significa en absoluto que al militante le gusten las causas perdidas: al contrario, triunfar en serio le interesa tanto que está dispuesto a tomar algunos riesgos, por ejemplo, el de ser considerado un “impresentable” en el porvenir. La condición militante es previa a cualquier otro rol: en los barrios, en las universidades, en el trabajo o al frente del Poder Ejecutivo Nacional, el militante es primero militante, y después viene el resto. Su orgánica política vale más que cualquier jerarquía institucional y esto no es una rareza kirchnerista, sino un rasgo inherente a cualquier cosa que uno desee llamar “fuerza política”: en el mundo, los partidos siguen existiendo cuando pierden las elecciones, y también cuando las ganan. Claro que esta suerte no podrá correrla Massa ni otros adeptos a los experimentos individuales…

Yendo al grano: para el kirchnerismo, la política es superior al Estado y esto significa, entre muchas cosas, que la conducción política puede no coincidir con la conducción institucional. La militancia se regirá por el liderazgo de Cristina, con entera independencia de quién esté en la Casa Rosada en 2015. A los que piensan que este comportamiento no se condice con las tradiciones peronistas, seguramente bastará con remitirlos a lo que ocurrió durante la proscripción de Perón: sin dudas hubo una parte de la dirigencia que rápidamente se acomodó a las nuevas circunstancias y se “ordenó con el Estado” –pero el hecho es que precisamente esa claudicación fue la que dio origen a la Juventud Peronista, que como es sabido maduró con el leit-motiv de denunciar el colaboracionismo de “la burocracia” y mantener la lealtad a Perón: en otras palabras, en un gesto clave para la historia argentina, la Juventud Peronista estableció la prioridad de la conducción política por sobre el Poder Ejecutivo Nacional. Y guste o no, esto fue algo que pasó en la Argentina y en el peronismo. No se puede obviar (agreguemos que “la solución JP” al dilema del poder político no fue tan mala: aun con el exterminio a cuestas, metieron dos presidentes, Néstor y Cristina.)


-La columna vertebral de la época

El asunto de la militancia joven ocupa el centro de la política argentina por una razón muy simple: hace poco, en este país hubo un genocidio llevado a cabo por el Estado contra su propia población, y el 75% de los desaparecidos tenía menos de 35 años. Esto fue lo más grave que pasó en la historia reciente. Fue quizá lo más grave de toda la historia. Que nuevamente tenga gracia ser militante constituye un hecho político-cultural de valor incalculable, y por eso las discusiones políticas no cesan de orbitar alrededor del tema  –y por eso, también, la política de derechos humanos es la columna vertebral de la militancia: el Estado ha pedido perdón por sus crímenes de lesa humanidad, los juicios contra los represores han avanzado enormemente, fueron recuperados 116 nietos. Esto es lo formidable, lo novedoso, lo increíble: nadie morirá por llevar adelante una política contraria a la “oficial”. Por esa razón, el pensamiento antimilitante obsesionado con las elecciones no evidencia solamente un “miedo a perder el Estado” y morir simbólicamente para la política, sino algo mucho más profundo: un miedo a ganar el Estado con la propia ideología. En otras palabras: una cosa es triunfar apoyando a cualquier “candidato natural-pragmático”, es decir, sin experimentar una auténtica inclinación por sus posiciones (lo que nos permitirá despegarnos enseguida en caso de que pierda popularidad, decir “yo no lo voté” y seguir tranquilos en el reino de la cultura, escribiendo artículos sobre la crisis y lanzando editoriales de literatura independiente), pero otra cosa muy distinta es “ganar en serio” con nuestra ideología, ganar para aplicar en la realidad nuestra visión del mundo, lo que forzosamente nos obligará a tomar en nuestras manos una tarea mayor, delicadísima: la responsabilidad sobre los demás. Esta es la forma de pensar de un militante, y es una postura que cualquiera puede compartir desde hoy mismo, porque (contra la desagradable pedantería de quienes se burlan de “los kirchneristas del minuto 45 del segundo tiempo”, “los que descubrieron a Néstor en 2011”) en realidad la militancia es un fenómeno cultural y social que pertenece a los argentinos, en el que todos pueden participar, y que recién empieza.


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